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¿Palantir quiere una IA militar para rehacer Occidente?

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Google abarata la IA

Palantir lanza un manifiesto que coloca la IA en el centro de la defensa y redefine el papel militar de Silicon Valley.

Palantir ha decidido dejar de hablar como una empresa tecnológica al uso y empezar a hablar como algo más incómodo: una empresa que quiere fijar doctrina política, industrial y militar. El texto que ha difundido, una versión resumida en 22 tesis de la idea central de The Technological Republic, no es un simple ejercicio de marketing ni un capricho ideológico de Alex Karp. Es un programa de fondo. Plantea que Silicon Valley debe abandonar la neutralidad, que la inteligencia artificial tiene que ocupar el centro de la defensa nacional y que la vieja lógica de disuasión basada en el átomo empieza a convivir con otra nueva, marcada por el software, los datos, la automatización y la velocidad de decisión. No habla solo de tecnología. Habla de poder. Y, más concretamente, de quién lo construye, quién lo administra y con qué legitimidad.

La novedad real no está en el tono, que ya era reconocible en Karp desde hace tiempo, sino en el momento elegido. Palantir ya no es una firma periférica que comenta el futuro desde la barrera. Está dentro del engranaje. El Pentágono ha decidido convertir Maven en programa oficial de largo recorrido, asegurando financiación y uso estable en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. El Ejército estadounidense firmó en 2025 un acuerdo marco que le permite comprar hasta 10.000 millones de dólares en software y servicios de Palantir durante la próxima década. Y la propia compañía cerró 2025 con 4.475 millones de dólares de ingresos, de los que 2.402 millones procedieron del negocio gubernamental y 1.900 millones del Gobierno de Estados Unidos. Así que el manifiesto no llega desde el laboratorio ni desde la tribuna moral de un fundador excéntrico. Sale de una empresa que ya está sentada en la mesa donde se decide cómo se integra la IA en la maquinaria del Estado.

Un manifiesto que no nace de la nada

El documento resumido en 22 puntos es la versión acelerada de un argumento más largo que Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska publicaron en forma de libro el 18 de febrero de 2025. The Technological Republic venía a sostener que Silicon Valley se había desviado, que una generación de ingenieros y emprendedores había preferido dedicar su talento a productos triviales, publicidad, aplicaciones blandas y consumo masivo mientras dejaba de lado los grandes desafíos del Estado y la seguridad. Dicho de forma menos elegante: demasiados cerebros para demasiadas tonterías. El texto nuevo no corrige ese planteamiento, lo endurece. Lo que antes era ensayo ahora se presenta como declaración de principios, más compacta, más agresiva y más útil para circular en redes, en despachos y en foros donde ya no se discute si la IA cambiará la defensa, sino quién va a controlar ese cambio.

Lo decisivo es que Palantir no pide simplemente más contratos ni más gasto en defensa. Pide un cambio de mentalidad. Reivindica que la industria tecnológica estadounidense asuma una obligación afirmativa con el Estado, con la defensa y con la continuidad estratégica de Occidente. En esa visión, la neutralidad del sector tecnológico no es una virtud liberal ni una señal de prudencia, sino una forma de deserción. El mensaje va dirigido a todo el valle, pero con un destinatario especialmente visible: las grandes tecnológicas que durante años han querido beneficiarse del ecosistema político y financiero de Estados Unidos sin identificarse demasiado con su política exterior, su aparato militar o sus conflictos. Palantir les dice, en esencia, que ese tiempo ha terminado. Y lo dice desde una posición singular, porque nunca ha fingido ser una empresa inocente. Nació ligada a la seguridad nacional después del 11-S y ha construido buena parte de su identidad pública precisamente sobre esa cercanía con el poder duro del Estado.

La IA como nueva infraestructura militar

Cuando Palantir sugiere que una era de disuasión se está agotando y otra está naciendo, no está diciendo que las bombas nucleares desaparezcan mañana. No va por ahí. La empresa plantea algo más profundo y más práctico: que el centro de gravedad del poder militar se desplaza hacia sistemas capaces de ver antes, integrar más datos, decidir más deprisa y coordinar mejor la respuesta. En el siglo XX la imagen dominante era la del misil, el submarino, la ojiva, el equilibrio del terror. En el XXI gana peso otra arquitectura: sensores conectados, plataformas comunes, análisis automatizado, detección de amenazas en tiempo real, priorización de objetivos, mando y control asistido por IA. Es menos cinematográfico y bastante más ubicuo. No sustituye del todo al átomo, pero sí cambia la jerarquía de lo importante.

Ese desplazamiento ya se ve en Maven, el sistema de Palantir que el Pentágono ha decidido consolidar como programa oficial. Maven analiza datos procedentes de satélites, drones, radares, sensores e informes de inteligencia, detecta posibles amenazas o blancos y reduce drásticamente el tiempo entre la recogida de información y la acción operativa. El Pentágono ha dejado claro que quiere que la toma de decisiones habilitada por IA sea la piedra angular de su estrategia. La empresa insiste, y conviene recogerlo con precisión, en que sus sistemas no toman decisiones letales por sí solos y que la autorización final sigue siendo humana. Ese matiz importa. Pero también importa otro: si el software decide qué aparece en pantalla, qué patrón se considera relevante, qué movimiento se interpreta como amenaza y con qué urgencia se presenta todo ello al operador, la frontera entre “asistir” y condicionar se vuelve mucho más fina de lo que parece en la nota jurídica.

La formalización de Maven no ha llegado en un vacío. El sistema procede de Project Maven, el programa lanzado en 2017 para acelerar el análisis de imágenes de drones y otros flujos de inteligencia. Con el paso de los años, dejó de ser un experimento puntual para convertirse en una plataforma más ambiciosa, con decenas de miles de usuarios y una ampliación del techo contractual hasta 1.300 millones de dólares en 2025. El salto que se ha producido en marzo de 2026 es otra cosa: convierte esa herramienta en una pieza estructural del aparato militar estadounidense, bajo supervisión del Chief Digital and Artificial Intelligence Office del Pentágono. Esto ya no es un piloto. Es institución.

De Silicon Valley al complejo militar digital

Aquí aparece uno de los grandes cambios de época. Durante años, la imagen dominante de Silicon Valley era la de un ecosistema que se presentaba como universal, innovador, globalista y, al menos en su propaganda, relativamente ajeno a los aparatos tradicionales de defensa. Eso nunca fue del todo cierto, pero funcionó como relato. Palantir rompe con esa ficción y empuja a otras compañías a posicionarse. Lo interesante es que no lo hace desde la marginalidad, sino desde la centralidad creciente de un negocio que está encontrando en el Estado un cliente gigantesco, estable y dispuesto a acelerar compras si considera que hay una carrera tecnológica en marcha. La defensa se ha convertido otra vez en una máquina de demanda para el software avanzado. Y ya no se busca solo hardware o equipamiento pesado. Se buscan capas de integración, sistemas operativos militares, inteligencia artificial aplicada, conectividad entre silos y capacidad de decisión sobre un tablero saturado de datos.

El acuerdo del Ejército de Estados Unidos de julio de 2025 condensa muy bien ese movimiento. En lugar de seguir repartiendo compras y desarrollos en decenas de contratos dispersos, Washington optó por consolidar docenas de vehículos contractuales en un solo marco empresarial con Palantir, con un techo de hasta 10.000 millones de dólares a diez años. La lógica era ahorrar costes, reducir fricción burocrática y desplegar con más rapidez herramientas de integración de datos e inteligencia artificial. No obligaba al Ejército a gastar todo ese dinero, pero sí le daba una vía rápida y preferente para hacerlo. La importancia del acuerdo está menos en la cifra máxima, que ya es enorme, que en el gesto institucional: Palantir deja de ser una solución entre muchas y pasa a ser una autopista administrativa. Cuando una empresa consigue eso, su visión del mundo ya no es una opinión más; empieza a mezclarse con el funcionamiento diario del Estado.

No es casual que esta expansión haya coincidido con un estirón financiero espectacular. En 2025, los ingresos totales de Palantir crecieron un 56%, hasta 4.475 millones de dólares. El negocio gubernamental subió un 53%, y el negocio gubernamental estadounidense alcanzó 1.900 millones. En el cuarto trimestre, la compañía informó de que sus ingresos del Gobierno de Estados Unidos crecieron un 66% interanual, hasta 570 millones. Todo eso dibuja una empresa que se ha encontrado en la combinación de IA, seguridad nacional y contratación pública una zona de crecimiento excepcional. Así que el manifiesto no es un lujo intelectual: defiende el ecosistema político que está alimentando sus mejores números.

Qué propone de verdad Palantir

Reducir todo este episodio a una excentricidad de Peter Thiel o a una ocurrencia belicista sería cómodo, pero impreciso. Palantir no está pidiendo solo más armas ni más presupuesto. Está proponiendo una reordenación del vínculo entre tecnología, ciudadanía, Estado y guerra. En su argumentario aparecen varias ideas de fondo: que la industria tecnológica debe dejar de huir de los grandes conflictos políticos; que la seguridad nacional vuelve a ser una tarea definitoria de la innovación; que Estados Unidos ha proporcionado durante décadas una paz larga bajo su paraguas de poder; que esa estabilidad no fue gratis y que ahora exige una nueva generación de herramientas y de lealtades. También asoma, en el debate que el manifiesto ha reabierto, una vieja idea de Karp y Zamiska sobre el servicio nacional y la necesidad de repartir de forma más amplia los costes de la defensa, en vez de seguir descargándolos sobre una minoría militar profesional y separada del resto del país.

Eso no convierte a Palantir en un Estado ni en un ministerio paralelo, pero sí la sitúa en un terreno delicado. Cuando una empresa privada formula una teoría moral sobre la nación y, al mismo tiempo, vende la infraestructura digital con la que esa nación va a vigilar, decidir y combatir, el problema deja de ser puramente comercial. Ahí entra en juego una cuestión democrática de primer orden: quién controla a quién. Porque el riesgo no se limita a la automatización del conflicto exterior. También afecta a la acumulación de poder técnico en manos de compañías que operan entre la nube, el contrato público, la inteligencia de señales y la analítica masiva. Cuanto más eficaz es la herramienta, más difícil resulta prescindir de ella y más cara se vuelve la independencia. El caso Palantir no trata solo de ideología; trata de dependencia estructural.

El choque con las libertades y la sombra de la vigilancia

Palantir lleva años presentándose como una empresa comprometida con la privacidad, las libertades civiles y la gobernanza responsable. Ese discurso forma parte de su marca y no puede ignorarse. Pero también es cierto que su nombre aparece de manera recurrente cuando se discute sobre vigilancia, inmigración, operaciones militares y ampliación del perímetro estatal sobre grandes masas de datos. La tensión no es nueva, solo se ha vuelto más visible. Cuanto más se expande la IA aplicada a defensa y administración, más inevitable es la pregunta sobre el uso secundario de esas capacidades, los límites del control humano, el tipo de sesgos que heredan los sistemas y la facilidad con la que una herramienta diseñada para entornos críticos puede terminar colonizando otros espacios de poder público. La promesa de eficacia nunca viene sola. Siempre viaja con una oferta silenciosa de concentración.

En el ámbito militar, los reparos son bastante concretos. Expertos de Naciones Unidas y juristas especializados llevan tiempo advirtiendo de los riesgos legales, éticos y operativos de los sistemas que participan en selección de objetivos o en procesos de targeting cuando la intervención humana se reduce a una validación acelerada de lo que la máquina ya ha priorizado. La empresa responde que no pulsa el gatillo, y formalmente es cierto. Pero el problema serio no está solo en el último clic, sino en la cadena completa de producción de sentido operativo. Si la IA organiza el campo visual del mando, calcula relevancias, sugiere trayectorias y comprime tiempos de análisis de horas a minutos, está moldeando la acción aunque no sea ella quien firme la orden final. Esa diferencia, tan útil para las notas legales, pierde limpieza cuando la guerra se acelera.

Europa mira el problema con retraso

Desde España y desde Europa, la tentación es observar todo esto como otro episodio típicamente estadounidense, mitad negocio, mitad hiperpotencia, mitad teatro ideológico. El problema es que Europa está metida también hasta el cuello en la cuestión Palantir, aunque a veces prefiera no mirarlo de frente. El Reino Unido mantiene con la compañía un contrato de 330 millones de libras para la plataforma federada de datos del NHS, concebida para integrar más de doscientos sistemas de información sanitaria. Según datos conocidos a finales de 2025, esa plataforma ayudó a que 110.000 pacientes adicionales pasaran por quirófano. Al mismo tiempo, el Ministerio de Defensa británico ha firmado con Palantir otro acuerdo de hasta 750 millones de libras a cinco años para soluciones de integración de datos en el ámbito militar. Es decir, sanidad por un lado, defensa por el otro, mismo proveedor en el centro. Y con un detalle importante: Londres sabe que romper con Palantir sería políticamente vistoso, pero operativamente traumático.

Ese es el verdadero nudo europeo. No basta con desconfiar de una empresa estadounidense ni con escandalizarse por el tono mesiánico de Karp. Hace falta tener alternativa. Y ahí Europa llega tarde, dispersa y con poca musculatura industrial en áreas críticas de software estratégico. Incluso Francia, después de explorar sin éxito opciones propias, renovó en diciembre el contrato de su inteligencia interior con Palantir. La moraleja es bastante áspera: la soberanía digital se invoca mucho mejor de lo que se construye. Mientras no exista un ecosistema europeo capaz de competir de verdad en integración de datos, analítica avanzada y plataformas críticas para administraciones y defensa, la dependencia seguirá creciendo aunque el discurso político diga otra cosa.

El movimiento que ya está en marcha

La gran cuestión, a estas alturas, no es si Palantir exagera. Claro que exagera. Las empresas que aspiran a cambiar el marco siempre exageran, simplifican y dramatizan. La cuestión relevante es otra: cuánto de ese marco ya está siendo adoptado por las instituciones occidentales sin apenas debate público serio. El Pentágono ya ha dado un paso decisivo con Maven. El Ejército estadounidense ya ha abierto una vía gigantesca para comprar más software de Palantir. El Reino Unido ya está profundamente entrelazado con la empresa en sanidad y defensa. Y el propio crecimiento financiero de la compañía demuestra que la apuesta por la intersección entre IA, Estado y seguridad no es una promesa a futuro, sino una realidad en expansión.

Por eso este episodio importa mucho más que un manifiesto viral. Lo que está en juego no es solo si Silicon Valley debe comprometerse con Occidente o si la IA puede reforzar la defensa. Lo que está en juego es qué tipo de relación se consolida entre empresas privadas y poder soberano cuando las primeras ya no se limitan a vender herramientas, sino que ofrecen un relato completo sobre la nación, la historia, el conflicto y el deber moral de la élite técnica. Palantir no ha inventado esa alianza, pero la está articulando con una claridad inusual y con una posición de mercado que le permite convertir teoría en infraestructura. Ahí está la noticia de verdad. No en la provocación retórica. En el hecho de que el software militar ya no se discute como hipótesis, sino como columna vertebral de la siguiente fase del poder occidental.

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