Síguenos

Actualidad

¿Vale la pena ver ‘Michael’? La crítica dicta sentencia

Publicado

el

biopic de Michael Jackson

‘Michael’ llega entre dudas: brillo, nostalgia y una imitación deslumbrante de Jaafar Jackson en este biopic tan caro como hueco y desigual.

Michael no está aterrizando como el gran biopic definitivo que llevaba años prometiéndose. Más bien al revés. La película de Antoine Fuqua llega con una recepción crítica bastante fría y, en algunos medios, directamente hostil. La foto global es esa: un estreno grande, caro, aparatoso, con una recreación física muy impactante de Jaafar Jackson, pero con una sensación de vacío que se repite de crítica en crítica. En los agregadores internacionales, el arranque ha sido duro: Rotten Tomatoes la situó en una franja muy baja de aprobación en su primera oleada de reseñas y Metacritic la colocó en un terreno claramente desfavorable, con una media en torno a los 38 puntos sobre 100. No es un matiz. Es una advertencia.

Eso coloca la película en un lugar incómodo, casi ingrato. Sí puede interesar a los fans de Michael Jackson, a quien quiera ver sobre la pantalla una réplica casi espectral de sus gestos, sus giros de cuello, su manera de pisar el suelo como si el escenario lo obedeciera. Pero no parece la gran película que muchos esperaban sobre una figura tan gigantesca, tan contradictoria y tan difícil de encerrar en un molde limpio. Lo que se está leyendo en España coincide bastante con lo que se publica fuera: mucho brillo, mucho presupuesto, mucha nostalgia… y poca verdad dramática.

Una superproducción que impresiona más de lo que conmueve

A simple vista, ‘Michael’ parece tenerlo todo. Un director conocido, un reparto solvente, dinero visible en pantalla, escenografías calculadas al milímetro, vestuario impecable, reconstrucciones musicales cuidadísimas y una estrella central que juega con ventaja genética y, aun así, se gana el elogio por méritos propios. Jaafar Jackson no está en la película como una curiosidad familiar. Está porque sostiene gran parte del edificio. Cuando baila, cuando afina el gesto, cuando reproduce esa mezcla extraña de fragilidad y autoridad escénica, la cinta por momentos respira.

Pero una película no vive solo de eso. O no debería. El problema, según se repite en la crítica internacional, es que todo lo que rodea a esa proeza física y coreográfica resulta demasiado obediente, demasiado correcto, demasiado protegido. Como si el filme hubiera decidido construir una vitrina muy cara para colocar dentro una figura intocable. Y un biopic, cuando se vuelve vitrina, deja de mirar a la persona. Mira al mármol. Lo pule. Lo ilumina. Lo deja impecable. También inmóvil.

Ahí está la gran grieta del proyecto. ‘Michael’ tiene apariencia de obra ambiciosa, pero a ratos se comporta como un relato sin riesgo. Entra y sale de los grandes hitos conocidos, pasea por la infancia exigente, por la disciplina feroz del padre, por el ascenso meteórico, por el nacimiento del icono pop global. Lo hace con pulso visual, sí. Con hambre de verdad, bastante menos.

La crítica mundial coincide en algo incómodo

Lo más llamativo no es que haya reseñas malas. Eso, al final, le pasa a cualquier estreno poderoso. Lo significativo aquí es la coincidencia del diagnóstico. La prensa especializada de distintos países, con gustos muy distintos, está llegando a una idea parecida: la película deslumbra por fuera y se queda corta por dentro. Unos la llaman lujosa pero vacía. Otros hablan de un biopic blandito, domesticado, sin verdadera profundidad. Otros, directamente, la reducen a una sucesión de canciones y momentos icónicos que no terminan de construir una historia con espesor.

No hay unanimidad absoluta, claro. Tampoco conviene exagerar. Existen críticas más benévolas que le reconocen oficio, energía, capacidad de espectáculo y una cierta eficacia emocional para el espectador que entra a la sala buscando sobre todo música, memoria y mito. Algunas reseñas salvan el conjunto precisamente por eso: porque, aunque la película no sea una gran biografía, sí funciona en determinados tramos como ceremonia pop. Como celebración de una figura gigantesca. Como producto de alto consumo. Como experiencia para fans.

Pero la media general, esa que no depende del entusiasmo puntual de un crítico o de otro, deja una impresión bastante áspera. No parece una obra discutida entre quienes la aman y quienes la detestan. Parece, más bien, una película que ha generado una decepción amplia, casi transversal, con pequeños focos de defensa alrededor. Y esa diferencia importa. Mucho.

Rotten Tomatoes, Metacritic y la temperatura global

En este tipo de estrenos, los agregadores sirven para medir el clima sin quedarse atrapado en una sola opinión. Y el clima de ‘Michael’ no es precisamente soleado. Rotten Tomatoes la recibió con un porcentaje bajo de críticas favorables en su primera remesa importante, mientras Metacritic la fijó en una media claramente débil, por debajo del aprobado holgado que suele acompañar a los biopics musicales que logran conectar de verdad con la prensa.

La lectura es bastante sencilla. La valoración media global de la crítica, a día de hoy, es floja. No hay forma elegante de disfrazarlo. Todavía puede haber movimiento en las notas, porque siempre lo hay durante los primeros días de estreno, pero el arranque ya dibuja una tendencia. Y esa tendencia dice que el biopic de Michael Jackson no está siendo recibido como una gran película, sino como un espectáculo vistoso con problemas serios de fondo.

En el ámbito del público la foto aún necesita tiempo. Plataformas como IMDb suelen estabilizar sus notas cuando el volumen de votos crece y el ruido inicial se enfría un poco. De momento, lo que pesa de verdad es la recepción profesional, y esa recepción ha sido más cortante que entusiasta.

Jaafar Jackson, el argumento más fuerte de la película

Si hay una razón sólida para sentarse a verla, esa razón se llama Jaafar Jackson. El sobrino del cantante aparece en casi todas las críticas como el gran hallazgo del proyecto, el punto donde la película deja de parecer una operación industrial y se acerca, aunque sea por instantes, a algo vivo. No se trata solo del parecido físico, que ya impresiona. Se trata del trabajo corporal. De la forma de mirar hacia abajo antes de entrar en una frase. Del control del torso. De la precisión en los desplazamientos. De ese aire de delicadeza rota que Michael Jackson convirtió en una firma.

Hay momentos en los que Jaafar no parece imitar a su tío, sino invocar una presencia conocida. Y eso, en una película tan vigilada, tan corregida y tan atenta a la mitología familiar, vale muchísimo. También Colman Domingo, en el papel de Joe Jackson, está siendo uno de los nombres más repetidos entre lo mejor valorado. Su presencia añade tensión, oscuridad y espesor en un relato que a menudo parece escaparse hacia zonas más limpias de la cuenta.

Ese contraste es casi cruel. Los actores empujan hacia arriba y el guion tira hacia abajo. Las actuaciones, sobre todo en las secuencias musicales o familiares más densas, dan la impresión de querer entrar en un terreno más incómodo, más humano, menos ceremonial. La escritura, en cambio, parece recular justo cuando debería apretar. De ahí la sensación que tantos críticos comparten: la película despega cuando se deja llevar por la interpretación, pero pierde fuerza cuando necesita explicar realmente quién fue Michael Jackson fuera del escenario.

La música funciona; la biografía, no tanto

Esto también conviene decirlo sin trampa. Las escenas musicales parecen estar entre lo mejor del filme. Ahí hay electricidad, nervio, precisión, oficio. La maquinaria se engrasa. El espectáculo aparece. La película entiende que Michael Jackson fue, entre otras cosas, un animal escénico irrepetible y que buena parte de su leyenda nace de esa relación hipnótica con la cámara y con el público.

El tropiezo llega cuando el filme intenta convertirse en una narración completa. Porque una buena secuencia musical no sustituye a una gran escena dramática. Una coreografía brillante no resuelve por sí sola una biografía rota. Un montaje pulido no compensa la falta de conflicto real. Y ahí es donde ‘Michael’ empieza a parecer una película que confía demasiado en el reflejo del icono y demasiado poco en el peso de la persona.

El gran problema: un biopic autorizado que no quiere mancharse

La objeción más seria que arrastra la película no tiene que ver con el maquillaje, ni con el ritmo, ni siquiera con el montaje. Tiene que ver con su naturaleza de biopic autorizado. La participación directa de miembros de la familia Jackson ha proyectado desde el principio una sombra muy concreta sobre el proyecto: la sospecha de que el filme iba a proteger más de la cuenta al personaje. Y, por lo que se desprende de la mayoría de críticas, esa sospecha no ha desaparecido. Más bien se ha confirmado.

No se trata de exigir una película de ajuste de cuentas. Tampoco de convertir una superproducción comercial en un tribunal. Se trata de algo más básico. Michael Jackson fue una figura imposible de entender sin sus contradicciones más incómodas. Sin sus zonas oscuras, sus rarezas, el impacto de las acusaciones, la deformación mediática y esa mezcla de genialidad extrema y descomposición pública que convirtió su vida en un fenómeno cultural total. Si el biopic bordea todo eso o lo trata de manera tan cautelosa que apenas altera el recorrido, lo que queda no es una vida compleja. Queda una versión pulida de una vida compleja.

Y eso es exactamente lo que buena parte de la crítica reprocha a ‘Michael’. Que se comporte como una película demasiado pendiente de celebrar y no lo bastante dispuesta a entender. Que abrace el legado, el repertorio y la iconografía, pero evite entrar a fondo en lo que hizo de Michael Jackson una figura fascinante y también profundamente problemática. El resultado es extraño: una película larga que, sin embargo, da la sensación de no atreverse a tocar el centro mismo de su personaje.

Donde debía incomodar, se vuelve prudente

Ahí está el verdadero vacío. No tanto en una escena concreta que falte, sino en la impresión general de que el relato está diseñado para no fracturarse. Para no ensuciarse. Para mantener el tono de homenaje incluso cuando la historia pide otra cosa. Y una película así puede ser elegante, vistosa, comercialmente eficaz incluso. Pero pierde potencia dramática. Pierde peso. Pierde verdad.

En una figura como Michael Jackson, esa renuncia se nota el doble. Porque no hablamos de un músico de éxito más. Hablamos de un artista que fue niño prodigio, superestrella global, fenómeno industrial, icono visual, objeto de devoción, caricatura mediática y centro de algunas de las polémicas más duraderas del pop contemporáneo. Pretender resumir ese trayecto con un tono demasiado noble deja una sensación inevitable: falta aire. Falta riesgo. Falta calle. Falta herida.

En España la lectura va por el mismo camino

La recepción española no se ha desviado demasiado de ese carril. Aquí también está pesando la idea de que ‘Michael’ luce muchísimo más de lo que cuenta. Los análisis publicados en medios nacionales han coincidido, con matices, en describir una película vistosa, cuidada, musicalmente efectiva, pero demasiado refugiada en los años dorados y demasiado reacia a bajar al barro. En otras palabras, España no está leyendo la película como una excepción luminosa frente a una crítica extranjera más severa. Está viendo, básicamente, lo mismo.

Eso dice bastante del filme. Cuando periódicos y revistas con sensibilidades distintas acaban rozando la misma conclusión, suele ser porque hay algo estructural en la obra que salta a la vista. Aquí ese algo es la distancia entre el envoltorio y el núcleo. El envoltorio convence. El núcleo, bastante menos. La película parece pensar que con buena factura y respeto reverencial al mito bastará para empujar al espectador. Y durante algunos minutos, sí, basta. Luego empieza a pesar el hueco que deja lo no contado, lo apenas rozado, lo limado con exceso de delicadeza.

Tampoco ayuda que el género del biopic musical llegue algo fatigado. En los últimos años se ha instalado una fórmula muy reconocible: gran estrella en transformación física, infancia difícil, ascenso meteórico, trauma íntimo, discusión familiar, canción clave, caída parcial, renacimiento simbólico. Funciona. O funcionaba. Pero Michael Jackson no cabe de verdad en una plantilla tan dócil. Si la película insiste en meterlo ahí, se nota la costura.

Entonces, si alguien duda, la respuesta es bastante simple

Para quien busque la gran película sobre Michael Jackson, la respuesta es más bien negativa. No parece imprescindible. No da la impresión de que vaya a reescribir el género ni de que vaya a quedar como una obra decisiva dentro de la filmografía reciente sobre músicos. Tiene demasiado respeto por el símbolo y demasiado miedo a romperlo. Eso limita su alcance.

Para quien entre con otra expectativa —ver a Jaafar Jackson transformado en un espejo casi imposible, escuchar grandes canciones, contemplar la maquinaria del mito funcionando otra vez— la experiencia puede resultar satisfactoria. Incluso emocionante a ratos. La película ofrece destellos. Tiene momentos de empuje. Tiene secuencias donde el cuerpo de Michael vuelve a aparecer con una precisión que roza lo inquietante. Pero eso no la convierte automáticamente en una gran obra. La deja en otra categoría: homenaje vistoso, biografía insuficiente.

Esa es, al final, la sentencia que mejor resume el consenso de la crítica. Vale la pena a medias. Como espectáculo, sí tiene elementos de interés. Como retrato profundo, no termina de cumplir. Como película total sobre el Rey del Pop, se queda corta.

Cuando el mito pesa más que la película

Lo más revelador de ‘Michael’ quizá no sea su fracaso parcial, sino el tipo de decepción que provoca. Nadie esperaba una película sencilla sobre un personaje así. Lo que muchos críticos parecen haber encontrado, en cambio, es una película demasiado sencilla para un personaje tan difícil. Y esa es una diferencia decisiva. Porque no estamos ante una obra desbordada por la complejidad de su tema, sino ante una obra que parece haber optado por reducir esa complejidad para no romper el equilibrio del homenaje.

Al final queda eso: un filme lujoso, muy calculado, sostenido por la transformación de Jaafar Jackson y por una iconografía poderosa, pero incapaz de atravesar de verdad la figura que pretende retratar. La música deslumbra. El mito sigue ahí, intacto, enorme. La película, en cambio, se queda un poco más abajo, donde empiezan los aplausos y no termina de llegar el cine.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

Lo más leído