Economía
¿Por qué la solar superó al gas en la energía mundial?

La solar ya lidera el crecimiento energético mundial y deja atrás al gas mientras el petróleo pierde fuerza en un sistema que cambia de piel.
La gran noticia energética de 2025 no salió de una cumbre solemne ni de un discurso con demasiada épica y poca electricidad. Salió de un dato. Por primera vez, la solar fotovoltaica fue la tecnología que más ayudó a cubrir el aumento de la demanda global de energía, con más del 27 % del crecimiento total, por delante del gas natural, que aportó un 17 %. La demanda energética mundial avanzó un 1,3 %, menos que en 2024, pero la electricidad siguió creciendo a un ritmo claramente superior, cerca del 3 %. Traducido a una lengua más terrenal: el mundo necesitó más energía, sí, pero cada vez una parte mayor de esa necesidad nueva se cubre con electrones renovables y no con combustibles fósiles de toda la vida.
Eso cambia bastante más de lo que parece. No significa que el petróleo, el gas o el carbón hayan desaparecido, ni mucho menos. Siguen dominando el volumen total del sistema energético mundial. Pero en el tramo que marca el futuro, el del crecimiento, el de la energía adicional que entra en juego cada año, la fotovoltaica se colocó en cabeza. Ahí está el verdadero giro. Mientras el petróleo apenas avanzó un 0,7 %, el carbón sólo subió un 0,4 % y el gas perdió fuelle, la solar consolidó su salto con un despliegue que ya no puede describirse como promesa. A estas alturas, llamarla “tecnología emergente” empieza a sonar a chiste viejo.
El dato que cambia la conversación energética
Durante años, la discusión sobre la transición se ha contado con una mezcla de propaganda, ansiedad climática y guerras culturales de sobremesa. Mucho ruido, bastante postureo y, en medio, una realidad más tozuda que cualquier eslogan. La solar no fue en 2025 la principal fuente de energía del planeta, pero sí la tecnología que más aportó al crecimiento de la demanda. Esa diferencia importa. Mucho. Porque los sistemas energéticos no cambian de golpe, como si alguien apagara una central y encendiera un panel gigante con un interruptor simbólico. Cambian en el margen, en la parte nueva del consumo, en la inversión, en las redes, en los hábitos. Cambian primero donde el sistema crece. Y ahí la solar ha ganado terreno de forma bastante incontestable.
El sector de la electricidad fue el gran escenario de ese movimiento. La demanda eléctrica creció más del doble que el conjunto del sistema energético, una señal clara de que la electrificación ya no es una consigna de laboratorio ni una palabra bonita para informes oficiales. Está ocurriendo. Los vehículos eléctricos, los centros de datos, la climatización, los edificios, la industria y buena parte del nuevo consumo energético empujan en la misma dirección. El mundo necesita más electricidad y, cuando eso pasa, la solar encuentra una ventaja cada vez más clara: es escalable, se instala rápido, ha reducido costes de forma brutal en la última década y encaja mejor que otras tecnologías en el nuevo mapa del consumo.
La solar deja de pedir permiso
La imagen más útil para entender lo ocurrido en 2025 es sencilla. Durante mucho tiempo, la solar fue vista como la invitada prometedora de una fiesta dominada por los viejos señores del combustible. Estaba ahí, sí, crecía, sonaba bien en los discursos, adornaba planes nacionales y balances corporativos, pero seguía ocupando un papel secundario frente al petróleo, al gas y al carbón. En 2025, por primera vez, dejó de pedir permiso. Añadió alrededor de 600 teravatios hora de nueva generación eléctrica hasta alcanzar unos 2.700 TWh totales, y ya representa cerca del 8 % de la generación mundial de electricidad. No es aún la reina absoluta del sistema, pero ya no vive en la periferia.
Ese salto no cayó del cielo por arte de magia, aunque el sol ayude bastante. Responde a varias fuerzas que se cruzan. Por un lado, la caída de costes de la tecnología ha hecho que instalar fotovoltaica resulte cada vez más atractivo en más países. Por otro, la necesidad de reducir importaciones energéticas y de abaratar parte del suministro ha acelerado decisiones públicas y privadas. Y luego está la demanda eléctrica, que tira con una fuerza nueva y bastante desigual según el país, pero persistente casi en todas partes. La solar no avanza sólo porque sea más limpia; avanza porque cada vez encaja mejor en la economía real.
El gas sigue ahí, pero ya no marca el paso
Que la solar haya superado al gas en la cobertura del crecimiento energético mundial no significa que el gas haya dejado de contar. Sigue siendo una pieza central del sistema, sobre todo en países que dependen de él para generar electricidad con cierta flexibilidad. Las redes eléctricas todavía necesitan tecnologías que puedan responder con rapidez a picos de demanda o a momentos en los que no hay ni sol ni viento suficientes. El gas conserva ese papel, y lo seguirá conservando un tiempo.
Pero el dato de 2025 revela una pérdida de empuje. El consumo mundial de gas creció en torno a un 1 %, bastante menos que el 2,8 % de 2024, y lo hizo además en un contexto de precios elevados durante buena parte del año. Eso limita su atractivo y complica su papel como energía de expansión. El gas ya no aparece como el heredero natural de todo lo demás. Más bien va quedando como una tecnología de sostén, todavía necesaria en muchos sistemas, pero menos dominante en el crecimiento. Es una diferencia importante. No es lo mismo mandar que aguantar.
El petróleo empieza a perder terreno en el transporte
Si hay un combustible que resume mejor que ninguno el siglo XX y buena parte del XXI, ése es el petróleo. El coche privado, la logística, la movilidad global, la geopolítica, las guerras, las autopistas, la cultura del viaje y hasta cierta idea de libertad individual llevan décadas oliendo, en el fondo, a refino. Por eso resulta tan significativo que su crecimiento se haya ralentizado tanto. En 2025, la demanda de petróleo avanzó sólo un 0,7 %, con unos 650.000 barriles diarios adicionales, por debajo de los 750.000 de 2024 y muy lejos de la media de 1,4 millones de barriles diarios que se observó entre 2010 y 2019.
La razón no está escondida en ningún rincón misterioso. Está en la electrificación del transporte. Las ventas mundiales de coches eléctricos crecieron cerca de un 20 % en 2025 y ya representan uno de cada cuatro vehículos matriculados en el mundo. Al mismo tiempo, la electricidad destinada a mover esos vehículos subió alrededor de un 38 %. Es una mutación lenta en términos absolutos, pero visible ya en la tendencia. Cada nuevo coche eléctrico no borra de golpe un barril del mapa mundial, desde luego. La aviación, el transporte marítimo, el pesado y la petroquímica siguen dando al petróleo un peso enorme. Pero el gran motor cotidiano de su dominio, el vehículo privado y parte de la movilidad urbana, empieza a dejar de empujar con la misma fuerza.
La transición no es limpia, pero sí reconocible
Conviene no idealizar el cambio. No estamos ante una historia simple de buenos y malos, ni ante una película donde las placas solares entren por la puerta y los combustibles fósiles salgan por la ventana con una banda sonora heroica. La transición energética está llena de contradicciones. Hay más renovables, sí. También hay más consumo eléctrico de centros de datos, más presión sobre minerales críticos, más tensión industrial entre bloques y más cuellos de botella en redes e infraestructuras. El sistema no se simplifica; se vuelve distinto.
Aun así, la tendencia es inequívoca. Las llamadas fuentes de bajas emisiones —renovables, biocombustibles y nuclear— representaron cerca del 60 % del aumento de la demanda global de energía. El dato no borra el peso fósil acumulado, pero señala con bastante claridad hacia dónde está yendo la inversión, la innovación y la respuesta a la nueva demanda. El crecimiento energético del planeta se cubre cada vez menos desde el subsuelo y cada vez más desde la red eléctrica.
China, India y Estados Unidos: tres ritmos, tres relatos
El dato global siempre esconde películas nacionales muy distintas, y en 2025 eso se vio con bastante nitidez. China fue una vez más la pieza central del tablero. Su demanda eléctrica creció alrededor del 5 %, después del 7 % registrado en 2024, y concentró más de la mitad del incremento mundial. Es una barbaridad, dicho sin solemnidad. Cuando China cambia un poco, el sistema global cambia mucho. Lo relevante es que ese aumento se cubrió en buena medida con renovables y con mayor capacidad nuclear, lo que permitió reducir uso de carbón y rebajar sus emisiones en el sector eléctrico. Que el mayor emisor del planeta recorte por esa vía no resuelve el problema climático, pero sí modifica la conversación.
India mostró una evolución también importante, aunque con matices distintos. El carbón perdió algo de tracción, en parte porque el monzón llegó antes y fue más intenso de lo habitual, reduciendo ciertas necesidades de generación térmica. Es decir, hubo factores coyunturales además de los estructurales. Aun así, el resultado refuerza la idea de que incluso en economías muy dependientes del carbón el panorama empieza a moverse, aunque lo haga con ritmos irregulares, casi a sacudidas.
Estados Unidos, en cambio, ofreció la cara menos amable del año. El fuerte aumento de la demanda eléctrica, unido a precios altos del gas, empujó a una mayor utilización del carbón para generación. Resultado: más emisiones. Es una ironía bastante reveladora del momento energético mundial. Mientras parte del debate público estadounidense vive obsesionada con las tecnologías del futuro, una parte de la realidad siguió resolviéndose con decisiones bastante del pasado. El sistema energético, cuando aprieta la demanda y falla la flexibilidad, no siempre elige lo más elegante.
La electricidad se convierte en el idioma común de la economía
Hay una idea que atraviesa todo el panorama de 2025: la electricidad ya no es sólo una parte del sistema energético; se está convirtiendo en su centro de gravedad. La demanda eléctrica mundial avanzó cerca del 3 %, por encima del crecimiento total del sector energético, y ese empuje tuvo varios motores. Los centros de datos aumentaron su consumo alrededor de un 17 %, con especial intensidad en Estados Unidos. Los vehículos eléctricos dispararon su demanda específica de electricidad. Los edificios siguieron electrificándose. La refrigeración, aunque con menos olas de calor prolongadas que en 2024, mantuvo una presión relevante en muchos países.
Esto tiene consecuencias profundas. La primera es obvia: cuanto más crece la electricidad, más importantes se vuelven las tecnologías capaces de producirla sin aumentar de forma proporcional la factura fósil o la factura climática. La segunda es menos visible, pero decisiva: el problema ya no es sólo generar. Hay que transportar, almacenar, distribuir y estabilizar. Es decir, la red pasa a ser tan importante como la planta de generación. Y ahí aparece el siguiente gran cuello de botella.
El gran problema no cabe en una foto de placas solares
La solar vive su mejor momento. Las baterías aceleran. La eólica sigue sumando. Todo eso es cierto. Pero la infraestructura de red va más despacio. Mucho más despacio. Transformadores, líneas, subestaciones, conexión de proyectos, permisos. La parte menos sexy del sistema, justo esa. El resultado es que buena parte de la nueva capacidad renovable o de almacenamiento encuentra obstáculos para conectarse y operar con todo su potencial. Dicho de otra manera: no basta con instalar placas; hace falta un sistema capaz de absorberlas.
Ésa es la conversación seria de los próximos años. No tanto si la fotovoltaica puede seguir creciendo —puede—, sino si las redes, el almacenamiento y la regulación serán capaces de seguirle el paso. Las baterías ya avanzan a una velocidad notable y ayudan a resolver parte del problema, porque permiten guardar energía barata producida en las horas solares y usarla después, cuando la demanda aprieta o el sol desaparece. Sin ese complemento, la fotovoltaica puede acabar chocando con sus propios límites operativos. Con él, se convierte en una pieza todavía más estratégica.
El carbón aguanta, pero ya no parece invencible
Durante años se ha dado por hecho que el carbón era el viejo monstruo imposible de desplazar en buena parte del mundo. Y, en cierto sentido, sigue siéndolo. Está profundamente incrustado en la generación eléctrica de varios grandes países, en ciertas industrias pesadas y en economías donde la seguridad de suministro pesa más que cualquier otro criterio. Pero 2025 dejó también una señal de debilidad relativa. La demanda global de carbón avanzó apenas un 0,4 %. Su contribución al aumento del consumo energético mundial fue del 9 %, una cifra modesta y muy lejos del papel central que tuvo en otras etapas.
En China y India, el uso de carbón se redujo o perdió fuerza frente a las renovables y a factores climáticos concretos. En Estados Unidos subió, sí, pero más como respuesta de emergencia del sistema que como signo de una renovada fortaleza estructural. Eso es importante. El carbón no ha desaparecido, pero empieza a parecer más una respuesta de inercia o de tensión puntual que un motor claro de expansión. Sigue siendo dañino, sigue siendo enorme, sigue estando ahí. Pero ya no resulta tan fácil presentarlo como el combustible del futuro de nadie.
Las emisiones siguen subiendo y ésa es la parte incómoda
Aquí llega la frase menos complaciente de todo el cuadro. Las emisiones globales de CO2 vinculadas a la energía volvieron a marcar un récord, por encima de los 38.000 millones de toneladas. El crecimiento fue relativamente moderado, alrededor del 0,4 %, pero siguió siendo crecimiento. Así que no, el éxito de la solar no significa que el problema climático esté resuelto ni que la transición vaya a la velocidad necesaria. Significa otra cosa: que sin el avance de las renovables, de la nuclear y de la electrificación, la factura de emisiones habría sido bastante peor.
Ésta es la paradoja del momento. El sistema energético está cambiando de forma real, y al mismo tiempo no cambia aún lo bastante rápido para evitar nuevos máximos de emisiones. Las dos cosas son verdad. Cuesta sostenerlas a la vez porque el debate público prefiere los titulares simples: o todo va estupendamente o nada sirve para nada. La realidad, como siempre, resulta menos limpia y más incómoda. Se avanza, pero no al ritmo suficiente. Se transforma el crecimiento, pero el volumen fósil acumulado sigue pesando como una losa.
Europa y España miran este giro con interés evidente
Para Europa, y especialmente para países muy dependientes de importaciones energéticas, este cambio tiene una lectura estratégica bastante clara. La solar no es sólo una herramienta climática; es una herramienta de soberanía económica. Cada megavatio solar instalado, si va acompañado de red y almacenamiento suficientes, reduce vulnerabilidad frente a precios internacionales del gas, frente a crisis geopolíticas y frente a la vieja dependencia exterior. No hace milagros, pero cambia la ecuación.
En España, donde la fotovoltaica ha ganado presencia con una velocidad notable en los últimos años, el dato mundial encaja además con una tendencia doméstica muy visible. El país tiene recurso solar, capacidad de despliegue y un papel creciente en el mapa eléctrico europeo. El desafío está en lo de siempre, que no por repetido deja de ser verdad: red, almacenamiento, gestión de excedentes, industria y demanda capaz de aprovechar esa producción abundante en determinadas horas. La energía barata mal integrada puede convertirse en un problema operativo. La energía barata bien integrada es otra cosa: una ventaja competitiva de primer orden.
No es un cambio decorativo, es un cambio de poder
A veces la conversación sobre renovables se queda atrapada entre dos caricaturas. Una, ingenua, pinta un futuro ordenado y limpio donde basta con llenar tejados de paneles y todo queda resuelto. La otra, cínica, despacha cualquier avance con el argumento de que los fósiles siguen mandando, así que nada importa demasiado. Las dos fallan por simplificación. Lo que ha ocurrido en 2025 no es decorativo ni definitivo. Es estructural, pero todavía incompleto.
La solar ha ganado la batalla del crecimiento. El gas conserva un papel muy importante, aunque menos dominante. El petróleo sigue sosteniendo buena parte del sistema, pero empieza a notar el desgaste en el transporte. El carbón resiste, sí, aunque con más señales de agotamiento relativo. La electricidad avanza como eje del nuevo modelo energético. Y las emisiones, tozudas, recuerdan que el mundo aún corre por detrás de sus propias necesidades climáticas. Todo eso cabe a la vez en la misma foto. Y quizá ahí esté la mejor forma de leerla: no como una victoria cerrada, sino como el momento en que la energía solar dejó de ser una promesa simpática para convertirse en un actor central del poder energético mundial.
El nuevo mapa empieza por arriba
Al final, el dato de 2025 tiene una potencia simbólica difícil de exagerar. Durante más de un siglo, cuando el mundo necesitaba más energía, miraba sobre todo hacia abajo: al pozo, a la mina, al yacimiento, al subsuelo. En 2025, por primera vez, la tecnología que más ayudó a cubrir ese aumento miraba hacia arriba. Hacia el sol. No es una anécdota verde para presentaciones corporativas ni una postal optimista para ministros. Es una señal de época.
Queda muchísimo por resolver. La red va tarde. El almacenamiento aún debe crecer más. El petróleo no ha sido sustituido. El gas no ha desaparecido. Las emisiones siguen marcando cifras obscenas. Pero hay algo que ya no puede negarse sin hacer el ridículo: la fotovoltaica ha dejado de ser un complemento. Está en el centro del tablero. Y cuando una tecnología entra ahí, ya no compite sólo por cuota de mercado. Compite por definir el futuro del sistema.

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