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¿Qué escondía el nuevo narcotúnel hallado en Ceuta?

Ceuta destapa otro narcotúnel del hachís: la ruta, los detenidos y el negocio que empuja droga de Marruecos a España y Europa en la frontera.
Ceuta ha vuelto a abrir una compuerta incómoda, de esas que dejan al descubierto no solo una galería subterránea sino un sistema entero de tráfico de hachís pegado a la frontera con Marruecos. La Policía Nacional ha localizado en el polígono del Tarajal un segundo narcotúnel asociado a una macrooperación antidroga que, en su última actualización conocida, suma 20 detenidos en la ciudad autónoma, registros en Andalucía y Galicia y una investigación que llevaba más de un año cocinándose en silencio. No era un simple pasadizo de fortuna ni un agujero abierto a golpes: lo hallado apunta a una infraestructura perfeccionada, pensada para mover droga con continuidad, evitando controles fronterizos y conectando la frontera sur con rutas que después siguen por la Península hasta Francia y otros mercados europeos. La noticia importa por lo que cuenta hoy, pero todavía más por lo que confirma: el primer túnel no fue una rareza, fue una señal.
Lo que se sabe ya permite trazar una imagen bastante precisa. El nuevo túnel estaba escondido detrás de un gran refrigerador insonorizado, dentro de una nave del Tarajal y muy cerca del pasadizo descubierto en 2025 por la Guardia Civil en la operación Hades. La estructura, según la información avanzada tras el hallazgo, tenía tres niveles: un pozo de descenso, una cámara intermedia para almacenar fardos y una línea final hacia Marruecos. Además, incorporaba raíles, vagones, poleas a modo de montacargas y un sistema eléctrico propio, es decir, un dispositivo concebido para trasladar grandes cantidades de droga con menos esfuerzo, menos ruido y menos exposición. La Policía sigue cerrando el mapa exacto del trazado y el grado real de uso de esta galería, pero la lógica del conjunto es evidente: no estaba ahí para decorar una nave industrial.
El Tarajal, otra vez en el centro del mapa narco
La localización no es un detalle menor, es casi la noticia dentro de la noticia. El Tarajal no es solo una zona de naves; es un lugar donde se cruzan la frontera terrestre, el tránsito comercial, los espacios cerrados, el puerto y el embarque hacia la Península. En otras palabras, un punto logístico extraordinario para quien quiera convertir la geografía en negocio clandestino. Por eso el segundo túnel hallado allí cambia el enfoque. Ya no encaja hablar de un hallazgo extravagante, casi folclórico, como si el crimen organizado hubiese tenido una ocurrencia exótica en Ceuta. Lo que aparece es una metodología. La Unidad de Drogas y Crimen Organizado, la UDYCO, llevaba días trabajando en naves próximas, con apoyo de bomberos para acceder a zonas anegadas y de unidades técnicas especializadas en subsuelo. La sospecha de que había otra galería no era un capricho: la propia disposición del polígono y el precedente de 2025 invitaban a pensar que quedaban más piezas bajo tierra.
Que el túnel estuviera camuflado tras un frigorífico insonorizado retrata bastante bien el nivel de inversión y de cálculo. Esto no tiene nada que ver con un escondite improvisado detrás de cuatro palés. Hay planificación, hay obra, hay protección acústica, hay voluntad de que la estructura pase desapercibida incluso dentro de una inspección rápida. Y el diseño de tres niveles añade un matiz importante: el túnel no solo servía para cruzar, servía para almacenar, ordenar y mover la mercancía de forma más eficiente. Los raíles y vagones reducen el esfuerzo humano y permiten desplazar fardos en cadena; las poleas resuelven el desnivel; la cámara intermedia funciona como pulmón logístico. Lo que aparece bajo el Tarajal no es un agujero, es casi una pequeña terminal subterránea del hachís.
Una macrooperación con Ceuta, Andalucía y Galicia
El túnel no se entiende sin la red a la que da servicio. La operación de la Policía Nacional, desplegada con más de 250 agentes, se dirigía contra una estructura asentada en Ceuta que enviaba hachís procedente de Marruecos hacia España y Francia. En el golpe se practicaron 29 registros, se intervinieron cerca de un millón y medio de euros y 66 equipos de comunicación, y se detectó una organización con una capacidad logística muy superior a la del narco de corto vuelo. Había vehículos en cantidad, una infraestructura de apoyo considerable y conexiones con uno de los grandes traficantes de La Línea de la Concepción, que aportaba embarcaciones rápidas para garantizar cruces por el Estrecho. A eso se sumó una rama gallega relacionada con el apoyo logístico y la distribución. Todo muy artesanal, sí; artesanal como una empresa internacional con varias delegaciones.
La investigación ya había dado un golpe de enorme valor antes del hallazgo del nuevo túnel. La UDYCO interceptó en Almería 15.000 kilos de hachís en una fase previa de las pesquisas, un cargamento gigantesco que dejó claro que la organización no estaba en el menudeo ni en el tráfico de supervivencia. Se movía en toneladas, no en paquetes. Más tarde trascendió además el papel de varios arrestados en Galicia y el ingreso en prisión de cuatro implicados de esa rama, mientras en Ceuta el juzgado fue acordando prisión para 14 detenidos y manteniendo pendiente la situación de uno de los arrestados más sensibles, un guardia civil. Esa combinación de perfiles —empresarios, transportistas, enlaces territoriales, apoyos desde cuerpos públicos— devuelve una imagen muy conocida del crimen organizado: para mover tanta droga no basta con músculo, hace falta estructura, dinero y, a veces, puertas abiertas por dentro.
Ceuta como esclusa del hachís marroquí
La ciudad autónoma aparece aquí como esclusa, no como destino final. Esa es la clave. El hachís entra desde Marruecos, se estabiliza en Ceuta, se almacena, se redistribuye y después busca la Península en camiones, remolques o embarques por ferry, mezclado con mercancía legal o apoyado en coberturas empresariales. El modelo del túnel encaja perfectamente con esa lógica: reduce el punto de fricción más incómodo, que es la frontera física, y deja el resto del recorrido en manos de la segunda capa logística. El primer hallazgo de 2025 ya apuntaba a ese patrón. El segundo lo robustece. Ceuta no sería el mercado, sería el mecanismo.
Ahí entra también la cooperación con Marruecos, necesaria para seguir el rastro completo de las galerías y para reconstruir la conexión al otro lado de la frontera. En esta clase de investigaciones la coordinación hispano-marroquí no es decorativa; es obligatoria. Ya había sido decisiva en fases previas del caso y en operaciones paralelas vinculadas al hachís marroquí con destino a España. Pero la existencia misma de los túneles deja una lectura menos amable: si hay que cooperar para desmontarlos es porque durante años alguien logró trabajar entre las costuras de ambos lados. Y eso, claro, no se consigue solo con pico y pala.
El túnel de 2025: el precedente que cambió todo
Para entender el peso de este segundo hallazgo hay que volver a febrero de 2025, cuando la Guardia Civil descubrió en el mismo entorno del Tarajal el que fue presentado como el primer narcotúnel documentado en una frontera española. Aquel pasadizo estaba camuflado en una antigua marmolería, detrás de una trampilla que daba acceso a una escalera vertical. La galería alcanzaba unos 50 metros en su tramo español, descendía a 12 metros de profundidad y presentaba varias galerías en territorio español. Tenía iluminación, ventilación, apuntalamiento y sistemas de achique, y en la inspección posterior aparecieron madera de revestimiento, humedad intensa, zonas inundadas, botellas vacías y una maleta. Sus dimensiones generales eran estrechas, en torno a 40 centímetros de ancho por 60 de alto en varios tramos, aunque en algunas zonas se podía ir de pie. Todo eso ya bastaba para desmontar el cuento del escondrijo chapucero.
La operación Hades no había nacido por intuición, sino por la incautación de más de 6.000 kilos de hachís ocultos en tres camiones. A partir de ahí, las pesquisas revelaron una red mucho más amplia y abrieron una causa con derivadas especialmente delicadas: entre los investigados figuraron guardia civiles, y también fue detenido el entonces diputado local Mohamed Ali Duas, cuya captura provocó un terremoto político en Ceuta. La tesis policial era clara: el túnel servía para introducir grandes alijos de hachís desde Marruecos, almacenarlos y después llevarlos a la Península en vehículos pesados. Es decir, exactamente la misma lógica que ahora reaparece con una variante todavía más sofisticada. El segundo hallazgo no corrige la historia del primero; la confirma.
Qué cambia con este nuevo pasadizo
El gran salto del túnel descubierto por la Policía Nacional está en el grado de perfeccionamiento. El de 2025 ya resultaba serio, pero el de 2026 añade una dimensión casi industrial: tres niveles, raíles, vagones y poleas para que el tránsito de la mercancía fuese más cómodo y seguro. Donde el primer pasadizo parecía una galería funcional de gran valor para mover fardos, el segundo sugiere una obra más avanzada, orientada a reducir tiempos, esfuerzo y exposición. Incluso la forma de ocultación, detrás de un gran aparato insonorizado, marca una diferencia de concepto: no solo se trata de cavar y cruzar, sino de construir una infraestructura estable, disimulada y pensada para durar.
Sobre si se usó ya o no, la respuesta honesta todavía exige un matiz. La Policía sigue analizando la infraestructura y cerrando el trazado exacto, y por eso no hay una ficha pública definitiva sobre la frecuencia real de uso. Sí hay, en cambio, un contexto que empuja en una dirección muy concreta. La galería aparece en medio de una investigación sobre envíos constantes de hachís, a pocos metros del túnel de 2025, en una zona industrial clave y asociada a una red que ya ha demostrado capacidad para mover toneladas. Eso hace difícil pensar en una excavación ornamental o en una simple reserva teórica. Lo más prudente es decirlo así: todo encaja con una infraestructura diseñada para operar, y ahora falta determinar hasta qué punto estaba ya en servicio o lista para activarse a pleno rendimiento.
Ceuta sí, Melilla de momento no
La pregunta sobre si esto pasa solo en Ceuta o también en Melilla merece una respuesta clara. Con la información pública disponible hasta este momento, el caso acreditado y documentado de narcotúneles fronterizos está en Ceuta, no en Melilla. Eso no significa que Melilla esté al margen del narcotráfico, ni que sus vulnerabilidades sean pequeñas. Significa otra cosa, más concreta: no ha trascendido un equivalente confirmado al modelo del Tarajal, con galerías excavadas para introducir hachís desde Marruecos a territorio español. Ceuta reúne una combinación especialmente útil para este tipo de operativa: frontera terrestre, zona industrial inmediata, cercanía portuaria, embarque rápido a la Península y un ecosistema criminal que ha aprendido a trabajar tanto sobre el agua como bajo tierra.
Conviene no exagerar tampoco el peso de los túneles como si fueran el método dominante de entrada de droga. No lo son. El narcotráfico hacia España usa narcolanchas, camiones en ferris, dobles fondos, embarcaciones de recreo, contenedores y, en algunos casos, drones o dispositivos semisumergibles. El túnel es una pieza de alto valor para determinadas fases y determinados cargamentos, porque abarata el riesgo en el punto más vigilado, pero el negocio no depende solo de él. Lo que sí revela es el grado de adaptación de las redes: cuando la superficie se complica, se cava. Y eso, siendo Ceuta la única frontera terrestre hispano-marroquí donde ya han aparecido dos pasadizos de este tipo en el mismo entorno, es una señal demasiado seria como para tratarla como anécdota.
Qué es un narcotúnel y por qué aparece en las grandes rutas
Un narcotúnel es una infraestructura clandestina excavada para sortear una frontera, un control o una zona de vigilancia y garantizar el paso oculto de droga —a veces también de dinero, armas o personas— entre dos puntos conectados por una red criminal. No es un invento nuevo. Durante décadas, las grandes referencias de este método han estado en otras fronteras, sobre todo en la de México y Estados Unidos, donde los cárteles con más músculo económico llegaron a excavar galerías con ventilación, iluminación, raíles e incluso ascensores rudimentarios. El principio es siempre el mismo: cuando el margen de beneficio es altísimo y la presión en superficie se vuelve asfixiante, sale rentable construir una ruta propia bajo tierra. El crimen organizado, cuando puede, no improvisa; infraestructura.
Por eso los narcotúneles suelen aparecer en territorios con cuatro condiciones muy concretas: frontera dura, gran diferencial económico, presencia estable de redes criminales y mercancía con altísimo margen. Ceuta cumple las cuatro. Está pegada a Marruecos, principal origen de la resina de cannabis que llega a Europa; mantiene una conexión marítima constante con la Península; vive junto a una frontera muy vigilada y, al mismo tiempo, llena de flujos comerciales; y se inserta en una ruta donde un solo envío exitoso puede valer millones. En ese contexto, excavar no es una locura. Es un cálculo empresarial clandestino. Feo, criminal, corrosivo para el Estado, pero perfectamente racional desde la lógica de quien maneja el negocio.
El tamaño real del negocio: droga, toneladas y millones
Aquí conviene bajar el debate del subsuelo a las cifras. España sigue siendo la gran puerta de entrada del hachís marroquí en Europa. Los datos europeos más citados sitúan a España como el principal punto de acceso de la resina de cannabis producida en Marruecos, hasta el punto de haber concentrado más del 82 % de las incautaciones de resina en la Unión Europea en 2021, con 672,5 toneladas decomisadas. La dimensión continental del problema se entiende sola. El hachís que cruza la frontera sur española no alimenta únicamente el mercado español; alimenta una red europea donde Francia aparece de forma recurrente como destino o como estación de paso. Cuando una organización en Ceuta mueve toneladas, no está pensando en el barrio de al lado. Está pensando en una cadena logística internacional.
Al mismo tiempo, el último gran balance conocido del Ministerio del Interior dejó una paradoja interesante. En 2024, las incautaciones de hachís en España cayeron por primera vez en dos décadas por debajo de las 200 toneladas, una bajada que el Gobierno atribuyó a la presión policial. Eso no significa que el problema haya menguado hasta volverse secundario. Significa, más bien, que las rutas cambian, se adaptan y se tecnifican. En el Campo de Gibraltar y las seis provincias andaluzas bajo el plan especial contra el narco, las fuerzas de seguridad intervinieron en 2024 264.572 kilos de droga, de los que 150.802 kilos eran hachís. La frontera sur sigue siendo una autopista criminal de enorme volumen, aunque no siempre se vea. Y cuando el hachís baja en unos indicadores, muchas redes reequilibran el negocio con cocaína, marihuana o blanqueo, sin dejar de aprovechar las infraestructuras ya montadas.
El dinero ayuda a entender por qué un túnel así compensa. El cargamento de 15.300 kilos de hachís interceptado en Almería en el marco de esta misma gran investigación fue valorado en el mercado ilícito en más de 100 millones de euros. Esa sola cifra explica por qué una organización puede invertir en naves, maquinaria, transportes, sistemas de ocultación, personal, contactos a ambos lados y, llegado el caso, corrupción. La economía del narco no funciona como una economía improvisada, funciona como una empresa clandestina con costes, amortizaciones y protección del activo. En ese esquema, un túnel bien hecho es una inversión logística, casi una línea de producción. Y por eso el detalle de raíles y vagones importa tanto: no son accesorios pintorescos, son una manera de convertir la frontera en proceso.
Bajo tierra también se ve la corrupción
La historia de los narcotúneles de Ceuta no va solo de obra subterránea. Va también de corrupción, de filtraciones y de la capacidad de las redes para contaminar espacios que deberían blindar la frontera. La operación Hades ya dejó esa sombra al alcanzar a guardia civiles y otros perfiles con capacidad de facilitar o mirar hacia otro lado. Las diligencias posteriores incorporaron además declaraciones sobre pagos por alijo y sobre la existencia de un “camino abierto”, una expresión brutal porque resume bien el problema: la mejor infraestructura del narco no siempre es el túnel; a veces es la complicidad. De ahí que la noticia de este segundo hallazgo sea doblemente grave. No basta con sellar galerías si alrededor sigue habiendo un ecosistema dispuesto a rentabilizarlas.
Ese es también el motivo por el que el caso rebasa la crónica de sucesos y toca la política de seguridad. Ceuta es frontera española y frontera europea. Cada túnel descubierto habla de hachís, sí, pero también de controles fallidos, de vigilancia insuficiente en ciertos momentos, de economía criminal infiltrada y de una frontera que ha sido tratada demasiadas veces como problema local cuando en realidad es una cuestión estratégica. El segundo hallazgo obliga a revisar no solo qué había bajo el Tarajal, sino cuánto tiempo pudo crecer esa red sin que nadie viera —o quisiera ver— lo que estaba pasando. Y, visto lo visto, cuesta comprar la versión cómoda de que todo era invisible. Un túnel puede ocultarse; una estructura entera, menos.
Lo que queda bajo el Tarajal
Lo que Ceuta ha destapado con este segundo narcotúnel es mucho más que una galería clandestina. Ha destapado que en el Tarajal había, o hay todavía en parte, una arquitectura del hachís. Una red capaz de negociar en Marruecos, introducir la mercancía por rutas discretas, estabilizarla en suelo español y reexpedirla por la Península hacia mercados mucho más lucrativos. El primer túnel de 2025 ya rompió un tabú porque mostró por primera vez en una frontera española algo que parecía reservado a otras geografías criminales. El segundo acaba con cualquier tentación de minimizar el asunto. No fue una extravagancia; fue un modelo.
La imagen final no necesita adornos. Una nave industrial, un frigorífico descomunal, una boca oculta, un pozo de descenso, fardos apilados en una cámara intermedia, raíles esperando peso, poleas, humedad, agua, silencio. Arriba, camiones, ferris, millones. Al otro lado, Marruecos. En medio, Ceuta. Esa es la fotografía real. No la del relato pintoresco sobre un agujero de película, sino la de una frontera convertida en infraestructura criminal. Y eso explica por qué este hallazgo importa tanto: no porque sorprenda, sino porque confirma con una claridad casi obscena que bajo el Tarajal había algo más que tierra removida.












