Economía
La solar gana terreno al gas y cambia el mapa eléctrico mundial
La expansión solar acelera el cambio eléctrico, aunque las redes, el gas y las emisiones revelan sus límites.

En abril de 2026, la energía solar y la eólica generaron juntas más electricidad que el gas en todo el mundo: 531 teravatios hora frente a 477. La combinación aportó el 22 % de la generación eléctrica global de ese mes, mientras que el gas representó el 20 %. Es un hito mensual, no la prueba de que las renovables hayan desplazado al gas durante todo el año; su importancia está en mostrar hasta dónde ha llegado una expansión que hace pocos años parecía lejana.
El cambio también se aprecia en otra medida: en 2025, la fotovoltaica fue la tecnología que más contribuyó a cubrir el aumento de la demanda energética mundial, con más del 27 % de ese crecimiento, frente al 17 % aportado por el gas. Son comparaciones distintas —una habla de generación eléctrica en un mes y otra de cómo se atendió el aumento anual de la demanda—, pero apuntan en la misma dirección: la energía solar ha pasado de ser una promesa a ocupar un lugar central en el crecimiento del sistema.
Dos hitos distintos que cuentan una misma transformación
El dato de abril de 2026 se refiere a electricidad producida, no a toda la energía que consume el planeta. También compara la generación conjunta de la solar y la eólica con la del gas. Por tanto, no significa que la energía solar, por sí sola, superase al gas ese mes, ni que las dos renovables sean ya la principal fuente eléctrica mundial. El carbón seguía por delante en el conjunto de las fuentes de generación.
La cifra de 2025 mide algo diferente: la aportación de cada tecnología al crecimiento de la demanda mundial de energía. Que la solar cubriera más de una cuarta parte de ese aumento no quiere decir que suministrara más de una cuarta parte de toda la energía consumida. Distinguir entre el volumen total y el crecimiento nuevo evita una lectura engañosa: los combustibles fósiles siguen ocupando un peso enorme, aunque ya no sean los únicos que marcan la expansión.
En electricidad, el avance fotovoltaico también se refleja en la generación anual. Durante 2025, la solar sumó alrededor de 600 TWh y llegó a unos 2.700 TWh, cerca del 8 % de la electricidad mundial. No es todavía una mayoría, pero sí una escala capaz de influir en el funcionamiento de redes y mercados. El hito de abril siguiente no apareció de la nada: se apoyó en años de crecimiento acumulado de la solar y la eólica.
Por qué crece la energía solar con tanta rapidez
Una parte de la explicación está en la propia tecnología. Los paneles fotovoltaicos pueden desplegarse en instalaciones grandes y también en tejados, y la capacidad solar se ha extendido a numerosos países. El descenso de los costes y las mejoras técnicas han hecho que construir nuevas plantas resulte cada vez más atractivo. Además, su instalación puede avanzar con rapidez en comparación con proyectos energéticos que requieren infraestructuras más complejas.
La solar también responde a una necesidad económica y estratégica. Los países buscan ampliar la producción eléctrica, reducir la dependencia de combustibles importados y limitar su exposición a mercados internacionales inestables. El sol no llega en un cargamento cuyo precio cambie con una crisis geopolítica; una vez en funcionamiento, una instalación fotovoltaica no necesita comprar combustible para producir electricidad. Ese rasgo no elimina sus costes de construcción ni los retos de integración, pero ayuda a explicar por qué la tecnología atrae inversiones.
La energía eólica refuerza el cambio porque su producción puede complementar a la solar en distintos momentos. En abril de 2026, ambas fuentes sumaron suficiente generación para superar al gas a escala mundial. El resultado depende de cuánto sol y viento haya, de la demanda eléctrica y de la disponibilidad del resto del sistema; por eso, un mes récord ilustra una tendencia, pero no garantiza que la misma comparación se repita de forma idéntica cada mes.
La demanda eléctrica empuja el cambio
El mundo necesita cada vez más electricidad. La actividad industrial, la movilidad electrificada, la climatización y el crecimiento de los centros de datos elevan el consumo. La refrigeración adquiere más importancia en un contexto de olas de calor frecuentes, mientras que la expansión de servicios digitales añade nuevas cargas a las redes. Según la previsión citada por la Agencia Internacional de la Energía, la demanda eléctrica mundial podría crecer una media del 3,6 % anual hasta 2030.
La previsión equivale a unos 1.100 TWh adicionales al año, frente a los 750 TWh anuales de los cinco años anteriores. Es un salto considerable que ayuda a entender por qué las tecnologías capaces de sumar generación rápidamente ganan relevancia. En 2025, la demanda energética mundial aumentó un 1,3 %, mientras que la electricidad creció cerca del 3 %. La electricidad avanza más deprisa que el conjunto de la energía, y eso convierte la elección de nuevas fuentes de generación en una cuestión decisiva.
Los centros de datos son parte de ese impulso: su consumo eléctrico creció alrededor del 17 % en 2025, con especial intensidad en Estados Unidos. También aumenta la electricidad usada por vehículos eléctricos y edificios. La electrificación cambia el tipo de energía que alimenta ciertas actividades, pero no hace desaparecer su demanda. Si más procesos pasan a depender de la red, el sistema necesita producir más electricidad y garantizar que esté disponible cuando se utiliza, no solo cuando las condiciones favorecen a una planta solar.
Un mes récord no significa que el gas haya desaparecido
El gas conserva una función importante porque puede producir electricidad cuando la demanda sube o la generación solar y eólica no basta. A diferencia de esas fuentes, su producción puede ajustarse a las necesidades del sistema con mayor flexibilidad. Esa capacidad ayuda a explicar por qué sigue presente en muchos países, incluso cuando la generación renovable crece con rapidez. Superarlo en un mes no equivale a sustituirlo en todas las horas ni en todos los mercados.
La comparación con abril de 2021 muestra, sin embargo, cuánto ha cambiado la escala renovable. En ese mes, la generación eléctrica mundial con gas fue de unos 476 TWh, una cifra muy parecida a los 477 TWh de abril de 2026. La producción conjunta de solar y eólica pasó de 245 TWh a 531 TWh en el mismo periodo. El hito reciente se explica, por tanto, sobre todo por el aumento de las renovables, no por un desplome de la generación con gas.
El gas también ha perdido impulso en el crecimiento energético. Su consumo mundial aumentó alrededor del 1 % en 2025, frente al 2,8 % de 2024, y los precios elevados durante buena parte del año limitaron su atractivo. Eso no permite afirmar que su papel vaya a desaparecer: sí muestra que ya no es necesariamente la opción que más crece cuando aumenta la demanda. En muchos sistemas, su función se parece cada vez más a la de una fuente de respaldo para completar una combinación energética más diversa.
Abril favorece a las renovables, pero no explica todo
La época del año influye en la generación eléctrica. En primavera, los días se alargan en el hemisferio norte y aumenta la producción solar; al mismo tiempo, las temperaturas moderadas pueden reducir la necesidad de electricidad para calefacción o refrigeración. La generación eólica también puede ser elevada en determinados periodos. Estas condiciones hacen que abril pueda resultar especialmente favorable para que solar y viento alcancen una cuota alta.
Por eso, el récord debe leerse con perspectiva estacional. Un mes con mucho sol y viento no permite deducir por sí solo cómo se comportará el sistema durante el invierno o en jornadas de baja producción renovable. Pero tampoco basta con llamarlo una anomalía: la comparación con 2021 y el crecimiento acumulado de la generación muestran que la base instalada ha aumentado. La estacionalidad explica parte del momento del récord; la expansión de capacidad explica por qué ahora es posible.
La diferencia entre un episodio puntual y una tendencia se verá en la repetición de estos resultados a lo largo del año y en la capacidad de la red para aprovecharlos. Si la generación renovable se concentra en ciertas horas, pero no puede transportarse o almacenarse, una parte de su potencial queda desaprovechada. El reto ya no consiste únicamente en construir más paneles y aerogeneradores: consiste en integrar la energía producida en el momento y el lugar adecuados.
La solar no desplaza por sí sola a los combustibles fósiles
El crecimiento de la fotovoltaica convive con un sistema energético todavía dominado en gran medida por el carbón, el petróleo y el gas. En 2025, el consumo mundial de petróleo aumentó un 0,7 %, mientras que el de carbón avanzó un 0,4 %. El gas creció cerca del 1 %. Son ritmos más moderados que los de otras etapas, pero indican que la demanda fósil no se ha evaporado. Una fuente renovable puede crecer con fuerza sin provocar una caída inmediata del consumo de las demás.
La demanda total de energía siguió aumentando, y parte de ese incremento se cubrió con fuentes fósiles. Por eso, el auge solar no basta para afirmar que el planeta haya iniciado una reducción sostenida de todas sus emisiones. En 2025, las emisiones de dióxido de carbono vinculadas a la energía superaron los 38.000 millones de toneladas y crecieron alrededor del 0,4 %. El contraste resume el momento actual: el sistema cambia, pero aún no lo bastante deprisa como para evitar nuevos máximos.
El gas suele considerarse menos contaminante que el carbón y el petróleo cuando se quema para producir energía, pero sigue siendo un combustible fósil. Además de las emisiones de dióxido de carbono, su extracción y transporte pueden ocasionar fugas de metano. El material de referencia señala que este gas de efecto invernadero tiene un impacto climático mucho mayor que el dióxido de carbono durante las dos décadas posteriores a su liberación. El resultado climático depende, por tanto, no solo de la combustión, sino también de las fugas a lo largo de la cadena de suministro.
La electricidad gana peso, pero necesita redes capaces de sostenerla
La expansión de la solar y la eólica cambia el trabajo que debe hacer el sistema eléctrico. No basta con generar una cantidad suficiente a escala anual: la electricidad tiene que llegar a los consumidores en el momento en que la necesitan. La producción fotovoltaica se concentra durante las horas de sol, mientras que el consumo puede alcanzar sus máximos en otros momentos. El viento tampoco sopla con una intensidad constante. Esa variabilidad exige combinar fuentes distintas y gestionar mejor la demanda.
Las redes, las líneas de transporte, las subestaciones y los sistemas de control resultan tan importantes como las plantas de generación. Si la infraestructura no está preparada, nuevos proyectos pueden encontrar dificultades para conectarse y la electricidad disponible no siempre podrá trasladarse hasta donde se consume. El cuello de botella puede estar en la red, no en la capacidad de instalar paneles. De ahí que el despliegue renovable necesite ir acompañado de inversión en transmisión y distribución.
El almacenamiento puede ayudar a guardar parte de la electricidad producida en horas de alta generación y utilizarla cuando baja la producción o aumenta la demanda. Las baterías, el bombeo hidroeléctrico y una gestión más flexible del consumo forman parte de las opciones disponibles, aunque el material de referencia no ofrece cifras para comparar su capacidad mundial. No son una solución aislada: deben integrarse con redes adecuadas y con otras fuentes que ayuden a mantener el suministro.
La diferencia entre energía y electricidad importa
En el debate público, energía y electricidad suelen usarse como si fueran equivalentes, pero describen ámbitos distintos. La electricidad es una forma de energía que alimenta hogares, industrias, centros de datos y vehículos eléctricos. El consumo energético total incluye también combustibles utilizados en el transporte, la industria y otros usos que no se cubren directamente con electricidad. Por eso, superar al gas en generación eléctrica no significa superar a los combustibles fósiles en todo el sistema energético.
Esta distinción también ayuda a interpretar el dato de 2025. La fotovoltaica fue la tecnología que más contribuyó a cubrir el crecimiento de la demanda total de energía, con más del 27 %, pero su avance se produce dentro de un sistema donde todavía hay usos difíciles de electrificar. El petróleo, por ejemplo, sigue teniendo un papel destacado en el transporte y la petroquímica. El cambio empieza con fuerza en la electricidad, pero no se traslada de inmediato a todos los sectores.
La demanda de petróleo creció menos en 2025 que en años anteriores: aumentó un 0,7 %, con unos 650.000 barriles diarios adicionales, frente a los 750.000 de 2024 y a una media de 1,4 millones de barriles diarios entre 2010 y 2019. El avance de los vehículos eléctricos contribuye a esa transformación. Sus ventas mundiales aumentaron cerca del 20 % en 2025 y representaron uno de cada cuatro vehículos matriculados; aun así, la aviación, el transporte marítimo, el transporte pesado y la petroquímica siguen sosteniendo una demanda considerable de petróleo.
China, India y Estados Unidos muestran ritmos diferentes
Las cifras mundiales agrupan realidades nacionales muy distintas. China concentró más de la mitad del aumento global de la demanda eléctrica en 2025, después de que su consumo creciera alrededor del 5 %, frente al 7 % de 2024. El crecimiento de las renovables y de la capacidad nuclear ayudó a cubrir parte de esa demanda y permitió reducir el uso de carbón y las emisiones del sector eléctrico, según los datos recogidos en el artículo de referencia.
En India, el carbón perdió algo de fuerza, aunque el resultado estuvo influido por factores coyunturales: un monzón más temprano e intenso redujo ciertas necesidades de generación térmica. Estados Unidos mostró otra cara. El aumento de la demanda eléctrica, unido a precios altos del gas, impulsó un mayor uso de carbón para generar electricidad. El mapa mundial no avanza a una sola velocidad: las condiciones meteorológicas, los precios y la composición de cada sistema pueden alterar el resultado de un año a otro.
Estas diferencias recuerdan que una tendencia global no describe de manera uniforme cada país. Un sistema con abundante recurso solar, redes preparadas y capacidad de almacenamiento tiene opciones distintas de otro que dependa de combustibles importados o tenga una infraestructura más limitada. La expansión renovable modifica el equilibrio, pero cada lugar parte de condiciones diferentes y puede recurrir al carbón o al gas cuando escasean otras fuentes o aumenta la demanda.
España y Europa ante un cambio con dimensión estratégica
Para Europa, ampliar la generación renovable tiene una lectura que va más allá de la reducción de emisiones. Los países que dependen de combustibles importados quedan expuestos a cambios de precios y a tensiones geopolíticas. En ese contexto, producir más electricidad con recursos propios puede reducir parte de esa vulnerabilidad, aunque no elimina la necesidad de intercambios, redes y fuentes de respaldo. El plan REPowerEU de la Unión Europea plantea reducir la dependencia de los combustibles fósiles rusos mediante el ahorro energético, la diversificación de suministros y la aceleración de la transición limpia.
España cuenta con un recurso solar destacado y una capacidad eólica importante. La expansión de grandes instalaciones y del autoconsumo ha cambiado el perfil del sistema eléctrico: hogares y empresas pueden producir una parte de la electricidad que consumen, además de depender de la red. Sin embargo, tener muchas horas de sol no resuelve automáticamente cómo aprovechar toda la generación. La conexión de nuevos proyectos, el almacenamiento y la gestión de los excedentes son parte del desafío.
El valor de la generación renovable depende también de cuándo puede consumirse y transportarse. Si la producción se concentra en determinadas horas, hacen falta redes capaces de llevarla a otros puntos y formas de desplazar parte de la demanda o guardar electricidad para más tarde. La ventaja energética no nace solo del recurso natural, sino de la infraestructura que permite aprovecharlo. Ese es uno de los motivos por los que la transición eléctrica requiere planificación además de nuevas instalaciones.
El cambio avanza, pero su alcance todavía está abierto
La solar ya no ocupa un lugar marginal en el sistema mundial. En 2025 fue la tecnología que más aportó al crecimiento de la demanda energética, y en abril de 2026 la solar y la eólica juntas superaron al gas en generación eléctrica global. Son señales potentes, aunque no equivalen a una sustitución completa: el gas sigue aportando flexibilidad, el carbón continúa por delante en la generación total y el petróleo conserva usos que la electricidad aún no ha reemplazado.
La tensión entre el crecimiento renovable y el aumento de las emisiones también impide presentar el hito como una victoria definitiva. La producción limpia crece, pero la demanda total sigue expandiéndose y los combustibles fósiles mantienen un peso elevado. El avance tecnológico necesita acompañarse de redes, almacenamiento y cambios en sectores como el transporte y la industria para traducirse en una reducción más amplia del uso de combustibles fósiles.
Lo que ha cambiado es el sentido de la expansión. Durante décadas, responder a una demanda creciente significaba recurrir sobre todo a más carbón, petróleo o gas. Ahora, una parte cada vez mayor de la nueva electricidad puede llegar del sol y del viento. El dato decisivo no anuncia el final de los combustibles fósiles: muestra que ya no monopolizan el crecimiento. La velocidad con que esa transformación se extienda dependerá de que la infraestructura y la demanda puedan seguir el ritmo de las nuevas fuentes.

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