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¿Qué pasa en Bolivia? Paz defiende el ajuste que agitó las calles
Rodrigo Paz defiende en Bolivia un ajuste que duplicó el combustible, encendió las calles y agrava la pelea política en plena crisis social.

Rodrigo Paz ha salido a defender sin rodeos el rumbo de su Gobierno en Bolivia, aunque ese rumbo le haya costado meses de protestas, desgaste político y una factura social muy seria. En su discurso por la Independencia, pronunciado en Sucre, el presidente sostuvo que heredó un país “devastado y moribundo” y justificó sus medidas económicas como impopulares, sí, pero también necesarias. No intentó dulcificar el mensaje. Más bien lo contrario.
La clave está ahí: Paz no está discutiendo que el ajuste duela, porque duele. Está afirmando que, a su juicio, no había alternativa inmediata ante una economía marcada por la escasez de dólares, la caída de las reservas internacionales, el agotamiento del modelo de subsidios y una presión creciente sobre el abastecimiento. El problema es que esa explicación, por sólida que suene en un despacho, se estrella contra la vida diaria cuando el combustible sube, el transporte se encarece y la cesta básica empieza a respirar con dificultad.
El discurso de Paz llega después de meses de tensión
El presidente boliviano utilizó una fecha cargada de simbolismo para lanzar un mensaje político muy claro: su Gobierno no piensa rectificar el corazón del ajuste económico. Paz enmarcó su plan como una operación de rescate nacional, casi de urgencias, después de años de desequilibrios acumulados. La escena tenía algo de parte médico y algo de ajuste de cuentas con el pasado.
Su tesis es que Bolivia venía arrastrando una economía cada vez más frágil, sostenida por subvenciones costosas, una dependencia peligrosa del Estado y unas cuentas públicas incapaces de aguantar mucho más. El Gobierno insiste en que la situación heredada obligaba a tomar decisiones rápidas, incluso al precio de asumir un enorme coste político. Y ese coste ya se ha cobrado una parte importante de la tranquilidad social.
El combustible encendió la calle
La decisión más explosiva fue la eliminación de los subsidios a los carburantes, vigentes durante décadas. Era una medida popular, porque mantenía bajos los precios de la gasolina y el diésel, pero también era una losa para unas finanzas públicas cada vez más exhaustas. Paz decidió cortar por ahí. Y la reacción fue inmediata.
El encarecimiento del combustible llegó a ser tan brusco que, en la práctica, los precios se duplicaron. Eso no se quedó en la gasolinera. Se coló en el transporte, en los alimentos, en la distribución de mercancías, en la farmacia, en el pequeño comercio. Cuando sube la energía en un país tensionado, todo se mueve detrás como fichas de dominó. Un dominó bastante cruel.
Del surtidor a la mesa
La población empezó a notar el golpe en lo más básico. Los bloqueos de carreteras y la escalada de la tensión dejaron escenas de escasez de alimentos y medicamentos, retrasos en el abastecimiento y una sensación de asfixia en amplias zonas del país. La economía dejó de ser una abstracción para convertirse en una molestia palpable, diaria, de esas que se sienten en el bolsillo y en la paciencia.
Ese deterioro cotidiano explica por qué las protestas no fueron solo una disputa ideológica entre oficialismo y oposición. Hubo un malestar social real, con sectores que veían cómo el remedio económico les estaba cayendo encima antes de que apareciera cualquier mejora visible. Paz habla de cirugía; buena parte de la calle sintió el bisturí, no la recuperación.
Las protestas pusieron a prueba al nuevo poder
Las manifestaciones y bloqueos fueron creciendo durante semanas, impulsados por sindicatos, organizaciones sociales y sectores próximos al expresidente Evo Morales, aunque no solo por ellos. En varios momentos, el rechazo al ajuste derivó en peticiones directas de dimisión contra Paz. El conflicto dejó de ser una protesta sectorial y pasó a convertirse en una crisis política de alcance nacional.
El Gobierno respondió declarando el estado de emergencia en junio y desplegando al Ejército para evitar nuevos bloqueos y concentraciones. Esa maniobra le permitió recuperar cierto control del territorio y reducir la presión en las calles, pero abrió otra discusión incómoda: hasta qué punto una crisis social puede abordarse como un problema de orden público. Es la vieja tentación de muchos gobiernos, de derechas y de izquierdas, cuando la calle se vuelve ingobernable.
Entre el control y el desgaste
Paz logró contener las movilizaciones más duras, pero no salió indemne. En política, sofocar una protesta no equivale siempre a resolver lo que la provocó. A veces solo cambia el paisaje: desaparecen las barricadas, queda el resentimiento. Bolivia entra así en una fase menos ruidosa, aunque no necesariamente más estable.
El presidente intenta presentarse como un dirigente dispuesto a pagar el precio de la impopularidad para evitar una crisis mayor. Sus críticos lo retratan como el responsable de haber cargado el ajuste sobre la población más vulnerable. Entre una versión y la otra está la realidad, que suele ser menos épica y más áspera: un país exhausto, una economía en apuros y una sociedad que desconfía cuando le piden sacrificios.
Evo Morales sigue en el fondo del cuadro
Paz ha señalado a Evo Morales como uno de los grandes agitadores de la protesta. Es verdad que el expresidente conserva peso político y capacidad de movilización, sobre todo en sectores sociales e indígenas que siguen viéndolo como una figura central. Pero reducir toda la crisis a una maniobra de Morales sería una simplificación interesada, demasiado limpia para una situación tan desordenada.
Las protestas han expresado también un descontento transversal: trabajadores, transportistas, colectivos populares y ciudadanos sin especial militancia que sienten que el ajuste ha golpeado demasiado rápido. Morales aparece en el tablero, por supuesto. Su sombra sigue siendo larga. Pero el problema de Paz no es solo Morales; es el efecto concreto de sus medidas sobre la vida diaria de millones de bolivianos.
El gran examen empieza después del discurso
El mensaje presidencial en Sucre no cierra la crisis; apenas intenta reordenar el relato. Paz se presenta como el gobernante que asumió la parte ingrata de un rescate económico que nadie quería ejecutar. La pregunta de fondo no está en si el ajuste era simpático —no lo era—, sino en si conseguirá estabilizar el país sin fracturarlo aún más.
Bolivia entra en una etapa delicada. Si el Gobierno logra frenar el deterioro, recuperar margen financiero y aliviar el desabastecimiento, Paz podrá vender su dureza como una apuesta incómoda pero eficaz. Si no ocurre, su defensa del ajuste sonará a discurso de resistencia y poco más. En política, como en la vida, los sacrificios solo se toleran cuando empiezan a mostrar algún resultado. Mientras tanto, la calle toma nota.
Un país entre la necesidad y la fatiga
Bolivia vive atrapada entre dos fuerzas que chocan sin descanso: la necesidad de corregir una economía deteriorada y la fatiga social de una población que ya no soporta más golpes sobre el coste de la vida. Rodrigo Paz ha decidido jugarse buena parte de su capital político en esa cuerda floja.
Su discurso deja una idea nítida. El Gobierno no va a esconder que el ajuste existe, ni que ha sido doloroso. Lo que está por ver es si esa franqueza política bastará para sostener un proyecto acosado por la protesta, la polarización y el recuerdo persistente de un país que, cada vez que intenta cambiar de modelo, parece hacerlo con el motor gripado.

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