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¿Qué cambia si el Polisario negocia ya con Marruecos?

El Frente Polisario ha movido ficha con una oferta inusual por su claridad: negociaciones directas y “sin condiciones previas” con Marruecos, bajo auspicios de la ONU, con una propuesta que incluye un referéndum supervisado por Naciones Unidas y la Unión Africana y la disposición a pactar relaciones.

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Polisario negocia ya con Marruecos

El Polisario propone diálogo directo con Marruecos y un referéndum; analizamos escenarios, impactos y qué puede cambiar con la ONU, y la UA.

El Frente Polisario ha movido ficha con una oferta inusual por su claridad: negociaciones directas y “sin condiciones previas” con Marruecos, bajo auspicios de la ONU, con una propuesta que incluye un referéndum supervisado por Naciones Unidas y la Unión Africana y la disposición a pactar relaciones “estratégicas y mutuamente beneficiosas” entre las dos partes. Traducido al terreno: se abre una ventana para reactivar un proceso político que lleva años encallado, justo cuando el Consejo de Seguridad estudia la renovación del mandato de la misión de la ONU en el territorio, MINURSO. El movimiento independentista no plantea solo una declaración de intenciones; pone sobre la mesa un marco de trabajo que, si cuaja, alteraría el equilibrio de un contencioso que suma décadas.

¿Hay recorrido real? A corto plazo, sí, porque el gesto coloca a Staffan de Mistura —enviado personal del secretario general— ante la posibilidad de reunir a las partes con un formato más operativo que las rondas informales de los últimos años. A medio plazo, el reto es mayúsculo: Marruecos insiste en su plan de autonomía como única vía “realista” bajo su soberanía, mientras el Polisario defiende la autodeterminación mediante un referéndum. Ese choque de modelos sigue siendo el núcleo duro. Aun así, una negociación directa permitiría hablar de medidas de distensión, de garantías y de procedimiento, cuestiones que, bien trabajadas, pueden bajar la tensión y preparar suelo para decisiones de fondo. No es una varita mágica; es una oportunidad.

La propuesta que rompe el bloqueo

El documento entregado al secretario general de Naciones Unidas es explícito en tres vectores. Primero, la disposición a entablar un diálogo directo y serio con Rabat, bajo paraguas de la ONU, sin líneas rojas previas. Segundo, la apuesta por un referéndum supervisado por la ONU y la Unión Africana para materializar el derecho a decidir del pueblo saharaui. Tercero, la voluntad de establecer relaciones estratégicas con Marruecos, en beneficio mutuo, si se logra una salida que responda a ese principio de libre determinación. El texto, en el que el Polisario habla de “propuesta ampliada”, pide alejarse de soluciones que solo perpetúan el statu quo y reclama “coraje político y visión de futuro” para trabajar juntos en una salida pacífica y duradera.

El timing no es casual. El 31 de octubre el Consejo de Seguridad aborda la prolongación de MINURSO, la misión concebida en 1991 para vigilar el alto el fuego y organizar un referéndum que nunca llegó a celebrarse. Y De Mistura viene de mantener contactos con las partes, incluida su visita en septiembre a los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf. Ese encuadre coloca a Nueva York como el teatro clave en las próximas semanas. Cualquier movimiento tangible necesitará respaldo del Consejo y cooperación de los actores regionales, con Argelia y Mauritania en el radar, además del interés permanente de la Unión Europea y socios como Estados Unidos.

Dónde están los choques de fondo

El nudo no ha cambiado: autonomía bajo soberanía marroquí frente a referéndum de autodeterminación. El plan de Rabat —presentado en 2007 y reivindicado una y otra vez— ofrece un autogobierno interno para el territorio, con competencias y un parlamento propio, pero dentro de las fronteras y la soberanía de Marruecos. El Polisario sostiene que esa fórmula blinda el statu quo y excluye la opción de la independencia, que sigue siendo, para el movimiento saharaui, una de las posibilidades legítimas. ¿Pueden convivir ambos enfoques en una mesa? Sí, si se acuerda un proceso de discusión escalonado: primero seguridad y medidas de confianza, luego reglas de juego y garantías, por último el estatus final. Ese diseño requiere paciencia, una coreografía diplomática fina y un clima sin fuego cruzado.

La ruptura del alto el fuego en 2020 añadió pólvora. Desde entonces, el Polisario habla de “guerra de baja intensidad” con incidentes puntuales, mientras Marruecos mantiene su control del 80% del territorio y consolida infraestructuras y presencia institucional. Los pasos clave como Guerguerat, arteria hacia Mauritania, han sido termómetro de tensiones. Si hay negociación de buena fe, el primer paquete debe apuntar a desescalar: restablecer garantías de no hostilidad, facilitar el acceso de observadores, dar margen a MINURSO para operar con libertad y reactivar los canales humanitarios entre campamentos y territorio. Nada de eso resuelve el estatus, pero crea aire.

Qué significaría un referéndum hoy

El referéndum de autodeterminación ha sido el horizonte original del plan de paz, pero quedó atrapado en un laberinto técnico y político. La identificación del censo es el primer obstáculo: ¿quién vota? ¿Residentes actuales? ¿Exiliados y sus descendientes? ¿Qué criterios genealogistas se aplican y con qué verificación? Son preguntas conocidas por cualquier diplomático que haya trabajado el expediente saharaui, y que explican por qué la consulta nunca pasó del papel. A día de hoy, un referéndum no es imposible, pero exige un acuerdo previo robusto: un mecanismo de censo transparente, un calendario realista y garantías de seguridad para votantes y autoridades electorales.

Hay piezas complementarias que no conviene olvidar. Para que la consulta sea creíble, debería contemplar observación internacional extensa, libertad de movimientos para medios y ONG, y reglas claras sobre campaña y neutralidad de la administración. La logística —mesas, papeletas, recuento, apelaciones— se amplifica en un territorio de gran extensión y baja densidad. A eso se suma la dimensión humana: miles de saharauis viven en los campamentos de Tinduf, y su participación requeriría puentes seguros, autorización de viaje, documentación y, quizá, medidas transitorias de reasentamiento. No es trivial. Pero si la propuesta del Polisario busca volver a la ruta original de 1991, la ONU y la UA tendrían que rediseñar, con tecnología y estándares de hoy, la arquitectura electoral que nunca pudo desplegarse.

¿Cabe un término medio?

Entre la autonomía plena y un referéndum binario existe una zona híbrida que muchos expertos exploran desde hace años: un periodo transitorio de autogobierno con garantías internacionales, revisión periódica y mecanismo de consulta al final del ciclo. No es una fórmula mágica y, de hecho, cada palabra se negocia. Pero ofrece un espacio común: más capacidad de decisión en lo cotidiano para la población saharaui, marcadores verificables de cumplimiento y un compromiso de que el estatus no se cierra unilateralmente. El coste de entrar ahí es alto para ambos: Marruecos teme abrir una puerta que ponga en duda su soberanía, el Polisario teme posponer sine die la autodeterminación. De ahí la importancia de garantías y fechas.

El tablero regional y por qué importa

El Sáhara Occidental no es una isla. Argelia respalda al Polisario y alberga los campamentos de Tinduf; cualquier proceso de envergadura necesita su aval, sobre todo en seguridad, tránsito y apoyo logístico. Mauritania, al sur, observa como vecino directo y socio en comercio y seguridad, con ojos en el corredor de Guerguerat y en la pesca. La Unión Europea sigue el expediente por varias razones: estabilidad del Magreb y el Sahel, cooperación migratoria, energía y la dimensión comercial de los acuerdos con Marruecos que periódicamente acaban en los tribunales por la inclusión de productos del Sáhara Occidental. Cualquier modificación sustantiva del marco político tendría efectos inmediatos en estos dossiers.

Hay además una capa de seguridad que no se puede despachar en dos líneas. El Sahel atraviesa un ciclo de inestabilidad persistente, con golpes de Estado encadenados, redes yihadistas mutando de zona a zona y economías ilícitas (tráfico, contrabando) en expansión. Un conflicto congelado y sin horizonte alimenta vulnerabilidades en bordes porosos. Un proceso serio baja el ruido y permite concentrar capacidades en la lucha contra amenazas transfronterizas. No es una ecuación automática, claro, pero la experiencia regional muestra que tensiones crónicas son combustible para todo lo que nadie quiere.

Qué puede hacer MINURSO si la política se mueve

Durante años, MINURSO ha sido sinónimo de inercia institucional: prorrogar mandatos, vigilar el terreno, reportar incidentes, poco más. Con una negociación viva, su papel podría revalorizarse. Primero, como verificador de medidas de distensión: patrullas, puntos de control, protocolos de notificación y mecanismos de prevención de incidentes. Segundo, como facilitador logístico de contactos familiares y movimientos humanitarios entre campamentos y territorio, pieza sensible para reducir el dolor social. Tercero, como apoyo técnico si se discute en serio cualquier mecanismo de consulta: cartografía, registro, cadenas de custodia, infraestructura de comunicaciones.

La clave está en el mandato que apruebe el Consejo de Seguridad y en los recursos que se asignen. Si el texto mantiene una redacción de trámite, MINURSO seguirá conteniendo el conflicto, no transformándolo. Si, en cambio, el Consejo ancla la misión a un proceso político con hitos definidos, el terreno cambia. Eso incluye acceso y libertad de movimiento para sus equipos, protección adecuada y un paquete de apoyo (financiación, personal, tecnología) que haga factible lo que hoy suena a buen deseo. Es prosa, no épica: sin medios no hay milagros.

La posición de Rabat hoy: objetivos y límites

Marruecos llega a esta coyuntura con ventajas tácticas: control del terreno, inversión en infraestructuras, reconocimiento de facto de actores que tratan al Sáhara Occidental como parte de su espacio administrativo en lo cotidiano, y un plan de autonomía que ha cosechado apoyos políticos desde 2007. Su línea roja es clara: soberanía. Cualquier mesa que ponga en duda ese anclaje —piensa Rabat— no es una mesa. Por eso insiste en autonomía como única salida realista. La oferta del Polisario le coloca ante una disyuntiva: aprovechar la coyuntura para amarrar concesiones procedimentales y de seguridad que fortalezcan su relato, o cerrarse para evitar que el expediente reingrese en el terreno “resolutivo”.

En ese balance, Rabat mira dos relojes. Uno, el de Nueva York, donde se discute el mandato de MINURSO y se mide la temperatura diplomática. Otro, el del terreno, con obras, proyectos y movimientos que buscan dar irreversibilidad a su presencia. Una negociación directa podría ofrecerle ventajas: blindar corredores, formalizar medidas de confianza que reducen sobresaltos, codificar canales de comunicación y —si el marco lo permite— concretar una transición que no contradiga su discurso. El riesgo, desde su óptica, es otorgar sin recibir garantías sólidas de resultado final.

El papel de Argel y la ecuación de Tinduf

Argelia es parte estructural del tablero. Su apoyo al Polisario es político, diplomático y logístico. Sin su concurso, cualquier puente humanitario o operación de registro de potenciales votantes en los campamentos se complica. Argel observa el expediente como una cuestión de principios —descolonización, autodeterminación— y también como un asunto de seguridad y equilibrio regional. Una salida negociada que reduzca tensiones con Marruecos es, en abstracto, positiva; otra cosa es el precio político que Argel esté dispuesta a pagar y las garantías que exija. Si el proceso exige verificación internacional en los campamentos, libertad de movimiento y estructuras temporales de registro, será indispensable un acuerdo operativo con Argelia.

Los campamentos de Tinduf son, además, la memoria viva del conflicto. Cualquier avance serio debería mejorar la vida diaria de sus habitantes en agua, salud, educación, movilidad, así como abrir canales regulares para reencuentros familiares y tránsito seguro. Es política y humanidad a la vez. No habrá credibilidad si la diplomacia se celebra en salones y el día a día sigue estancado donde más duele.

Qué formato de negociación es viable ahora

No se trata de inventar la rueda. La experiencia comparada muestra que procesos largos funcionan mejor cuando combinan mesa política con mesas técnicas. En el expediente saharaui, una mesa política Polisario–Marruecos, con presencia de la ONU y la UA, podría centrarse en marco, calendario y garantías. A su lado, grupos técnicos en seguridad y verificación (con MINURSO adentro), derechos y accesos (movilidad, observación, prensa), economía y desarrollo (proyectos que beneficien de verdad a la población local) y asuntos electorales (si el referéndum entra en el guion).

La música suena bien, pero necesita partitura. ¿Qué hitos cabe imaginar sin ciencia ficción? Un acuerdo inicial de distensión con verificación; apertura de canales humanitarios y programas de confianza; revisión del mandato de MINURSO con capacidades ampliadas; roadmap político con fechas indicativas; si hay consenso, diseño de un registro de votantes con metodología mixta (documental, presencial, digital) y auditorías externas. Todo esto puede encajar en un documento marco más o menos largo, con anexos técnicos y comités de seguimiento. Lo decisivo es que haya incentivos: que cada hito genere beneficios tangibles para las poblaciones y coste a quien incumpla.

Garantías que no pueden faltar

Ningún proceso prospera sin garantías. Para el Polisario, hablar de autodeterminación sin que exista un mecanismo vinculante —o, al menos, un compromiso verificable hacia él— erosiona su razón de ser. Para Marruecos, aceptar una consulta sin que esté acotada y sin líneas claras sobre la soberanía es inaceptable. Por eso, las garantías se juegan en dos planos: uno procedimental (cómo, cuándo, con qué observación y con qué consecuencias ante el incumplimiento) y otro material (qué beneficios trae cada paso y qué se pierde si se bloquea). Instrumentos posibles: cláusulas de revisión periódica, informes públicos del secretario general, mecanismos de sanción diplomática en caso de obstrucción y compromisos de financiación condicionada para proyectos que mejoren la vida real en el territorio y en los campamentos.

Economía, recursos y la letra pequeña que suele pesar

Hablar del Sáhara Occidental es hablar, inevitablemente, de recursos. Pesca, minería (incluidos fosfatos), energías y corredores logísticos están en la ecuación de todos los actores. Un proceso político que de verdad quiera reducir fricciones debe integrar un capítulo económico: auditorías de impacto sobre la población local, beneficios compartidos, prioridad de empleo para residentes y mecanismos de transparencia. No se trata de convertir la negociación en un tratado comercial, sino de atar cabos para que la economía no sea una fuente constante de litigios y de desconfianza.

La Movilidad es otro eje. La posibilidad de mover personas y bienes sin sobresaltos y con reglas claras cambia la vida cotidiana. Si el diálogo prospera, pasos fronterizos con protocolos transparentes, autorizaciones agiles para intercambios familiares y ventanas de comercio para la pequeña economía local pueden tener un efecto estabilizador inmediato. Son esas “pequeñas” cosas —permisos, colas, inspecciones, cuotas— las que la gente siente a diario. Ponerlas en el centro del paquete inicial no resta al debate sobre el estatus; lo humaniza.

Derechos, libertades y la mirada internacional

Las negociaciones ganan credibilidad cuando mejoran, ya, derechos y libertades. Prensa, asociación, observación de derechos humanos y acceso de ONG al territorio y a los campamentos son indicadores que la comunidad internacional lee sin nota al pie. Un paquete de medidas inmediatas —acreditaciones más previsibles, visitas de relatores, mecanismos de queja claros— sería un señal potente de que las promesas no se quedan en retórica. También lo serían programas de juventud y educación concebidos para desactivar la sensación de tiempo detenido que tantos jóvenes saharauis arrastran. Un proceso que no conecte con esa generación tiene fecha de caducidad.

Hay, además, un aspecto jurídico nada menor. Los tribunales europeos han servido de escenario a la disputa sobre acuerdos comerciales y pesqueros que incluyen productos del Sáhara Occidental. Cualquier avance político reordenará ese mapa. Si se pacta un marco transitorio, habrá que codificar cómo se reconoce la participación saharaui en beneficios y decisiones, y cómo se identifica el origen de los productos. Todo esto es técnico, sí, pero políticamente sensible y con impacto en empresas, puertos y trabajadores.

Escenarios posibles a corto plazo

Con la oferta del Polisario en el aire y la renovación de MINURSO en agenda, hay tres escenarios de manual. Uno, gesto sin eco: la retórica sube, la resolución del Consejo repite fórmulas conocidas y el proceso vuelve al cajón. Dos, distensión acotada: el Consejo mejora un poco el mandato, De Mistura arranca contactos indirectos y se pactan medidas humanitarias y de acceso; no es el gran acuerdo, pero baja la tensión y abre compuertas. Tres, inicio serio de proceso: contactos directos, calendario de reuniones, grupo técnico en marcha y un documento marco en redacción. El realismo invita a pensar que el escenario dos es el más probable a corto plazo. Pero el hecho de que el Polisario hable de negociación directa mueve el listón hacia arriba.

La respuesta de Marruecos marcará los siguientes compases. Si la acepta, pedirá marcos: qué se negocia primero, qué se aplaza, qué no se toca. Si la rechaza, argumentará que el referéndum es un callejón sin salida y que solo la autonomía garantiza estabilidad. En ese caso, De Mistura deberá decidir si busca puentes (por ejemplo, medidas de confianza y agenda social mientras el debate del estatus madura) o si admite que las posiciones siguen inconmovibles. La presión pública y la capacidad de tejer alianzas discretas contarán, como siempre, tanto como las palabras.

Señales concretas de que este giro va en serio

Hay indicadores finos, casi de sismógrafo, que permiten medir si el movimiento del Polisario trasciende el comunicado. Si Rabat acepta un contacto exploratorio bajo el paraguas de la ONU con agenda limitada —seguridad, accesos, medidas humanitarias—, será un primer pulso. Si el Consejo de Seguridad refuerza el mandato de MINURSO con capacidades de verificación y reportes más exigentes, habrá marco. Si De Mistura anuncia grupos técnicos, sabremos que la mecánica se mueve. Y si del lado saharaui se activan dispositivos internos para trabajar un registro creíble de potenciales votantes —sin prometer fechas, pero preparando terreno—, el referéndum dejará de ser una palabra lanzada al aire.

Por último, hay un dato político que puede alterar el ritmo: medidas de mejora de la vida diaria en territorio y campamentos, visibles y rápidas. Un programa de reunificaciones familiares sostenido, más permisos de tránsito, apertura a la prensa y ONG y seguimiento público de esos avances hablan más que mil discursos. Si esas señales aparecen, el giro tendrá cuerpo. Si no, volverá la sensación de déjà vu.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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