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Ciencia

¿Por qué la NASA apaga otro instrumento de Voyager 1?

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El Voyager 1

La NASA apaga otro instrumento de la Voyager 1 para comprar tiempo y sostener una misión que aún mide el espacio interestelar en pleno vacío.

La NASA ha apagado otro instrumento de la Voyager 1 para ganar tiempo. No es un gesto simbólico ni un recorte para decorar titulares: es una maniobra de supervivencia pura y dura. El 17 de abril de 2026, los ingenieros del Jet Propulsion Laboratory enviaron la orden para desconectar el LECP, el detector de partículas cargadas de baja energía, después de comprobar que la sonda había sufrido una caída inesperada de potencia el 27 de febrero durante una maniobra de giro prevista. Con una nave que pierde alrededor de 4 vatios al año y que ya viaja con el depósito eléctrico bajo mínimos, la prioridad dejó de ser exprimir cada instrumento al límite y pasó a ser otra, bastante más fría: evitar que el sistema de protección por bajo voltaje decidiera apagar componentes por su cuenta y metiera a la misión en una recuperación lenta, delicada y arriesgada. Apagar una parte para no perder el todo: esa es la lógica real de la decisión.

Lo importante está ahí. La Voyager 1 no se apaga porque haya terminado su utilidad, sino porque la NASA cree que todavía puede seguir produciendo ciencia única si administra con bisturí lo poco que le queda. La sonda fue lanzada el 5 de septiembre de 1977 para una misión de apenas cinco años dedicada a estudiar Júpiter y Saturno, y casi medio siglo después continúa operativa en una región del espacio donde ninguna otra nave en servicio está trabajando. De los instrumentos originales ya solo quedan dos científicos encendidos en la Voyager 1, pero la agencia prefiere conservar ese núcleo mínimo antes que forzar una muerte súbita por exceso de ambición. Dicho sin épica barata: la misión ya no vive de la abundancia, vive de la contabilidad milimétrica de cada vatio.

Apagar para seguir vivos

Hay algo muy revelador en esta fase final —si es que se le puede seguir llamando final a una misión que lleva décadas reescribiendo su propio obituario—. La Voyager 1 ya no compite contra otras naves ni contra calendarios políticos, compite contra la física más elemental. Su generador termoeléctrico de radioisótopos sigue entregando energía, sí, pero cada año entrega menos. Eso obliga a tomar decisiones que hace veinte años habrían parecido impensables. La NASA no está eligiendo entre ciencia buena y ciencia mala; está eligiendo entre conservar una ciencia parcial durante más tiempo o jugarse una avería de la que tal vez no haya vuelta sencilla. En ese contexto, desconectar el LECP es menos una renuncia que una poda quirúrgica. La clase de decisión que molesta a cualquier equipo científico serio porque sabe perfectamente lo que está sacrificando, pero que asume igual porque la alternativa es peor.

Ese cálculo tiene sentido porque la Voyager 1 sigue siendo una pieza irrepetible. Entró en el espacio interestelar el 25 de agosto de 2012, al cruzar la heliopausa, la frontera donde el viento solar deja de dominar y empieza a imponerse el medio interestelar. Fue el primer objeto fabricado por el ser humano en llegar ahí. Su gemela, la Voyager 2, lo hizo después, en 2018. Desde entonces, ambas son las únicas sondas que han enviado datos directos desde fuera de la gran burbuja magnética y de partículas creada por el Sol. Por eso la NASA insiste tanto en mantenerlas con vida: no hay un sustituto inmediato, no hay otra misión que esté tomando ese relevo y no hay otra fuente equivalente para medir campos magnéticos, plasma y partículas en esa frontera remota. Lo que se pierde con una Voyager no se compensa con un telescopio bonito.

La escala ayuda a entender el dramatismo real del asunto. La Voyager 1 está a más de 25.000 millones de kilómetros de la Tierra, más de 15.000 millones de millas, y la orden que se le envía tarda unas 23 horas en alcanzarla. El propio proceso de apagado del LECP requiere luego alrededor de tres horas y cuarto para completarse. La NASA ha señalado además que la sonda se acerca este mismo año a una marca casi literaria: un día luz de distancia. Es una cifra que suena a novela, pero es ingeniería operativa. Cuando una nave está tan lejos, cualquier error se paga caro y lento. No hay margen para improvisar, y menos aún para ponerse romántico con instrumentos que consumen más de lo que ya se puede permitir la misión. La distancia convierte cada decisión en irreversible o casi.

Qué instrumento ha caído y por qué importaba

El aparato desconectado, el LECP —siglas de Low-Energy Charged Particles—, no era un adorno veterano ni una reliquia que seguía encendida por costumbre. Era un instrumento serio, con una función muy concreta y muy útil: medir partículas energéticas de distinta procedencia, desde material vinculado al propio sistema solar hasta rayos cósmicos galácticos. Su rango era especialmente amplio dentro del conjunto de detectores de partículas de la misión. Técnicamente, el experimento emplea dos sistemas de detectores de estado sólido montados sobre una plataforma rotatoria, y su trabajo consiste en extraer información sobre la energía, la cantidad y la dirección de llegada de esas partículas. Eso permite reconstruir mejor cómo cambian los flujos de material y radiación en los bordes de la heliosfera y más allá. Perder el LECP no deja ciega a la nave, pero sí le recorta una parte importante de su sensibilidad física.

La NASA no tomó la decisión en caliente. Eso también conviene subrayarlo porque evita la tentación de leer el episodio como una reacción improvisada al susto de febrero. El orden de apagado de los sistemas estaba pactado desde hace años entre el equipo científico y el de ingeniería. En la Voyager 1, el LECP era el siguiente en la lista. Antes ya había caído el Cosmic Ray Subsystem, desconectado el 25 de febrero de 2025 para ahorrar energía. En la Voyager 2, por su parte, el propio LECP se apagó el 24 de marzo de 2025. De los diez instrumentos originales que llevaba cada nave, siete han sido desconectados. Lo que queda no es una versión completa de la misión, claro, pero tampoco un cascarón hueco. Quedan justo los instrumentos que el programa considera más valiosos para este tramo de ciencia interestelar. La poda responde a una jerarquía, no a una improvisación.

Lo que aún sigue encendido

Tras el apagado del LECP, la Voyager 1 mantiene operativos el magnetómetro y el sistema de ondas de plasma. Son dos instrumentos menos vistosos que una cámara y mucho más decisivos en el lugar donde está la nave. El primero mide el campo magnético que rodea a la sonda; el segundo detecta oscilaciones del plasma y permite inferir su densidad y comportamiento. Fue precisamente el sistema de ondas de plasma el que ayudó a confirmar, casi un año después, que la Voyager 1 había entrado realmente en el espacio interestelar. Ese detalle explica bastante bien por qué la NASA ha decidido proteger estos aparatos hasta el último momento posible. Si la misión ya no puede hacerlo todo, al menos conserva lo que todavía puede contar algo que nadie más está contando.

El susto de febrero y el miedo al apagado automático

El detonante inmediato fue la maniobra de giro del 27 de febrero de 2026. La Voyager 1 tenía que realizar un movimiento rutinario, previsto, de esos que se usan para orientar la nave y mantener su funcionamiento correcto. Durante esa operación, los niveles de potencia cayeron de forma inesperada. No fue un apagón total, pero sí una señal lo bastante seria como para que los ingenieros concluyeran que no podían seguir confiando en el margen que les quedaba. Si en una maniobra futura volvía a producirse otra bajada de ese tipo, el sistema de protección por subtensión podía entrar en acción y apagar componentes de manera automática para proteger la sonda. A veces la automatización salva; otras, complica muchísimo la recuperación. Y a más de 23 horas de distancia en cada sentido, cualquier recuperación se convierte en un ejercicio de paciencia y riesgo. La NASA prefirió adelantarse al fallo antes que discutirlo con el vacío.

Ese miedo no aparece en abstracto. El equipo de la misión lleva meses, en realidad años, haciendo equilibrismo técnico. En mayo de 2025 la NASA logró reactivar unos propulsores de reserva de la Voyager 1 que se consideraban inoperativos desde 2004. La razón era doble. Por un lado, los propulsores principales encargados del movimiento de balanceo estaban sufriendo una acumulación de residuos en los tubos de combustible, algo que podía dejarlos inservibles en cuestión de meses. Por otro, la gran antena terrestre que envía comandos a las Voyager iba a entrar en una fase de actualizaciones y estaría fuera de servicio durante un tiempo, de modo que convenía resolver el problema antes de perder esa capacidad de mando. A esa escala, cada reparación parece un milagro muy sobrio: piezas que se daban por perdidas, algoritmos remotos, pulsos mínimos, y una nave de 1977 respondiendo todavía. No es nostalgia espacial; es ingeniería de frontera llevada al límite.

El plan Big Bang que busca rascar un año más

Apagar el LECP no es el final del plan, sino el principio del siguiente. La NASA ha explicado que esta desconexión debería dar a la Voyager 1 alrededor de un año de margen. Ese tiempo se quiere dedicar a preparar una operación más ambiciosa para las dos sondas, conocida internamente como “Big Bang”. El nombre suena a chiste de ingenieros, y un poco lo es, pero la idea es seria: sustituir de golpe un grupo de dispositivos alimentados por otros equivalentes de menor consumo, apagando unas piezas y activando alternativas que permitan mantener a la nave lo bastante caliente como para seguir funcionando y enviando ciencia. En una sonda tan veterana, la energía no solo compra datos: compra temperatura, estabilidad y posibilidad de seguir apuntando la antena hacia la Tierra. La batalla ya no es solo científica; es térmica, eléctrica y casi doméstica, como mantener encendida una casa vieja en mitad del invierno cósmico.

La maniobra se probará primero en la Voyager 2, que dispone de un poco más de margen energético y además está algo más cerca de la Tierra, así que actúa como conejillo de indias razonable. Las pruebas están previstas para mayo y junio de 2026. Si todo sale bien, la NASA intentará aplicar la misma solución en la Voyager 1 no antes de julio. Y aquí aparece uno de los matices más interesantes de todo este episodio: al desconectar el LECP no se ha apagado absolutamente todo el experimento. El pequeño motor que hace girar el sensor para escanear en distintas direcciones seguirá encendido, porque apenas consume 0,5 vatios. Mantenerlo activo aumenta las posibilidades de que el instrumento pueda reanimarse en el futuro si el plan energético consigue liberar más potencia. En otras palabras: la NASA ha puesto el LECP en una especie de suspensión clínica, no en un entierro.

Casi cincuenta años después, la Voyager sigue haciendo ciencia

Todo esto impresiona más cuando se mira la edad real de la misión. Las Voyager fueron lanzadas en 1977 y siguen avanzando por el espacio interestelar a unos 56.000 kilómetros por hora. La Voyager 1 despegó en septiembre de aquel año, aunque la Voyager 2 había salido antes, en agosto; se llamaron así porque la primera llegaría antes a Júpiter y Saturno. Aquel programa abrió por primera vez una exploración profunda de los gigantes exteriores y, después, derivó en una misión completamente distinta: estudiar el borde de la heliosfera y lo que hay más allá. Ese cambio de vida útil, de propósito y de escala casi no tiene equivalente. La nave que debía durar cinco años se ha convertido en una cronista del espacio interestelar. Y eso, aunque suene a frase grande, es literalmente cierto.

También conviene recordar qué clase de herencia deja el instrumento que ahora se apaga. Los sistemas LECP de las Voyager han permitido medir durante décadas iones, electrones y rayos cósmicos en entornos muy distintos: los alrededores de los planetas gigantes, el viento solar, la heliosfera exterior y el medio interestelar. En la Voyager 2, ese mismo sistema usa una plataforma giratoria movida por un motor que entrega un pulso de 15,7 vatios cada 192 segundos. Ese motor había sido probado para 500.000 pasos, suficientes para garantizar la misión hasta Saturno, y terminó superando los 8,5 millones antes de su desconexión. No hace falta adornarlo demasiado: es la definición misma de una máquina que ha trabajado muchísimo más de lo prometido. La longevidad de Voyager no se explica por magia ni por romanticismo, sino por una calidad de diseño que aún hoy deja boquiabierto al sector.

Un año más en el borde del mapa

La pregunta de fondo, entonces, no es solo por qué la NASA apaga otro instrumento, sino qué está intentando proteger con esa renuncia. La respuesta es bastante concreta. Quiere sostener el enlace con una sonda que todavía devuelve mediciones únicas desde un lugar donde ninguna otra nave operativa está trabajando. Quiere evitar un apagado automático por bajo voltaje. Quiere ejecutar con calma el plan Big Bang. Quiere seguir aprovechando el magnetómetro y el sistema de ondas de plasma, los dos instrumentos que mejor pueden seguir describiendo el entorno interestelar. Y quiere, además, conservar la opción de que la Voyager 1 siga devolviendo no solo datos científicos, sino también telemetría de ingeniería durante algunos años más. La propia NASA maneja la idea de que las dos Voyager podrían seguir dentro del alcance de la Deep Space Network hasta alrededor de 2036, siempre que todavía les quede potencia suficiente para transmitir señal. No es garantía de ciencia plena hasta esa fecha, pero sí una pista de hasta dónde podría estirarse la conversación.

En ese sentido, el apagado del LECP no encoge la misión; la redefine otra vez. La Voyager 1 ya no es la sonda que fotografió mundos lejanos ni la embajadora pop del Disco de Oro, aunque también sea eso. Es una nave anciana, extraordinariamente frágil y todavía útil, que avanza por una región oscura del cosmos mientras la NASA intenta administrarle la energía como quien cuenta las últimas cerillas en mitad de una tormenta. Apagar un instrumento para seguir escuchando el universo parece una contradicción, pero en esta misión encaja como un mecanismo de relojería. La agencia busca exactamente eso: menos consumo, más tiempo, un poco más de ciencia. No hay ningún misterio heroico detrás. Hay cálculo, experiencia y una certeza bastante humilde: mientras siga llegando una señal desde ahí fuera, la Voyager 1 sigue mereciendo pelea.

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