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¿Qué países tienen tropas luchando con Rusia contra Ucrania y por qué?
El ejército ruso integra tropas norcoreanas y miles de extranjeros captados en Asia, África y América Latina con contratos y redes de reclutamiento.

Foto: Kremlin.ru — CC BY 4.0 — vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Corea del Norte es el único Estado con tropas regulares confirmadas con Rusia
- Rusia ha reclutado a más de 28.000 extranjeros de al menos 136 países
- La mayoría firma contratos rusos, no órdenes militares de sus gobiernos
Sí hay miles de extranjeros combatiendo del lado ruso, pero conviene poner orden en el mapa antes de convertirlo en una supuesta alianza militar mundial. Corea del Norte es el caso verdaderamente distinto: Pyongyang ha enviado unidades de sus propias Fuerzas Armadas y Moscú y el régimen norcoreano terminaron reconociendo su participación. Los indios, chinos, nepalíes, cubanos, kenianos, uzbekos o ciudadanos de muchas otras nacionalidades documentados en las filas rusas no representan, en cambio, a sus países. En su inmensa mayoría son contratados individualmente, inmigrantes captados en Rusia, voluntarios atraídos por el dinero o personas que denuncian haber sido engañadas y enviadas al frente.
La magnitud tampoco es pequeña. Las autoridades ucranianas aseguraban en abril de 2026 haber identificado con nombre y nacionalidad a 28.391 extranjeros de 136 países que habían firmado contratos con las Fuerzas Armadas rusas desde el comienzo de la invasión a gran escala. Ese cálculo excluía expresamente al contingente regular norcoreano. Kyiv reconocía que se trata de su propia base de datos, no de un censo proporcionado por Moscú, y estimaba que el número real podía ser todavía mayor. Entre los extranjeros identificados figuraban más de 5.000 fallecidos.
El resultado es un ejército con un curioso acento internacional, aunque no una OTAN al revés. Hay una diferencia enorme entre que Kim Jong Un mande soldados mediante un acuerdo militar con Vladimir Putin y que un joven indio acepte un supuesto empleo en Rusia, termine firmando un contrato que apenas entiende y aparezca semanas después con un fusil ruso en una posición de Donetsk. El uniforme puede acabar siendo parecido. La historia que lo ha llevado dentro, no.
El mapa real: 136 nacionalidades, pero casi ningún Gobierno detrás
La cifra ucraniana de 28.391 personas permite entender la escala, aunque debe manejarse con cautela porque Rusia no publica un desglose completo de sus combatientes extranjeros. Según los registros difundidos por Kyiv durante la primavera de 2026, Asia Central constituía la principal cantera, seguida por ciudadanos procedentes del sur de Asia, África y América Latina. Moscú planeaba contratar otros 18.500 extranjeros durante 2026, después de haber incorporado cerca de 14.000 el año anterior.
Eso no significa que 136 gobiernos hayan enviado hombres a la guerra. En realidad, el único contingente extranjero cuya presencia como fuerza regular enviada oficialmente está confirmada es el norcoreano. Bielorrusia ha permitido a Rusia utilizar su territorio, instalaciones y espacio militar y mantiene una estrechísima alianza con Moscú, pero no existe confirmación de que el Ejército bielorruso haya desplegado unidades regulares para combatir dentro de Ucrania. Hay bielorrusos en las filas rusas; es otra cosa.
Algo parecido ocurre con Irán y China. Teherán ha sido fundamental como suministrador de tecnología y armamento relacionado con drones, mientras Pekín mantiene una extensa relación económica y estratégica con Rusia. Sin embargo, ni Irán ni China han reconocido el envío de unidades regulares de combate a Ucrania. Cuando aparecieron ciudadanos chinos luchando para Moscú, la información occidental disponible los describió como reclutas o mercenarios sin vinculación operativa demostrada con el Gobierno chino.
La palabra que explica casi todo es contrato. Rusia permite a extranjeros ingresar en sus Fuerzas Armadas mediante contratos militares, acompañados en muchos casos por salarios muy superiores a los que podrían obtener en sus países, primas de incorporación, posibles vías hacia la ciudadanía y otras ventajas. El sistema es perfectamente atractivo sobre un anuncio. Luego llega la letra pequeña, a veces escrita literalmente en ruso.
Corea del Norte sí envió un ejército: soldados, artillería y misiles
El caso norcoreano rompe el molde. Las primeras unidades llegaron a Rusia en otoño de 2024 y fueron entrenadas antes de ser trasladadas principalmente a la región rusa de Kursk, donde Ucrania había ocupado territorio durante su ofensiva iniciada aquel agosto. Las estimaciones iniciales hablaban de unos 10.000 a 12.000 soldados; posteriormente, las cifras surcoreanas y ucranianas elevaron a alrededor de 14.000 o 15.000 el número acumulado durante las primeras fases del despliegue.
Para agosto de 2026, la inteligencia militar surcoreana calculaba que más de 16.000 norcoreanos habían sido enviados a Rusia desde octubre de 2024. Las bajas han sido enormes. Diversas estimaciones occidentales, surcoreanas y ucranianas sitúan en varios miles los muertos y heridos. Pyongyang, que durante meses guardó silencio, terminó reconociendo públicamente la misión y ha construido incluso monumentos dedicados a sus soldados fallecidos.
Su despliegue tiene una peculiaridad importante: durante buena parte de la guerra los norcoreanos no estuvieron repartidos por todo el frente ucraniano como si fueran una reserva internacional de Moscú. Se concentraron fundamentalmente en Kursk, territorio de la propia Rusia, luchando contra las fuerzas ucranianas que habían cruzado la frontera. En agosto de 2026, una evaluación ucraniana situaba alrededor de 9.500 todavía en la zona, aunque en aquel momento no los consideraba implicados directamente en operaciones contra tropas ucranianas.
También se han preparado fuerzas especializadas. Corea del Norte acordó proporcionar zapadores y personal de construcción militar para desminar y reconstruir Kursk. Y en el verano de 2026 la inteligencia ucraniana informó del despliegue en el oeste de Rusia de una pequeña unidad norcoreana dedicada a misiles balísticos, formada por alrededor de 90 militares y potencialmente asociada a seis lanzadores y hasta 120 misiles. Esa última información no había podido ser verificada de manera independiente.
Uniforme ruso, fusil ruso y artillería norcoreana
Los primeros soldados norcoreanos recibieron uniformes y armas ligeras rusas. Esa elección tenía lógica logística —munición, repuestos, mantenimiento— y hacía más sencilla su integración. Informaciones de inteligencia también describieron documentos rusos utilizados para los militares norcoreanos y su adscripción a formaciones vinculadas a unidades rusas de infantería de marina y fuerzas aerotransportadas.
Pero Pyongyang no solo aporta hombres. Ha enviado a Rusia enormes cantidades de proyectiles y sistemas propios: cañones autopropulsados Koksan de 170 milímetros, lanzacohetes múltiples de 240 milímetros y misiles balísticos de las familias KN-23 y KN-24, entre otras armas. La inteligencia surcoreana calculaba en agosto de 2026 que Corea del Norte había suministrado más de 15 millones de proyectiles de artillería. En algunos sistemas desconocidos para los rusos también se desplazó personal norcoreano para enseñar su funcionamiento y encargarse del mantenimiento.
Eso crea dos realidades militares superpuestas. El soldado de infantería norcoreano puede moverse con equipo ruso, sometido a la cadena logística de Moscú, mientras técnicos y artilleros de su país trabajan con material fabricado en Corea del Norte. No han desembarcado en Rusia con todo un ejército autosuficiente, desde las cocinas hasta los carros de combate. Se han enchufado, por así decirlo, a la maquinaria rusa.
India, Nepal y Asia Central: ciudadanos reclutados, no tropas aliadas
India es probablemente el ejemplo que mejor desmonta la confusión. Nueva Delhi no ha enviado soldados a ayudar a Moscú. Sin embargo, el Gobierno indio reconoció a finales de agosto de 2026 que tenía constancia de 227 ciudadanos reclutados por las Fuerzas Armadas rusas. De ellos, 139 habían sido liberados de sus contratos y 51 habían muerto. India seguía negociando la situación de los restantes y ha advertido reiteradamente contra ofertas de empleo sospechosas vinculadas a Rusia.
Los testimonios recogidos durante estos años muestran recorridos bastante menos épicos que el de un voluntario que toma un avión convencido de ir a la guerra. Algunos indios fueron atraídos mediante ofertas para trabajar como ayudantes, personal de seguridad o empleados civiles; otros terminaron recibiendo entrenamiento militar y desplegados en zonas de combate. También hubo personas que conocían mejor la naturaleza del contrato. Meterlas a todas en el mismo saco sería cómodo, pero incorrecto.
Nepal vivió un problema parecido. Katmandú llegó a reclamar formalmente a Moscú que dejara de reclutar a sus ciudadanos y devolviera a los que estaban sirviendo. Ya a comienzos de 2024 el Gobierno nepalí admitía más de 200 reclutados y al menos 14 muertos, aunque posteriores investigaciones y testimonios apuntaron a que la cifra real podía ser considerablemente superior. Nepal tampoco mandó un batallón: intentaba, precisamente, recuperar a sus nacionales.
Sri Lanka registró centenares de denuncias relacionadas con ciudadanos que habían acabado en la guerra, muchos de ellos antiguos militares atraídos por salarios elevados y promesas de residencia o ciudadanía rusa. Bangladesh ha investigado redes que prometían trabajos civiles y llevaban a hombres hasta Rusia, donde algunos denunciaron haber sido obligados a firmar contratos militares que no podían leer. La línea entre contratación abusiva y trata de personas aparece aquí muy borrosa.
La auténtica masa, sin embargo, procede de Asia Central. Una base de datos ucraniana había identificado en abril de 2026 a 12.666 ciudadanos de cinco antiguas repúblicas soviéticas: 4.853 uzbekos, 3.407 tayikos, 2.389 kazajos, 1.439 kirguises y 578 turcomanos. Son números particularmente relevantes porque millones de trabajadores centroasiáticos han utilizado tradicionalmente Rusia como destino migratorio y muchos conocen, al menos parcialmente, el idioma ruso.
Ahí el mecanismo cambia. Hay quien se alista por dinero, quien ve el contrato como vía para obtener ciudadanía rusa y quien llega al Ejército después de sufrir presión policial o problemas migratorios. Se han documentado casos de trabajadores con papeles vencidos enfrentados a multas, detención o expulsión a los que el contrato militar aparece oportunamente delante. Una puerta se cierra; otra conduce al frente. Bastante literalmente.
Los gobiernos de Uzbekistán, Kazajistán, Kirguistán y otros Estados de la región no están enviando esos combatientes y, de hecho, sus legislaciones pueden castigar el servicio en fuerzas armadas extranjeras. La nacionalidad del soldado vuelve a engañar: que haya miles de uzbekos en las filas rusas no convierte a Uzbekistán en un aliado militar de Rusia en Ucrania.
China, Cuba, África y Yemen: el gran territorio de las zonas grises
China provocó especial ruido cuando Ucrania capturó a ciudadanos chinos en 2025. Kyiv dijo disponer entonces de información sobre 155 ciudadanos chinos incorporados al lado ruso; responsables estadounidenses estimaban que más de un centenar estaban combatiendo y los consideraban reclutas mercenarios sin una conexión demostrada con el Gobierno de Pekín. China rechazó que fuera parte del conflicto.
Es una diferencia crucial. Se informó también de oficiales chinos presentes detrás de las líneas rusas para observar y estudiar tácticas, pero eso no equivale a que el Ejército Popular de Liberación haya enviado una brigada a atacar Ucrania. Pekín obtiene lecciones de una guerra que está transformando el empleo de drones, guerra electrónica y artillería; sus ciudadanos que firman por Rusia son otra historia.
Cuba presenta uno de los expedientes más turbios porque las cifras están fuertemente disputadas. Investigaciones periodísticas documentaron desde 2023 redes que captaban cubanos para trasladarlos a Rusia. Posteriormente circuló una estimación estadounidense de hasta 5.000 ciudadanos cubanos combatiendo del lado ruso. La Habana rechazó de forma tajante que Cuba hubiera enviado tropas y anunció procesos penales por mercenarismo y trata: entre 2023 y 2025 llevó a los tribunales nueve causas que afectaban a 40 personas.
En África la procedencia es todavía más dispersa. Han aparecido casos de ciudadanos de Kenia, Sudáfrica, Camerún, Ghana, Egipto, Marruecos, Mauricio y otros países. Ucrania hablaba a finales de 2025 de más de 1.400 africanos de 36 nacionalidades; estimaciones posteriores elevaron la dimensión del fenómeno. La cifra exacta continúa siendo difícil de establecer porque los reclutamientos se producen mediante contratos rusos, intermediarios particulares y, en algunos casos, redes investigadas como trata de personas.
Kenia ha perseguido judicialmente redes de captación y sus autoridades han rescatado a ciudadanos enviados a Rusia. Sudáfrica investigó el caso de un grupo de hombres que aseguraban haber sido engañados. En ambos casos, como en buena parte de África, no hay un envío gubernamental de tropas. Hay pobreza, salarios rusos comparativamente altos, intermediarios, promesas de empleos y una guerra situada a miles de kilómetros que, hasta que aparece el contrato, parece muy lejana.
Yemen añade una capa todavía más extraña. Se documentó el reclutamiento de centenares de yemeníes a través de una empresa relacionada con círculos hutíes. Algunos dijeron haber viajado pensando que encontrarían empleos bien pagados o incluso trabajos relacionados con ingeniería y seguridad, antes de ser presionados para firmar contratos militares en Rusia. Eso demuestra vínculos entre redes próximas a los hutíes y el reclutamiento ruso, pero no prueba que Yemen como Estado —ni siquiera que unidades militares hutíes regulares— haya enviado oficialmente soldados a Ucrania.
No todos son mercenarios, aunque la palabra resulte cómoda
Llamar mercenario a cualquier extranjero con uniforme ruso simplifica demasiado. En derecho internacional existe una definición bastante estrecha del mercenario y no basta con tener otra nacionalidad o cobrar dinero. Una persona incorporada formalmente mediante contrato a las Fuerzas Armadas rusas puede tener la condición jurídica de combatiente y, si es capturada, ser tratada como prisionero de guerra.
Otros casos sí pueden acercarse a la figura clásica del mercenario, especialmente cuando la motivación económica es determinante y concurren los demás requisitos jurídicos. Y una tercera categoría complica todavía más el paisaje: personas engañadas, coaccionadas o trasladadas mediante redes que podrían encajar en la trata de seres humanos. El mismo ejército puede contener al voluntario ideológico, al buscador de un sueldo y al trabajador que creyó que iba a conducir un camión. Desde lejos todos llevan casco.
Cómo los encaja Rusia: armas, idioma, entrenamiento y frente
Salvo Corea del Norte, estos combatientes no suelen conservar el equipamiento militar de sus países de origen. Al firmar con Rusia entran en la cadena logística rusa: uniformes, chalecos, cascos, fusiles de la familia Kaláshnikov, granadas, munición, comunicaciones y vehículos proceden fundamentalmente de los arsenales rusos o de los disponibles en la unidad que los recibe. Un indio no llega con un fusil reglamentario del Ejército indio; un keniano tampoco carga con material de las fuerzas armadas de Kenia.
El entrenamiento varía mucho, y ahí aparece uno de los problemas más serios. Se han documentado extranjeros enviados a unidades de combate tras periodos de instrucción muy breves, en ocasiones de apenas días o pocas semanas. Aprenden lo imprescindible para manejar el arma, moverse, reconocer drones, ocupar una trinchera y obedecer órdenes. No es el proceso con el que un ejército profesional prepara durante meses una unidad cohesionada.
Rusia tampoco dispone de un inmenso “ejército de extranjeros” separado del resto. Los contratados son asignados a regimientos, brigadas y unidades de asalto rusas, en ocasiones junto a otros extranjeros y otras veces mezclados con ciudadanos rusos. Se han localizado combatientes extranjeros en sectores de Donetsk, Zaporiyia, Sumy y otros puntos del frente. La distribución cambia constantemente con las necesidades de cada mando.
La barrera lingüística puede ser brutal. El ruso es la lengua de mando de esas unidades, mientras muchos reclutas africanos, indios, bangladesíes o latinoamericanos llegan con conocimientos mínimos o inexistentes. Los testimonios describen intérpretes, compañeros que traducen y un vocabulario militar reducido a las órdenes necesarias. En combate, donde una palabra mal entendida puede significar entrar en una casa equivocada o no abandonar una posición bajo ataque de drones, aquello deja de ser una anécdota lingüística.
Con los norcoreanos el sistema es algo más estructurado. Mantienen el coreano dentro de sus propias formaciones y utilizan personal de enlace e intérpretes para relacionarse con el mando ruso. El hecho de actuar en grupos nacionales más cohesionados facilita la comunicación interna, aunque las primeras evaluaciones occidentales señalaron dificultades de coordinación, conocimiento del terreno y adaptación a la guerra dominada por drones.
La experiencia modificó sus tácticas. Los soldados norcoreanos llegaron con disciplina e instrucción militar, pero prácticamente sin experiencia en un campo de batalla como el ucraniano, cubierto por pequeños drones que observan cada camino y pueden atacar a un hombre concreto. Tras las primeras pérdidas, fueron adaptando dispersión, movimiento y reacción frente a drones. Para Pyongyang ese aprendizaje vale casi tanto como el dinero: pocos ejércitos del mundo pueden comprar experiencia real en una guerra tecnológica de esta intensidad.
Lo que gana Moscú, lo que gana Pyongyang y quién paga el precio
Para Rusia, el beneficio inmediato es humano. Cada extranjero contratado es un soldado que Moscú puede incorporar sin recurrir a una nueva movilización general de ciudadanos rusos, políticamente mucho más costosa. El Kremlin combina primas elevadas dentro de Rusia, reclutamiento de presos, contratos voluntarios y captación internacional. No necesita que los extranjeros decidan la guerra; basta con que ayuden a sostener una máquina que consume decenas de miles de hombres.
El atractivo económico es enorme cuando el anuncio se observa desde una aldea pobre de Nepal, Kenia o Bangladesh. Investigaciones sobre el reclutamiento han descrito salarios equivalentes a aproximadamente 1.500 o 2.000 dólares mensuales, además de primas y promesas de ciudadanía. Son cantidades normales o incluso discretas para determinados empleos occidentales, pero pueden representar varios sueldos anuales en otros lugares. El problema es que el salario tiene una contraparte bastante obvia: el trabajo puede consistir en cruzar un campo bajo artillería y drones.
Para Corea del Norte la operación es estatal y la factura se cobra a otra escala. Pyongyang obtiene dinero, combustible, cooperación económica, respaldo diplomático y acceso potencial a tecnología militar rusa, mientras sus tropas acumulan experiencia. No se conocen públicamente todas las contrapartidas del acuerdo Putin-Kim, por lo que atribuir un sistema concreto de misiles o tecnología nuclear como pago directo sería ir más lejos de las pruebas disponibles.
Rusia recibe a cambio soldados disciplinados, proyectiles, artillería y misiles. Corea del Norte recibe algo que llevaba décadas sin poder proporcionar a sus fuerzas: experiencia de combate moderna contra un adversario equipado con tecnología occidental, drones FPV, guerra electrónica, sensores y artillería de precisión. El laboratorio es Ucrania. Y el precio, varios miles de bajas norcoreanas.
Para India, Nepal, Kenia, Sri Lanka y la mayoría de los demás países de origen no existe esa compensación estratégica. Más bien sucede lo contrario: sus gobiernos tienen que localizar desaparecidos, negociar repatriaciones, investigar intermediarios y explicar a las familias cómo un supuesto empleo terminó en una trinchera europea. Esa es otra razón por la que resulta engañoso hablar de ellos como países que combaten junto a Rusia.
Una guerra rusa con pasaportes de medio mundo
La fotografía completa es más extraña que la versión sencilla. Corea del Norte sí lucha como Estado junto a Rusia: ha enviado tropas regulares, especialistas, armamento y cantidades gigantescas de munición. Ningún otro país ha confirmado un despliegue comparable de sus fuerzas armadas para combatir directamente a Ucrania bajo coordinación con Moscú.
Alrededor de ese núcleo aparece una constelación mucho mayor: miles de ciudadanos de Asia Central, India, Nepal, China, Cuba, África, Oriente Próximo y América Latina que han acabado dentro del Ejército ruso por caminos muy diferentes. Algunos fueron por dinero. Otros por convicción. Otros pensaban que iban a trabajar. Entre el voluntario y la víctima de una red de captación hay una distancia moral enorme, aunque en una fotografía aérea de la trinchera apenas se aprecie.
Y esa es quizá la característica más reveladora del sistema ruso. Moscú no ha construido una gran coalición internacional comparable a las alianzas militares clásicas; ha construido una red internacional de mano de obra militar, combinando contratos, migración, dinero y necesidad. Pyongyang aporta una alianza entre Estados. El resto es mucho más fragmentario, más gris y, en bastantes casos, bastante más oscuro.












