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Ciencia

La NASA apaga el LECP para alargar la vida de Voyager 1

La veterana sonda sacrifica un detector para proteger los equipos que aún miden el espacio más allá del Sol.

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El Voyager 1

La NASA apagó el detector de partículas LECP de la Voyager 1 para reducir el consumo eléctrico y proteger los sistemas que aún permiten comunicarse con la sonda. La decisión llegó después de una caída inesperada de potencia durante una maniobra rutinaria de giro, el 27 de febrero de 2026. Los ingenieros enviaron la orden de desconexión el 17 de abril: prescindir de una medición para evitar que una bajada mayor de tensión apague componentes de forma automática.

No se trata de que la nave haya agotado toda su utilidad ni de una avería que la haya dejado muda. La Voyager 1 continúa transmitiendo desde el espacio interestelar y conserva dos instrumentos científicos operativos, aunque la energía disponible disminuye poco a poco. El LECP llevaba casi medio siglo registrando partículas; ahora la misión entra en otra etapa, en la que cada vatio debe repartirse entre la ciencia, el calor y la capacidad de seguir hablando con la Tierra.

Una maniobra rutinaria cambió el margen de seguridad

El episodio que precipitó el apagado comenzó durante un giro planificado el 27 de febrero de 2026. La Voyager 1 necesita orientar su antena y realizar movimientos controlados para sostener las operaciones, pero en aquella maniobra los niveles de potencia descendieron de forma inesperada. No fue un corte total. Sí fue una advertencia de que el margen eléctrico podía ser menor de lo que el equipo había previsto, justo cuando la nave ya funciona con recursos muy limitados.

La preocupación era que otra caída activara el sistema de protección contra la subtensión. Ese mecanismo está diseñado para proteger la nave: si el voltaje baja demasiado, puede desconectar componentes automáticamente. Sin embargo, una respuesta automática no equivale necesariamente a una recuperación sencilla. A una distancia de más de 25.000 millones de kilómetros, una orden tarda alrededor de 23 horas en llegar, y cualquier diagnóstico o ajuste exige esperar a que la señal complete el trayecto de vuelta.

Por eso el equipo actuó antes de que el sistema tuviera que intervenir por su cuenta. El apagado del LECP formaba parte de una secuencia de ahorro preparada con antelación, no de una reacción improvisada en mitad de la emergencia. La prioridad era reducir el consumo de manera controlada y conservar el margen para los equipos considerados esenciales. En una sonda tan lejana, anticiparse a un fallo puede ser más seguro que intentar repararlo después.

La electricidad de la Voyager no se puede recargar

La fuente de energía de la nave es un generador termoeléctrico de radioisótopos. En lugar de depender de paneles solares, convierte en electricidad parte del calor producido por la desintegración del plutonio. Es un sistema adecuado para operar lejos del Sol, donde la luz resulta demasiado débil para alimentar una misión de esta clase, pero su producción disminuye con el paso del tiempo. La Voyager no puede volver a cargar el generador ni recibir combustible desde la Tierra.

La pérdida es gradual, pero se acumula: según los datos de referencia de la misión, la nave pierde alrededor de cuatro vatios de capacidad eléctrica al año. Ese descenso obliga a revisar continuamente qué equipos pueden seguir encendidos. Además, la energía no solo sirve para obtener datos; también ayuda a mantener temperaturas compatibles con el funcionamiento de los sistemas y a sostener la transmisión de señales. Apagar un instrumento libera recursos, pero no convierte la energía ahorrada en una reserva ilimitada.

La gestión se parece menos a apagar luces en una habitación que a mantener en marcha una máquina antigua cuyos componentes dependen unos de otros. Reducir demasiado la calefacción puede poner en riesgo elementos sensibles al frío; conservar todos los instrumentos encendidos puede dejar poco margen ante una fluctuación. Los ingenieros tienen que equilibrar esas necesidades con información enviada desde una nave que está a casi un día de comunicación. La decisión sobre el LECP, por tanto, responde a un cálculo de supervivencia del conjunto, no a una comparación simple entre aparatos útiles e inútiles.

Qué medía el detector que dejó de funcionar

El LECP, siglas en inglés de experimento de partículas cargadas de baja energía, estudiaba la intensidad, la energía y la dirección de partículas que atraviesan el entorno de la nave. Entre ellas hay partículas relacionadas con el viento solar, las magnetosferas planetarias y los rayos cósmicos. Al registrar cómo varían, el instrumento ofrecía pistas sobre los procesos que tienen lugar en regiones que ninguna nave cercana a la Tierra puede medir directamente.

Su valor no se limita a la etapa interestelar. Durante los sobrevuelos de los planetas gigantes, contribuyó al estudio de los cinturones de radiación de Júpiter y de las interacciones entre el viento solar y las magnetosferas planetarias. Décadas después, sus mediciones siguieron siendo relevantes en los confines de la burbuja creada por el Sol. El mismo sensor acompañó a la misión desde la exploración planetaria hasta el estudio del espacio que hay más allá de la heliosfera.

La heliosfera es la extensa región dominada por el viento solar y el campo magnético asociado al Sol. En 2012, la Voyager 1 cruzó la heliopausa, su límite exterior, y entró en el medio interestelar. La identificación de ese cambio se apoyó en varias señales observadas por la nave, entre ellas la disminución de partículas de origen solar y el aumento de rayos cósmicos. Los datos del LECP forman parte del legado que permite reconstruir ese entorno: al apagarlo se pierde una línea de observación, no todo el conocimiento acumulado.

Una desconexión parcial, no un corte absoluto

El término apagado puede sugerir que cada pieza del LECP quedó desconectada, pero el equipo decidió conservar activo el motor que hace girar el sensor para explorar distintas direcciones. Ese motor consume alrededor de 0,5 vatios, una fracción que se consideró asumible frente al valor potencial de mantenerlo disponible. La parte que dejó de operar es la que realiza las mediciones científicas del experimento; el mecanismo de rotación permanece encendido.

Esta distinción importa porque deja abierta, al menos como posibilidad, una eventual reactivación si en el futuro se libera suficiente energía. No significa que la NASA haya anunciado que el detector volverá a funcionar ni que exista una garantía de recuperación. Mantener el motor activo simplemente conserva una opción que se habría perdido con una desconexión completa. La decisión fue ahorrar sin cerrar todas las puertas, aunque el regreso del LECP dependería de que las condiciones eléctricas lo permitan.

La secuencia también estaba prevista dentro de un plan de gestión energética. Las Voyager se lanzaron con diez conjuntos de instrumentos científicos cada una, y varios ya habían sido apagados para prolongar la misión. El LECP de la Voyager 2 se desconectó en marzo de 2025; en la Voyager 1, el equipo había decidido que este instrumento sería uno de los siguientes en la secuencia. El descenso repentino de potencia hizo necesario ejecutar esa etapa antes de lo que habría sido deseable, pero no cambió el criterio general de proteger los sistemas con mayor valor para esta fase del viaje.

Qué ciencia queda a bordo

Después de apagar el LECP, la Voyager 1 mantiene dos instrumentos científicos en funcionamiento: el sistema de ondas de plasma y el magnetómetro. El primero detecta oscilaciones en el plasma, el gas de partículas cargadas que llena el espacio, y permite estudiar sus propiedades. El segundo mide el campo magnético alrededor de la nave. Ninguno ofrece una visión completa del entorno por sí solo, pero juntos conservan mediciones directas de una región remota y escasamente explorada.

El sistema de ondas de plasma ayudó a confirmar que la Voyager 1 había llegado al medio interestelar. Las oscilaciones registradas permiten inferir características del plasma y distinguir el entorno exterior de la heliosfera. El magnetómetro, por su parte, aporta datos sobre la dirección y los cambios del campo magnético. En una zona donde no hay otra nave operativa que tome medidas comparables, seguir transmitiendo esos registros conserva un valor científico difícil de sustituir.

Esto no significa que la sonda conserve intacta su capacidad original. Ha perdido cámaras e instrumentos y ya no puede repetir el programa de observación de los planetas gigantes. Tampoco se debe confundir la transmisión de datos con una misión científica completa: el caudal de información y el número de mediciones disponibles son ahora mucho más reducidos. Pero mientras la nave pueda enviar registros y telemetría, seguirá aportando observaciones que no proceden de un observatorio terrestre ni de una nave situada cerca del Sol.

La distancia convierte cada orden en una operación lenta

La Voyager 1 está a más de 25.000 millones de kilómetros de la Tierra, una distancia que hace que el control remoto sea muy distinto del que se ejerce sobre una misión cercana. La señal de una orden tarda aproximadamente 23 horas en alcanzar la sonda. En el caso del apagado del LECP, el proceso de desconexión necesitó además unas tres horas y 15 minutos después de que llegara el comando. No hay una respuesta instantánea ni margen para corregir una instrucción en tiempo real.

El retraso no es solo una curiosidad expresada en horas luz. Afecta a la manera de trabajar: una operación se prepara con cuidado, se transmite y después se espera para comprobar qué ha ocurrido. Si los datos no coinciden con lo esperado, cualquier decisión posterior vuelve a depender del viaje de la señal. La enorme distancia transforma una tarea técnica breve en una secuencia de planificación, espera y verificación.

También explica por qué una caída de tensión preocupa aunque no haya provocado una avería visible. Si la nave entrase en un estado de protección difícil de revertir, los equipos tendrían que diagnosticarlo con información limitada y con demoras prolongadas. La NASA no puede enviar técnicos ni sustituir un cable; solo puede trabajar con los sistemas diseñados décadas atrás y con las señales que la sonda todavía logra emitir. Cada decisión, incluso apagar un detector, debe proteger tanto la producción científica como la posibilidad de mantener el enlace de comunicación con la Tierra.

El plan para exprimir mejor la energía disponible

El apagado del LECP se planteó como una forma de ganar aproximadamente un año de margen para la Voyager 1. Ese plazo es una estimación, no una fecha de caducidad exacta: la evolución de la potencia y el comportamiento de los sistemas pueden alterar el horizonte. Mientras tanto, los ingenieros prepararon una estrategia más amplia, denominada Big Bang, para las dos sondas. La idea consiste en reorganizar el uso de componentes y sustituir algunos dispositivos de mayor consumo por alternativas más eficientes.

El calendario comunicado para esa estrategia contemplaba probar los cambios primero en la Voyager 2 durante mayo y junio de 2026, antes de considerar su aplicación a la Voyager 1. La segunda nave tenía algo más de energía disponible y estaba más cerca de la Tierra, lo que la convertía en una candidata menos arriesgada para ensayar una configuración nueva. La información de referencia describe ese calendario como un plan de pruebas; no permite dar por hecho que la operación concluyera con éxito ni que se aplicara después a la Voyager 1.

El nombre Big Bang puede sonar grandilocuente, pero el propósito es muy práctico: reorganizar el suministro para que la nave pueda seguir funcionando con menos electricidad. No se trata de crear energía, sino de cambiar cómo se distribuye y qué piezas reciben prioridad. El desafío es que una modificación que funciona en una sonda no garantiza un resultado idéntico en la otra, y una orden enviada a miles de millones de kilómetros debe tener en cuenta tanto el diseño como el estado concreto de cada nave. El ahorro consiste en administrar mejor una cantidad menguante, no en detener su disminución.

Una misión que superó su propósito inicial

La Voyager 1 despegó el 5 de septiembre de 1977 con el objetivo de estudiar los planetas exteriores, en particular Júpiter y Saturno. La misión estaba concebida para durar alrededor de cinco años, pero las dos sondas continuaron operando mucho después de completar sus principales observaciones planetarias. La Voyager 2, lanzada unas semanas antes, siguió una ruta distinta y también amplió de manera extraordinaria el alcance de la exploración del sistema solar.

La duración no se explica por una fuente de energía inagotable, sino por un diseño que ha permitido conservar funciones durante décadas y por un trabajo continuado de adaptación desde la Tierra. Algunos equipos dejaron de usarse cuando su consumo dejó de compensar su valor, mientras otros se mantuvieron para medir un entorno que ninguna nave había explorado de forma directa. La misión cambió de propósito sin dejar de ser la misma nave: primero visitó mundos lejanos y después se convirtió en observatorio del espacio interestelar.

La travesía también obliga a aceptar que el final no llegará necesariamente como un único apagón dramático. Es más probable que la capacidad científica se reduzca por etapas, a medida que la energía obligue a desconectar instrumentos o limite otras funciones. La duración de la comunicación y la disponibilidad de los sistemas determinarán cuánto tiempo puede seguir operando cada Voyager. Por eso conviene distinguir entre el fin de una medición concreta, el fin de la ciencia y el momento en que la nave deje de comunicarse: son umbrales diferentes y no tienen por qué coincidir.

Lo que se conserva al renunciar a una medición

Apagar el LECP supone perder datos nuevos sobre partículas cargadas, una clase de observación que había acompañado a la nave desde su lanzamiento. Pero la decisión busca evitar que un problema de energía comprometa otros equipos y la continuidad de las operaciones. En términos simples, la NASA acepta una misión menos completa para intentar sostener durante más tiempo los instrumentos que siguen midiendo ondas de plasma y campos magnéticos.

Ese intercambio no elimina la fragilidad del momento. La sonda continúa alejándose, su generador produce menos electricidad y la distancia hace que toda intervención sea lenta. Tampoco hay certeza de cuánto tiempo se mantendrá cada instrumento: las proyecciones son aproximaciones sujetas al comportamiento real de una nave que lleva casi medio siglo en el espacio. Lo que sí revela el apagado es el criterio que guía esta etapa: preservar una señal científica limitada antes que arriesgar la misión entera por mantener cada experimento activo.

Desde la Tierra, una orden de desconexión puede parecer el principio del silencio. Para la Voyager 1, en cambio, apagar un detector también significa conservar recursos para seguir midiendo y transmitiendo desde más allá de la heliopausa. La nave ya no puede observarlo todo, pero aún puede contar cómo se comporta una región que sigue siendo inaccesible para las misiones cercanas. Mientras la antena terrestre reciba sus señales y los instrumentos supervivientes envíen datos, la exploración continúa, aunque cada vez dependa de una selección más estricta de lo que merece permanecer encendido.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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