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¿Por qué el papel higiénico enciende la guerra comercial EEUU-Canadá?

Canadá responde a Trump con nuevos aranceles y el papel higiénico se convierte en símbolo de una guerra comercial que llega al supermercado.

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La guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá ha terminado en un lugar bastante menos solemne que los despachos presidenciales: el pasillo del papel higiénico. Los nuevos aranceles impulsados por Donald Trump sobre productos canadienses están encareciendo materias primas esenciales para fabricar papel doméstico en Estados Unidos, mientras Ottawa prepara su propia represalia para el 8 de septiembre. En el país comienza a aparecer, además, un fenómeno conocido: consumidores que adelantan compras por miedo a futuras subidas. El recuerdo de 2020 todavía pesa.

Pero conviene aclarar desde el principio una cifra que puede llevar a engaño. El papel higiénico no va a costar automáticamente un 50% más. Canadá aplicará desde el 8 de septiembre un arancel del 25% al papel higiénico estadounidense importado, mientras determinadas materias primas y productos intermedios de papel sí estarán gravados con un 50%. En Estados Unidos ocurre algo parecido: el golpe más serio afecta a la pulpa canadiense utilizada por los fabricantes, cuyo mayor coste puede terminar trasladándose, parcialmente y con cierto retraso, al consumidor.

No hay, por tanto, una ecuación tan sencilla como arancel del 50%, precio del rollo un 50% más caro. Los aranceles se aplican sobre importaciones, no directamente sobre el precio que aparece en la etiqueta del supermercado. Entre una cosa y otra se interponen fabricantes, distribuidores, existencias acumuladas, contratos anteriores y márgenes comerciales. La subida puede llegar. Otra cosa es cuánto.

El papel higiénico, víctima inesperada de los aranceles de Trump

El origen inmediato del problema está en la nueva ofensiva comercial de Washington. Estados Unidos comenzó el 22 de agosto a aplicar aranceles del 50% a unos 20.000 millones de dólares estadounidenses en importaciones canadienses, equivalentes a alrededor de 27.600 millones de dólares canadienses. La medida llegó después del fracaso de las negociaciones comerciales entre ambos países.

Entre los materiales afectados figura la pulpa química blanqueada de coníferas procedente de Canadá, conocida en la industria por las siglas NBSK. Puede sonar a materia prima perdida en algún almacén industrial de Ontario, pero termina literalmente entre las manos de millones de estadounidenses: es uno de los componentes que permiten fabricar papel higiénico resistente y, sobre todo, suave.

Esta fibra canadiense representa aproximadamente entre el 15% y el 30% de la mezcla utilizada en determinados papeles higiénicos de gama alta. En algunas toallas de cocina de mayor calidad, la proporción puede situarse entre el 50% y el 65%. Ahí aparece la factura escondida del arancel: una medida dirigida contra Canadá puede terminar elevando los costes de las propias fábricas estadounidenses.

Las estimaciones de especialistas de la industria apuntan a que el coste de fabricación del papel higiénico prémium podría aumentar aproximadamente entre un 11% y un 20%, mientras que en determinadas toallas de papel el incremento podría alcanzar entre el 31% y el 38%. Eso no implica una subida idéntica en las tiendas. Las compañías pueden absorber parte del coste, reducir márgenes, modificar sus mezclas de fibras o repercutir únicamente una fracción al cliente.

La subida no tiene por qué aparecer inmediatamente en las tiendas

El efecto tampoco debería producirse de golpe. La industria mantiene inventarios de materias primas y productos terminados, de manera que la presión sobre los precios puede tardar semanas en llegar al supermercado. Las estimaciones del sector sitúan ese colchón aproximadamente entre 45 y 60 días, aunque dependerá de cada fabricante y de sus contratos de suministro.

Existe otra posibilidad: sustituir parte de la fibra canadiense por pulpa fabricada con pino del sur de Estados Unidos. Técnicamente es viable, pero tiene una pequeña trampa doméstica. El producto resultante puede perder algo de suavidad. La guerra comercial, al parecer, también tiene textura.

No existe por el momento evidencia de una escasez nacional de papel higiénico comparable con la vivida durante los primeros meses de la pandemia. Sí han aparecido compras anticipadas y preocupación por futuras subidas, un comportamiento bastante reconocible cuando el consumidor escucha simultáneamente las palabras arancel, inflación y papel higiénico. La memoria colectiva tiene sus resortes.

Canadá responderá el 8 de septiembre con sus propios aranceles

Ottawa ha decidido devolver el golpe. El Gobierno canadiense anunció contramedidas sobre productos estadounidenses por aproximadamente 27.600 millones de dólares canadienses, siguiendo una respuesta concebida como equivalente al paquete aprobado desde Washington. Los nuevos gravámenes serán del 15%, 25% o 50%, dependiendo de la mercancía, y entrarán en vigor el 8 de septiembre de 2026.

La lista atraviesa buena parte de la economía cotidiana: acero, productos lácteos, electrodomésticos, maquinaria agrícola, electrónica, pulpa y papel. En determinadas categorías, el arancel canadiense llegará al 50%. Es una respuesta diseñada para que el coste político de la disputa también se note al otro lado de la frontera.

El dato que evita la confusión: 25% para el rollo, 50% para otros papeles

El papel higiénico estadounidense terminado tendrá un arancel canadiense del 25%, no del 50%. También soportarán un gravamen del 25% los pañuelos faciales y determinados productos similares. En cambio, ciertas bobinas de papel sanitario, pulpas, servilletas y otras categorías de la industria papelera aparecen gravadas con tipos de hasta el 50%.

La diferencia importa. Un arancel del 50% tampoco significa, por definición, que una tienda eleve el producto exactamente un 50%. El impuesto se calcula sobre el valor de importación en frontera; después entran en escena los márgenes empresariales, los contratos previos, las existencias, los costes logísticos, la sustitución de proveedores y la competencia entre marcas.

La paradoja resulta difícil de mejorar: Washington utiliza aranceles para proteger a sus productores, pero algunos fabricantes estadounidenses compran precisamente en Canadá la fibra que necesitan para producir en Estados Unidos. Cuando una cadena industrial cruza una frontera varias veces antes de llegar al supermercado, levantar una barrera en un extremo suele mover los precios en el otro.

Del supermercado al boicot: Canadá deja de comprar estadounidense

La batalla comercial tampoco se limita a los gobiernos. Una parte considerable de la sociedad canadiense lleva meses modificando sus hábitos para evitar productos estadounidenses, una tendencia que se ha reforzado a medida que aumentaba la tensión entre Ottawa y Washington.

Durante el verano, alrededor del 40% de los consumidores canadienses que compraban alimentos afirmaban comprobar activamente el país de origen de los productos. Entre quienes miraban la etiqueta, muchos optaban por devolver al estante los artículos estadounidenses y escoger una alternativa canadiense o procedente de otro país.

El fenómeno ha generado incluso sus propias siglas: ABUS, de Anything but US, cualquier cosa menos Estados Unidos, y ABUSA, Anywhere but USA. No es solamente una campaña de internet. Miles de canadienses han relatado cambios en sus compras, viajes, servicios digitales e inversiones desde que comenzó el enfrentamiento comercial.

Hay casos especialmente ilustrativos. William McDonald, mecánico diésel de Ontario, calcula que sustituir la cerveza estadounidense por canadiense le cuesta alrededor de 1.000 dólares canadienses adicionales al año y que su cesta de la compra se ha encarecido unos 50 dólares canadienses semanales. Aun así, mantiene el boicot y asegura que trabaja aproximadamente una hora adicional para compensar ese gasto.

Otros consumidores han sustituido ketchup, queso, whisky, productos tecnológicos e incluso marcas concretas de papel higiénico. La nacionalidad que aparece en la etiqueta, antes casi invisible, se ha convertido para parte del público canadiense en otro criterio de compra.

La protesta llega más lejos. Algunos canadienses aseguran haber cancelado servicios estadounidenses de streaming, vendido dispositivos tecnológicos, reducido el uso de plataformas de compañías norteamericanas o cambiado sus vacaciones para no viajar a Estados Unidos. Hay quien prefiere conducir varias horas dentro de Canadá antes que cruzar la frontera para consumir en territorio estadounidense. El comercio exterior convertido en decisión íntima, casi doméstica.

Trump recupera una ley de 1930 que nunca se había utilizado

Detrás de esta nueva ronda arancelaria hay además una singular batalla jurídica. Trump recurrió a la Sección 338 de la Ley Arancelaria de 1930, una disposición aprobada durante la Gran Depresión que permite al presidente imponer aranceles de hasta el 50% a países que Washington considere responsables de discriminar comercialmente a Estados Unidos.

La herramienta tiene algo de reliquia encontrada en el fondo de un cajón: ningún presidente estadounidense la había utilizado antes. Su aplicación tampoco había sido examinada de esta manera por los tribunales. Algunos especialistas consideran que leyes comerciales posteriores pudieron limitar el alcance de aquella facultad; otros sostienen que el texto continúa vigente.

Washington acusa a Canadá de discriminar productos estadounidenses, especialmente en sectores como lácteos, automóviles y bebidas alcohólicas. Ottawa rechaza esa interpretación y sostiene que las últimas exigencias estadounidenses hicieron imposible cerrar un acuerdo satisfactorio. La consecuencia ha sido una vieja receta comercial: arancel contra arancel, producto contra producto.

Y cuando dos economías llevan décadas funcionando casi como una sola máquina, las represalias tienen efectos difíciles de contener. Canadá y Estados Unidos comparten cadenas de suministro profundamente integradas en automoción, agricultura, manufacturas, energía y productos forestales. Una pieza cruza la frontera, vuelve transformada, se incorpora a otro producto y quizá cruza otra vez. El arancel rara vez se queda quieto donde lo coloca el político.

Una guerra comercial que termina pasando por caja

El papel higiénico se ha convertido en el símbolo más extravagante de una disputa mucho mayor. Estados Unidos grava materias primas canadienses esenciales para sus propias fábricas; Canadá responde castigando cientos de productos estadounidenses; y los consumidores de ambos lados empiezan a recalcular sus compras. No hace falta que desaparezcan los rollos de las estanterías para que el efecto resulte visible.

En Canadá, el golpe comercial se mezcla con un boicot social a los productos estadounidenses que ya está modificando hábitos de consumo. En Estados Unidos, la cuestión inmediata es cuánto del mayor coste de la fibra absorberán los fabricantes y cuánto terminarán trasladando a los precios. Las estimaciones apuntan a costes industriales sensiblemente mayores, pero no a una subida automática del 50% en caja.

El 8 de septiembre añadirá una nueva capa al conflicto cuando entren en vigor las contramedidas canadienses. Hasta entonces, los rollos de papel higiénico seguirán cumpliendo una función bastante inesperada: medir hasta qué punto una guerra comercial aparentemente abstracta puede aterrizar en las cosas más corrientes. Porque las grandes disputas económicas suelen comenzar con discursos solemnes. Y algunas, visto lo visto, terminan en el cuarto de baño.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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