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Ciencia

¿Por qué la ciencia actual deja sin espacio al Dios clásico?

La tesis central es clara y directa: cuando la idea de un Dios que interviene en el mundo se formula como una hipótesis con efectos observables, los datos no la sostienen.

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ciencia actual deja sin espacio a Dios

Análisis que revisa ensayos, milagros y cifras en España y expone por qué la hipótesis divina no aporta evidencia ni predicción verificable.

La tesis central es clara y directa: cuando la idea de un Dios que interviene en el mundo se formula como una hipótesis con efectos observables, los datos no la sostienen. Allí donde se han hecho pruebas —ensayos clínicos sobre oración, análisis de supuestos milagros, controles estadísticos— no aparece una señal robusta que supere los estándares de la evidencia. Y cuando la formulación de “Dios” se redefine para no dejar rastro empírico, deja de estar en el terreno de lo comprobable: no se puede refutar, no predice, no añade poder explicativo. El resultado práctico es el mismo: la pieza sobra en los modelos que usamos para describir la realidad.

Esa es la razón por la que el argumento popularizado por el físico Victor J. Stenger caló en el debate público. Stenger lo expresó sin rodeos: si un Dios personal actúa sobre el mundo, deberían detectarse sus huellas; si no hay huellas, la hipótesis, evaluada como hacen las ciencias, no supera el corte. No es un pronunciamiento sobre creencias íntimas, sino un veredicto técnico: la naturaleza se basta para explicar lo que observamos y, en los casos puestos a prueba, el “factor divino” no mejora ni la precisión ni la capacidad de predicción.

Qué significa “poner a prueba” esa idea

No todas las concepciones de lo divino se dejan examinar del mismo modo. El deísmo imagina a un creador que no vuelve a intervenir; el panteísmo diluye “Dios” en la propia naturaleza; el teísmo clásico —el que se enseña en catecismos y sermones— describe a un agente personal, providente, que escucha plegarias, obra curaciones, protege a comunidades y, llegado el caso, suspende leyes físicas. En periodismo científico, cuando se afirma que esa hipótesis está descartada, se habla de este último perfil, el de un Dios con efectos medibles.

El marco de evaluación es idéntico al que se aplica a cualquier otra hipótesis: hay que definir con precisión qué efecto observaríamos si fuese cierta, diseñar un test que lo aísle y medir. Si las medidas no muestran el efecto, o si lo que aparece se explica mejor por otras causas ya conocidas, la hipótesis pierde peso. No hace falta demostrar su falsedad en sentido absoluto; basta con constatar que no añade nada al entendimiento de los hechos.

Hechos que se pueden medir: oración, milagros y evidencia clínica

El caso más citado es el de la oración de intercesión. La propuesta es simple: si rezar por un enfermo produce un beneficio adicional a los tratamientos médicos, ese efecto debería detectarse en ensayos aleatorizados. El mayor de ellos, conocido como STEP (Study of the Therapeutic Effects of Intercessory Prayer), dirigido por el cardiólogo Herbert Benson y publicado en 2006, incluyó a 1.802 pacientes de cirugía de bypass coronario repartidos en tres grupos. Se rezó por dos de ellos; uno, además, sabía que estaba siendo objeto de plegarias. El resultado fue negativo: no hubo mejora clínica atribuible a la intercesión y, de hecho, el grupo que sabía que se rezaba por él registró más complicaciones postoperatorias. Se han hecho otros estudios con diseños distintos; el patrón es el mismo. No aparece el plus terapéutico que justificaría la intervención de una voluntad sobrenatural.

El archivo de los milagros médicos muestra una dinámica parecida. Lourdes es el ejemplo más famoso. Desde finales del siglo XIX, la Oficina de Constataciones Médicas de Lourdes y el Comité Médico Internacional de Lourdes han revisado miles de reportes de curaciones. La cifra de casos reconocidos oficialmente como “milagros” es muy pequeña en relación con el volumen de peregrinos y testimonios. Hay historias llamativas, sí; pero el filtro clínico y estadístico deja lo “inexplicado” en un cajón distinto al de “explicado por intervención divina”. En poblaciones enormes y a lo largo de décadas, caben remisiones espontáneas, errores diagnósticos iniciales, sesgos de registro y la conocida regresión a la media. Que no sepamos dar una explicación completa hoy no convierte automáticamente ese vacío en “prueba” de lo sobrenatural. Es una incógnita en una historia clínica concreta.

A veces se invoca la supuesta respuesta colectiva a plegarias, desde resultados deportivos a catástrofes evitadas por escaso margen. Es un terreno resbaladizo por una razón muy prosaica: se cuentan las veces que ocurre algo llamativo y se olvidan los incontables casos en los que no pasó nada. Es el sesgo del superviviente: las “coincidencias” que recordamos no son más que el ruido normal de sucesos raros en un mundo con miles de millones de eventos diarios.

Cuando la naturaleza es suficiente: evolución, cosmos y cerebro

La otra cara del argumento es positiva: qué sí explica la ciencia sin apelar a una deidad. La evolución por selección natural es el modelo más poderoso que tenemos para entender la diversidad y complejidad de la vida. Desde Darwin hasta la síntesis moderna con la genética, y con refuerzos constantes en laboratorio y en campo, sabemos que la acumulación de variaciones heredables, filtradas por el entorno, produce estructuras tan sofisticadas como un ojo o una red neuronal. El experimento de evolución a largo plazo con Escherichia coli, iniciado por Richard Lenski en 1988 en la Michigan State University, documentó cómo una de las poblaciones desarrolló, tras decenas de miles de generaciones, la capacidad de utilizar citrato en presencia de oxígeno, una novedad metabólica que requirió una serie de cambios previos contingentes. Es una película a cámara rápida de cómo aparecen innovaciones complejas sin diseñador.

En cosmología, las piezas encajan con una precisión que habría sorprendido a generaciones pasadas. La radiación de fondo de microondas medida por misiones como Planck (ESA), el mapa de la distribución de galaxias y la abundancia de elementos ligeros sostienen un mismo relato físico: un universo en expansión descrito por el modelo ΛCDM. Quedan grandes preguntas —energía oscura, inflación, la propia naturaleza de la materia oscura—, pero ninguna requiere introducir un agente personal que ajuste parámetros. Se puede, por supuesto, creer que un Dios quiso ese universo; no se puede sostener, en cambio, que añadir esa pieza mejore el ajuste de las observaciones.

La neurociencia aporta un tercer bloque de hechos que suelen discutirse. ¿No había aquí, en la conciencia, un hueco para el alma? Lo que sabemos es menos misterioso de lo que parece: hay correlatos neurales del estado consciente que suben y bajan con anestésicos, trastornos metabólicos, crisis epilépticas o lesiones; hay fármacos que eliminan o modulan contenidos de la experiencia; hay marcadores eléctricos que anticipan decisiones motoras simples; y hay técnicas como la estimulación cerebral profunda que cambian la conducta y el estado de ánimo de pacientes con precisión quirúrgica. Falta mucho por entender, sí. Pero la cartografía crece hacia una explicación biológica del fenómeno, no hacia la necesidad de una intervención espiritual.

La regla del juego: prueba, refutación y parsimonia

En ciencias empíricas rige una forma de higiene intelectual. Se valora lo que predice, lo que se deja refutar si el mundo no se comporta como la hipótesis dice, y lo que hace menos supuestos para explicar lo mismo. La falsabilidad de Karl Popper no es un dogma, es una guía: cuanto más arriesgada es una predicción, más cuenta su acierto; cuanto más se blinda una tesis con “excepciones” ad hoc para escapar del desmentido, menos valor informativo tiene. Y la navaja de Ockham no es un capricho estético: entre dos explicaciones con igual poder, preferimos la que introduce menos entidades gratuitas.

Aplicado al caso que nos ocupa, la foto es nítida. Cuando la hipótesis teísta se formula de manera fuerte —un Dios que cura, que responde, que suspende leyes—, no pasa las pruebas. Cuando se formula de manera inmune a la prueba —un Dios que nunca deja huellas, que obra siempre en el silencio—, el debate sale de la ciencia: puede tener valor simbólico o moral, pero no compite con una teoría natural en el terreno donde se exige evidencia y capacidad de anticipar hechos.

Una anécdota resume bien este giro metodológico. A comienzos del XIX, Pierre-Simon Laplace presentó a Napoleón su tratado sobre el sistema solar. El emperador, según la historia, preguntó por qué no aparecía Dios en las ecuaciones. “Señor, no he necesitado esa hipótesis”, habría respondido el matemático. La frase, aun si se adornó con el tiempo, expresa la misma idea que hoy sostienen físicos, biólogos, climatólogos o epidemiólogos: si un término no añade poder predictivo, el modelo es mejor sin él.

España, Iglesia y calle: una fotografía de fondo

En España, la conversación se mueve entre la tradición y la evidencia. Las grandes celebraciones —Semana Santa, Corpus, romerías— siguen convocando multitudes, pero los hábitos religiosos han cambiado con rapidez, sobre todo entre jóvenes urbanos. Los barómetros de opinión vienen reflejando desde hace años una caída sostenida de la práctica y un crecimiento de quienes se declaran no creyentes o indiferentes. No es un plebiscito sobre la verdad de una tesis, por supuesto; es el clima social en el que se produce el debate público.

Ese contexto se refleja también en instituciones. La Conferencia Episcopal Española ha adoptado una estrategia más abiertamente social y asistencial, con foco en Cáritas y la acción en barrios vulnerables. El Gobierno —de distinto signo a lo largo de la última década— ha mantenido una agenda laica en temas como educación, fiscalidad y derechos civiles. En el plano sanitario, hospitales públicos y privados aplican protocolos que no contemplan variables sobrenaturales: se miden resultados, se exigen ensayos, se aplican guías basadas en pruebas. Todo eso configura un ecosistema en el que la hipótesis de un Dios que actúa con efectos clínicos se encuentra rodeada por controles de calidad que, sencillamente, no detectan esa señal.

La vida cultural, por su parte, ha normalizado la convivencia entre fe y escepticismo. Hay creyentes que aceptan sin fricción la evolución, el Big Bang y la neurociencia, y que sitúan su fe en un plano no verificable. Y hay no creyentes que reconocen el valor comunitario de las tradiciones. Pero cuando la conversación baja al detalle empírico —una curación en tal ermita, un resultado escolar tras tal novena, una sequía “resuelta” tras tal rogativa—, mandan los datos. Y los datos cuentan otra cosa: ausencia de señal una y otra vez.

Qué queda en pie y qué no tras revisar la evidencia

Tras pasar por los hechos, el balance es sobrio. Primero, los ensayos de oración intercesora no muestran el efecto que deberían mostrar si la intervención de un Dios personal operase con regularidad suficiente como para ser detectada. Segundo, el inventario de milagros que superan el examen clínico y estadístico riguroso es extraordinariamente exiguo frente al volumen de casos reportados; y “no explicado” no equivale a “explicado por lo sobrenatural”. Tercero, en los grandes sistemas explicativos —vida, universo, mente— hay mecanismos naturales que bastan para dar cuenta de la complejidad sin introducir un agente externo. Cuarto, el marco metodológico que guía las ciencias —prueba, refutación, parsimonia— se ve reforzado cada vez que una hipótesis que no predice ni mejora el ajuste queda fuera.

¿Significa esto que la creencia personal en Dios queda invalidada? No. Significa que, tratada como hipótesis científica con consecuencias medibles, la idea no supera los test que se aplican a cualquier explicación del mundo. Y que, tratada como una convicción que se desplaza fuera de la medición, no compite con los modelos que usamos para diagnosticar, diseñar vacunas, construir puentes o anticipar el tiempo. Ese es el alcance y ese es el límite.

Se puede vivir —y se vive— con este resultado. Hay quien encontrará en él una liberación intelectual, una especie de orden limpio donde cada pieza encaja sin intervención externa. Otros lo leerán como una mala noticia que deja preguntas existenciales en el aire. Pero el periodismo de hechos y la ciencia de datos convergen en lo mismo: no hay una señal verificable de que un agente sobrenatural esté operando sobre los indicadores que sabemos medir. Si esa señal aparece alguna vez —un efecto replicable, consistente, inmune a sesgos— habrá que contarlo y reescribir lo que haga falta. Hoy, noviembre de 2025, lo que sabemos permite una frase sencilla, incluso austera: la naturaleza explica; la hipótesis divina, tal como se ha propuesto para ser medida, no aporta.

Y eso, dicho sin solemnidad, es noticia. Porque lo hemos intentado medir —en hospitales, en santuarios, en laboratorios— y el resultado, una y otra vez, ha sido el mismo. No hay término medio: o deja huella o no la deja. De momento, no la deja.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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