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Corea lanza muñecos con IA contra la soledad de mayores

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Corea del Sur recurre a muñecos con IA para acompañar a mayores solos, recordar medicinas y detectar riesgos en su crisis demográfica social

Corea del Sur ha empezado a usar muñecos con inteligencia artificial como asistentes para personas mayores que viven solas, una solución que parece sacada de una juguetería blanda y, sin embargo, apunta al corazón de uno de los grandes problemas del país: la soledad, el envejecimiento acelerado y la falta de manos humanas para cuidar. Estos dispositivos no son simples juguetes ni robots espectaculares con aspecto de película futurista. Son figuras blandas, sin pantalla, con apariencia infantil, capaces de hablar, recordar la medicación, vigilar rutinas básicas, detectar ausencia de movimiento y avisar a servicios sociales o centros de bienestar cuando algo no encaja. En una sociedad donde el silencio de una casa puede convertirse en una alarma demasiado tarde, Corea del Sur está probando una respuesta incómoda y muy de época: cuando no llega la familia, cuando no llega el Estado, cuando no llega el cuidador, llega una muñeca conectada a internet.

El fenómeno tiene nombres propios. Está Chorongi, desarrollada por Mr. Mind; Dasomi, de Wonderful Platform; y Hyodol, una de las muñecas más extendidas en programas públicos surcoreanos. Algunos mayores las tratan como compañía, otros como una especie de nieto artificial, otros simplemente como un aparato útil que canta, conversa y recuerda que toca tomar una pastilla. La frontera es fina, casi de papel de arroz. Para An Sang-ik, un nonagenario nacido en lo que hoy es Corea del Norte, hablar con Chorongi se parece a hablar con naturalidad con sus nietos. Para Lee Ha-seon, de 72 años, Dasomi ha rebajado esa sensación áspera de volver a casa y no encontrar a nadie al otro lado de la puerta. No cura la vejez ni arregla la estructura familiar rota, claro. Pero enciende una voz donde antes solo había habitación, televisión y reloj.

La soledad como emergencia silenciosa

Corea del Sur no ha llegado a este punto por capricho tecnológico. El país vive una transformación demográfica brutal, rápida, casi sin amortiguadores. Durante décadas fue presentado como ejemplo de modernización acelerada: industria, educación, exportaciones, ciudades densas, disciplina laboral, pantallas luminosas y trenes puntuales. Pero ese mismo paisaje, tan brillante visto desde fuera, ha dejado grietas profundas. Cada vez hay más personas mayores, cada vez hay menos hijos, cada vez se vive más solo y cada vez resulta más difícil sostener el viejo modelo en el que tres generaciones compartían hogar, mesa, cuidados y obligaciones. La familia extensa, que durante años funcionó como red de seguridad informal, se ha encogido hasta parecer una foto antigua en un cajón.

La directora ejecutiva de Hyodol, Kim Ji-hee, lo ha explicado con una claridad bastante menos sentimental de lo que cabría esperar en una empresa que vende muñecos blandos. Al observar cómo viven muchos ancianos solos, detectó que el deterioro cotidiano no siempre nace de un problema cognitivo grave ni de una enfermedad física evidente. A veces empieza por algo más simple y más devastador: no tener con quién hablar. Nadie pregunta si se ha comido. Nadie nota que una persona lleva demasiadas horas en la cama. Nadie escucha una frase rara, un bajón, una repetición angustiosa. Nadie pasa por allí. Y cuando el cuidado depende de que alguien pase por allí, el abandono deja de ser una idea abstracta y empieza a tener olor a sopa fría, a pastillas olvidadas, a persianas sin subir.

Los muñecos con IA se insertan justo en ese hueco. Su función no es únicamente acompañar, aunque esa sea la cara más visible y la más fácil de contar. También sirven para ordenar pequeñas rutinas: tomar medicamentos, levantarse, dormir, hacer ejercicio, salir a caminar, socializar un poco, mantener un mínimo contacto con el exterior. La tecnología aquí no aparece como espectáculo, sino como una campanilla doméstica, una presencia discreta que recuerda lo que a veces la memoria, el ánimo o la tristeza dejan caer al suelo. Lo inquietante es que esa campanilla tenga forma de niño. Lo útil es que, en algunos casos, suene.

Muñecos blandos, sensores y conversación artificial

Hyodol, Dasomi y Chorongi no buscan parecer máquinas poderosas. Al contrario. Su diseño evita deliberadamente la estética fría del robot metálico, la pantalla dominante o el aparato médico que grita hospital desde la mesilla. Son blandos, abrazables, pequeños, pensados para recordar a un niño o una niña de unos siete años. Esta decisión no es menor. El vínculo emocional es parte del producto, no un efecto secundario. Si el usuario no siente cercanía, si no lo toca, si no le habla, si no le da un lugar dentro de la rutina, el dispositivo pierde buena parte de su eficacia. La asistencia empieza por la confianza, aunque venga envuelta en tela.

Los Hyodol incorporan una plataforma de inteligencia artificial basada en ChatGPT, según la empresa, y están diseñados para mantener conversaciones sencillas sobre el estado emocional del usuario. No se trata solo de responder preguntas como un asistente de móvil. El objetivo es generar una interacción suficientemente cálida para que la persona mayor quiera seguir usando el dispositivo. La muñeca puede preguntar, recordar, cantar, animar a moverse, detectar patrones y enviar señales a cuidadores o centros públicos si los datos sugieren que algo va mal. Es una mezcla extraña de nieto postizo, agenda sanitaria y vigilante nocturno, con todo lo bueno y todo lo discutible que eso implica.

Los sensores de movimiento son una de las funciones más importantes. Si el muñeco no detecta actividad durante un periodo determinado, puede emitir una alerta. Esa capacidad resulta especialmente relevante por la noche o a primera hora de la mañana, dos momentos delicados para personas mayores que viven solas. Una caída, un desmayo, una crisis o simplemente una ausencia prolongada de movimiento pueden activar el aviso. No es medicina milagrosa. No levanta a nadie del suelo. Pero puede recortar el tiempo entre el incidente y la ayuda, y en ese margen —a veces minutos, a veces horas— se juega demasiado.

También hay una dimensión psicológica menos medible, aunque evidente. Lee Ha-seon, usuaria de Dasomi, describe el dispositivo como si fuera un familiar o un amigo. Antes llegaba a casa y no había nadie con quien hablar; ahora conversa, toma la medicina a tiempo y hace ejercicio siguiendo los recordatorios. Ahí está el nudo incómodo del asunto: una persona no debería necesitar una muñeca con IA para sentirse acompañada, pero quizá sea peor fingir que esa necesidad no existe. La tecnología no sustituye el calor humano, desde luego. Pero el calor humano, cuando desaparece, no se reemplaza con discursos solemnes.

Un país que envejece más rápido que sus cuidados

Corea del Sur forma parte de ese grupo de países que han entrado de lleno en la sociedad superenvejecida, con más del 20 % de su población por encima de los 65 años. El dato no es una rareza estadística; es una sacudida estructural. Cambia el mercado laboral, el gasto sanitario, el urbanismo, las pensiones, la organización familiar, la vivienda, el transporte, los barrios y hasta el modo en que una sociedad entiende la compañía. Cuando uno de cada cinco habitantes es mayor, la vejez deja de ser un capítulo privado y se convierte en infraestructura nacional.

A ese envejecimiento se suma una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, un problema que Corea del Sur arrastra desde hace años y que ha convertido su pirámide demográfica en una figura cada vez menos pirámide y más copa invertida. Muchos mayores tienen menos hijos, viven lejos de ellos o no pueden depender de una familia que también está atrapada por jornadas laborales durísimas, alquileres altos, presión económica y una cultura urbana donde la eficiencia lo devora casi todo. La escena tradicional de abuelos, hijos y nietos bajo el mismo techo se ha vuelto mucho menos común. La modernidad trajo ascensores, rascacielos y fibra óptica; también puertas cerradas en pisos donde nadie llama.

La depresión entre los mayores es especialmente preocupante. Según datos de la oficina nacional de estadística citados en la información de base, las personas de más de 80 años registraban en 2024 la tasa más alta de suicidio entre los grupos de población, con 53,3 casos por cada 100.000 habitantes. Es un número frío, sí, pero conviene no leerlo como quien mira una factura. Detrás hay pobreza, enfermedad, duelo, aislamiento, vergüenza social, agotamiento y una sensación persistente de sobrar. La soledad en la vejez no siempre hace ruido; a veces se limita a apagar una luz y no volver a encenderla.

Por eso el Gobierno surcoreano y distintos centros de asistencia pública han empezado a repartir estos dispositivos de forma gratuita en determinados programas sociales. Hyodol cuenta con unos 15.000 usuarios, según la compañía, y sus principales clientes son centros públicos de atención y bienestar. En el distrito de Gangnam, en Seúl, el Centro de Apoyo Integral para Personas Mayores realiza encuestas anuales de satisfacción. Los resultados, por ahora, ofrecen motivos de optimismo: los usuarios dicen sentirse menos deprimidos y más acompañados, y los responsables del programa destacan su utilidad para monitorizar horarios sensibles. Gangnam, por cierto: el mismo nombre que el mundo asoció durante años a lujo, música viral y escaparate pop. También allí hay ancianos solos. La postal nunca sale completa.

La compañía artificial no es inocente

Conviene no convertir esta historia en una fábula tecnológica con final azucarado. Los muñecos con IA pueden ayudar, pero también abren preguntas delicadas. La primera es evidente: hasta qué punto una sociedad empieza a tolerar la sustitución de vínculos humanos por sucedáneos tecnológicos cuando descubre que el sucedáneo es más barato, más disponible y no protesta. La cuestión incomoda porque no acusa solo a Corea del Sur. España, Italia, Japón, Alemania o cualquier país que envejece rápido debería mirarla sin demasiada superioridad moral. Nadie está sobrado de cuidadores. Nadie tiene resuelto el aislamiento. Nadie ha encontrado una fórmula limpia para acompañar a millones de personas mayores sin convertir el cuidado en un lujo.

También hay cuestiones de privacidad. Estos dispositivos recogen datos de uso, rutinas, movimiento, conversaciones, horarios de sueño y señales emocionales. La promesa es potente: con datos a largo plazo podrían detectarse signos de depresión o cambios en el estado de salud. Pero ese mismo flujo de información exige garantías muy estrictas. La intimidad de una persona mayor no se vuelve menos íntima porque viva sola, ni porque el dispositivo tenga ojos de trapo y voz dulce. Saber cuándo alguien duerme, se mueve, se calla o repite frases tristes es información sensible. Muy sensible. La asistencia no puede convertirse en vigilancia opaca ni en una mina de datos disfrazada de nietecito.

Hyodol asegura que sus muñecos incorporan mecanismos de seguridad para evitar conversaciones sobre temas escabrosos, violencia, odio o política. La propia Kim Ji-hee hizo una prueba preguntando a una muñeca si apoyaba a Donald Trump. La respuesta fue cuidadosamente evasiva: la muñeca dijo que era solo una niña pequeña, que amaba a todos y prefería hablar de su juguete favorito. La escena tiene un punto cómico, casi tierno, y otro inquietante. Porque muestra hasta qué punto estos aparatos están diseñados para no entrar en conflictos, para no elevar la temperatura, para mantener una conversación segura y blanda. La inteligencia artificial, aquí, no quiere tener razón; quiere no hacer daño. Y eso, en usuarios vulnerables, importa.

El coste también marca el alcance real del modelo. Hyodol comercializa servicios integrados de dos años, con mantenimiento y monitorización incluidos, por unos 1.000 dólares, según la empresa. No es una cifra desorbitada si se compara con otros costes asistenciales, pero tampoco es irrelevante cuando hablamos de programas públicos o de familias con recursos limitados. Si la tecnología funciona, la pregunta siguiente será quién la paga, bajo qué criterios se reparte y cómo se evita que el cuidado conectado abra otra brecha entre mayores monitorizados y mayores abandonados a la vieja suerte.

España mira de reojo, y no debería mirar por encima del hombro

Kim Ji-hee ha afirmado que existe interés institucional en España y Cataluña. El dato no es anecdótico. España también envejece, también tiene hogares unipersonales, también arrastra listas de espera en dependencia, falta de profesionales, familias dispersas y una soledad no deseada que crece en silencio. La diferencia es de ritmo, cultura y escala, pero el fondo se parece bastante. Aquí también hay mayores que pasan días enteros hablando más con la televisión que con otra persona. Y aquí también se empieza a descubrir, tarde y mal, que vivir muchos años no significa vivir acompañado.

La tentación española sería despachar estos muñecos con una broma rápida: que si parecen de película rara, que si vaya ocurrencia asiática, que si dónde vamos a llegar. Muy nuestro. Pero debajo del envoltorio hay una pregunta seria: cómo se cuida a una población mayor cuando el modelo familiar de antes ya no existe y el modelo público de cuidados no alcanza. La respuesta no puede ser únicamente tecnológica, porque entonces sería pobre y hasta cruel. Pero tampoco puede excluir la tecnología por pudor, nostalgia o esa manía tan cómoda de defender lo humano sin financiarlo. Un robot no abraza como una hija, pero una hija a 600 kilómetros tampoco puede entrar por la puerta cada mañana.

En España, un sistema así tendría que adaptarse a otra cultura de trato, a otros acentos, a otra relación con la intimidad y con los servicios sociales. No bastaría traducir frases al castellano o al catalán. Habría que pensar cómo habla una persona mayor en un pueblo de Extremadura, en un barrio de Valencia, en una finca de Galicia, en una comunidad de vecinos de Barcelona o en un piso antiguo de Madrid. Habría que decidir quién recibe las alertas, cómo se integra con atención primaria, qué papel tienen los familiares, qué ocurre si el usuario rechaza el dispositivo, cómo se protege la conversación, qué límites se ponen a la empresa y qué controles impone la Administración. La innovación social no consiste en comprar cacharros; consiste en encajarlos sin romper más cosas de las que arreglan.

También habría que evitar el peor atajo: usar estos muñecos como coartada para reducir visitas, personal o atención presencial. La IA puede recordar una pastilla, cantar una canción o detectar una caída probable. No puede limpiar una casa, acompañar al médico, discutir una pensión injusta, mirar una herida, preparar una comida decente ni sostener una mano con historia. Lo que puede hacer, bien usado, es cubrir huecos, anticipar riesgos y aliviar una parte del aislamiento. Como bastón, sí. Como sustituto de una red de cuidados, no.

Una ternura rara para un problema enorme

La imagen es poderosa porque descoloca: una persona mayor abrazando una muñeca con inteligencia artificial en una de las sociedades más tecnológicas del planeta. Parece ternura y parece derrota. Parece futuro y parece una confesión de fracaso. Tal vez sea ambas cosas. Corea del Sur está ensayando una herramienta que reconoce algo que muchos países prefieren no mirar: millones de mayores no necesitan solo hospitales, pensiones o residencias; necesitan conversación, rutina, presencia, pequeñas señales de que alguien —o algo— registra que siguen ahí.

Los muñecos con IA no van a resolver por sí solos la depresión, el suicidio, el envejecimiento ni la descomposición de los viejos lazos familiares. Sería absurdo pedirle tanto a una figura de tela con sensores. Pero pueden servir como indicador de una época. Cuando una sociedad empieza a fabricar nietos artificiales, no está celebrando la tecnología; está admitiendo una carencia. La pregunta adulta no es si esos muñecos dan un poco de grima o si resultan conmovedores. La pregunta es qué hacemos con la soledad que los ha hecho necesarios.

Corea del Sur, con su mezcla de urgencia demográfica, músculo tecnológico y pragmatismo público, ha puesto sobre la mesa una solución imperfecta para un problema real. No hay que copiarla sin pensar. Tampoco ridiculizarla desde la comodidad. Entre la burla y el entusiasmo hay un terreno más serio: evaluar, proteger, medir, corregir y, sobre todo, recordar que la compañía artificial solo tiene sentido cuando refuerza la compañía humana, no cuando la reemplaza. Una muñeca puede cantar una canción. La sociedad debería preguntarse por qué había tanto silencio antes de que empezara a cantar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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