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Ciencia

¿Qué revela la ciencia sobre el placer anal en las mujeres?

Un estudio con 3.017 mujeres de 18 a 93 años describió con definiciones claras tres formas de estimulación anal que muchas consideran placenteras: caricias externas en torno al ano (anal surfacing).

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placer anal en las mujeres

Placer anal femenino: amplio estudio detalla caricias externas, entrada superficial y combinaciones con pautas de seguridad y lenguaje claro.

La evidencia más amplia y precisa publicada hasta la fecha sobre placer anal en mujeres es contundente y, sobre todo, concreta. Un estudio con 3.017 mujeres de 18 a 93 años describió con definiciones claras tres formas de estimulación anal que muchas consideran placenteras: caricias externas en torno al ano (anal surfacing), penetración superficial limitada a la entrada (anal shallowing) y el toque anal combinado con otras estimulaciones (anal pairing). Los resultados dan cifras donde antes había vaguedades y tabúes: en torno al 40% de las participantes disfrutó de las caricias externas, el 34–35% señaló placer con penetración muy poco profunda y aproximadamente el 40% afirmó que el tacto anal potencia el disfrute de otras prácticas cuando se realizan a la vez. Dicho sin eufemismos: el placer anal femenino existe para una parte significativa de las mujeres, pero no es una única práctica ni se reduce a “profundizar”.

El trabajo, publicado en 2022 en la revista PLOS ONE con datos recabados en 2018 mediante el panel probabilístico de Ipsos en Estados Unidos, estuvo liderado por Devon J. Hensel (Indiana University School of Medicine) y contó entre sus firmantes con investigadoras reconocidas en salud sexual como Debby Herbenick. Aporta algo muy práctico: un lenguaje común y operativo para hablar de profundidad, ritmo y combinaciones. También ofrece un mensaje sanitario simple y útil: lubricación suficiente, barrera adecuada y ritmo progresivo marcan la diferencia entre una experiencia agradable y una molesta. Por lo demás, no vende milagros ni impone modas: hay quien lo disfruta y quien no; ambas realidades aparecen con números, sin moralina.

Cómo se midió y qué significa que sea el mayor estudio de su tipo

El equipo de Hensel partió de una crítica habitual en la literatura científica: buena parte de los trabajos sobre sexualidad anal femenina se centran en riesgos (infecciones, lesiones) o en un recuento binario de si hubo, o no, sexo anal con penetración. La experiencia placentera, con sus matices, rara vez se desagregaba. Este estudio cambia el eje y pregunta por técnicas concretas, con descripciones comprensibles, ejemplos y una taxonomía sencilla que cualquiera puede traducir a su vida íntima. No se limita a “¿hubo pene-ano?”, sino que distingue tacto externo, entrada mínima y combinaciones con otras zonas erógenas; en cada caso, recoge variaciones y factores que facilitan el placer.

La muestra —3.017 mujeres adultas residentes en Estados Unidos— se diseñó para ser representativa, con sobrerrepresentación planificada de mujeres lesbianas y bisexuales a fin de comparar por orientación sexual. El rango de edad, 18 a 93 años, rompe el sesgo juvenil frecuente en estudios de sexualidad. Los datos proceden del KnowledgePanel de Ipsos, un panel basado en probabilidad que permite estimaciones poblacionales más sólidas que las encuestas abiertas en internet. La financiación incluyó a Goodness Sake LLC/OMGYES, declarada en el artículo, y el equipo detalló conflictos de interés, una transparencia imprescindible para interpretar resultados sin ruido.

Que sea “el mayor” no es un adorno. Implica potencia estadística para medir prácticas poco estudiadas, comparar subgrupos y, sobre todo, nombrar con seguridad lo que hasta ahora se describía de forma borrosa. La investigación no intenta demostrar que “a todas les gusta”, sino cuántas disfrutan de formas específicas de tacto y qué condiciones incrementan o reducen ese disfrute. Es un mapa; no una receta universal.

Tres formas de tocar con nombre y definición

El valor de este trabajo está en la precisión del lenguaje. Poner nombre a lo que se hace con el cuerpo permite hablarlo, pactarlo y repetirlo si funciona. No es baladí. Decir “quédate fuera” o “apenas dentro” es más útil que discutir durante minutos qué significa exactamente “sexo anal”.

Caricias externas: tocar por fuera sin entrar (anal surfacing)

“Anal surfacing” designa las caricias, presiones o roces alrededor del ano sin penetrar: círculos suaves con la yema del dedo, contacto con el glande o con un juguete en la zona externa, presión sostenida en el borde (el “anillo”). Aproximadamente cuatro de cada diez mujeres del estudio calificaron estas sensaciones como placenteras. Dentro de ese grupo, muchas señalaron que el ritmo constante y la presión moderada les funcionaban mejor que los cambios bruscos; otras prefirieron toques intermitentes que acompañaban la estimulación del clítoris. En términos fisiológicos, tiene sentido: la zona anal externa concentra terminaciones nerviosas y su “borde” responde mucho a cambios de presión. Aquí la lubricación importa desde el primer segundo. El ano no se lubrica por sí mismo; un lubricante de base acuosa o de silicona reduce fricción y permite explorar sin molestias.

El estudio recoge, además, qué instrumento agrada más en esta modalidad. Un número considerable disfrutó el dedo por su control fino de presión y ángulo; un porcentaje menor señaló el roce del pene en la zona externa como placentero, especialmente integrado con otras prácticas; y una parte más pequeña optó por juguetes (vibradores pequeños, plug liso) usados por fuera. El denominador común no es el “objeto”, sino la forma: presión amable, ritmo, comunicación de señales.

Penetración superficial: la “entrada” como zona erógena (anal shallowing)

Bajo “anal shallowing” se agrupa la penetración muy poco profunda, no más allá de la yema o el primer nudillo del dedo, a veces alternando “dentro-fuera” con retornos al borde. Alrededor de un 34–35% del total dijo disfrutar de esta modalidad. Un hallazgo llamativo: incluso entre quienes disfrutan de penetración anal, una proporción notable prefiere quedarse en la entrada y no “ir hondo”. La literatura clínica encaja con esta preferencia: la transición entre esfínter externo e interno es rica en sensibilidad, y los tejidos toleran mejor entradas graduales que empujes profundos y rápidos.

Aquí los tiempos lo son todo. Para muchas participantes, el placer emergía cuando ya había excitación general, no “en frío”. La pauta que se repite: empezar por fuera, lubricar generosamente, respirar para ayudar a relajar el esfínter, avanzar milímetro a milímetro hasta la yema, y volver a salir si aparece molestia. La sensación buscada se describe como “presión que llena” o “bordeadito atento”, más que una fricción intensa.

Combinaciones que suben el volumen (anal pairing)

“Anal pairing” nombra la combinación del tacto anal externo o superficial con otra estimulación: penetración vaginal, masaje del clítoris, caricias en pezones, un vibrador en el pubis. En torno al 40% de la muestra dijo que, al combinar, todo lo demás se volvía más placentero. Es un efecto de “amplificador”: el sistema nervioso integra señales y, a veces, un toque moderado en la zona anal potencia lo que ocurre en el clítoris o en la vagina.

Las combinaciones preferidas variaron. Algunas mujeres describieron el balanceo entre borde anal y clítoris como su fórmula; otras hablaron de penetración vaginal a ritmo suave con presión externa en el ano; en un grupo más pequeño, un vibrador pequeño colocado por fuera durante el coito elevó la excitación. Lo relevante no es la “pirueta” técnica, sino que el estudio ofrece un vocabulario para pedirlo o proponerlo sin malentendidos: “fuera, con vibración suave, mientras sigues ahí”, por ejemplo.

Qué factores facilitan el placer y cuáles lo frenan

La encuesta preguntó qué condiciones hacen que estas prácticas resulten agradables. Tres resaltan de forma consistente. La primera, conexión emocional y confianza con la pareja: casi la mitad de quienes probaron la zona anal apuntó que sentirse cómoda y segura era clave. La segunda, tiempo de excitación previa: entrar en estas prácticas “a destiempo” suele traducirse en tensión muscular y peor tolerancia. La tercera, lubricación suficiente y, cuando hay penetración, barrera adecuada (preservativo o funda para juguete) para reducir fricción y riesgos.

Desde el ángulo sanitario, hay reglas sencillas que el propio campo de la salud sexual repite por una razón: funcionan. Un lubricante compatible (agua o silicona) con el material del preservativo reduce roturas y molestias. Si se alterna penetración anal y vaginal, se cambia de preservativo al pasar de una a otra para evitar trasladar bacterias y para mantener la protección frente a infecciones. No se usan dos preservativos a la vez —la fricción entre ellos facilita la rotura— y se evita cualquier producto graso (aceites, vaselina, cremas) con preservativos de látex porque los degrada. Tampoco conviene recurrir a cremas anestésicas para “no sentir nada”: si no se percibe la molestia, se pierde la señal de alarma y aumentan las posibilidades de lesión.

El estudio también recogió factores que arruinan la experiencia. La prisa es el primero: la zona reacciona con contracción refleja del esfínter ante empujes rápidos; la molestia no es un “peaje”, es la señal nítida de que algo no va bien. Le siguen los cambios bruscos de ritmo o ángulo sin aviso y la sequedad por falta de lubricante. Por último, el “todo o nada”: creer que el sexo anal “vale” solo si hay penetración profunda deja fuera —injustificadamente— a quienes disfrutan del borde o de combinaciones suaves.

Qué límites tiene la investigación y cómo leerla con rigor

Ningún estudio resuelve un tema por completo y este también tiene límites. Es un corte transversal: describe prácticas, preferencias y asociaciones en el momento de la encuesta; no establece causas. La muestra es de Estados Unidos y las respuestas en inglés, por lo que conviene ser prudentes al extrapolar porcentajes exactos a otros contextos culturales. La sobrerrepresentación de mujeres lesbianas y bisexuales —metodológicamente útil para análisis por orientación— obliga a ponderar los resultados para hablar del conjunto, algo que el equipo realizó.

La financiación procedente, en parte, de Goodness Sake LLC/OMGYES, se declara con detalle. El dato no invalida los resultados, pero pide atención: cuando hay intereses privados, la transparencia en métodos, cuestionarios y análisis es la línea roja. En este caso, los materiales y definiciones quedan documentados en el artículo y sus anexos, lo que permite la replicación y la crítica por parte de otros equipos.

Otro límite, más social que técnico, es el estigma. Hablar de sexo anal aún pesa, y eso puede introducir sesgos de deseabilidad social (gente que responde lo que cree que “debe” decir) o de memoria. Pese a todo, la encuesta captó sin problema a mujeres que nunca habían probado ningún tacto anal o que no lo disfrutan: una proporción relevante de la muestra lo expresó así, y quedó registrada. Precisamente por eso es útil: da legitimidad tanto al gusto como al desinterés.

Finalmente, conviene recordar algo de método. El estudio no evalúa resultados clínicos (lesiones, impactos específicos en ITS) ni pretende dar consejos médicos personalizados. Para integrar recomendaciones de seguridad, se recurre a guías independientes en salud sexual que vienen repitiendo desde hace años lo básico: barrera, lubricación compatible, cambios de preservativo al alternar prácticas, y parar si algo duele. Esa convergencia entre experiencia subjetiva y medidas preventivas es, probablemente, el mejor mensaje práctico.

Por qué poner nombre cambia la experiencia (y la conversación pública)

Nombrar transforma las dinámicas íntimas. Pasar de un debate binario —“sí o no” al sexo anal— a tres categorías claras y varias profundidades desplaza el foco hacia el acuerdo fino. “Más fuera”, “apenas entra”, “combina mientras estimulas el clítoris”. La pareja entiende, prueba, ajusta. Disminuye la presión de “estar a la altura” y se reduce el riesgo de forzar situaciones que nadie disfruta. A la vez, quienes no sienten interés o prazer encuentran en el propio estudio una validación: no hay obligación ni estándar que cumplir.

En el plano cultural, el mapa de Hensel y su equipo contribuye a deshacer tópicos. Durante años, la conversación mediática se ha movido entre el susto sanitario y el tutorial de penetración profunda. El retrato de 3.017 mujeres muestra otra cosa: que el borde es, para muchas, la zona; que “apenas dentro” puede ser suficiente; que la combinación con otras estimulaciones —sin espectáculo, con tacto— eleva el conjunto. Y que comunicar con precisión es, más que un consejo, una herramienta que baja la ansiedad y sube la sintonía.

Hay, además, un efecto colateral virtuoso. Cuando la gente dispone de vocabulario para expresar qué quiere y cómo, mejora la seguridad (se piden barreras, se recuerda el lubricante, se cambian preservativos) y, de paso, se evitan malentendidos. La educación sexual siempre habló de “consenso informado”; este estudio lo aterriza en una zona específica del cuerpo con palabras simples y porcentajes concretos.

Salud sexual: lo que conviene tener presente sin perder el hilo

La salud no está reñida con el placer; de hecho, lo facilita. En prácticas anales, la falta de lubricación y los cambios bruscos son los principales enemigos. Un lubricante de agua es universal y se limpia fácil; uno de silicona dura más y puede ser preferible cuando la fricción será mayor. Con preservativos de látex, se evita lo graso (aceites, vaselina, cremas). Con polioisopreno o poliuretano, la compatibilidad es amplia, y el consejo sigue siendo leer instrucciones, caducidad y conservación. Si se va a alternar entre anal y vaginal, preservativo nuevo sin excusas. Si un condón se rompe o resbala, se detiene la penetración, se sustituye y se revalúa si seguir tiene sentido. Sencillo, efectivo.

Respecto a juguetes, limpieza y fundas importan. Un plug con base ensanchada evita sustos (el canal anal aspira objetos pequeños con facilidad); un vibrador pequeño usado por fuera puede integrarse en las combinaciones que muchas reportaron como placenteras. Y todo, siempre, con señales acordadas: una palabra o gesto para parar sin dramatismo cuando algo raspa o deja de funcionar.

Un apunte sobre dolor. No es un trofeo ni un “precio a pagar”. En los datos y en la práctica clínica, el placer aparece cuando no duele. Si duele, se para y se replantea: más lubricante, menos profundidad, volver a lo externo o, simplemente, otro día. Obligar al cuerpo a “tolerar” no solo no mejora nada: empeora la relación con la zona y con la práctica en general.

Lo que añade a la agenda de investigación y a la conversación sanitaria

Al definir técnicas y medir su prevalencia, el estudio abre puertas. Permite que futuras investigaciones exploren diferencias por edad, orientación o historial ginecológico, y que incorporen resultados clínicos (lesiones, molestias, correlaciones con ITS) bajo este nuevo lenguaje. También invita a que los servicios de salud incorporen mensajes más finos en sus materiales: no todo es “sí o no” a la penetración; hay formas externas y profundidades preferidas por muchas mujeres que, bien hechas, no duelen y se disfrutan.

En educación sexual, el vocabulario de surfacing, shallowing y pairing es fácil de enseñar y de recordar. Ayuda a normalizar que hay gustos diversos y que la seguridad es parte del placer, no su enemigo. Y encaja con una realidad clínica práctica: cuando se pregunta de forma específica, la gente responde con más detalle y menos vergüenza. Esa es, quizá, la mayor lección metodológica.

Datos claros para decisiones serenas

Quedan hechos, no eslóganes. 3.017 mujeres, 18 a 93 años, encuesta probabilística. Tres formas de tocar con definiciones operativas. Alrededor de cuatro de cada diez disfrutando del tacto externo o del pareo con otras estimulaciones; un tercio largo prefiriendo la entrada superficial a cualquier aventura profunda. Lubricación, barrera y ritmo como tríada que hace de amortiguador y puente. Y una constatación que importa tanto como las cifras: no todas quieren ni disfrutan de lo mismo, y eso también es válido.

Al final, lo que este trabajo coloca sobre la mesa es lenguaje útil para pedir con precisión, cuidar el cuerpo y decidir sin presiones. Llama a quienes tienen curiosidad a explorar con cuidado y ofrece a quienes no la tienen una excusa legítima para no sumarse. Y pone a disposición de la conversación pública un conjunto de definiciones y datos que ordenan un tema cargado de mito. Con nombres, porcentajes y límites bien dibujados, el debate deja de ser un ruido moral y se vuelve, por fin, información práctica.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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