Ciencia
¿Cómo resuelve laberintos un moho sin cerebro ni sistema nervioso?
Un moho sin cerebro resuelve laberintos, recuerda alimentos y elige rutas gracias a pulsos y flujos internos que recorren todo el organismo.

Los científicos empiezan a entender cómo un organismo sin cerebro, neuronas ni sistema nervioso puede comportarse como si evaluara distintas opciones. El secreto de Physarum polycephalum, un moho mucilaginoso amarillo capaz de atravesar laberintos, no está escondido en una diminuta central de mando. Está repartido por todo su cuerpo.
La explicación es fundamentalmente física. Sus contracciones rítmicas impulsan fluidos por una red de tubos, redistribuyen la masa celular y van reforzando el movimiento más eficiente. El organismo explora varias posibilidades, reorganiza sus pulsos internos y termina avanzando por la ruta que le permite movilizar mejor su cuerpo. Visto desde fuera, parece una decisión. Dentro no hay pensamientos: hay presión, flujo y materia viva ajustándose sobre la marcha.
El hallazgo, publicado en junio de 2026 en la revista científica PRX Life, no demuestra que los mohos piensen como una persona ni que guarden un pequeño filósofo entre sus pliegues gelatinosos. Sí muestra algo bastante más interesante: resolver un problema no siempre exige un cerebro centralizado. A veces, el propio cuerpo funciona como sistema de cálculo.
Un organismo que calcula con todo el cuerpo
Pese a su nombre, los mohos mucilaginosos no son hongos verdaderos. Physarum polycephalum es un organismo ameboide que, durante su fase de plasmodio, forma una sola célula gigantesca con numerosos núcleos. Se extiende como una red amarilla de venas húmedas, avanza sobre superficies y modifica constantemente su forma mientras busca bacterias, esporas y otras fuentes de alimento.
No tiene órganos, músculos propiamente dichos ni un sistema nervioso que reparta órdenes. Tampoco posee un punto concreto desde el que se controle toda la estructura. Su organización es descentralizada: las distintas zonas reaccionan a señales químicas, luminosas y mecánicas, mientras los fluidos internos recorren la red en movimientos de ida y vuelta.
Eso no le impide mostrar conductas sorprendentemente eficaces. En experimentos anteriores ha encontrado caminos cortos entre dos puntos con comida, ha ajustado su dieta, ha evitado zonas peligrosas y ha construido redes de transporte comparables, por su eficiencia, con sistemas diseñados por ingenieros. La naturaleza, como de costumbre, se las apaña bastante bien sin comité ejecutivo.
El nuevo trabajo no pretende explicar de una tacada todas esas capacidades. Se concentra en una cuestión más precisa: cómo surge una dirección de movimiento concreta cuando ninguna parte del organismo dirige a las demás.
La trampa de luz azul
El equipo encabezado por la física biológica Lisa Schick confinó ejemplares hambrientos de Physarum polycephalum en zonas oscuras rodeadas por luz azul de 470 nanómetros. El organismo evita con fuerza esa longitud de onda, de modo que la iluminación actuaba como una pared invisible. No había cristal ni barrera física. Solo luz desagradable.
Las zonas protegidas tenían distintas formas geométricas, entre ellas triángulos, cuadrados y hexágonos. Tras permanecer un tiempo en su interior, el moho comenzaba a extenderse y llenaba el espacio disponible con su red tubular. El hambre hacía el resto: tarde o temprano debía arriesgarse y cruzar la franja iluminada para continuar buscando alimento.
Durante la exploración aparecían pequeñas protuberancias en numerosos puntos del perímetro. Eran tanteos, dedos blandos empujando contra el borde. Muchas extensiones se retiraban rápidamente; otras persistían. El movimiento parecía vacilante, casi nervioso, aunque no hubiera un solo nervio implicado.
Los investigadores siguieron tanto esas prolongaciones como las ondas de contracción que recorrían el organismo. Así pudieron observar que la salida no surgía de una señal enviada desde un centro inexistente, sino de la reorganización progresiva de los flujos internos.
El eje más largo resultó ser la salida
El resultado más llamativo fue que el moho escapaba de manera consistente cerca del eje más largo de cada figura, con independencia de que estuviera encerrado en un triángulo, un cuadrado o un polígono más complejo. Es decir, elegía la línea recta de mayor longitud que podía trazarse dentro de la forma.
A primera vista, resulta extraño. Physarum polycephalum se hizo famoso precisamente por encontrar recorridos cortos en laberintos. Aquí, sin embargo, no tomaba la salida asociada al trayecto interior más breve, sino aquella alineada con el eje más extenso.
No es una contradicción. En los antiguos experimentos con laberintos, el problema consistía en conservar la conexión más eficiente entre fuentes de alimento. En las trampas de luz, el desafío era otro: reunir la fuerza necesaria para desplazar una gran cantidad de masa celular a través de una zona hostil. Cambia el problema; cambia la solución.
Presión, pulsos y una masa que se reorganiza
El plasmodio mueve su contenido mediante contracciones peristálticas, parecidas en términos generales a las ondas que empujan sustancias por un conducto flexible. Las paredes de sus tubos se contraen y relajan, generando diferencias de presión que hacen circular el fluido celular.
Mientras el organismo explora, esas ondas cambian de orientación. Un patrón domina durante un rato, pierde fuerza y es sustituido por otro. Poco a poco, la red termina alineándose con el eje más largo de la trampa, donde las contracciones pueden acumular mayor presión y transportar más masa en una sola dirección.
La ruta definitiva no parece elegirse antes de iniciar el movimiento. Surge durante el propio proceso. El moho prueba configuraciones físicas distintas hasta estabilizar aquella que bombea su contenido con más eficacia. Su cuerpo no ejecuta una decisión previamente calculada: la decisión aparece mientras se reorganiza.
Esa distinción importa. Sustituye la imagen de una inteligencia diminuta, casi mágica, por un mecanismo medible. Y no lo hace menos fascinante; al contrario. Una masa unicelular convierte la geometría de su entorno en un patrón interno de circulación y responde con una conducta adaptativa.
Los laberintos y la memoria no eran un truco
La celebridad científica de Physarum polycephalum comenzó a crecer en el año 2000, cuando investigadores japoneses mostraron que podía conectar dos fuentes de alimento por el trayecto más corto disponible dentro de un laberinto. Al principio ocupaba numerosos corredores. Después retiraba material de los caminos menos útiles y reforzaba la ruta eficiente.
No estaba contemplando un plano, desde luego. Los tubos por los que circulaba más alimento y fluido se ensanchaban; los poco utilizados se debilitaban y desaparecían. Un mecanismo local acababa ofreciendo una solución global. Algo parecido sucede en muchos sistemas complejos: ninguna pieza conoce el conjunto, pero la interacción entre todas genera orden.
También se ha comprobado que este organismo puede conservar información sobre encuentros anteriores con comida. Cuando localiza nutrientes, se libera una señal química que se propaga por la red y modifica la estructura de sus tubos. Los conductos más gruesos actúan después como autopistas internas, facilitando el transporte de nuevas señales y condicionando la dirección de futuros desplazamientos.
Su memoria no se guarda en sinapsis, sino en la arquitectura cambiante del cuerpo. El grosor de una vena, la disposición de una bifurcación o el rastro viscoso dejado sobre una superficie pueden conservar información útil. Es una memoria funcional extraña para nuestros hábitos mentales, pero memoria al fin y al cabo: el pasado modifica la respuesta posterior.
El nuevo estudio encaja con esa idea. Tanto al recordar una fuente de alimento como al escapar de una trampa luminosa, la información queda incorporada en la materia y la geometría del organismo. No existe una separación limpia entre cuerpo, memoria y conducta. Todo ocurre en el mismo tejido amarillo.
Inteligencia sin conciencia: conviene no exagerar
Hablar de decisiones facilita la explicación, pero puede llevar a equívocos. En biología, decidir no siempre significa reflexionar, sentir dudas o comparar mentalmente un menú de alternativas. También puede describir el proceso por el que un sistema selecciona una respuesta entre varias posibilidades.
Physarum polycephalum cumple esa definición operativa. Explora, integra las restricciones del entorno y acaba concentrando sus recursos en una acción. Lo hace sin conciencia demostrada y sin representación mental conocida. Atribuirle pensamientos humanos sería convertir una buena investigación en un cuento simpático, esa vieja tentación de ponerle cara y conversación a todo lo que se mueve.
Tampoco debe reducirse su comportamiento a una reacción mecánica trivial. Las contracciones, los estímulos químicos, el estado nutricional y la forma del entorno se influyen mutuamente. El resultado aparece mediante autoorganización, un proceso en el que muchas interacciones locales producen una conducta coordinada sin director central.
Esta inteligencia mínima —el término sigue siendo discutido— amplía el foco de la ciencia. Durante mucho tiempo se asumió que aprender, recordar o elegir eran capacidades inseparables de las neuronas. Los mohos mucilaginosos obligan a matizar esa frontera. No porque sean pequeños cerebros derramados sobre un tronco, sino porque consiguen funciones parecidas mediante herramientas biológicas completamente distintas.
Una biología sin despacho central
Comprender estos mecanismos puede inspirar materiales capaces de cambiar de forma, redes que se reparen solas y robots blandos que respondan al entorno sin depender de un procesador único. Un sistema distribuido resulta especialmente útil cuando debe seguir funcionando pese a sufrir daños o cuando el escenario cambia demasiado deprisa para esperar órdenes desde arriba.
La enseñanza más profunda, sin embargo, no necesita cables ni aplicaciones industriales. Physarum polycephalum muestra que la frontera entre reaccionar y decidir es menos nítida de lo que parecía. Una célula gigantesca, húmeda y amarilla puede explorar alternativas, conservar rastros del pasado y adaptar su movimiento sin construir una sola neurona.
No piensa como nosotros. Probablemente ni siquiera piensa en el sentido habitual de la palabra. Pero resuelve problemas con su propia anatomía, convirtiendo pulsaciones, presión y geometría en comportamiento. Hay cerebros que se pierden en un pasillo con dos puertas; el moho, al menos, tiene una excusa bastante sólida.

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