Ciencia
México logra clonar un borrego tras casi 14 años de investigación
Una cría nacida en marzo puso a prueba años de investigación y abrió nuevas líneas de trabajo en biotecnología animal.

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El primer borrego clonado que nació vivo en México llegó tras casi 14 años de trabajo específico en transferencia de núcleos celulares y más de una década de investigación previa en reproducción asistida. La cría nació el 1 de marzo y fue resultado de una colaboración entre la Universidad Autónoma Metropolitana, en Xochimilco, y la Universidad Autónoma Chapingo, que participó en la implantación de los embriones y el seguimiento de las hembras receptoras. El avance demuestra que el país ya puede completar una técnica compleja, pero no significa que la clonación animal esté lista para aplicarse de forma rutinaria: todavía hay obstáculos técnicos, económicos y normativos.
El objetivo inmediato de los investigadores es extender el trabajo a caballos y toros, además de explorar cómo conservar y aprovechar material genético animal. La clonación también se plantea como una herramienta potencial para la investigación y la conservación de especies amenazadas, aunque el nacimiento de una cría no equivale por sí solo a recuperar una población ni a devolver a la vida una especie desaparecida. El logro coloca a México entre los países latinoamericanos con experiencia en esta técnica; según el responsable del equipo, es el sexto de la región en producir un clon.
Un nacimiento que culminó años de trabajo
La clonación no comenzó con el primer embrión ni con la gestación que llegó a término. En el Laboratorio de Manejo de la Reproducción de la UAM Xochimilco, los investigadores acumularon experiencia en fertilización in vitro, obtención y maduración de ovocitos y conservación de muestras celulares desde los años 2000. Ese aprendizaje previo fue esencial: antes de intentar producir un animal clonado, el equipo necesitaba dominar distintas etapas de la reproducción asistida y disponer de células que pudieran cultivarse y conservarse.
El desarrollo de la técnica de transferencia nuclear comenzó alrededor de 2011, de acuerdo con la información de la universidad, y el equipo tardó casi 14 años en llegar al nacimiento. La diferencia entre hablar de 13 años de investigación y casi 14 responde a cómo se cuentan las etapas del proyecto y el tiempo transcurrido hasta la llegada de la cría. No fue un experimento aislado, sino el resultado de acumular destrezas, equipamiento y experiencia práctica en un campo donde cada fase depende de que la anterior funcione.
La participación de Chapingo permitió completar el proceso. La UAM se especializó en producir los embriones clonados, mientras que los investigadores de la universidad mexiquense trabajaron en la preparación de las receptoras, la transferencia embrionaria y el seguimiento de la gestación. La colaboración muestra que el resultado no se explica por un único laboratorio: la coordinación entre producción embrionaria e implantación fue parte decisiva del avance, junto con años de investigación en ambas instituciones.
La cría vive en Chapingo y, según el material disponible, el equipo todavía no había acordado qué nombre ponerle. Ese detalle cotidiano contrasta con la dimensión técnica del resultado. Para los investigadores, el valor científico no está solo en que haya nacido un animal, sino en haber demostrado que pueden realizar en México una secuencia completa que exige manipular células y óvulos, formar embriones y lograr que uno de ellos se desarrolle hasta el nacimiento.
Qué ocurre durante la transferencia nuclear
La técnica empleada se conoce como transferencia de núcleos de células somáticas. En lugar de combinar un óvulo y un espermatozoide como ocurre en la fecundación, los especialistas utilizan una célula del cuerpo del animal que se quiere copiar. En este caso, la muestra de partida fue piel: sus células se cultivan en el laboratorio para obtener material adecuado para el procedimiento. La célula aporta un núcleo con la información genética que se busca reproducir.
El equipo obtiene y madura ovocitos, es decir, óvulos todavía no fecundados, y les retira el ADN nuclear. Después introduce en ellos el núcleo de una célula somática. El óvulo reconstruido recibe una activación artificial que pone en marcha la división celular y una reprogramación del núcleo, proceso que debe hacer posible que una célula especializada vuelva a dirigir el desarrollo de un embrión. No se trata de una fecundación convencional, sino de reprogramar material celular para que inicie un desarrollo embrionario.
El embrión resultante se desarrolla durante sus primeras etapas y luego se transfiere a una hembra receptora. Para que haya nacimiento, no basta con conseguir que las células empiecen a dividirse: el embrión debe continuar su desarrollo y la gestación tiene que avanzar. Cada uno de esos pasos introduce dificultades, por lo que la técnica requiere micromanipulación precisa y equipamiento especializado. Un fallo en una fase puede impedir que el proceso llegue a término, incluso si las anteriores han funcionado.
El proceso también ayuda a entender por qué el término clon no significa que se haya fabricado una copia instantánea del animal adulto. Se produce un nuevo individuo a partir de información genética de un donante, pero el desarrollo ocurre en un óvulo y dentro de una gestación. La cría nace como un animal nuevo, no como el ejemplar adulto del que procedía la muestra. La clonación reproduce una base genética concreta; no reproduce la historia, la edad ni las experiencias del animal original.
Los embriones y las hembras receptoras
El camino hasta el nacimiento requirió producir muchos embriones y utilizar hembras receptoras. Una de las informaciones publicadas sobre el experimento señala que se generaron 272 embriones y participaron 18 receptoras, a cada una de las cuales se le transfirieron aproximadamente 15 embriones. Tres hembras quedaron gestantes; una perdió la gestación, dos llegaron a término y de ese proceso nació la cría que sobrevivió. Estos datos permiten dimensionar la distancia entre obtener embriones en el laboratorio y conseguir un nacimiento.
Las cifras también recuerdan que el éxito no puede medirse solo por la cantidad de embriones obtenidos. La producción embrionaria es una etapa intermedia: después hay que transferirlos, lograr que se implanten y sostener la gestación. En la clonación, el núcleo debe reprogramarse correctamente y el embrión debe superar varios filtros biológicos. El nacimiento representa el resultado final de una cadena de etapas, no una consecuencia automática de introducir una célula en un óvulo.
Los investigadores de la UAM quieren dominar además una variante de micromanipulación que consiste en inyectar directamente los embriones en las hembras, sin pasar por una incubadora. Para probar esa línea de trabajo llegaron seis borregas al laboratorio. La iniciativa forma parte de los próximos pasos del equipo y no debe confundirse con un resultado ya conseguido: se trata de una técnica que buscan aprender y evaluar, mientras aprovechan lo aprendido con la primera cría.
La implantación exige experiencia especializada porque el embrión debe llegar al lugar adecuado y la receptora tiene que estar preparada para recibirlo. De ahí la importancia del trabajo conjunto con Chapingo, que se encargó de la sincronización y el manejo de las hembras. La clonación suele asociarse a la imagen de una célula que se transforma en un animal, pero entre ambos extremos hay una labor coordinada, procedimientos delicados y una gestación cuyo desenlace no está garantizado.
Caballos, toros y material genético conservado
Con la experiencia obtenida en el borrego, los investigadores prevén aplicar el mismo principio a caballos y toros. La secuencia general consistiría en tomar una muestra de piel, cultivar sus células, obtener ovocitos, retirarles el ADN nuclear, introducir la célula somática y activar el conjunto para que el núcleo se reprograme y comience el desarrollo embrionario. Que el procedimiento pueda describirse de forma parecida no implica que todas las especies respondan igual ni que el paso a nuevos animales vaya a ser inmediato.
La idea de conservar células tiene un interés que va más allá de producir clones en el presente. Una muestra celular guardada podría preservar información genética de animales con características valiosas para la producción o con valor de compañía. El grupo menciona ejemplares de caballo con aptitudes destacadas y vacas con elevada producción de leche como casos de interés potencial. Pero ese uso todavía no está establecido en México: los científicos señalan que en otros países estas aplicaciones tienen más recorrido, mientras que en el país la técnica sigue en una fase de desarrollo.
Una línea de investigación se centra en intentar recuperar un caballo a partir de semen de un individuo que murió hace muchos años. Ese planteamiento explora hasta dónde puede servir el material biológico conservado para producir un nuevo animal. No significa que cualquier muestra antigua permita obtener un clon, ni que el proyecto haya logrado ya ese resultado. El equipo estudia la posibilidad como parte de una investigación más amplia sobre preservación y recuperación de material genético.
En paralelo, José Luis Rodríguez, doctorando en Ciencias Biológicas y de la Salud, trabaja en la inyección intracitoplasmática de espermatozoides, una técnica de reproducción asistida que consiste en introducir un espermatozoide dentro del ovocito. También se investiga el uso de células mesenquimales procedentes de médula ósea para mejorar la eficiencia de la clonación. Son líneas distintas, aunque comparten el propósito de ampliar las herramientas disponibles para manipular células y desarrollar embriones.
Conservación de especies: una posibilidad con límites
La clonación puede tener aplicaciones en la conservación, sobre todo cuando se conserva material genético de animales de interés. Una de las investigadoras del equipo, Sarahí Hernández Martínez, participó en 2015 en la patente del primer embrión clonado de borrego cimarrón, una especie endémica de México. A pesar de ese avance, el embrión no pudo transferirse a una hembra, según relató la investigadora, por barreras burocráticas. El episodio evidencia que un logro de laboratorio no basta para completar un proyecto de conservación.
La diferencia entre producir un embrión y recuperar una población es fundamental. Para que la clonación contribuya a conservar una especie, habría que superar tanto los desafíos biológicos como los administrativos y de manejo. Además, el nacimiento de un individuo no resuelve por sí solo las amenazas que afectan a los animales en su entorno. La técnica puede conservar o reproducir material genético, pero el rescate de una especie requiere un trabajo más amplio que no se reduce a la reproducción asistida.
Por eso los investigadores hablan de un uso potencial, no de una solución garantizada para la extinción. La clonación podría ser relevante cuando exista material biológico aprovechable y un objetivo de conservación definido, pero el caso del borrego cimarrón muestra que también hacen falta permisos, recursos y condiciones para transferir y desarrollar el embrión. La biotecnología abre una posibilidad; no elimina por sí misma las barreras que impiden aplicarla.
La conservación de células de animales domésticos también forma parte de la conversación. Los especialistas plantean que podría desarrollarse una cultura de guardar muestras de piel para que, en el futuro, exista material disponible para investigaciones o intentos de clonación. En México, sin embargo, los investigadores señalan que aún no existe un banco de células animales de ese tipo. Guardar una muestra no asegura que más adelante se pueda obtener un clon, pero puede preservar material que de otro modo desaparecería.
Una técnica avanzada en un entorno con carencias
El equipo considera que la experiencia adquirida puede servir para avanzar en otras biotecnologías, entre ellas la edición génica y la producción de biofármacos. Son posibilidades vinculadas a la capacidad de manipular células y embriones, no resultados que se desprendan automáticamente del nacimiento del borrego. Cada aplicación requiere sus propios estudios, recursos y controles. El hito aporta conocimientos técnicos, pero no equivale a que todas esas líneas estén ya desarrolladas o disponibles.
Los investigadores también han señalado que la falta de apoyo económico y de equipo técnico dificulta la investigación científica en el país. La clonación demanda materiales, instrumental y personal con formación especializada; si el laboratorio carece de recursos estables, mantener los experimentos y ampliar el trabajo a otras especies se vuelve más complicado. El resultado demuestra capacidad científica local, pero también deja a la vista la distancia entre dominar una técnica en un proyecto y sostenerla de manera continuada.
Otro vacío señalado por el grupo es la ausencia de una legislación específica sobre clonación animal en México. La experiencia con el embrión de borrego cimarrón ilustra cómo las trabas burocráticas pueden frenar una investigación incluso después de obtener un resultado de laboratorio. La falta de reglas claras no es solo una cuestión administrativa: afecta qué proyectos pueden avanzar, qué autorizaciones se necesitan y cómo se articulan los objetivos científicos con la protección de los animales y la conservación.
La posición de México en la región debe entenderse con el mismo cuidado. El responsable de la investigación afirmó que el país es el sexto de América Latina en lograr una clonación animal, mientras que otras informaciones describen de manera distinta cuántos países han producido clones. La cifra puede depender del alcance con que se cuenten las especies y los tipos de clonación; el dato atribuido al equipo sitúa el logro en un contexto regional, pero no convierte la técnica en una práctica extendida dentro del país.
Del logro puntual a una capacidad científica sostenida
El nacimiento del borrego es una demostración de que un laboratorio universitario público pudo completar una técnica compleja mediante años de trabajo y colaboración institucional. Su importancia está en lo que hace posible investigar a partir de ahora: producir embriones clonados, probar variantes de micromanipulación y explorar su aplicación en otras especies. Al mismo tiempo, el proyecto deja claro que el progreso no depende solo de una idea prometedora, sino de recursos, equipamiento, experiencia y condiciones regulatorias que permitan continuar.
Los próximos objetivos —caballos, toros, conservación celular y mejora de la eficiencia— siguen siendo líneas de investigación. Ninguna debe confundirse con resultados ya alcanzados, y cada una tendrá que resolver sus propias dificultades. La cría nacida en marzo marca un hito porque cierra una etapa experimental larga; lo que venga después dependerá de que el conocimiento obtenido pueda convertirse en trabajo estable y de que los obstáculos que frenaron proyectos anteriores no vuelvan a detenerlos.
La clonación animal suele presentarse como una promesa de copias genéticas, pero su historia en México es, por ahora, más concreta y más modesta: un equipo aprendió a producir embriones y consiguió que uno llegara al nacimiento. Ese avance abre puertas, aunque no las atraviesa por sí solo. El desafío ahora es transformar un éxito excepcional en una capacidad científica que pueda sostenerse, evaluarse y aplicarse con objetivos claros, sin confundir potencial tecnológico con soluciones inmediatas para la producción o la conservación.

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