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¿Por qué Margarita Robles destaca frente al ruido político español?

Margarita Robles gana perfil con su tono sobrio en Ceuta, entre firmeza, críticas y una gestión que todavía deberá explicar ante el Congreso.

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Margarita Robles

Margarita Robles ha conseguido algo poco frecuente en la política española de estos días: salir de una crisis con más perfil propio que ruido alrededor. Su visita a Ceuta, su defensa tajante de la españolidad de la ciudad y, sobre todo, la decisión de detenerse ante vecinos que la recibían entre reproches explican por qué la palabra sobriedad ha terminado asociándose a la ministra de Defensa. No porque haya desaparecido la controversia —ni mucho menos—, sino porque su manera de afrontarla ha sido distinta: frases cortas, gestos directos y poca coreografía.

La escena que mejor lo resume ocurrió el 12 de agosto. Robles llegó a una Ceuta aún conmocionada por la entrada masiva de más de 70.000 personas desde Marruecos a finales de julio y lanzó una declaración inequívoca: “Ceuta y Melilla no se tocan. Son españolísimas”. Después hizo algo menos espectacular, aunque políticamente bastante más raro: se paró cuando la increparon. Escuchó. Una vecina, Pepi, de 66 años, rompió a llorar delante de ella y le trasladó su miedo y su sensación de abandono. Robles le cogió las manos y continuó hablando con ella.

Margarita Robles y una forma distinta de ocupar la escena

No hay demasiada épica en escuchar a alguien que protesta. Debería ser lo normal. Precisamente por eso llamó tanto la atención.

La política contemporánea funciona con frecuencia al revés: primero aparece la frase destinada a circular por las redes, después el enfrentamiento y, en algún lugar bastante más abajo, el problema concreto que originó todo. Robles invirtió durante unas horas ese mecanismo. Había cámaras, claro; sería ingenuo fingir que no. Pero también había vecinos enfadados, algunos insultándola, y la ministra decidió no refugiarse detrás del cordón de seguridad.

Pepi le habló de ansiedad y de noches sin dormir. Otra vecina, África, le dijo que ya no se atrevía a salir sola. Robles respondió, abrazó, discutió y trató de calmar. Algunos de quienes habían comenzado increpándola terminaron agradeciéndole que hubiera permanecido allí. La escena no solucionó la crisis de Ceuta, pero sí mostró una manera de ejercer la presencia institucional que escasea cuando la conversación pública se convierte en una competición de aspavientos.

Y aquí conviene no confundir planos. La empatía no sustituye a una política de fronteras, un abrazo no resuelve una emergencia humanitaria y un superlativo —por muy “españolísima” que sea Ceuta— no devuelve automáticamente la normalidad a una ciudad sometida a una presión extraordinaria. La gestión se mide después, cuando las cámaras se marchan. Pero tampoco da igual cómo se presenta el Estado ante ciudadanos asustados. Las instituciones también hablan mediante gestos.

Ceuta convirtió el tono de Robles en una cuestión política

La crisis fronteriza dejó al Gobierno frente a un problema que desbordaba la inmigración. Había que gestionar personas, seguridad, menores, alojamiento y relaciones con Marruecos, además de una población local sometida a una tensión difícil de exagerar. El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, llegó a advertir que la situación era insostenible y reclamó acelerar el regreso a la normalidad. Días después todavía continuaban en la ciudad miles de migrantes y el Ejecutivo preparaba nuevas medidas de acogida y traslado para menores.

Robles eligió entonces un lenguaje que no necesitaba diccionario diplomático. Ceuta y Melilla son España y su soberanía no está en discusión. Era también una respuesta indirecta a las reivindicaciones marroquíes sobre ambas ciudades, rechazadas expresamente por España.

La frase funcionó porque decía exactamente lo que pretendía decir. Sin subordinadas infinitas, sin ese dialecto ministerial en el que una decisión acaba pareciendo una nota al pie de otra decisión. A veces, en política, hablar comprensible parece una actividad de riesgo.

La sobriedad no significa ausencia de conflicto

Sería cómodo convertir el episodio en la historia de una ministra situada mágicamente por encima del barro político. No es así.

Robles forma parte del Gobierno desde 2018, acumula una larguísima trayectoria institucional y política y tiene, naturalmente, responsabilidades sobre las decisiones del Ejecutivo. Antes de llegar a Defensa fue magistrada del Tribunal Supremo, vocal del Consejo General del Poder Judicial, secretaria de Estado de Interior y portavoz parlamentaria socialista. Ese pasado judicial ayuda a entender un estilo más seco que expansivo: suele argumentar como quien conoce el peso de las palabras y sabe que el adjetivo, si se descontrola, puede acabar declarando su propia guerra.

Pero Ceuta también ha abierto una contradicción incómoda. La ministra dio la cara ante los vecinos y, sin embargo, no compareció el 18 de agosto ante la Comisión de Defensa del Senado para explicar la actuación de las Fuerzas Armadas durante la crisis.

Robles justificó finalmente su ausencia porque debía acudir a las honras fúnebres del cabo de la Unidad Militar de Emergencias Javier García Sancho, fallecido mientras intervenía contra el incendio de Las Peñas de Riglos, en Huesca. Reiteró su voluntad de acudir al Senado durante el periodo ordinario de sesiones. El PP, que había impulsado la convocatoria, acusó al Ejecutivo de esquivar el control parlamentario.

Ahí aparece la parte menos cómoda del elogio a la sobriedad. El buen tono no exonera de dar explicaciones. Una democracia liberal se sostiene precisamente sobre esa mezcla a veces poco estética: gobiernos obligados a responder, oposiciones obligadas a fiscalizar y parlamentos en los que todos deben soportarse, incluso cuando preferirían estar bastante lejos unos de otros.

La comparecencia de Robles en el Congreso está prevista para el 25 de agosto, dentro del calendario extraordinario organizado para explicar la gestión de la crisis de Ceuta. Después pasarán por distintas comisiones otros miembros del Ejecutivo. Será ahí, entre cifras, decisiones y preguntas parlamentarias, donde la ministra tendrá que convertir la serenidad mostrada en la calle en explicaciones políticas verificables.

Ese matiz importa. Porque convertir la moderación en una especie de certificado automático de buena gestión sería tan ingenuo como confundir una rueda de prensa crispada con incompetencia. El estilo cuenta; los resultados, más.

Por qué Robles destaca dentro del propio Gobierno

La singularidad de Margarita Robles no nace únicamente de Ceuta. Hay algo más antiguo en su perfil: su relación con la política institucional parece menos dependiente del espectáculo diario.

Defensa contribuye. Es un ministerio peculiar. Sus titulares hablan de misiones exteriores, seguridad nacional, militares desplegados, emergencias y compromisos internacionales; materias donde una ocurrencia de veinte segundos puede costar semanas de explicaciones diplomáticas. El margen para jugar al tuit ingenioso se estrecha bastante cuando al otro lado hay gobiernos, ejércitos o aliados.

Robles, además, lleva ocho años al frente del departamento. Esa continuidad es extraordinaria en una democracia acostumbrada a remodelaciones, dimisiones, relevos y carreras ministeriales que a veces duran menos que algunas obras públicas. Su permanencia ha terminado convirtiéndola en una de las figuras con mayor experiencia dentro del Ejecutivo.

El 12 de agosto visitó en Ceuta a militares del Tercio Duque de Alba 2.º de la Legión desplegados en labores de presencia, vigilancia y apoyo, y mantuvo reuniones con Juan Jesús Vivas y con el comandante general de Ceuta. Al día siguiente acudió al Mando de Operaciones en Retamares para seguir las misiones españolas en el exterior. La agenda ayuda a explicar esa imagen: mucha institución, bastante uniforme y menos plató.

Eso tampoco convierte a Defensa en una isla apolítica. No existe tal cosa en un Gobierno. Las decisiones militares tienen consecuencias políticas, presupuestarias y diplomáticas enormes. Pero el ecosistema obliga a medir el vocabulario. Y Robles parece cómoda precisamente en ese registro.

Una palabra sencilla en una política que grita demasiado

Que sobriedad termine convirtiéndose en noticia dice también bastante sobre el clima político español. La palabra apenas significa moderación, contención, evitar adornos innecesarios. Virtudes bastante corrientes fuera de la política y casi exóticas dentro de algunos debates públicos.

España atraviesa desde hace años una discusión pública donde el incentivo suele premiar lo contrario: el mensaje que indigna, la acusación hiperbólica, el vídeo recortado, el rival convertido en caricatura. No es patrimonio de un partido. Hay material abundante a izquierda, derecha y alrededores. La bronca posee una saludable transversalidad democrática.

Por eso el episodio de Ceuta resultó tan llamativo. Robles no llegó allí como una figura neutral. Es ministra de un Gobierno sometido a una fuerte contestación y recibió insultos nada más aparecer. Podía continuar andando, limitarse al programa oficial y marcharse. Se detuvo.

Ese gesto no merece canonización alguna. Merece algo más sencillo: ser observado.

Porque escuchar a una ciudadana que te está reprochando precisamente las decisiones del Gobierno al que perteneces supone aceptar una idea elemental de la democracia: el ciudadano no es decorado. Puede estar equivocado, puede exagerar, puede incluso resultar desagradable. Sigue teniendo derecho a exigir respuestas.

La situación en la ciudad autónoma continúa lejos de poder considerarse una simple anécdota de verano. El 19 de agosto el Gobierno trabajaba todavía en medidas urgentes para aliviar la presión, entre ellas el traslado de unas 500 niñas migrantes a recursos de la Península, mientras continuaban los problemas de alojamiento y atención de quienes permanecían en Ceuta.

Ese es el terreno en el que terminará juzgándose la actuación política. No por quién consiguió la mejor fotografía ni por quién pronunció el adjetivo más contundente, sino por la capacidad de restaurar seguridad, atención a los vulnerables y convivencia, proteger a los menores y gestionar una frontera exterior de la Unión Europea sometida a una presión excepcional.

También habrá que aclarar qué ocurrió durante los cruces masivos, qué mecanismos fallaron, qué papel desempeñó Marruecos y si las administraciones españolas reaccionaron con suficiente rapidez. Son preguntas legítimas. Algunas aún no tienen una respuesta definitiva.

La sobriedad, precisamente, exige no rellenar esos huecos con certezas de fabricación casera.

Cuando bajar el volumen también es ejercer autoridad

Margarita Robles ha encontrado en la crisis de Ceuta una paradoja poco habitual: ha reforzado su perfil público en uno de los momentos más delicados del Gobierno, pero al mismo tiempo deberá afrontar preguntas incómodas sobre la gestión realizada. Una cosa no borra la otra.

Su ventaja política parece sencilla. No necesita parecer enfadada para transmitir firmeza. Cuando otros dirigentes suben el volumen, ella suele reducirlo; cuando una protesta se acerca, al menos en Ceuta, decidió quedarse. Y en una época en la que demasiados políticos hablan como si cada martes estuvieran defendiendo Constantinopla, la normalidad puede resultar inesperadamente poderosa.

Pero la sobriedad solo conserva valor cuando viene acompañada de transparencia y responsabilidad. Robles tiene ahora esa prueba por delante: explicar qué hizo Defensa, qué pudo hacerse mejor y cómo piensa el Estado evitar que una crisis semejante vuelva a golpear a Ceuta.

Después quedará el juicio político. Sin superlativos, a ser posible.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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