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¿Quién es María Fernanda Espinosa y por qué reta a la ONU?
María Fernanda Espinosa entra en la carrera por la ONU con un mensaje directo: menos solemnidad, más eficacia y credibilidad real.

María Fernanda Espinosa Garcés ha entrado en la carrera para suceder a António Guterres al frente de Naciones Unidas y no lo ha hecho como figura ornamental, sino como una candidata con biografía diplomática, lectura política y un mensaje bastante incómodo para una organización acostumbrada a prometer más de lo que consigue. La exministra ecuatoriana de Exteriores y Defensa, expresidenta de la Asamblea General de la ONU entre 2018 y 2019, ha sido nominada formalmente por Antigua y Barbuda y se convierte en la quinta aspirante visible para un cargo que cambiará de manos el 1 de enero de 2027.
El dato que atraviesa toda la noticia es sencillo, casi brutal: ninguna mujer ha sido secretaria general de Naciones Unidas desde la fundación del organismo. Espinosa entra así en una competición donde también están Michelle Bachelet y Rebeca Grynspan, dos nombres de peso, y donde el género no es una nota al pie, sino una pregunta política de primer orden. La ONU ha reconocido expresamente esa anomalía histórica al abrir el proceso y ha animado a los Estados miembros a presentar candidaturas femeninas, un gesto elegante, sí, aunque llega con ochenta años de retraso administrativo.
Una candidatura que llega con mensaje: menos tamaño, más eficacia
Espinosa no ha construido su entrada en la carrera sobre la promesa de una ONU más grande, más solemne o más llena de documentos con membrete. Su tesis va por otro lado: el problema no es la relevancia de Naciones Unidas, sino su credibilidad. Dicho de forma menos diplomática, la distancia entre lo que el edificio de cristal de Nueva York proclama y lo que el mundo percibe que realmente ocurre.
La frase resume bien el clima de época. La ONU no está cuestionada porque falten crisis en las que intervenir. Al contrario: guerras abiertas, tensiones nucleares, migraciones, deuda, hambre, clima, Estados fallidos, desinformación, bloques enfrentados. Trabajo no falta. Lo que se discute es otra cosa, más áspera: si el organismo conserva capacidad para mediar antes de que el incendio llegue al tejado o si se ha quedado, demasiadas veces, como notario tardío de las catástrofes.
Ahí Espinosa intenta meter cuña. En su visión, el secretario general debe ser un mediador honesto, percibido y practicado como imparcial, atento a las prioridades del Norte y del Sur, del Este y del Oeste. Es una fórmula clásica, casi de manual diplomático, pero con veneno bajo la alfombra: en 2026, ser visto como imparcial por Washington, Pekín, Moscú, Bruselas, África, América Latina y el mundo árabe al mismo tiempo no es diplomacia; es funambulismo sin red.
Su biografía le permite hablar ese idioma sin parecer recién llegada. Fue canciller de Ecuador en dos etapas, ministra de Defensa, embajadora ante Naciones Unidas en Nueva York y Ginebra, y presidenta de la Asamblea General. También ha trabajado en asuntos de biodiversidad, cambio climático, pueblos indígenas, igualdad social y desarrollo sostenible. No es el perfil del tecnócrata frío que solo mira hojas de cálculo. Tiene, incluso, una faceta de poeta y ensayista premiada, detalle que en Naciones Unidas puede sonar raro, aunque quizá no sea mala vacuna contra la prosa de comité.
Por qué Antigua y Barbuda la propone, y no Ecuador
Uno de los elementos más llamativos es que Espinosa ha sido nominada por Antigua y Barbuda, no por Ecuador. No es un detalle menor. En la ONU, las candidaturas no siempre reflejan una fila ordenada de patriotismos nacionales. A veces expresan alianzas regionales, afinidades políticas, lecturas estratégicas o apoyos de Estados pequeños que usan el escenario multilateral como altavoz.
Antigua y Barbuda, país caribeño con voz propia en debates sobre clima, desarrollo y vulnerabilidad de los pequeños Estados insulares, ofrece a Espinosa una plataforma que encaja bastante bien con su currículum ambiental y su discurso sobre el Sur global. No la convierte automáticamente en favorita, claro. El cargo no se gana con simpatías caribeñas ni con discursos bonitos sobre multilateralismo. Se gana, al final, sobreviviendo a una sala donde los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad pueden bloquear a quien no les convenga.
La ausencia de Ecuador como patrocinador directo también abre una lectura política. Espinosa fue ministra en gobiernos vinculados al ciclo correísta y su figura puede resultar menos cómoda para determinados sectores de la política ecuatoriana actual. Pero la candidatura a la ONU, más que una extensión de la política interna de Quito, se mueve en otra mesa: la de los equilibrios regionales, las señales de género y la negociación entre potencias.
En ese tablero, que la impulse un pequeño Estado caribeño no la debilita necesariamente. Puede incluso darle una textura distinta. La ONU vive de la paradoja: todos los países son formalmente iguales, aunque algunos pesan como portaaviones y otros como una taza de café. Las candidaturas patrocinadas por Estados pequeños recuerdan que el sistema multilateral no pertenece solo a quienes tienen arsenal nuclear, asiento permanente o chequera inagotable. Aunque luego, ejem, decidan casi siempre los mismos.
Quién es María Fernanda Espinosa
María Fernanda Espinosa nació en Ecuador y ha construido una carrera poco lineal, con piezas de diplomacia, política, academia, medio ambiente y cultura. En su etapa pública fue ministra de Exteriores y de Defensa, cargos que no suelen convivir por casualidad en una misma biografía. La cancillería exige paciencia, oído y cálculo. Defensa, otra clase de nervio: seguridad, jerarquías, crisis, fronteras, uniforme al fondo de la foto.
Su paso por la Asamblea General de Naciones Unidas es el punto más valioso de su candidatura. Presidió el 73.º periodo de sesiones entre 2018 y 2019, una función que no equivale a dirigir la ONU, pero sí obliga a conocer sus pasillos, sus inercias y sus pequeños rituales de poder. La Asamblea es el gran teatro universal: 193 Estados, discursos largos, consensos delicados, gestos simbólicos que a veces importan más de lo que parece y resoluciones que pesan más políticamente que jurídicamente.
También fue representante de Ecuador ante la ONU en Nueva York y Ginebra, dos capitales distintas de la diplomacia mundial. Nueva York es el Consejo de Seguridad, la Asamblea, el foco mediático, la escenografía grande. Ginebra es derechos humanos, agencias, tratados, negociaciones más técnicas, ese mundo de salas discretas donde la política internacional baja la voz, pero no pierde los colmillos.
Espinosa llega, además, con una agenda marcada por el medio ambiente y el desarrollo sostenible. Eso puede ser una virtud y un límite. Virtud, porque el cambio climático ya no es “un tema verde”, sino una cuestión de seguridad, alimentación, migraciones y estabilidad. Límite, porque el secretario general no puede permitirse ser percibido como candidato de una sola familia temática. Debe tocar todos los cables: paz, deuda, comercio, derechos humanos, tecnología, hambre, energía, reforma institucional. Y hacerlo sin electrocutarse demasiado.
Su candidatura intenta presentarse precisamente como una mezcla de experiencia interna y voluntad de reforma. No promete dinamitar la ONU, sino hacerla funcionar mejor. El matiz importa. En Naciones Unidas nadie gana diciendo que todo está podrido; se gana convenciendo a los Estados de que el organismo puede cambiar sin dejar de servirles.
Los otros candidatos: Grossi, Bachelet, Grynspan y Sall
La carrera no empieza vacía. Rafael Mariano Grossi, argentino, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, aparece como un candidato muy visible por su papel en algunas de las crisis más delicadas de los últimos años, desde el programa nuclear iraní hasta la seguridad de la central ucraniana de Zaporiyia. Su perfil es el del diplomático de acción: mucho viaje, mucha negociación bajo presión, mucha foto entrando y saliendo de salas donde nadie sonríe del todo.
Grossi tiene una ventaja evidente: conoce el lenguaje de las potencias y ha tratado con asuntos que interesan directamente al Consejo de Seguridad. También tiene un riesgo: su hiperexposición. En diplomacia, estar demasiado presente puede ser una credencial o una diana. Su candidatura proyecta capacidad ejecutiva, pero también obliga a preguntarse si el mundo quiere al frente de la ONU a un gestor de crisis nucleares o a una figura más amplia, menos asociada a una agenda concreta.
Michelle Bachelet, expresidenta de Chile en dos etapas, exalta comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos y antigua directora ejecutiva de ONU Mujeres, aporta una biografía política de enorme densidad. Fue jefa de Estado, conoce el sistema multilateral y representa con fuerza la posibilidad de una primera mujer al frente de la organización. Pero su candidatura llega con turbulencias: Chile retiró su apoyo tras el cambio político en el país, aunque Bachelet ha seguido adelante con el respaldo de Brasil y México.
Ese episodio pesa. No necesariamente la hunde, pero la complica. En una elección donde la legitimidad nacional cuenta, que el propio país deje de empujar resulta incómodo. Aun así, Bachelet no es una figura menor que dependa solo de Santiago. Su capital internacional viene de años de presidencia, derechos humanos y agenda de igualdad. Tiene nombre, redes y adversarios. Las tres cosas son necesarias para medir a una candidata seria.
Rebeca Grynspan, costarricense, economista, exvicepresidenta de Costa Rica y secretaria general de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, entra con un perfil distinto: desarrollo, economía, reforma, desigualdad. Es una candidata de maquinaria multilateral, menos vistosa para el gran público, pero muy reconocible para quienes viven dentro del ecosistema de la ONU. Ha defendido una organización más ágil y ha puesto sobre la mesa la igualdad de género sin pedir trato especial, sino trato igual.
Grynspan tiene algo que en esta carrera puede resultar atractivo: no parece una candidata de gesto épico, sino de reforma laboriosa. Eso en Naciones Unidas puede sonar aburrido, pero el aburrimiento bien administrado a veces salva instituciones. Su desafío será convencer de que la ONU necesita no solo una administradora solvente, sino una voz política capaz de hablar en medio de guerras, vetos y campañas de descrédito.
Macky Sall, expresidente de Senegal, representa la candidatura africana más nítida en la competición actual. Gobernó Senegal durante doce años, hasta 2024, y ha defendido la necesidad de revisar el Consejo de Seguridad y atender a los países en desarrollo golpeados por la deuda. Su perfil tiene peso continental, experiencia de Estado y una narrativa de reforma del poder global que conecta con una reclamación antigua: África no puede seguir siendo objeto permanente de debates sin ocupar el lugar que le corresponde en las mesas que deciden.
Pero Sall tampoco camina sobre mármol pulido. Su candidatura, nominada por Burundi, ha tenido apoyos africanos desiguales. Y en la ONU los respaldos regionales importan mucho, incluso cuando no bastan. Ser expresidente ayuda; no blinda. La carrera exige una combinación casi cruel de legitimidad política, aceptabilidad para las grandes potencias, capacidad de negociación y ausencia de vetos fatales.
Cómo se elige realmente al secretario general
Conviene quitar un poco de incienso al asunto. El secretario general de Naciones Unidas es nombrado por la Asamblea General, pero a propuesta del Consejo de Seguridad. Ese detalle es el corazón de la elección. La Asamblea puede dar solemnidad, escenario y legitimidad universal. El Consejo filtra. Y dentro del Consejo, los cinco miembros permanentes —Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido— tienen capacidad de veto.
Eso significa que no gana necesariamente quien tenga mejor currículum, más simpatía pública o una campaña más brillante. Gana quien resulte aceptable para los actores con poder de bloqueo. Es una elección donde el talento importa, sí, pero la aversión importa más. Un candidato puede ser amado por muchos y aun así caer si una potencia decide que no le conviene. En la ONU, la palabra consenso a veces significa exactamente eso: que nadie con capacidad de tumbarte haya decidido hacerlo todavía.
El proceso actual arrancó formalmente en noviembre de 2025, cuando la presidencia de la Asamblea General y el Consejo de Seguridad invitaron a los Estados miembros a presentar nombres. También se han celebrado diálogos públicos con candidatos, una práctica que busca dar transparencia a una elección que durante décadas fue casi un cónclave diplomático con alfombra azul. Transparencia relativa, por supuesto. La parte decisiva sigue ocurriendo donde siempre: en conversaciones discretas, consultas cruzadas y cálculos de poder.
El mandato del próximo secretario general comenzará el 1 de enero de 2027 y durará cinco años, renovables por otro periodo. Guterres, portugués, llegó al cargo en enero de 2017 y cerrará su segundo mandato el 31 de diciembre de 2026. Su sucesor o sucesora será la décima persona en ocupar la jefatura administrativa y política de la ONU, una silla que no manda sobre el mundo, pero puede incomodarlo.
Por qué esta sucesión importa más de lo que parece
La elección llega en un momento poco amable para el multilateralismo. No estamos en la posguerra optimista ni en los años noventa de grandes conferencias internacionales con aire de promesa. El mundo se ha vuelto más bronco, más fragmentado, más desconfiado. Las instituciones globales son acusadas a la vez de impotentes, parciales, burocráticas y excesivas. Una hazaña: molestar por no hacer suficiente y por hacer demasiado.
El secretario general no dispone de ejército propio ni puede ordenar a las potencias que se comporten como adultos. Su poder es otro: agenda, mediación, alarma temprana, legitimidad, lenguaje, presión moral, presencia. Puede poner una crisis en el centro, abrir canales cuando nadie quiere admitir que habla con nadie, llamar a las cosas por su nombre o evitar hacerlo para conservar margen. Es una oficina de límites estrechos y consecuencias enormes.
Por eso la candidatura de Espinosa debe leerse en tres niveles. Primero, como una aspiración personal de una diplomática con experiencia real en la ONU. Segundo, como parte de la presión para que una mujer ocupe por fin el cargo. Tercero, como síntoma de una disputa más amplia sobre qué debe ser Naciones Unidas en 2027: una administración de emergencias, una plataforma de reforma, una voz moral, un foro de negociación entre bloques o todo eso a la vez, que es mucho pedir incluso a un edificio lleno de traductores.
La pregunta de fondo no es solo quién sucederá a Guterres. Es si el próximo liderazgo podrá reducir la brecha entre promesa y resultado. Ahí el discurso de Espinosa toca una fibra sensible. Hablar de una ONU más eficaz suena obvio, casi de manual de gestión, pero en realidad apunta al nervio de la organización: su dificultad para actuar cuando los Estados que deben autorizar la acción son, muchas veces, parte del problema.
La carrera de 2026 ya tiene rostro, pero no dueño
Espinosa entra tarde respecto a otros candidatos que ya participaron en diálogos públicos en abril, y eso puede pesar en términos de exposición inicial. Pero las carreras de Naciones Unidas no son primarias televisadas. No se deciden por aplausómetro ni por encuestas nocturnas. Se deciden en una mezcla de audiciones públicas, diplomacia silenciosa y vetos que a veces caen como persianas metálicas.
Su ventaja es clara: conoce la ONU desde dentro, suma experiencia ministerial, representa la posibilidad histórica de una primera mujer y habla desde América Latina y el Caribe, una región que en esta sucesión aparece con una densidad llamativa. Su debilidad también existe: no parte como favorita evidente, llega impulsada por un Estado distinto al suyo y debe competir con candidaturas de enorme recorrido político o técnico.
La carrera, por ahora, queda así: Rafael Grossi, el argentino del átomo y las crisis de seguridad; Michelle Bachelet, la expresidenta chilena con marca global en derechos humanos; Rebeca Grynspan, la economista costarricense de la reforma multilateral; Macky Sall, el exmandatario senegalés que lleva la demanda africana de poder real; y María Fernanda Espinosa, la ecuatoriana que entra hablando de credibilidad, prevención y eficacia. Cinco nombres para una sola silla. Y una silla, conviene no olvidarlo, colocada entre los escombros del orden internacional que decía saber hacia dónde iba.

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