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Naturaleza

¿Por qué los monos de Gibraltar se comen la tierra?

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uno de los monos de Gibraltar

Los macacos de Gibraltar comen tierra para aliviar el daño de la comida humana y el turismo masivo ya está cambiando su conducta.

Los macacos de Gibraltar comen tierra, sobre todo, porque todo indica que intentan amortiguar el daño digestivo que les provoca una dieta demasiado humana. No es una rareza pintoresca del Peñón ni una anécdota simpática para turistas con móvil en la mano: es una conducta que encaja con un problema bastante más serio. Los investigadores han relacionado esa geofagia, la ingestión deliberada de suelo, con el consumo de comida basura que los visitantes les dan o que los animales roban, desde patatas fritas y galletas hasta pan, chocolate o helados. La hipótesis más sólida es clara: esa tierra podría ayudarles a compensar alteraciones intestinales, rebajar molestias digestivas y recuperar bacterias o minerales que su dieta natural sí les aporta y la comida ultraprocesada no.

La pista más contundente no está en una escena aislada, sino en el patrón. Los grupos con más contacto con turistas comen más comida humana y también más tierra; en invierno, cuando baja la presión turística, descienden tanto la ingesta de productos humanos como la geofagia; y el único grupo sin acceso a visitantes ni a sus restos de comida fue también el único en el que no se observó consumo de suelo. Ahí está el núcleo del asunto. El barro no aparece como capricho: aparece como respuesta. Más que una excentricidad animal, lo que asoma es una consecuencia directa de un turismo que lleva años cruzando la línea entre mirar y alterar.

No es una manía extraña: es geofagia

La geofagia existe desde mucho antes que los turistas, los paquetes de patatas y los conos de helado. En animales, y también en algunas culturas humanas, comer tierra, arcilla o yeso puede cumplir funciones muy distintas: aportar minerales, proteger la mucosa intestinal, aliviar diarreas, neutralizar toxinas o modular el entorno digestivo. En primates no es una conducta desconocida, aunque sigue siendo discutido por qué aparece exactamente en cada caso.

En Gibraltar, la explicación más convincente no apunta tanto a una simple carencia nutricional como a una función protectora. No sería que los macacos comen tierra porque les falte un mineral concreto y nada más, sino porque ese suelo podría actuar como una especie de escudo improvisado frente a una dieta impropia, cargada de azúcar, sal, grasa y lácteos. Dicho de forma muy llana: después del desbarajuste, el mono busca cómo apagar el incendio con lo que tiene a mano.

Eso encaja con otro detalle importante. Los investigadores no observaron una relación entre la ingesta de tierra y el embarazo o la lactancia, dos momentos en los que una explicación basada en la suplementación tendría más peso. Lo que vieron fue otra cosa: los animales más expuestos a la comida humana eran también los que más recurrían al suelo. La imagen cambia por completo. No estamos ante una conducta natural reforzada por la biología reproductiva, sino ante una respuesta ligada a un entorno alterado por la presencia humana.

El problema real está en lo que comen cuando hay turistas

La dieta habitual de un macaco no se parece ni de lejos al repertorio que pasea por los enclaves turísticos. Su alimentación natural incluye hierbas, hojas, semillas, raíces, frutos y algún insecto. No está diseñada para procesar helados, pan industrial, galletas rellenas o chocolatinas. Menos aún en cantidades repetidas y con una frecuencia casi diaria durante la temporada alta.

Ahí aparece una de las ideas centrales del estudio: la comida humana ya representa una porción relevante de la dieta de muchos macacos del Peñón. No es un mordisco ocasional. No es una travesura simpática. Es una alteración alimentaria estable en los grupos más expuestos. Y eso cambia el cuerpo, la conducta y hasta las soluciones de emergencia que el animal desarrolla para soportarlo.

Helados, pan y patatas fritas: una dieta que les sienta fatal

Hay un detalle especialmente revelador. Los primates no humanos suelen perder la capacidad de digerir bien la lactosa después del destete. Eso significa que los lácteos, tan normales para un turista europeo que camina con un helado en la mano, pueden causarles problemas digestivos serios. Dolor, hinchazón, diarrea, malestar. A eso se suma el exceso de azúcar, sal y grasas, muy lejos del perfil nutricional que la especie maneja de forma natural.

Por eso el helado, tan fotografiable, tan banal, tan “mira qué gracioso”, deja de ser una anécdota y empieza a parecer otra cosa: una agresión digestiva envuelta en papel brillante. El mono no entiende de ternura turística. Entiende de tripa.

Los investigadores observaron incluso episodios de geofagia poco después de haber visto a los animales consumir pan, helados o comida procesada. No significa que cada snack humano genere automáticamente un viaje al suelo, pero sí refuerza la idea de que la tierra funciona como una especie de remedio rudimentario. El macaco come algo que no debería, nota el impacto y recurre después a una sustancia del entorno que podría aliviar parte del trastorno.

La norma existe, el problema sigue ahí

En Gibraltar está prohibido alimentar a los macacos. La razón es sencilla: hacerlo perjudica su salud y altera su comportamiento. Las autoridades llevan tiempo recordando que la comida humana no solo modifica su dieta, sino que puede contribuir a enfermedades metabólicas y aumentar la conflictividad con los visitantes. Aun así, la escena se repite. Unos turistas los alimentan por ignorancia, otros por imprudencia, otros porque creen que forman parte del espectáculo. Y a veces ni siquiera hace falta eso: los propios monos aprenden a robar comida, abrir mochilas o abalanzarse sobre lo que huela a azúcar.

La consecuencia es bastante menos pintoresca que la foto. Lo que se genera es una fauna cada vez más dependiente de un entorno turístico que desordena su alimentación, modifica sus rutinas y favorece conductas compensatorias como la ingestión de tierra.

El Peñón se ha convertido en un experimento involuntario

Los monos de Gibraltar son la única población de macacos en libertad de Europa y uno de los grandes símbolos del Peñón. Esa singularidad les ha dado fama, protección y un flujo constante de visitantes. También los ha colocado en una posición delicada: viven en un espacio reducido, muy transitado, donde la frontera entre fauna salvaje y atracción turística se vuelve borrosa.

La población ronda los 230 ejemplares repartidos en ocho grupos estables. Todos comparten el mismo paisaje general, pero no todos viven el turismo de la misma manera. Ahí está una de las claves del estudio. Los grupos situados en las zonas más concurridas, especialmente en la parte alta del Peñón, son los que muestran más acceso a comida humana y más episodios de geofagia. Los grupos instalados en áreas menos frecuentadas, en cambio, apenas presentan esa conducta o directamente no la muestran.

La diferencia no es menor. Cambia el entorno, cambia el menú, cambia el cuerpo. Y cambia, claro, la manera en que el animal intenta corregir el desequilibrio.

Donde hay más turistas, aparece más tierra

Ese patrón territorial resulta devastador por lo claro que es. Los macacos que viven en las zonas más transitadas tienen muchas más probabilidades de consumir comida humana que los que habitan áreas más tranquilas. Y son también los que más comen tierra. El contraste con el grupo sin contacto con turistas resulta casi quirúrgico: allí no se observó geofagia.

Esa diferencia desmonta la idea de que todos los macacos del Peñón comen suelo porque sí, por costumbre o por una tradición biológica uniforme. No. La conducta aparece donde aparece el problema. Es casi una ecuación ecológica: más turistas, más basura alimentaria, más necesidad de compensación digestiva.

En invierno, además, la conducta desciende. Menos visitantes, menos comida robada o entregada, menos geofagia. Otra vez el mismo dibujo. A veces la ciencia no necesita efectos especiales; le basta con repetir el patrón una y otra vez hasta que ya no se puede mirar hacia otro lado.

Comer tierra también puede aprenderse

La historia no termina en la biología. Hay una dimensión social muy llamativa. El estudio sugiere que la geofagia puede haberse convertido en una conducta aprendida dentro de los grupos, una especie de tradición local transmitida por observación. Un mono ve a otro recurrir a cierto tipo de suelo, repite el gesto, lo incorpora. Con el tiempo, la práctica deja de ser solo una reacción individual y se convierte también en una costumbre compartida.

Eso ayuda a explicar por qué distintos grupos muestran preferencias por suelos diferentes. No solo importa que la tierra tenga determinados minerales o propiedades absorbentes. Importa también qué suelos están disponibles, cuáles usan los individuos dominantes, qué aprenden los jóvenes y qué termina fijándose como hábito dentro del grupo.

La preferencia por la tierra roja y lo que revela

Uno de los detalles más curiosos del trabajo es la inclinación general por la terra rossa, la tierra roja típica del Peñón. Es un suelo rico en arcillas y óxidos de hierro, lo que encaja bastante bien con la idea de que su composición podría resultar útil para absorber compuestos irritantes o suavizar el impacto de una dieta alterada.

No todos los grupos, sin embargo, afinan igual. Algunos llegaron a consumir tierra mezclada con materiales alterados por el entorno urbano, incluso en zonas con restos de alquitrán y asfalto. La imagen tiene algo de distopía doméstica. Un animal salvaje, afectado por una dieta humana, termina buscando alivio en un suelo también tocado por la huella humana. La escena resume bastante bien la clase de ecosistema híbrido que hemos montado en ciertos enclaves turísticos: ni naturaleza intacta ni ciudad plena, sino un territorio extraño donde todo se contamina un poco con todo.

Lo que demuestra el estudio y lo que todavía no cierra del todo

Conviene no sobreactuar. El trabajo ofrece una hipótesis robusta, muy bien sostenida por la observación de patrones espaciales y estacionales, pero sigue siendo un estudio observacional. No demuestra con precisión absoluta qué ocurre dentro del intestino del animal cada vez que ingiere tierra. No mide, por ejemplo, el microbioma antes y después de cada episodio ni convierte la conducta en un experimento controlado de laboratorio.

Eso no invalida el hallazgo. Lo sitúa en su sitio. La investigación permite afirmar con bastante seguridad que la geofagia está asociada al consumo de comida humana y al contacto con turistas, y que probablemente cumple una función compensatoria o protectora. También permite decir que Gibraltar presenta una de las tasas más altas de este comportamiento entre macacos. Lo que todavía no cierra por completo es el mecanismo exacto y único que lo explica.

Aun así, el mensaje de fondo apenas cambia. Que falte una última pieza bioquímica no limpia el problema principal. Los macacos están modificando su comportamiento para adaptarse a un entorno que nosotros hemos desordenado. Eso ya es suficientemente serio.

El turismo no solo observa: también transforma

Durante años, los monos de Gibraltar han sido tratados como parte del decorado, una mezcla de símbolo local, atractivo fotográfico y postal viviente. El visitante sube, mira, se ríe, se asusta si uno salta al coche, guarda la foto y sigue su ruta. El problema es que el animal no sale de la escena cuando el turista se va. Se queda allí, con el hábito alterado, con el estómago tocado, con nuevas formas de buscar comida y con una relación cada vez más ambigua con la presencia humana.

Ese es el verdadero fondo del asunto. El mono no se ha vuelto raro; el entorno se ha vuelto demasiado humano para él. La geofagia no se entiende bien si se mira como curiosidad zoológica. Se entiende mucho mejor si se observa como síntoma. Como señal. Como ese gesto casi silencioso de un animal que intenta corregir con barro lo que el turismo le mete en el cuerpo con azúcar, sal y grasa.

La historia, vista así, pierde exotismo y gana gravedad. Ya no va de un mono que hace una cosa extraña en un rincón singular de Europa. Va de cómo una especie salvaje se adapta, como puede, a las distorsiones que genera una actividad humana constante. Y va también de algo bastante reconocible en esta época: cuando el negocio del paisaje aprieta demasiado, hasta la fauna acaba improvisando remedios de supervivencia.

Lo que deja el barro en el paisaje del Peñón

Los macacos de Gibraltar no están comiendo tierra por capricho ni por folclore animal. Lo hacen, con bastante probabilidad, porque la presión turística ha metido en su dieta alimentos que no deberían estar ahí y su organismo busca una manera de resistir. La imagen del mono llevándose barro a la boca no tiene nada de cómica cuando se entiende bien. Es más bien la prueba de que algo se ha torcido.

Y ahí está lo más revelador de toda esta historia. El comportamiento no denuncia una rareza de los macacos, sino una rareza del vínculo que hemos construido con ellos. Les damos o les dejamos robar comida que les sienta mal, alteramos sus hábitos, fomentamos la dependencia y luego nos sorprendemos cuando el animal desarrolla respuestas que parecen extrañas. Extrañas para nosotros, claro. Para ellos quizá no. Para ellos es simplemente sobrevivir a un ecosistema adulterado.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

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