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Ciencia

Diez años escuchando el universo: qué revelaron las ondas

Una nueva forma de observar el cosmos ha revelado colisiones, poblaciones de agujeros negros y señales de fondo aún en estudio.

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algunas ondas gravitacionales

La primera señal llegó a los detectores LIGO el 14 de septiembre de 2015 y se anunció al público el 11 de febrero de 2016. Diez años después, las ondas gravitacionales han pasado de ser una predicción difícil de comprobar a una herramienta para estudiar agujeros negros, estrellas de neutrones y algunos de los sucesos más violentos del cosmos. El cambio no consiste solo en haber confirmado una idea de Einstein: ahora existe una nueva forma de observar fenómenos que pueden ser casi invisibles para los telescopios convencionales.

La década también ha dejado una lección menos espectacular, pero decisiva: una detección aislada demuestra que algo puede medirse; muchas señales permiten estudiar poblaciones y poner a prueba explicaciones. Las campañas de LIGO, Virgo y KAGRA han multiplicado los datos, mientras las observaciones de púlsares buscan un fondo de ondas mucho más lento. Y, en el horizonte, LISA prepara una ventana espacial hacia fuentes que los instrumentos terrestres no pueden captar bien.

De una predicción de Einstein a una señal medible

La relatividad general describe la gravedad como la curvatura del espacio-tiempo. En ese marco, los cambios gravitatorios no se transmiten de manera instantánea: pueden propagarse en forma de ondas a la velocidad de la luz. Una onda gravitacional es, por tanto, una perturbación que estira y comprime las distancias al avanzar. No es una onda de luz ni una vibración del aire, sino un cambio diminuto en la geometría del espacio-tiempo.

La emisión detectable requiere movimientos de masas muy grandes y, sobre todo, una distribución desigual de esas masas. Dos agujeros negros que orbitan y terminan fusionándose son un ejemplo extremo: su movimiento cambia con rapidez y genera una señal intensa. En cambio, un fenómeno perfectamente simétrico, como una masa que se comprime de manera idéntica en todas las direcciones, no produce radiación gravitacional detectable. No basta con que algo tenga masa y se mueva; importa cómo se distribuye y acelera esa masa.

Las ondas también se diferencian de la radiación electromagnética por la clase de información que transportan. La luz se origina en procesos relacionados con partículas cargadas y puede ser absorbida o dispersada por la materia. Las ondas gravitacionales atraviesan grandes distancias con muy poca alteración y reflejan directamente el movimiento de los objetos que las producen. Eso no las convierte en sustitutas de los telescopios: son un canal complementario que permite estudiar sistemas cuyo comportamiento resulta difícil de reconstruir solo a partir de la luz.

Por qué detectar una onda exige tanto

Cuando una onda gravitacional alcanza la Tierra, el cambio en las distancias es extraordinariamente pequeño, mucho menor que el tamaño de un protón en los instrumentos actuales. La dificultad no consiste únicamente en construir un aparato preciso: el suelo vibra, los espejos se mueven por causas cotidianas y hasta el ruido térmico de los materiales puede ocultar una señal. El reto central de la última década ha sido distinguir una deformación real del espacio-tiempo de las vibraciones del propio observatorio.

LIGO, Virgo y KAGRA emplean interferómetros láser. En cada detector, un haz se divide en dos y recorre brazos perpendiculares dentro de tubos de vacío, reflejándose en espejos suspendidos. Después, los haces vuelven a combinarse. Si una onda pasa por el instrumento, altera de forma minúscula la longitud relativa de los brazos y modifica el patrón de interferencia. Los brazos de LIGO miden 4 kilómetros; los de Virgo y KAGRA, 3 kilómetros.

El principio puede explicarse con dos pasillos largos que funcionan como reglas, pero mantenerlos estables es una tarea de ingeniería compleja. Los espejos necesitan aislamiento frente a vibraciones y el láser debe conservar una precisión extraordinaria. Además, las señales se contrastan entre observatorios separados por miles de kilómetros. Si varios detectores registran una forma compatible con el retraso esperado entre ellos, disminuye la posibilidad de que se trate de ruido local. La red internacional no solo aumenta la sensibilidad: ayuda a comprobar que la señal procede del cielo.

Antes de esa primera detección directa hubo indicios importantes. En las décadas de 1960 y 1970, Joseph Weber construyó detectores de barras, pero los eventos que anunció no fueron confirmados por otros equipos. Más tarde, las observaciones del púlsar binario Hulse-Taylor mostraron que su órbita perdía energía de una manera compatible con la emisión de ondas gravitacionales. Esa prueba indirecta respaldó la relatividad general y fue reconocida con el Nobel de Física de 1993, aunque no permitía registrar directamente una onda en la Tierra.

GW150914, el primer gran resultado

La señal bautizada GW150914 fue registrada por los dos detectores de LIGO en septiembre de 2015. Duró cerca de dos décimas de segundo y aumentó de frecuencia y amplitud antes de alcanzar un máximo y apagarse. Ese patrón, conocido como chirrido, encajaba con la espiral cada vez más rápida de dos agujeros negros que terminaban fusionándose. El anuncio oficial llegó meses después, una vez examinados los datos y descartadas explicaciones instrumentales plausibles.

El análisis indicó que los agujeros negros tenían masas de aproximadamente 36 y 29 veces la del Sol y que el objeto resultante rondaba las 62 masas solares. La diferencia, equivalente a unas tres masas solares, se liberó en forma de energía gravitacional. El suceso había ocurrido a unos 1.300 millones de años luz. Por primera vez se observó directamente la fusión de un sistema binario de agujeros negros, además de confirmar la existencia de ondas gravitacionales.

El resultado también mostró que los agujeros negros de masa estelar podían encontrarse en parejas y fusionarse. Antes de LIGO se conocían indicios de agujeros negros en distintos entornos, pero no se había observado directamente una colisión de este tipo. La señal permitió seguir tanto la aproximación de los dos objetos como el breve proceso de fusión y la relajación del agujero negro final. En 2017, Rainer Weiss, Barry Barish y Kip Thorne recibieron el Nobel de Física por sus contribuciones decisivas al detector LIGO y a la observación.

La señal no fue un sonido audible que viajara por el espacio. Los investigadores convierten sus variaciones en frecuencias que pueden reproducirse como audio, pero esa representación sirve para hacer perceptible el patrón, no significa que el espacio transmita sonido como el aire. La imagen de escuchar el universo es útil si se entiende así: los detectores miden cambios y los científicos los traducen en señales que el oído humano puede interpretar.

De un hallazgo singular a un catálogo de fusiones

La cuarta campaña conjunta de observación, O4, comenzó el 24 de mayo de 2023 y terminó el 18 de noviembre de 2025. Durante ese periodo, la red registró alrededor de 250 candidatos en tiempo real. Esa cifra no equivale a 250 descubrimientos confirmados: cada candidato debe pasar por análisis más detallados para determinar si es una señal astrofísica y con qué nivel de confianza puede publicarse. En la primera parte de O4, los análisis identificaron 128 eventos significativos.

La comparación con las campañas anteriores da una idea del crecimiento del campo. Antes de O4, el conjunto de detecciones consideradas fiables rondaba las 90; los resultados de la primera parte de la nueva campaña superaron por sí solos esa cantidad. El recuento final depende del análisis y de los criterios empleados, pero la tendencia es clara: la investigación ha pasado de celebrar una señal extraordinaria a estudiar una muestra cada vez más amplia. Los datos permiten comparar masas, giros y distancias, no solo describir un caso concreto.

Ese catálogo ayuda a investigar cómo se forman las parejas de agujeros negros. Algunos modelos plantean que dos estrellas nacen juntas, evolucionan y terminan convertidas en objetos compactos que orbitan entre sí. Otros proponen que los agujeros negros se encuentran en entornos densos, donde pueden intercambiar compañeros o quedar capturados. Las señales no resuelven por sí solas el debate, pero la distribución de sus propiedades permite evaluar qué escenarios explican mejor las observaciones y cuáles necesitan ajustes.

Las fusiones de estrellas de neutrones abren una pregunta distinta. Estos objetos concentran materia en condiciones imposibles de reproducir en un laboratorio terrestre. La forma en que se deforman antes de chocar puede revelar propiedades de esa materia y ayudar a delimitar qué ocurre tras la fusión. Las observaciones de sistemas mixtos, con una estrella de neutrones y un agujero negro, aportan otra combinación de información. La utilidad de las ondas reside también en medir cómo responde la materia cuando la gravedad la lleva al extremo.

GW170817 unió la gravedad con la luz

El 17 de agosto de 2017, los detectores registraron GW170817, una señal procedente de la fusión de dos estrellas de neutrones. Poco después se detectó un estallido corto de rayos gamma en una región compatible del cielo, y distintos observatorios siguieron el fenómeno en otras longitudes de onda. La fuente se asoció con la galaxia NGC 4993, a unos 40 megapársecs. Fue la primera gran observación en la que las ondas gravitacionales y la radiación electromagnética permitieron estudiar juntos un mismo acontecimiento.

El seguimiento reveló una kilonova, un resplandor transitorio relacionado con la materia expulsada durante la colisión. En ese material se forman elementos pesados mediante capturas rápidas de neutrones, lo que apuntaló la idea de que estos choques contribuyen a producir elementos como el oro y el platino. La señal gravitacional describió la dinámica del sistema; la luz mostró lo que ocurrió con el material y con la energía liberada. La combinación de ambos mensajeros convirtió una detección en una historia física mucho más completa.

El evento enseñó también que una alerta rápida puede cambiar el alcance de una observación. Si una señal se identifica mientras el resplandor todavía puede verse, los telescopios de otras bandas tienen la oportunidad de localizar y seguir su contrapartida. Aun así, no todas las fusiones producen una señal luminosa fácil de detectar, ni todas pueden localizarse con precisión suficiente para apuntar enseguida a una región pequeña del cielo. La colaboración entre observatorios mejora las posibilidades, pero no elimina esas limitaciones.

Pruebas de la relatividad y nuevas medidas cósmicas

Cada fusión permite contrastar la forma de la señal con las predicciones de la relatividad general, especialmente en campos gravitatorios intensos, donde antes era muy difícil comprobar la teoría. La fase de aproximación, el instante de la fusión y las oscilaciones posteriores del objeto resultante contienen información distinta. Hasta ahora, los datos son compatibles en términos generales con las predicciones de Einstein. Eso no demuestra que la teoría sea definitiva, pero sí indica que ha superado pruebas en condiciones extremas.

Las ondas gravitacionales también pueden servir para medir distancias. La señal permite estimar lo lejos que ocurrió una fusión sin depender del mismo procedimiento usado para calcular distancias a partir del brillo de las estrellas. Si, además, se identifica la galaxia de origen y se mide su corrimiento al rojo, se obtiene una vía independiente para estudiar la expansión del universo y estimar la constante de Hubble. Estas llamadas sirenas estándar todavía no han resuelto las discrepancias entre métodos cosmológicos, pero aportan una medición distinta y valiosa.

El cambio de perspectiva tiene límites que conviene mantener a la vista. Una señal gravitacional no ofrece por sí sola una fotografía del objeto, y las estimaciones de sus propiedades dependen de modelos que relacionan la forma de onda con la masa, el giro y la orientación del sistema. Del mismo modo, una detección con una localización amplia puede dificultar la búsqueda de luz asociada. La nueva astronomía no sustituye a la anterior: gana fuerza cuando se combinan técnicas y se explicitan las incertidumbres.

El fondo lento que buscan los púlsares

Los interferómetros terrestres detectan sobre todo señales rápidas, como las que producen objetos compactos durante los últimos instantes de una órbita. Pero el universo puede contener ondas mucho más lentas, con periodos de años. Para buscarlas, varias colaboraciones observan púlsares de milisegundo, estrellas de neutrones que emiten pulsos de radio con una regularidad extraordinaria. Si una onda de frecuencia muy baja atraviesa el espacio entre esos objetos y la Tierra, puede alterar de forma correlacionada los tiempos de llegada de los pulsos.

En 2023, NANOGrav y otras redes internacionales comunicaron indicios compatibles con un fondo estocástico en la banda de nanohertz. Un fondo de este tipo no sería una señal aislada, sino la suma de muchas fuentes distantes. Una explicación posible es que lo produzcan parejas de agujeros negros supermasivos en los centros de galaxias, mientras orbitan antes de fusionarse. También se estudian otras posibilidades, incluidas señales vinculadas a procesos del universo temprano. La evidencia es prometedora, pero la interpretación requiere separar la señal de los efectos propios de los púlsares y de sus entornos.

Este método cambia la escala de la observación: en lugar de medir el movimiento de espejos, utiliza estrellas de neutrones como relojes repartidos por la galaxia. La regularidad de sus pulsos hace posible buscar pequeñas diferencias entre lo esperado y lo observado a lo largo del tiempo. Como cada púlsar puede tener variaciones propias, la coincidencia de patrones entre muchos de ellos resulta fundamental. Por eso las colaboraciones comparan datos y procedimientos; una señal compartida por distintos equipos es más convincente que una anomalía detectada en una sola serie de observaciones.

Lo que queda por descubrir con LISA y las ondas primordiales

La siguiente ampliación importante llegará desde el espacio. LISA, una misión de la Agencia Espacial Europea, está concebida como un observatorio formado por tres naves que medirán con láser los cambios en las distancias entre ellas. Al estar separadas por millones de kilómetros, podrá explorar frecuencias distintas de las que captan los detectores terrestres. Entre sus objetivos figuran sistemas compactos de nuestra galaxia y pares de agujeros negros supermasivos que evolucionan durante largos periodos.

LISA no será simplemente una versión más grande de LIGO. Cada tipo de detector escucha una banda diferente, igual que distintos instrumentos revelan notas que otros no pueden registrar. La observación desde el espacio podrá seguir fuentes cuya evolución es demasiado lenta para los interferómetros terrestres, mientras estos continuarán captando señales de mayor frecuencia. La misión fue adoptada en 2024 y su desarrollo forma parte de una planificación a largo plazo, todavía sujeta a la construcción y puesta a punto de una tecnología muy exigente.

En tierra, el cierre de O4 dio paso a trabajos de mantenimiento y mejora, con planes para una nueva etapa de observación durante unos seis meses en 2026-27, según la disponibilidad de los detectores. Más adelante se proponen instalaciones de tercera generación, como el Einstein Telescope en Europa y Cosmic Explorer en Estados Unidos. Son proyectos futuros, no observatorios que ya estén produciendo datos; su objetivo es mejorar la sensibilidad y ampliar el alcance de las mediciones.

También sigue abierta la búsqueda de ondas primordiales, generadas en etapas muy tempranas de la historia cósmica. En 2014, el experimento BICEP2 anunció una señal en la polarización del fondo cósmico de microondas que se interpretó como posible indicio de ondas gravitacionales de la inflación. Estudios posteriores mostraron que el polvo de la Vía Láctea podía explicar los resultados, por lo que aquel anuncio no se considera una detección confirmada. La búsqueda continúa, pero la evidencia disponible no permite afirmar que se hayan observado ondas gravitacionales primordiales.

Una década después del primer registro directo, el avance más sólido no es una promesa de que todo el universo vaya a hacerse visible de inmediato. Es un método que ya permite medir colisiones, estudiar poblaciones de agujeros negros, explorar la materia de las estrellas de neutrones y comprobar la gravedad en condiciones extremas. La red terrestre, los relojes de púlsar y los futuros observatorios espaciales cubren escalas distintas y se complementan. Lo que empezó como una señal de una fracción de segundo se ha convertido en una disciplina con preguntas propias: cómo nacen esos sistemas, qué ocurre al fusionarse y qué parte de la historia cósmica sigue escondida en el espacio-tiempo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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