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¿Por qué piden vetar a Gal Gadot en los Oscar?

El nombre propio detrás del último incendio es Hasan Piker, comentarista político y streamer con millones de seguidores en redes. Ha lanzado una acusación tajante contra Gal Gadot: “debería ser vetada de los Oscar por ser una pésima actriz”.

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piden vetar a Gal Gadot en los Oscar

Foto de Gage Skidmore, vía Wikimedia Commons bajo licencia CC BY-SA 3.0

Hasan Piker carga contra Gal Gadot y pide vetarla de los Oscar; datos clave, contexto político y efectos posibles en la temporada de premios.

El nombre propio detrás del último incendio es Hasan Piker, comentarista político y streamer con millones de seguidores en redes. Ha lanzado una acusación tajante contra Gal Gadot: “debería ser vetada de los Oscar por ser una pésima actriz”. Las palabras, expuestas con un dramatismo calculado, han corrido como la pólvora. Importa el matiz: no hay ningún veto oficial de la Academia de Hollywood. Hay críticas, y son duras. Hay ruido, y es mucho. Y hay una pugna política —la posición pública de la actriz respecto a Israel y Gaza— que explica por qué un juicio de valor sobre su talento ha mutado en una campaña pública para apartarla de la gran ceremonia del cine.

En términos de hechos, la propuesta de Piker no pasa hoy de ser eso, una propuesta con impacto mediático. La Academia no ha anunciado proceso disciplinario alguno contra Gadot, ni sanciones. En la última temporada, la actriz incluso subió al escenario de los Oscar junto a Rachel Zegler para entregar un premio. El “vetar” del titular no es un procedimiento en marcha, es una consigna política y cultural que pretende inflamarse en redes y, si hay tracción, traducirse en presión sobre festivales y organizadores. Ese es el marco real de la noticia: una figura de enorme visibilidad es señalada con la palabra veto en una coyuntura donde su activismo proisraelí y sus decisiones profesionales están bajo lupa.

Una bronca que estalla en pleno ciclo de premios

La secuencia es reconocible. Una entrevista o un directo, un comentario enérgico que roza la descalificación, un rótulo llamativo y la amplificación inmediata en plataformas. Piker no se limita a valorar el trabajo interpretativo de Gadot: baja al barro político y cuestiona la presencia de la actriz en la liturgia de la industria. El argumento es doble. Por un lado, sostiene que su desempeño en pantalla no justifica esa visibilidad institucional. Por otro, considera que su apoyo explícito a Israel —del que presume sin ambages— normaliza una postura que parte de la comunidad audiovisual rechaza frontalmente desde el 7 de octubre de 2023. La mezcla es explosiva: cine, moral y geopolítica, todo en el mismo carril.

Gadot, por su parte, nunca ha escondido quién es ni lo que piensa. Israelí, judía y exmiembro de las Fuerzas de Defensa de Israel en su servicio militar obligatorio, la actriz ha sido una de las voces más rotundas del star-system en apoyo a las familias de los rehenes y en denuncia de los ataques de Hamás. Hace pocas semanas, recibió el Genesis Prize —conocido en el ámbito internacional como una especie de “Nobel judío”— y anunció la donación del millón de dólares del galardón a iniciativas de atención al trauma y reconstrucción. Ese gesto, celebrado por unos y criticado por otros, alimentó la conversación en la industria. Con ese telón de fondo, la diatriba de Piker ha encontrado oxígeno inmediato.

Resulta tentador reducirlo todo a bandos, pero el tablero es más fino. En Hollywood conviven profesionales que, aun discrepando de sus posturas, defienden que los premios deben juzgar obras y trayectorias; y activistas que creen que la alfombra roja es un escaparate político ineludible. Entre ambos frentes se mueven estudios y organizadores, obsesionados con que el espectáculo no descarrile. La acusación de “pésima actriz” dispara el clic, sí, pero el envés del titular es otro: ¿qué hacemos cuando la política entra por la puerta grande en la temporada de premios?

¿Existe un veto real? El estado de la cuestión en la Academia

Conviene ser precisos. La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas dispone de herramientas formales para sancionar conductas graves de sus miembros —reglamentos, comités, procedimientos—. Nada de eso se ha activado con Gal Gadot. No hay expediente, no hay suspensión, no hay una decisión que impida a la actriz participar en la ceremonia, presentar un galardón o, llegado el caso, ser nominada. Lo que sí se ha visto en los últimos meses es otra cosa: cartas abiertas promovidas por trabajadores del cine que pedían “reconsiderar” su presencia en la gala, campañas de firmas, llamamientos en redes sociales y pronunciamientos de colectivos que buscan trasladar la presión del timeline a los pasillos de la Academia.

¿Funcionan esas campañas? Depende del objetivo. Si de lo que se trata es de influir en el clima, de arrinconar a una figura pública y convertir su aparición en noticia polémica, la estrategia produce efectos casi inmediatos. Si lo que se pretende es un acto jurídico —un veto formal—, el listón es mucho mayor. Y ahí la realidad ha sido tozuda: Gadot estuvo en la gala de 2025 sobre el escenario, sin abucheos visibles ni incidentes. El relato mediático decía una cosa; la ceremonia, otra. Este contraste explica por qué ahora la palabra “vetar” reaparece con fuerza: cuando no hay decisión institucional, se multiplica la presión simbólica, el llamamiento a “no invitar”, a “desprogramar”, a “desaparecer” de las fotos.

Tampoco ayuda que “vetar” y “reconsiderar” se confundan en titulares. Un veto implica impedir; “reconsiderar” pide debatir si conviene o no una presencia. En una industria que convive con boicots, campañas y manifiestos, esa frontera semántica no es menor. Los Oscar, además, tienden —por instinto de supervivencia— a evitar decisiones que los conviertan en el epicentro de una guerra cultural a cielo abierto. Cuando intervienen, suele ser por hechos de una gravedad incuestionable. Lo demás se gestiona con discreción: equilibrios en la escaleta, seguridad reforzada, pocas sorpresas.

La trayectoria reciente de Gadot, entre taquilla y polémicas

Hay otro plano, más terrenal y quizá más incómodo para todas las partes: el balance cinematográfico de Gal Gadot en los últimos años. Su salto a la súper-exposición llega con “Wonder Woman” (2017), uno de los grandes éxitos comerciales del cine de superhéroes que la convierte en icono pop global. La secuela, “Wonder Woman 1984”, salió torcida por dispersión narrativa y por su estreno híbrido en plena pandemia, con una recepción dividida que ya anunciaba curvas. Luego encadenó proyectos con resultados desiguales: “Death on the Nile” arrastró retrasos y polémicas externas al filme; “Heart of Stone” buscó el trono del thriller de acción de plataforma sin encontrar una personalidad clara; su breve regreso a la saga “Fast & Furious” apeló a la nostalgia. Y llegó “Blancanieves”, la apuesta de Disney para 2025, donde interpreta a la Reina Malvada.

Ahí están los números que apretaron el debate: una recaudación mundial en torno a 206 millones de dólares, muy por debajo de un presupuesto próximo a los 270 millones, y pérdidas estimadas sobre los 100 millones tras el ciclo de explotación. Cifras frías que han alimentado un argumento recurrente: “Gadot no funciona”. Pero los datos casi nunca viajan solos. El desgaste del subgénero de remakes de acción real, la fatiga de marcas, el ruido en redes y la propia propuesta creativa componen un mosaico más complejo. Culpar a una actriz de un desajuste industrial tan amplio es expedito, no necesariamente exacto.

La sensación de montaña rusa se acentúa al mirar más atrás. La “Wonder Woman” original fue un fenómeno que abrió puertas y cambió inercias en los grandes estudios. A partir de ahí, el listón quedó a una altura casi inalcanzable para la propia Gadot. ¿Tiene limitaciones interpretativas? Sus detractores señalan un rango corto, una dicción plana, un cuerpo más cómodo en la iconografía que en los matices. ¿Tiene virtudes? Presencia, disciplina física, una capacidad para sostener blockbusters que —cuando el material acompaña— no es menor. El juicio sobre su “valía como actriz” se ha visto contaminado por el clima político. A sus defensores les cuesta separar el símbolo de la intérprete; a sus críticos, también.

Los números de “Blancanieves” y el debate

El caso “Blancanieves” merece un apunte específico porque ha sido munición recurrente de la polémica. La película se presentó como buque insignia y acabó en un rendimiento insuficiente, un diagnóstico que nadie discute en los pasillos de la industria. La pregunta relevante es otra: ¿ese tropiezo valida la tesis de que “Gadot arruina cualquier película” o ilustra una crisis más amplia del modelo? Basta mirar el tablero de estrenos de los últimos cursos para detectar que los remakes de catálogo, salvo excepciones, han dejado de ofrecer la relación coste-beneficio que los estudios daban por segura hace una década. Se exigen propuestas nuevas, marketing más afinado, ventanas bien calibradas y, sobre todo, historias. Atribuir el fracaso a un único rostro resulta cómodo, pero simplifica en exceso un problema estructural.

Premios, activismo y el Genesis Prize

El reconocimiento del Genesis Prize a Gal Gadot no es un hecho aislado. Responde a su visibilidad como embajadora informal de la causa israelí y a su participación en iniciativas para mantener el foco en los rehenes, el trauma y la reconstrucción. Al aceptar el galardón, la actriz reiteró su identidad —“orgullosa judía y orgullosa israelí”, dice— y anunció que el millón de dólares asociado al premio se destinaría a organizaciones de atención a víctimas y a proyectos de recuperación. Nada es neutral en ese gesto: para quienes ven la guerra desde el prisma de los derechos humanos y la proporcionalidad, esa narrativa de apoyo cerrado al Estado israelí resulta difícil de tragar; para su comunidad, en cambio, la conversión en icono tiene un valor simbólico y emocional incalculable.

El premio llegó, además, cuando el debate sobre la presencia de voces proisraelíes en grandes escaparates artísticos estaba especialmente enconado. En el circuito de festivales europeos se han planteado llamadas selectivas a “desinvitar” a determinadas personalidades por sus posturas públicas. En la conversación sobre Venecia, por ejemplo, hubo colectivos que reclamaron evitar fotos y alfombras rojas que pudieran interpretarse como blanqueo de políticas. La dirección del certamen, reacia a decisiones punitivas por razones ideológicas, defendió la autonomía del arte. Finalmente, Gadot no acudió. El resultado práctico fue el de tantas veces: no hay veto oficial, pero la presión condiciona las agendas y las imágenes que dan la vuelta al mundo.

Este es el terreno en el que la frase de Hasan Piker encuentra su utilidad política. No busca solamente un titular. Aspira a convertir cada aparición de Gadot en una batalla simbólica, a reabrir en cada gala el debate sobre qué perspectivas merecen altavoz. Lo que en otras épocas habría sido una cuestión de gustos —te gusta o no te gusta como actúa— se ha desplazado a un terreno donde la legitimidad de estar en el centro del escaparate se mide en clave de adhesiones y rechazos.

Qué puede pasar a partir de ahora

Tres escenarios razonables. El primero, el más probable a corto plazo, es el de la continuidad con ruido: Gal Gadot mantiene su agenda de proyectos, aparece en promociones y ceremonias cuando toca, y cada una de esas apariciones genera el consabido pico de polémica. Los organizadores de premios, curtidos en crisis recientes, blindan el show con protocolos de seguridad y correcciones de guion —sin entrar, salvo excepción, en la discusión de fondo—. En este marco, declaraciones como las de Piker son gasolina, pero no cambian la mecánica del motor.

El segundo escenario, algo más áspero, es el de la erosión reputacional. No se trata de un castigo jurídico ni de una sanción pública, sino de la suma de decisiones discrecionales: una invitación que no llega, una mesa redonda que se reconfigura, un estudio que decide evitar ruido colateral y opta por otro rostro. La industria funciona muchas veces en esa clave de gestión de riesgos. Si cada campaña con Gadot exige blindajes, micropolíticas y una inversión desproporcionada en manejo de crisis, habrá ejecutivos que prefieran otro camino. No es un “veto”, pero se le parece en efectos.

El tercer escenario, siempre posible en Hollywood, es el de la relectura. Todo cambia si a corto o medio plazo Gadot se asocia a un título potente, un personaje con capas, una película que logre lo que “Wonder Woman” consiguió en 2017: reinstalarla en el centro desde la ficción. El ruido político no desaparece, pero el relato muta. Hoy, esa hipótesis depende menos de discursos y más de guiones.

Hay un factor adicional que sobrevuela todo: la fatiga social. Los públicos —también los de las polémicas— se cansan. Campañas que hace un año provocaban sismos ahora apenas logran ser trending por unas horas si no van acompañadas de algo tangible. Para que la consigna de “vetarla” tenga recorrido real necesita cristalizar en documentos formales, en posiciones compartidas por actores con peso institucional o en costuras visibles de la temporada de premios. Por el momento, no es el caso.

Balance de una polémica que no termina

La noticia que ha encendido la semana dice algo simple y, al mismo tiempo, revelador. Hasan Piker quiere fuera de los Oscar a Gal Gadot, y lo dice en voz alta, con adjetivos que no admiten media tinta. La propuesta ha encontrado eco, pero la Academia no ha dado un paso en esa dirección. En la última gala, la actriz estuvo en el escenario; hace unas semanas, recibió el Genesis Prize y anunció una donación de un millón de dólares a proyectos de apoyo y reconstrucción. Entre esos hitos se ha formado una corriente de activismo que presiona para convertir su presencia en una anomalía, y una corriente contraria que la reivindica como símbolo. De momento, ninguna de las dos ha impuesto su relato como hecho.

El debate sobre su nivel actoral seguirá ahí —es parte del juego—, pero el corazón de la disputa no va de interpretación. Va de legitimidad pública, de cómo la industria gestiona el entrelazado cada vez más estrecho entre política y espectáculo, de hasta qué punto las alfombras rojas pueden o deben actuar como caja de resonancia de conflictos que desbordan la pantalla. En ese terreno, la palabra “veto” es contundente y eficaz para construir titulares. Otra cosa es convertirla en realidad.

Mientras tanto, Gadot seguirá proyectando esa mezcla de icono y controversia que la acompaña desde que el traje de “Wonder Woman” la puso en el centro del mapa. Si encuentra un papel que vuelva a mover taquillas y despierte a la crítica, la conversación bajará de revoluciones. Si encadena traspiés, subirá el volumen del coro que pide apartarla. A día de hoy, lo que hay es una acusación sonora, una respuesta institucional inexistente y una industria que trata de mantener el equilibrio sobre la cuerda floja. El resto —burbujas de redes, consignas, clips recortados— llena pantallas, pero no cambia el dato esencial: no existe un veto de los Oscar contra Gal Gadot. Y eso, al final, es lo que separa el ruido de los hechos.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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