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Muere Raúl del Pozo, el columnista que cambió Madrid

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Muere Raúl del Pozo

La muerte de Raúl del Pozo sacude al periodismo español y recorre su vida, sus libros y la huella del columnista por Madrid durante décadas.

Raúl del Pozo ha muerto este martes 10 de marzo en Madrid a los 89 años y con él desaparece una de las firmas más reconocibles, más afiladas y más personales del periodismo español de las últimas décadas. El escritor y periodista conquense, que llevaba años ligado a El Mundo y que convirtió la columna en una pieza de temperatura política, memoria literaria y oído callejero, deja una trayectoria larguísima que atraviesa el franquismo, la Transición, la consolidación democrática y la España crispada del presente. Su fallecimiento ha corrido de inmediato por las grandes redacciones y ha colocado otra vez su nombre en el centro del debate público, no solo por lo que escribió, sino por cómo lo escribió y por el lugar que ocupó en la prensa española.

La noticia no tiene solo el peso de una necrológica. Tiene también el de una despedida generacional. Raúl del Pozo pertenecía a esa estirpe de periodistas que no se limitaron a comentar la actualidad, sino que la respiraron de cerca durante medio siglo: en periódicos, en corresponsalías, en tertulias, en redacciones de madrugada y en la vida política madrileña, que él convirtió en escenario, argumento y a veces casi en género literario. Fue reportero, cronista parlamentario, analista, novelista, ensayista y columnista. Pero por encima de todo fue una voz propia, una de esas que se reconocen en cuanto arranca el primer párrafo, con una mezcla muy suya de información, metáfora, retrato y veneno elegante.

La muerte de una firma central del periodismo español

La desaparición de Raúl del Pozo golpea un territorio muy concreto del periodismo: el de la columna de autor entendida como pieza mayor, no como relleno de opinión. Durante décadas, su nombre estuvo asociado a esa forma de escribir en la que el dato no iba solo, sino acompañado de atmósfera, personaje, música verbal y una mirada muy marcada sobre el poder. En su caso, además, esa voz no nació de la pose ni de la impostura. Nació de una carrera larga, áspera, acumulada en capas, con mucha calle, mucha política y mucha conversación real a la espalda. De ahí venía esa sensación tan suya de escribir desde dentro del sistema, pero sin sonar a nota oficial ni a argumentario disfrazado.

En las últimas horas, el eco de su muerte ha sido inmediato en Madrid, la ciudad que más aparece cuando se piensa en su obra. No solo porque allí fallece, sino porque allí construyó buena parte de su leyenda pública. Del Pozo contó la capital como pocos: la ciudad de los ministros, de los columnistas de noche, de las cenas con humo y sobremesa, de los diputados agotados, de los camareros que saben demasiado y de los despachos donde se decide mucho y se confiesa poco. Para él, Madrid no era un simple decorado de la política española. Era casi un animal con memoria, con aroma propio, con su chulería, su decadencia y su capacidad de convertir cualquier maniobra de poder en una escena casi novelesca.

Eso explica que su muerte no se lea solo como la pérdida de un periodista veterano. Se lee como la caída de un testigo privilegiado de varias Españas consecutivas. La de la posguerra que le tocó de niño. La del desarrollismo tardío. La de la Transición con sus pasillos llenos de humo y secreto. La del felipismo, la de los años de Aznar, la del zapaterismo, la de la crisis económica, la del procés, la de la fragmentación parlamentaria, la del comentario político convertido en espectáculo continuo. Del Pozo estuvo ahí, escribiendo y observando, con mayor o menor cercanía, con simpatías y rechazos, pero siempre con la ambición de fijar en una frase el clima de una época.

Una biografía pegada a la historia reciente de España

Raúl del Pozo nació en Mariana, Cuenca, el 25 de diciembre de 1936, en plena Guerra Civil, un dato biográfico que ayuda a entender parte de su generación y de su mirada. Venía de una España dura, rural, escasa, muy distinta de la que luego narraría desde Madrid. Empezó en el Diario de Cuenca cuando apenas tenía 24 años y muy pronto se forjó en Pueblo, uno de los periódicos decisivos para el aprendizaje de tantos periodistas de su tiempo. Más tarde pasó por otras cabeceras como Mundo Obrero, Interviú, Diario 16 y El Independiente, y ejerció como corresponsal en ciudades clave como Moscú, Londres, Lisboa y Buenos Aires, una experiencia que le dio el poso internacional que a veces asomaba incluso cuando escribía sobre la política doméstica más bronca.

No fue, por tanto, un articulista encerrado en una torre de opinión. Antes hubo oficio, desplazamientos, cierre de edición, crónica parlamentaria, redacción, pulso con la noticia y una relación antigua con el papel. Esa diferencia se nota mucho al releerlo. Del Pozo podía permitirse florituras verbales, giros inesperados o imágenes de gran vuelo porque debajo había experiencia, porque sabía de qué estaba hablando y porque había conocido a la fauna política española no por archivos de internet, sino en vivo, en sus despachos, en los bares de alrededor y en los momentos en que un país cambia de piel sin avisar del todo.

Del reportaje al centro del poder

Buena parte de su prestigio se asentó en su capacidad para contar la política no como un boletín, sino como una trama humana. Le interesaban las luchas internas, los nombres propios, los impulsos, las traiciones, los pactos cocinados fuera del foco, la temperatura moral de cada legislatura. No se quedaba en la superficie institucional. Bajaba un poco más, al sótano del poder, y ahí encontraba el material que luego convertía en columna. Esa forma de mirar resultó decisiva para su perfil público: fue uno de esos periodistas que parecían conocer no solo la noticia del día, sino el modo en que esa noticia había fermentado durante semanas o meses.

También participó en radio y televisión, y su rostro se volvió familiar para varias generaciones gracias a programas de gran audiencia, en especial en la época de María Teresa Campos. Esa presencia audiovisual amplió su figura, pero no la desvió de su eje principal. Seguía siendo, ante todo, un hombre de prensa escrita, un autor al que se buscaba por la pieza diaria. Esa fidelidad al artículo, incluso en tiempos de tertulia expansiva, reforzó su sitio en la prensa española: no era una celebridad que opinaba, sino un periodista que además aparecía en pantalla.

En esa biografía hay otro elemento relevante: su vínculo con una tradición muy española del periodismo literario, donde la frontera entre el cronista, el novelista y el articulista nunca ha sido del todo rígida. Del Pozo se movió siempre en esa zona. Escribía sobre poder, pero también sobre ambiente. Sobre ministros, sí, pero también sobre noches madrileñas, sobre bares, sobre personajes secundarios, sobre el rumor de una ciudad que en sus textos nunca aparecía completamente domesticada. Ahí está una de las claves de su éxito duradero: sabía que la política española no se entiende solo con escaños y votos; también se entiende con sociología, lenguaje, escenario y tono.

El hombre de El Mundo y la columna convertida en marca

Aunque su trayectoria fue amplia y anterior, el gran público terminó asociando a Raúl del Pozo sobre todo con El Mundo, diario en el que fue columna fija desde comienzos de los años noventa y donde consolidó su perfil de referencia. Ese vínculo duró décadas y lo convirtió en una de las firmas estables de la prensa nacional. Su llegada a la última página y, más tarde, su papel en la contraportada, ayudaron a fijar la idea de que Del Pozo no era un comentarista más del periódico, sino una marca propia dentro del diario, alguien al que se iba a buscar por su timbre, por su adjetivo y por su forma de sacar petróleo narrativo de un día aparentemente gris.

En 2007 asumió además un gesto simbólico de enorme peso: tomó el relevo del espacio de Francisco Umbral en la contraportada, ya bajo el título de El ruido de la calle. La comparación resultaba inevitable, pero no porque ambos escribieran igual. Más bien al contrario. Umbral era una galaxia propia y Del Pozo tenía otra cadencia, otra temperatura, otro tipo de retrato. Lo relevante fue que aquel relevo lo colocó definitivamente en la línea sucesoria del gran columnismo de autor en España, ese que convierte la pieza diaria en una cita con firma, con estilo y con una visión muy determinada del país.

El ruido de la calle y una voz distinta a todas

A Del Pozo se le lee bien cuando se entiende que no quería sonar neutro. Nunca escribió como una máquina de precisión impersonal. Le interesaba la frase que deja poso, la imagen que retrata a un dirigente de un plumazo, el giro inesperado que hace visible la teatralidad del poder. Podía pasar del dato parlamentario a una estampa casi novelesca sin pedir permiso, y esa libertad, que a unos fascinaba y a otros irritaba, fue justo lo que volvió su escritura tan reconocible. En un ecosistema cada vez más plano, donde abundan las piezas intercambiables, su prosa seguía teniendo un color inmediato.

Ese color venía de una mezcla poco común. Había en él reportero de viejo cuño, pero también escritor con ambición de estilo; había memoria de redacción, pero también oído de taberna; había mirada política, pero con una fuerte pulsión literaria. Por eso sus columnas no se limitaban a ordenar hechos. Muchas veces fabricaban un clima. O una escena. O una caricatura poderosa de un personaje público. Y por eso mismo no conviene reducirlo a un simple cronista de partidos. Del Pozo fue, sobre todo, un narrador del ecosistema del poder español.

A eso se suma un rasgo que explica su vigencia durante tantos años: nunca fue un nombre evaporado por la costumbre. Había lectores que abrían el periódico para ver qué había escrito ese día. Esa relación directa con la firma, casi física, es una de las grandes pruebas de autoridad en la prensa escrita. Más allá de premios y homenajes, significa que existía una comunidad real de lectura pendiente de su pieza diaria. Y eso, en el periodismo español, no lo consiguen tantos.

Sus libros, la noche madrileña y una obra que va más allá de la columna

Raúl del Pozo no fue solo periodista de prensa diaria. También construyó una obra literaria amplia, a ratos irregular y siempre muy personal, en la que reaparecen sus obsesiones: la noche, el poder, Madrid, la transición moral del país, la mezcla entre belleza y deterioro, el sexo, la memoria y el crimen político o sentimental. Entre sus libros figuran novelas como Noche de tahúres, La novia, Los reyes de la ciudad, No es elegante matar a una mujer descalza, Ciudad levítica, La diosa del pubis azul o El reclamo, además de ensayos y títulos políticos como Los cautivos de La Moncloa o A Bambi no le gustan los miércoles. No escribió desde una distancia académica: escribía desde dentro de un paisaje humano que conocía muy bien.

Su literatura y su periodismo comparten una misma materia prima: la España del poder y la noche, la España que habla en voz baja y negocia en voz más baja todavía, la de los personajes que salen del despacho y siguen contando cosas en un restaurante, la de la conversación como fuente de información y también como escena. Ese Madrid suyo, tan reconocible, no era simplemente geográfico. Era moral, verbal, casi físico. Tenía luces de madrugada, humo, vasos, nervios, taxis, ministerios, conspiraciones medio frívolas y golpes secos de realidad. Del Pozo lo convirtió en una especie de territorio literario personal.

Los reconocimientos acompañaron esa trayectoria durante décadas. Recibió el Pedro Rodríguez, el Francisco Cerecedo, el González-Ruano, el Mariano de Cavia y el ABC Cultural, además de la Medalla de Oro de Castilla-La Mancha en 2017. Ya en vida, su nombre pasó de designar una firma a designar también un galardón: desde 2016 existe un Premio Raúl del Pozo de columnismo, una señal inequívoca de que su figura había adquirido rango de referencia para el oficio. En 2020, además, apareció una biografía sobre él, No le des más whisky a la perrita, firmada por Jesús Úbeda y Julio Valdeón, otra prueba de que su vida y su personaje ya habían entrado en la zona de interés histórico del periodismo español.

La relación entre literatura y poder

Hay algo muy útil para entender a Del Pozo: su escritura nunca separó del todo la política de la condición humana. Por eso sus textos podían hablar de ministros, pero acabar describiendo cansancio, soberbia, miedo o decadencia. Le interesaban los nombres propios, pero también lo que esos nombres revelaban sobre una época. En ese sentido, su mejor periodismo no era solo informativo. Era interpretativo en el sentido más noble del término: leía el gesto, el tono, el ambiente. Y lo convertía en narración.

Esa capacidad ayuda a explicar por qué fue una figura tan singular en el ecosistema mediático español. No respondía del todo al modelo del editorialista clásico ni al del tertuliano puro ni al del novelista que visita la actualidad de vez en cuando. Era otra cosa. Un periodista literario con conciencia de escena, con oído de conversación política y con una enorme confianza en la fuerza de la frase. Cuando acertaba, que fueron muchas veces, lograba algo difícil: que una columna pareciera a la vez un retrato, una crónica y un pequeño cuento de poder.

La dimensión pública de su muerte y lo que reabre en la prensa española

La muerte de Raúl del Pozo reabre de inmediato una discusión de fondo sobre el lugar de las grandes firmas en la prensa actual. No porque haga falta caer en la nostalgia automática, sino porque su desaparición deja al descubierto una evidencia: quedan menos periodistas capaces de sostener durante tantos años una voz tan reconocible en papel, radio, televisión y conversación pública. Él venía de una escuela en la que el artículo se trabajaba como una pieza con intención, no como un trámite. Y esa escuela, aunque no haya desaparecido del todo, sí se ha ido estrechando con el tiempo.

Su caso resume además una manera de entender el periodismo político muy distinta de la que hoy se consume a velocidad de red social. Del Pozo escribía con contexto acumulado, con memoria de varias legislaturas y con conocimiento personal de muchos protagonistas. No partía cada mañana de cero. Venía de lejos, de muy lejos. Por eso sus columnas podían permitirse alusiones, ecos, comparaciones y retratos que solo funcionan cuando hay detrás décadas de observación. Se podrá discutir su enfoque, su barroquismo o sus filias, pero no su condición de testigo mayor de la política española contemporánea.

En esta muerte hay también una dimensión estrictamente madrileña. Del Pozo fue una de las voces que mejor entendió la capital como centro nervioso del poder español. No la pintó como postal. La pintó como máquina de influencia, de sociabilidad y de desgaste. En sus textos, Madrid aparecía como un organismo eléctrico donde la política se mezcla con la vida nocturna, con la literatura, con la vanidad, con la ambición y con la soledad. Esa mirada ayudó a fijar una imagen muy precisa de la ciudad en la prensa nacional, una imagen menos turística y más moral, menos institucional y más humana.

Tampoco conviene olvidar que su figura desbordó a la del columnista clásico porque durante años fue parte del paisaje mediático más amplio. Su presencia en tertulias y programas de gran audiencia hizo que mucha gente lo conociera primero como voz pública y solo después como escritor. Pero incluso ahí, en el plató o en la radio, se percibía la misma materia de fondo: el hombre que venía del periódico, del oficio escrito, del cierre, del texto pensado con frase y con respiración.

La firma que seguirá sonando en las hemerotecas

Con la muerte de Raúl del Pozo desaparece una firma, pero no una obra cerrada en falso. Queda una huella muy visible en miles de columnas, en libros, en archivos de televisión, en entrevistas y en una idea muy concreta del periodismo español de la segunda mitad del siglo XX y de lo que llevamos del XXI. Queda también un modo de mirar la política como algo más que una secuencia de declaraciones. Para él, la política era ambiente, era gesto, era carácter, era escenario. Y esa mirada, bien leída, explica mucho de por qué sus textos han sobrevivido tan bien al paso del tiempo.

Su trayectoria contiene casi todos los elementos de una biografía grande de prensa: origen fuera de Madrid, llegada a las redacciones decisivas, corresponsalías, crónica parlamentaria, televisión, libros, premios, presencia continuada y una voz cada vez más afilada con los años. Pero lo que realmente lo distingue no es el currículum, sino el tono. Esa mezcla de periodismo y literatura, de memoria y olfato, de precisión y desvío expresivo, de calle y despacho, de barroquismo controlado y frase nítida. Ahí está su marca.

En los próximos días llegarán los homenajes, las necrológicas largas, los recuerdos de colegas y amigos, las anécdotas de redacción, las citas repetidas, las fotografías antiguas, las evocaciones de cenas, nocturnidad y periódicos ya casi míticos. Todo eso forma parte del protocolo emocional de las grandes despedidas de prensa. Pero debajo de ese ruido hay un dato mucho más firme: Raúl del Pozo ocupa ya un lugar estable en la historia del periodismo español. No por nostalgia, no por costumbre, no por simpatía. Por obra, por permanencia y por una manera de escribir que, con todos sus excesos y todas sus virtudes, resultó imposible de confundir con la de nadie más.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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