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¿Cómo está Morante tras la dura cogida sufrida en Sevilla?

Morante de la Puebla cae herido en Sevilla tras una cogida en La Maestranza y el parte médico marca una tarde decisiva de la Feria de Abril.
Morante de la Puebla terminó la tarde en la enfermería de la Real Maestranza después de sufrir una cogida durante su actuación en Sevilla. El dato central, el que de verdad ordena la noticia entre tanto titular atropellado, es este: el torero fue herido en el glúteo izquierdo al recibir al cuarto toro de la tarde, segundo de su lote, y tuvo que ser trasladado de inmediato para ser atendido por el equipo médico de la plaza. La intervención fue inmediata y el festejo cambió de tono en un segundo, como cambian estas cosas en el toreo: del murmullo artístico al silencio espeso, del compás elegante al miedo seco.
Lo que se sabía en ese primer momento era suficiente para entender la gravedad del percance, aunque no bastaba todavía para medirlo con precisión quirúrgica. Había herida por asta de toro, paso a la enfermería y una operación en marcha, pero el parte médico completo, con trayectorias, profundidad exacta y pronóstico cerrado, no se había difundido aún. En un ecosistema donde a veces se exagera por sistema y otras se minimiza por costumbre, lo razonable era quedarse ahí, en la baldosa firme. Morante estaba herido, no pudo seguir la lidia y Sevilla se quedó pendiente de un boletín médico como si la tarde entera respirara por ese papel.
La cogida que partió la tarde en dos
No fue en el segundo toro de la corrida, como deslizaron algunas alertas apresuradas, sino en el cuarto, que era el segundo de Morante. Esa precisión parece menor, pero no lo es. En el toreo, donde el relato se construye al milímetro y cualquier detalle mueve el sentido de una crónica, conviene dejarlo limpio desde el principio. El animal se llamaba “Clandestino”, llevaba el número 178, pesaba 512 kilos y pertenecía a la ganadería de Hermanos García Jiménez. Negro castaño. Nombre casi literario, por cierto, y sin embargo lo que dejó no fue literatura sino una escena abrupta, áspera, con el cuerpo del torero en el suelo.
Morante trataba de fijarlo con el capote cuando el toro se le vino al pecho y lo arrolló. La acción fue rápida, casi brutal por lo escueta. Nada de esas cogidas largas que parecen desarrollarse a cámara lenta en el recuerdo. Esto fue un latigazo. El torero cayó al albero, quedó boca abajo y mostró enseguida señales claras de dolor, llevándose la mano a la zona herida. Entraron las cuadrillas, acudieron las asistencias, la plaza mudó de respiración. Es curioso cómo en una plaza de toros miles de personas pueden callarse a la vez y aun así hacer ruido. Pasó algo parecido.
A partir de ahí, el esquema fue el de las tardes torcidas por una cornada seria: traslado inmediato, intervención de los servicios médicos y reorganización sobre la marcha. Borja Jiménez se hizo cargo de “Clandestino”. El rito siguió, porque el rito siempre sigue, pero el centro de la escena ya no estaba en el ruedo. Estaba detrás de la puerta de la enfermería.
El toro, el instante y el desconcierto
El nombre del toro quedó pegado a la noticia desde el primer minuto. “Clandestino” no fue un dato accesorio, de esos que se leen y se olvidan. En la liturgia taurina, el nombre del animal que hiere a una figura se incrusta en la memoria de la tarde. No por romanticismo barato, sino porque el toreo tiene esa manía española de personalizarlo todo, incluso el daño. Este cuarto toro, segundo del lote de Morante, cambió de golpe una corrida que venía cargada de expectación y la convirtió en otra cosa, más cruda, más material, menos ceremonial.
El desconcierto inicial tuvo mucho que ver con la confusión típica de las crónicas urgentes. Unos hablaban del segundo toro de Morante, otros del cuarto de la corrida, otros mezclaban ambas cosas como si no importara. Pero importa. Importa porque no es lo mismo que la cogida llegue al comienzo del festejo o cuando la tarde ya ha tomado temperatura. Importa porque Morante no estaba en un turno menor ni en una comparecencia de trámite. Estaba metido de lleno en una de esas tardes de Sevilla que, cuando se cargan de fe y de expectativa, parecen girar alrededor de un solo hombre.
Qué se sabe del parte médico y cómo está Morante
Lo verificado en ese momento situaba la lesión en el glúteo izquierdo. Esa localización no es un detalle menor. En las heridas por asta de toro, la gravedad no depende solo del punto de entrada, sino de la trayectoria, de la profundidad y de las estructuras afectadas. Un par de centímetros pueden separar una cornada aparatosa de una lesión gravísima. Por eso, mientras no aparece el parte completo, cualquier sentencia rotunda suena a barra de bar con pretensiones de quirófano.
Sí estaba claro que la herida exigió atención inmediata y que Morante estaba siendo intervenido en la enfermería de la plaza. Eso por sí solo ya aparta el percance del cajón de las volteretas sin consecuencias. No fue una simple contusión, no fue una tarde incómoda que se solventa con orgullo y gesto. Fue una lesión suficiente para interrumpir su actuación, llevarlo a la enfermería y dejar en suspenso el alcance real del percance. Ese es el retrato serio.
La pregunta práctica que flotaba, naturalmente, era cómo estaba el torero y qué podía pasar después. Sin parte definitivo, lo que cabía decir era esto: Morante estaba consciente, había sido atendido de inmediato y no podía seguir en el ruedo. Faltaba saber si, tras la intervención en la plaza, sería necesario traslado hospitalario, observación prolongada o un reposo menos extenso. En otras palabras: había motivo para la inquietud, pero no base suficiente para jugar a los pronósticos con la alegría obscena de algunos titulares.
La diferencia entre una herida seria y una gravísima
En una lesión en la región glútea, lo decisivo suele estar debajo de lo que se ve. Músculo, fascia, trayectorias, desgarros, sangrado interno. El público contempla una imagen; los médicos leen otra. Ahí está la distancia entre la plaza y la enfermería, entre el susto visible y la evaluación real. Morante mostró dolor claro, eso sí; no hubo ese gesto altivo del que se sacude una voltereta para convencer a todos de que no ha pasado nada. Pasó algo. Bastante.
Y conviene insistir en una idea sencilla, casi antipoética: en el toreo la épica llega después; primero va la medicina. Primero se limpia la herida, se estudia la trayectoria, se mide el daño. Luego, ya si eso, llegan las frases redondas, los recuerdos de otras tardes, los brindis retrospectivos. A veces España hace el camino al revés y así nos luce el pelo. En Sevilla, al menos en ese primer tramo de la noticia, lo serio era esperar al documento médico y no inventar centímetros con mucha soltura y poca vergüenza.
No, no fue la primera cogida de su carrera
Plantear que esta pudiera ser la primera cogida de Morante sería desconocer por completo la trayectoria del torero. No lo fue, ni de lejos. Morante arrastra una carrera larguísima, llena de tardes memorables, bajonazos, retiros, regresos y percances de muy distinta entidad. Forma parte del oficio, por crudo que suene. Otra cosa es que algunas cogidas queden más fijadas que otras en la memoria taurina.
Uno de los antecedentes más serios fue el de Huesca, en agosto de 2013, cuando sufrió una cornada grave en el muslo izquierdo con varias trayectorias. Aquella vez el pronóstico fue grave y la lesión tuvo un alcance muy superior al de tantos percances que se cuentan casi por rutina. Ese episodio aparece siempre que se repasa su historial porque fue una de las cornadas más importantes de su carrera y porque mostró de forma muy clara hasta qué punto el cuerpo del torero está siempre a un palmo del desastre.
Más cerca en el tiempo está el percance de Pontevedra, en agosto de 2025, también serio, con una cornada grave en el muslo derecho que obligó a intervención y abrió un periodo de recuperación. Aquella lesión tuvo trayectorias bien definidas y una afectación muscular concreta. Compararla con la de Sevilla solo tenía sentido a medias mientras no se conociera el parte completo de la Maestranza, pero sí servía para colocar la noticia en una escala razonable: Morante no estaba ante una novedad biográfica ni ante una exageración pasajera. Estaba dentro de una historia profesional donde las cornadas ya han dejado huella.
Otras cogidas y otros golpes que no fueron lo mismo
También hubo percances menos severos, como el de Marbella en 2025, cuando el parte habló de una herida incisa en la cabeza y una contusión en la cadera. Aquello fue aparatoso, sí, pero no comparable a una herida por asta con intervención en la enfermería. Y ahí está una de las trampas del relato taurino cuando se acelera: se mete todo en el mismo saco. No es lo mismo una brecha, una voltereta, una contusión, una paliza de toro o una cornada con trayectoria. Se parece en la foto. En la realidad, no.
La cogida de Sevilla, por lo que se sabía en ese punto, entraba en la categoría de percance serio. No necesariamente en la de los más graves de su vida, porque eso exige datos que todavía no se habían publicado, pero sí en la de esos golpes que alteran una temporada, cortan una tarde por la mitad y hacen que toda la conversación taurina deje de hablar de faenas para hablar de heridas.
Sevilla, Morante y una tarde que venía cargada
El contexto hace la noticia todavía mayor. Morante no comparecía en Sevilla como un torero más del abono ni como una figura en un día discreto. Venía de encender la Maestranza unos días antes, de reactivar discusiones sobre el palco, la Puerta del Príncipe y esa capacidad suya, intacta, para convertir una corrida en un asunto casi de orden público sentimental. Cuando Morante aparece en Sevilla en un momento de forma y con la plaza entregada, la tarde se vuelve algo parecido a una ceremonia civil. Se exagera, claro. España tiene esa tendencia a exagerar cuando encuentra a un artista al que elevar. Pero algo de eso había.
La corrida, además, presentaba un cartel de máxima expectación, con no hay billetes y una terna completada por Borja Jiménez y Tomás Rufo. No era una comparecencia menor. Era una de esas tardes colocadas con rotulador rojo en el calendario de la temporada. Por eso la cogida tuvo un eco tan inmediato. No interrumpió una jornada gris; interrumpió una tarde cargada de temperatura, de contexto, de fe taurina, de ruido previo.
A eso se suma el momento personal del propio Morante. Su retirada anunciada en octubre de 2025 y su posterior vuelta a los ruedos habían reavivado alrededor de él una narrativa muy poderosa: la del artista que se marcha, regresa y vuelve a colocarse en el centro del escenario casi sin transición. Esa clase de relatos fascina al mundo del toro porque mezcla biografía, estética y melodrama. La cogida de Sevilla cae justo en medio de esa película y la desordena. O la complica, que a veces es peor.
La Maestranza, entre la devoción y el susto
Sevilla tiene con Morante una relación especial, por no decir casi enfermiza en el mejor y en el peor sentido. Lo admira, lo discute, lo espera, le exige, lo bendice. Todo a la vez. Por eso una cogida suya en la Maestranza no se vive como una cornada más del calendario. Se vive como un corte en la corriente emocional de la feria. La plaza pasó del fervor a la inquietud con una velocidad tremenda. Esa transición resume bastante bien lo que ocurrió.
El toreo, cuando se pone solemne, se vuelve insoportable. Pero cuando una cornada interrumpe una tarde así, recuerda de forma brutal de qué está hecha la fiesta: arena, cuerpo, asta y riesgo. Lo demás, las metáforas, llegan después. A veces sobran. En Sevilla esa tarde sobraban casi todas.
Qué puede pasar con su temporada tras la herida
El efecto inmediato sobre el calendario de Morante dependía del parte médico definitivo. Sin ese documento, hablar de reapariciones, bajas cerradas o tiempos de recuperación exactos era puro teatro. Lo que sí podía decirse era que una herida en esa zona, con intervención en la enfermería y dolor manifiesto, no invita precisamente a imaginar un regreso exprés como si nada hubiera ocurrido. El cuerpo no entiende de propaganda.
Si la lesión quedaba en un trayecto limitado, con afectación contenida y sin complicaciones, el parón podría ser relativamente corto. Si aparecían trayectorias mayores, desgarros musculares importantes o necesidad de vigilancia hospitalaria, el horizonte cambiaba por completo. Así funciona esto. El problema es que muchas veces se exige una certeza instantánea en un momento en el que ni siquiera el propio quirófano de plaza la tiene. El lector quiere saber cuánto, y el médico, con buen criterio, suele responder primero dónde, cómo y hasta qué punto.
En el caso de Morante, además, cada baja adquiere un peso especial porque su presencia no es intercambiable. No ocupa simplemente un hueco en un cartel. Arrastra público, conversación y clima. Una eventual ausencia en próximas citas no sería solo un movimiento logístico; sería una alteración del mapa emocional de la temporada. Suena grandilocuente, sí, pero basta ver cómo estaba Sevilla antes de la cogida para entender que no es literatura vacía.
Lo que deja una tarde así en la memoria de Sevilla
La noticia, al final, se puede resumir sin adorno y sin tramoya. Morante de la Puebla fue cogido en la Real Maestranza de Sevilla por el cuarto toro de la tarde, “Clandestino”, de Hermanos García Jiménez, con 512 kilos, sufrió una herida en el glúteo izquierdo y tuvo que pasar a la enfermería para ser intervenido. No era su primera cogida, ni mucho menos. Tampoco había base todavía para equipararla de manera automática con las más graves de su historial. Pero sí era, sin discusión, un percance serio en una tarde de máxima exposición y en la plaza donde cada gesto suyo adquiere un tamaño desproporcionado.
Eso es lo que queda. Una corrida rota en dos. Un torero herido cuando la tarde parecía ir por otro camino. Un público pendiente de un parte médico. Y Sevilla, que tantas veces convierte el toreo en una discusión estética interminable, obligada de repente a recordar que debajo del arte hay carne. Carne y riesgo. Lo demás, por mucho que se recite, es decorado.

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