Viajes
Malaria en Cabo Verde: ¿qué está pasando y qué riesgo hay?
Cabo Verde ha notificado 56 diagnósticos de malaria (paludismo) desde enero. La cifra, llamativa para un país que en 2024 obtuvo la certificación de la OMS como territorio “libre de malaria”, no supone a día de hoy una pérdida del estatus.

Malaria en Cabo Verde: 56 casos en 2025, foco en Praia. El certificado OMS se mantiene; vigilancia reforzada y riesgo para viajeros aún bajo.
Cabo Verde ha notificado 56 diagnósticos de malaria (paludismo) desde enero. La cifra, llamativa para un país que en 2024 obtuvo la certificación de la OMS como territorio “libre de malaria”, no supone a día de hoy una pérdida del estatus. La mayoría de los positivos se atribuyen a importaciones —viajeros o residentes que regresan desde zonas endémicas— y no a una transmisión local sostenida. El mensaje institucional es claro: el sello se mantiene, la vigilancia se ha reforzado y los protocolos de respuesta funcionan en cuestión de horas, no de días.
La fotografía operativa del archipiélago, con Praia como principal foco de notificaciones, muestra un sistema sanitario que investiga caso por caso, clasifica cada infección (importada o autóctona), rastrea contactos y aplica control vectorial focalizado donde hace falta. El certificado de país libre de malaria no se pierde por un repunte de importados, sino por evidencias de reintroducción con contagios locales sostenidos en el tiempo. Y eso, de momento, no está ocurriendo. Se trabaja con doble lógica: prudencia técnica para blindar el logro y calma para residentes y turistas.
Qué significan 56 casos en un país que presume de eliminación
Las eliminaciones —en jerga sanitaria— no son un punto final, sino un estado que exige mantenimiento. Cuando un país logra cortar la transmisión autóctona durante varios años, obtiene la certificación de la Organización Mundial de la Salud. Desde entonces, la consigna es evitar que el parásito vuelva a circular de manera sostenida. ¿Cómo se logra? Con vigilancia funcional: detectar rápido, clasificar bien, responder en el terreno y compartir datos. Si aparecen casos importados, el sistema debe rodearlos de medidas y cortar cualquier posibilidad de cadena local.
En Cabo Verde, los 56 positivos acumulados en 2025 encajan con un patrón conocido en islas con alta movilidad regional y conexiones frecuentes con África occidental. El dato importante no es el número en bruto, sino su naturaleza epidemiológica. Un importado no indica transmisión local: señala que una persona adquirió la infección fuera, llegó al país con parásitos en sangre y fue diagnosticada allí. La clave está en impedir que un mosquito local —del género Anopheles— pique a esa persona, se infecte y, tras el periodo extrínseco, contagie a otra. Ese es el juego en el que se decide si el sello se tambalea o no.
La clasificación es, por tanto, el primer filtro. Si un caso no puede vincularse a un viaje o a exposición fuera del país y, además, se detectan otros positivos en el entorno sin conexión externa, salta la alerta de transmisión local. La certificación se vería comprometida sólo si se verifican cadenas autóctonas repetidas, no por episodios aislados manejados a tiempo. Y esto es esencial: Cabo Verde no está en ese escenario.
Dónde se concentran los positivos y por qué Praia pesa más
La mayoría de notificaciones se concentran en Praia, capital en la isla de Santiago. Es lógico: mayor densidad de población, más vuelos internacionales, comercio y tránsito. Una ciudad con ese perfil actúa como puerta de entrada de infecciones importadas, particularmente desde países vecinos con transmisión activa. El Ministerio de Salud ha reforzado la capacidad de cribado y diagnóstico en la capital, ha ajustado equipos de campo y ha intensificado la comunicación comunitaria en barrios con mayor rotación de viajeros.
En este tipo de escenarios, el clima y los ciclos lluviosos añaden variabilidad. Las lluvias dejan criaderos temporales que pueden sostener poblaciones de mosquito durante semanas. No significa que la transmisión vaya a restablecerse, pero sí que los tiempos de respuesta —rastreo de contactos, control larvario, pulverización residual donde proceda— se vuelven más exigentes. Por eso se insiste tanto en el diagnóstico temprano, incluso de casos febriles leves.
El vector que existe en el archipiélago y su papel real
Cabo Verde convive con mosquitos del género Anopheles, en particular Anopheles arabiensis, documentado en varias islas (Santiago, Santo Antão, São Vicente, São Nicolau, Maio, Boa Vista). No todas las especies tienen el mismo apetito por el ser humano ni los mismos hábitos de picadura. An. arabiensis suele comportarse de manera menos antropofílica que otros miembros del complejo gambiae, con hábitos variables de picadura y reposo que complican —pero no imposibilitan— los esfuerzos de control.
La resistencia a insecticidas es un factor que las autoridades locales siguen con lupa. Se han descrito mutaciones que, en otras latitudes, reducen la eficacia de ciertos piretroides. ¿Conclusión rápida? Rotación de compuestos, vigilancia entomológica y complementariedad con medidas físicas (gestión de criaderos, mosquiteras tratadas en contextos precisos, barreras domésticas). No se trata de alarmar, sino de reconocer que el control del vector es una carrera de fondo que se gana con datos, no con inercias.
Cómo responde el sistema sanitario caboverdiano
El país opera con una estrategia de prevención de reintroducción desde antes de recibir la certificación. Es un manual de operaciones con varias capas:
Primero, detección clínica. A toda persona que llega con fiebre o síntomas compatibles se le realiza prueba diagnóstica rápida. Si es positiva, se confirma por técnicas de laboratorio y se inicia tratamiento sin demoras. La cronología importa: cada hora de retraso aumenta la ventana en la que un mosquito podría infectarse y ampliar el riesgo.
Segundo, investigación epidemiológica. El caso se clasifica (importado, autóctono, relacionado) y un equipo de campo visita el domicilio y su entorno inmediato. Allí se busca a contactos con síntomas, se realizan test, se evalúan posibles criaderos y se decide si el área requiere intervención focal: control larvario, pulverización residual o acciones puntuales de fumigación espacial si la situación lo justifica.
Tercero, coordinación en puntos de entrada. Puertos y aeropuertos trabajan con protocolos para viajeros procedentes de zonas endémicas. El objetivo no es bloquear el tránsito —Cabo Verde es un archipiélago abierto al turismo y al comercio—, sino detectar pronto y derivar a la red asistencial cualquier sospecha.
Cuarto, información y comunidad. Los equipos de salud explican en barrios y centros de trabajo qué hacer ante fiebre reciente y cómo prevenir picaduras en momentos de mayor densidad de mosquito. Educación puerta a puerta, con líderes locales, suele funcionar mejor que campañas generales lanzadas desde un despacho.
La capacidad de laboratorio es otro pilar. Aunque los test rápidos han mejorado de forma notable, algunos escenarios requieren PCR para confirmar especie, resolver discordancias o seguir cadenas con más precisión. Esa musculatura analítica no puede improvisarse; se entrena y se mantiene en tiempo de calma.
Vigilancia activa: de la clínica al barrio
La vigilancia que sostiene una eliminación es activa. Implica salir a buscar posibles eslabones débiles. En Praia, la entomología respalda las decisiones clínicas. Trampas, muestreos periurbanos y mapeos de criaderos permiten priorizar zonas donde una intervención corta más riesgo en menos tiempo. No se fumiga a ciegas, se actúa con criterio y se evalúa impacto. Si un operativo no muestra resultados, se reorienta. Si una técnica pierde eficacia, se cambia.
En paralelo, hay indicadores que marcan el ritmo: tiempo desde el inicio de síntomas hasta el diagnóstico, tiempo hasta el tratamiento, porcentaje de casos investigados en menos de 48 horas, proporción de contactos rastreados, densidad vectorial en zonas de interés. Es la manera de evitar autocomplacencias y detectar cuellos de botella antes de que importen.
Viajes, turismo y prevención razonable
Para una estancia vacacional típica en el archipiélago, el riesgo actual de malaria es bajo. Las recomendaciones se centran en evitar picaduras en las horas de mayor actividad del mosquito: repelente con base en DEET, icaridina o IR3535 según sensibilidades, manga larga al atardecer, uso de barreras físicas (mosquiteras, enchufes con insecticida en aerosol que el alojamiento pueda facilitar). Son medidas de sentido común que protegen también frente a otros mosquitos.
La quimioprofilaxis antipalúdica no se recomienda de forma general para Cabo Verde. Cada itinerario cuenta. Quien combine el archipiélago con estancias en países vecinos con transmisión activa debe consultar en su centro de vacunación internacional qué pauta corresponde a ese tramo de viaje. Si en los meses posteriores a un periplo por zonas endémicas aparece fiebre, la regla clínica sigue vigente: acudir a consulta y mencionar el historial de viajes.
El sector turístico local, por su parte, necesita mensajes claros. Cabo Verde conserva la certificación OMS y ha reforzado su vigilancia por el aumento de importaciones. Traducido: los itinerarios no cambian y la experiencia de viaje se mantiene; conviene añadir a la maleta un buen repelente y preguntar al alojamiento por soluciones antimosquitos si se viaja en temporada de lluvias.
El contexto regional y el reto de la reintroducción
África sigue soportando la carga mundial de la malaria. Con esa realidad de fondo, un país insular, pequeño y con diáspora activa como Cabo Verde no puede bajar la guardia. El archipiélago mantiene vínculos intensos con Guinea-Bisáu, Senegal, Angola o Nigeria, entre otros. Esa movilidad —mercados, familia, estudios— explica que, año tras año, lleguen decenas de casos importados. No es una anomalía del 2025; es el patrón previsible de un país con muchas puertas abiertas y una economía conectada.
Clima y urbanización añaden capas de complejidad. Las ciudades crecen, cambian los usos del agua, aparecen charcas temporales, se modifican los hábitos del mosquito. Al mismo tiempo, las campañas de control vectorial y las mejoras en vivienda reducen riesgos. No hay una trayectoria lineal: algunas temporadas exigen más trabajo que otras. Lo importante es que el sistema responda con datos y capacidad.
En los últimos años, Cabo Verde acumuló experiencia en cortar amenazas a tiempo. Tras el último episodio autóctono detectado en 2018, encadenó años sin transmisión local, fortaleció su red de diagnóstico y afiló sus protocolos de campo. La certificación de 2024 no llegó por casualidad, sino por músculo equivalente al de países que llevan décadas invertidos en eliminación.
Lo que exigen los estándares para seguir sin malaria
Mantener el estatus de eliminación equivale a superar, curso a curso, una reválida técnica. La OMS pide que la vigilancia capte cualquier señal de reintroducción, que los laboratorios afinen el diagnóstico, que la respuesta en terreno apague focos y que la gestión de fronteras —sin poner barreras al turismo— minimice el riesgo de que un importado dispare una cadena local.
Para sostenerlo, el país debe cuidar cuatro engranajes:
Capacidad clínica. Ante una fiebre dudosa, el sanitario tiene que pensar en malaria, incluso cuando el estatus de eliminación podría invitar a olvidarla. Tener la sospecha clínica lista salva tiempo y ese tiempo frena contagios.
Capacidad de laboratorio. Una red que confirma rápido, resuelve discordancias y hace seguimiento molecular cuando toca. No hace falta hacerlo todo cada día, pero sí poder hacerlo cuando el cuadro lo pide.
Capacidad de campo. Equipos con formación y logística para llegar a barrios, identificar criaderos, actuar y evaluar impacto. Con datos. Sin automatismos.
Gobernanza y comunicación. Decisiones coordinadas, canales claros y mensajes entendibles para ciudadanos y operadores. Transparencia en cifras y criterio para interpretar repuntes como el actual sin alimentar ruido.
Cuando estos engranajes funcionan, un repunte de importaciones se gestiona como lo que es: una presión adicional asumible por un sistema que hace los deberes.
Sello a salvo, guardia en alto
La novedad informativa —56 casos desde enero, foco en Praia, vigilancia apretada— no altera el marco de fondo: Cabo Verde mantiene su estatus de país libre de malaria y trabaja con rigor para que siga así. La cifra no es una señal de colapso, sino el recordatorio de que la eliminación obliga a correr un poco más rápido que el mosquito y a no dormirse cuando las lluvias y la movilidad aprietan.
A efectos prácticos, los viajes al archipiélago no cambian: riesgo bajo, sin profilaxis antipalúdica como norma general y medidas sencillas para evitar picaduras. Para el sistema sanitario, el guion es conocido: diagnóstico temprano, investigación exhaustiva y respuesta focal. Para la administración, lo de siempre: datos abiertos, decisiones técnicas y fidelidad a los estándares internacionales que dieron el sello en 2024.
El país ha demostrado que detecta, actúa y aprende. Eso sostiene, hoy por hoy, el certificado. Calma para el presente, vigilancia sin descanso para el futuro inmediato. Porque la eliminación no es una foto en la pared: es una tarea viva que, con oficio y constancia, puede mantenerse año tras año.

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