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Naturaleza

¿Cómo limpian los manglares de Río 100 toneladas de basura?

Guardianes del Mar libera los manglares de Guanabara: más de 100 toneladas retiradas, fauna que regresa y una lección a semanas de la COP30. Los Guardianes del Mar han retirado más de 100 toneladas de residuos de los manglares que abrazan la Bahía de Guanabara (Río de Janeiro).

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100 toneladas de basura

Diseñado por Freepik

Guardianes del Mar libera los manglares de Guanabara: más de 100 toneladas retiradas, fauna que regresa y una lección a semanas de la COP30.

Los Guardianes del Mar han retirado más de 100 toneladas de residuos de los manglares que abrazan la Bahía de Guanabara (Río de Janeiro). Lo han hecho a mano, con cuadrillas vecinales que avanzan por el lodo cuando baja la marea y cargan sacos repletos de plásticos, neumáticos, muebles y chatarra. Actúan sobre unas 60 hectáreas y se apoyan en un método sencillo: turnos cortos, rotación de equipos locales —pescadores, recolectores de cangrejos e indígenas— y una logística bien engrasada para sacar el material hacia puntos de acopio. El resultado se ve y se escucha: vuelve el rumor de los cangrejos escarbando, se reabren madrigueras, regresan aves como la espátula rosada y en zonas próximas asoman delfines grises en persecución de bancos de lisas.

La clave del proyecto “Del Mangle al Mar” es combinar conocimiento del terreno con perseverancia. 42.886 kilos se retiraron en 13 meses de la llamada “Isla de la Basura”, un punto crítico a unos 20 kilómetros del área protegida; y 3.177 kilos en tres meses en Sepetiba, otro frente vulnerable al oeste de Río. No es un gesto simbólico ni una foto aislada: es un trabajo sostenido que libera raíces, desatasca canales y restaura funciones ecológicas básicas —cría de peces, filtrado de sedimentos, barrera natural frente a temporales—. Lo tangible es que el manglar, que parecía condenado a ser vertedero, respira.

Manglares que vuelven a latir

La Bahía de Guanabara es algo más que un icono turístico. En su borde norte, el municipio de Guapimirim conserva una franja de manglares donde se mezclan agua dulce y sal y donde cada raíz aérea hace de guardería para peces y crustáceos. Los manglares secuestran carbono en el fango —el llamado carbono azul— y frenan el impacto de tormentas y oleajes. Cuando ese entramado se cubre de plástico, el sistema colapsa por capas: las raíces quedan vendadas, las madrigueras del cangrejo-uçá se sellan como si alguien hubiera echado cemento y la marea se convierte en una cinta transportadora de desechos.

Por eso, retirar residuos no es solo “limpiar”. Es devolver movilidad al barro, permitir que el agua circule, que el oxígeno llegue y que los ciclos biológicos arranquen como si se hubiera dado un giro a la llave. Lo dijo uno de los pescadores que integran las cuadrillas, Marcelo Pereira de Oliveira: tras retirar plástico durante una semana, los cangrejos vuelven a brotar a la siguiente. No es poesía ecológica; es una respuesta biológica inmediata cuando desaparece la barrera física. Y cuando vuelven los cangrejos, aparecen garzas, biguás, patos silvestres y esas espátulas rosadas que son un termómetro visual: si se atreven a regresar, es que el hábitat vuelve a ofrecer alimento y refugio.

Guapimirim, el enclave donde se gana tiempo

En Guapimirim (Área de Protección Ambiental) se concentra mucha de la acción. Las cuadrillas entran por canales estrechos, a veces en pequeñas embarcaciones, y se internan a pie entre raíces, cuidando la marea para evitar quedar atrapados en el fango. Se llenan decenas de sacos por jornada. Primero se sacan los volúmenes grandes —un sofá, una rueda, un televisor viejo— que actúan como diques silenciosos; luego, las marañas de bolsas y botellas que se han enredado como si el manglar llevara redes de plástico. El pescador y guía Alaido Malafaia, que trabaja aquí desde hace cuatro décadas, lo explica sin grandilocuencias: la vida sigue estando en la bahía, aunque cubierta de residuos; si se despeja, se ve.

Hay una imagen que lo resume: tres personas agachadas, cuerdas en mano, haciendo palanca para girar una nevera hundida; otras dos esperan con un gancho para arrastrarla hasta el canal cuando suba un palmo la marea. Ese “cómo” es determinante. El barro pesa; el plástico pesa más cuando está empapado; y a cada paso el cuerpo se hunde hasta la espinilla. Aquí no hay maquinaria pesada ni pista firme: hay técnica, paciencia y coordinación.

Del mangle al mar: método, turnos y logística

El método se parece más a una coreografía que a una obra de ingeniería. Se establecen turnos cortos para evitar lesiones y agotamiento, con rotación entre quienes también faenan o cuidan de la familia. Los equipos se reparten sectores y avanzan en línea, de forma que nadie quede aislado. Hay señales pactadas —un silbido, un gesto— para pedir ayuda cuando un objeto no cede o cuando la marea se pone caprichosa. Siempre hay alguien atento a primeros auxilios y otro con registro de lo retirado, porque el peso cuenta: saber cuánto y qué se saca da músculo a la financiación y obliga a mejorar la recogida municipal de residuos cuando toca trasladarlo.

La logística no termina al llenar el saco. Hay que transportarlo hasta las barcas, llevarlo a los puntos de acopio, separar materiales y coordinar con gestores autorizados. Un sofá puede tener espumas y maderas; una rueda puede reaprovecharse; los plásticos se compactan. La parte invisible —basculantes, permisos, almacenes, rutas— sostiene la que vemos en las fotos. Y luego está lo imprevisto: un día de limpieza puede devolver a la superficie objetos perturbadores, como un cráneo humano hallado entre raíces, recordatorio de que estas orillas acumulan también historias de la ciudad que no caben en una bolsa.

Qué se saca y cómo se saca, sin perder el paso

A simple vista, todo. Pero hay un orden. Primero, lo que bloquea el flujo del agua: muebles, electrodomésticos, ruedas. Se desentierran, se giran para romper el vacío que hace ventosa con el barro y se arrastran con cuerdas hacia una zona donde la barca pueda cargarlos. Después, la trenza fina: bolsas, botellas, fragmentos rígidos que se clavan en el fango y en las raíces. Aquí entran guantes, ganchos y paciencia. Lo último son los restos dispersos que la marea vuelve a mover; esos requieren visitas periódicas para que el “efecto rebote” no arruine lo avanzado.

Cómo se organizan las cuadrillas para que esto aguante

El proyecto articula a pescadores, recolectores de cangrejos, indígenas y caiçaras —comunidades tradicionales del litoral— con ambientalistas de la ONG. Se aprovecha la veda del cangrejo-uçá —de octubre a diciembre— para ofrecer un subsidio a quienes participan dos mañanas por semana, alrededor de una hora por día, lo justo para no sustituir la pesca ni generar dependencias. Ellos ponen conocimiento del territorio —saben dónde encalla la basura, dónde la marea deja bolsas, dónde se abren canalizos— y la ONG aporta coordinación y materiales. Es un pacto simple que funciona cuando hay confianza.

La “Isla de la Basura” como termómetro de la marea plástica

El nombre es literal. La “Isla de la Basura” es un acumulador: un recodo donde el viento y las corrientes depositan lo que llega desde ríos, canales y vertidos clandestinos. Allí, en trece meses, se retiraron 42.886 kilos. El número impresiona, pero su significado lo hace más: demuestra que el flujo de residuos es constante y que la solución definitiva pasa por cerrar el grifo en origen. La limpieza es necesaria, pero si sólo se limpia, el manglar se convierte en una cinta de correr: se avanza sin moverse del sitio.

En Sepetiba, otra bahía castigada al suroeste de la ciudad, las cuadrillas sumaron 3.177 kilos en tres meses con la participación de una veintena de caiçaras. La lección se repite: foco en puntos calientes, operativos intensivos, mantenimiento posterior y calendario ajustado a mareas. La pedagogía se hace sobre el terreno: visitas de colegios, universitarios y vecinos que ven la cadena de consecuencias que parte de un gesto mínimo —tirar una botella por un desagüe, abandonar una rueda en la cuneta— y termina en un mueble atascado entre raíces. A veces, unas botas de agua enseñan más que cualquier campaña.

Educación con botas de agua y reglas claras

El turismo de base comunitaria también aterriza aquí, con cupos, horarios y recorridos definidos para no dañar lo que se está recuperando. Guías locales como Alaido Malafaia llevan a los visitantes a observar espátulas, garzas, nutrias y, si hay fortuna, delfines. No es un safari ni un parque temático: es una clase de ecosistema vivo donde la primera norma es no tocar y la segunda es no dejar rastro. La Asociación de Recolectores de Cangrejos de Magé, con Rafael dos Santos al frente, defiende este enfoque por una razón práctica: un manglar en buen estado atrae ingresos que dependen de mantenerlo así. Si se masifica, se rompe la fórmula.

Temporada de veda y economía local: un equilibrio que sostiene el proyecto

La veda del cangrejo-uçá marca el tempo de las cuadrillas. En esos tres meses de octubre a diciembre, parte de la comunidad queda sin su principal fuente de ingresos. El subsidio por participar en la limpieza —dos mañanas por semana, cerca de una hora— es un puente que complementa los recursos del hogar sin reemplazar la actividad habitual. El proyecto revaloriza trabajos a menudo invisibles: quien conoce el manglar sabe leer el barro, escucha la marea y detecta a simple vista dónde se formará la próxima barrera de residuos.

Ese mismo saber local se refleja en la seguridad. Quien se adentra en el manglar, lo hace con calzado adecuado, guantes, ganchos y cuchillos para desenganchar bolsas sin dañar raíces. Se evita trabajar a solas y se ajusta el reloj a la tabla de mareas. Una jornada rara vez excede lo que el cuerpo aguanta sin perder firmeza en el barro. Cada tonelada recuperada es el resultado de una suma de decisiones pequeñas —a veces invisibles— que evitan accidentes y maximizan el rendimiento del equipo.

Turismo comunitario sí, pero con límites

Cuando el manglar mejora, la tentación de abrirlo sin reserva es grande. No se hace. Se establecen cupos diarios, se prohíben accesos en periodos de cría, se delimitan pasillos de observación y se forman guías en interpretación ambiental. El objetivo es que la visita aporte ingresos sin degradar el entorno. A veces, decir “hoy no” a un grupo es la forma de que el manglar siga ofreciendo aves y cangrejos dentro de diez años. En paralelo, se impulsa la artesanía local, la gastronomía de proximidad y los paseos en embarcaciones pequeñas, todo bajo criterios que priorizan bajo impacto.

Lo que significa para Río y para Brasil en vísperas de la COP30

En noviembre, Brasil acogerá la COP30 en Belém, en la puerta amazónica. La agenda global hablará de transición energética, metas climáticas y financiación. El trabajo en Guapimirim aterriza esas palabras en un territorio concreto. ¿Qué enseña a alcaldías, estados y ministerios? Primero, que los humedales costeros son infraestructura de adaptación de bajo coste y alto rendimiento: amortiguan temporales, reducen erosión y protegen barrios. Segundo, que la gobernanza con comunidades tradicionales garantiza continuidad: cuando la foto se va, ellos siguen y saben cómo. Tercero, que medir —toneladas, hectáreas, kilos por punto— crea tracción presupuestaria y obliga a que los servicios públicos mejoren.

También hay deberes pendientes: cortar la entrada de residuos. Sin recolección domiciliaria eficiente, estaciones de transferencia bien ubicadas y control de vertidos ilegales, el manglar se convierte en un sumidero infinito. Hace falta instalar barreras flotantes en canales críticos, trampas de sólidos en desagües pluviales, sanciones a vertedores reincidentes y metas para reducir plásticos de un solo uso. Con universidades cerca, se puede incorporar monitoreo con drones y sensores de bajo coste para mapear acumulaciones y ajustar rutas. Nada de esto es ciencia ficción: son contratos, compras y técnicos que ya existen.

Lecciones exportables a otras bahías y rías

Guanabara no es una rareza. Cualquier ría o bahía urbana con afluentes contaminados y barrios densos sufre dinámicas parecidas. ¿Qué se puede exportar? La focalización en puntos de acumulación (“islas” de basura), el calendario marea-dependiente, la inserción de comunidades locales con incentivos realistas y la medición. Es replicable la idea de operativos intensivos seguidos de un mantenimiento ligero pero constante; también, la articulación con cooperativas de reciclaje y guarderías ambientales escolares que hagan seguimiento mensual. Y algo más: el lenguaje. Hablar de toneladas y aves que vuelven es convincente para cualquier concejal que tenga que defender una partida en un pleno.

Cuando el plástico se va, lo que queda es vida

A veces, el tiempo parece detenido en estas riberas. El plástico cruje al pisarlo, las raíces respiran en silencio y de pronto pasa un delfín y se hace la luz. Lo que hoy sucede en Guapimirim desmonta el pesimismo de que la degradación es irreversible. Requiere plan y constancia, sí; también dinero —no enormes presupuestos— y confianza entre vecinos y técnicos. Pero ocurre. Donde antes había un sofá encallado, hoy vuelven a abrirse madrigueras; donde había una rueda como dique, el agua otra vez circula; donde había silencio, cantan las aves.

Esa es la medida real del proyecto “Del Mangle al Mar”: no tanto las cifras —que importan— como la secuencia que detonan. Sacar residuos libera raíces, liberar raíces trae cangrejos, cangrejos atraen aves, aves y hábitat sano sostienen rentas modestas y orgullo local. Y ese orgullo —difícil de cuantificar— es lo que hace que, la semana siguiente, haya brazos dispuestos a regresar al lodo para llenar otro saco.

Un espejo útil para la gran conversación climática

La conversación climática suele moverse en gigatoneladas y décadas. Guanabara aporta una unidad distinta: sacos y semanas. También rostros. Alaido Malafaia, Marcelo Pereira de Oliveira, Rafael dos Santos y tantas mujeres y hombres que han aprendido a leer el manglar como un libro abierto. Ellos han demostrado que sacar 100 toneladas no es una hazaña puntual, sino una rutina posible cuando se organiza el tiempo comunitario alrededor de una tarea común y se respetan ventanas como la veda.

La ciudad tiene ahora una prueba de que rehabilitar es más barato que reconstruir tras el desastre. Y Brasil, a las puertas de la COP30, un caso que puede exhibirse sin rubor: allí donde se mima el manglar, el clima pierde un enemigo y gana un aliado. No hace falta inventar un eslogan; basta con mirar el barro de Guapimirim y recordar lo obvio: cuando el plástico se va, la vida vuelve.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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