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¿Cómo puede Maduro aprovechar la amenaza de EE. UU.?

La escena, a final de verano, vuelve a sonar conocida y sin embargo cambia el aire: movimientos militares norteamericanos en el Caribe, mensajes duros desde Miraflores, un ruido de fondo que empuja a Venezuela a leerlo todo en clave de asedio.

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chico culturista pintado con colores venezuela

Maduro convierte la tensión con EE. UU. en gasolina política: cierre de filas, control interno y regateo petrolero para ganar tiempo y poder.

La escena, a final de verano, vuelve a sonar conocida y sin embargo cambia el aire: movimientos militares norteamericanos en el Caribe, mensajes duros desde Miraflores, un ruido de fondo que empuja a Venezuela a leerlo todo en clave de asedio. No es exactamente una novedad —los venezolanos han vivido ciclos de tensión similares—, pero la combinación de retórica bélica, economía frágil y urgencia política deja una puerta abierta que el chavismo conoce bien. Cuando el horizonte se llena de barcos, radares y discursos, la política se acelera. Y en ese terreno, Nicolás Maduro se mueve con la comodidad del que aprendió a sobrevivir a golpes: cada amenaza se convierte en argumento, combustible y coartada.

Un detalle práctico: la amenaza, sea real o sobredimensionada, reordena prioridades. El debate sobre salarios, servicios o precios se corre a un lado y aparece otra narrativa, más simple y eficaz: “defender la soberanía”. No hace falta que todos crean; basta con que una masa crítica lo sienta plausible. Ese “sentir” se construye con gestos —uniformes, banderas, llamados a la milicia— y con palabras repetidas en cadena nacional. La sensación de momento histórico genera un clima que disciplina. A la gente le llega por televisión, por WhatsApp, por un comentario en la cola del pan: “esto se puso serio”. Y si se pone serio, se cierran filas.

Venezuela llega a este episodio con una economía de respiración corta, dependiente del petróleo y del vaivén de sanciones y licencias; con una oposición que no termina de traducir su fuerza social en poder efectivo; con instituciones que responden, sobre todo, al Ejecutivo; con diáspora y cansancio. Este es el marco. En un marco así, la amenaza externa es algo más que un titular: es una herramienta de gobernabilidad. Permite reunificar al oficialismo, descolocar a los adversarios, administrar el miedo y, de paso, renegociar afuera. Suena frío, sí; la política a veces lo es.

Qué significa “la amenaza” cuando la política manda

Conviene separar ruido de señales. Lo que hay, en términos prácticos, son movimientos militares norteamericanos con narrativa antidrogas, comunicaciones oficiales cuidadas y mucha especulación. Del lado venezolano, movilización simbólica, ejercicios y esa gramática épica que el chavismo domina: patria, historia, continuidad de la lucha. Con esa mezcla, el Gobierno instala un marco: si hay barcos y declaraciones, entonces hay riesgo; si hay riesgo, el liderazgo se vuelve indispensable. Y la palabra “indispensable” —la idea de que “sin nosotros esto se cae”— es oro en política. A partir de ahí, el relato se ajusta para que cada actor cumpla un rol: los medios alineados amplifican, los cuadros intermedios organizan actos, la base militante produce contenido, los ministros anuncian protocolos. El objetivo no es “ganar una guerra”, es ganar el clima.

Palancas internas para convertir tensión en poder

El primer resorte es el llamado rally-around-the-flag —esa tendencia a cerrar filas alrededor del líder cuando la bandera parece en peligro—. En sociedades golpeadas, ese impulso se multiplica. Si el Gobierno consigue que la gente note más la amenaza que la escasez, habrá dado un paso enorme. De repente, el apagón no es solo un apagón; es “sabotaje”. El precio que sube no es apenas inflación; es “guerra económica”. La palabra “guerra” reorganiza la paciencia social. Y no es un matiz: los ciudadanos toleran cosas muy distintas si creen que están en modo resistencia. El chavismo trabaja esa creencia con destreza, alternando alarmas y calma: hoy advertimos sobre el riesgo, mañana decimos que “estamos preparados”. Miedo y orgullo, en dosis.

La segunda palanca es el estado de excepción blando. No hablamos, necesariamente, de decretar formalmente un estado de excepción, sino de actuar como si. Medidas “preventivas”, controles reforzados, más vigilancia sobre ONG y medios, justificaciones en clave de seguridad nacional. Nada de tanques en la calle, eso espanta; sí pequeñas restricciones que van juntando sus efectos: autorizaciones que se demoran, permisos que se condicionan, citas judiciales que aparecen en momentos oportunos. El dispositivo no necesita espectacularidad; necesita persistencia. Y en los picos de tensión externa, esa persistencia se vuelve más digerible para un sector de la población que, sin ser chavista, acepta la lógica de “no conviene aflojar ahora”.

La tercera, la más silenciosa, es desordenar a la oposición. La amenaza externa divide: hay dirigentes que la leen como presión útil para forzar concesiones, otros la ven como trampa que fortalece al Gobierno. Unos piden prudencia, otros empujan a la denuncia total. En esa disonancia, el oficialismo acomoda las piezas: etiqueta a un sector como “entregado al enemigo”, provoca a otro para que sobrerreaccione, y mientras tanto ocupa la agenda. Si los adversarios discuten entre sí el tono ante Washington, Miraflores gana tiempo.

La justicia como metrónomo

La justicia venezolana, alineada, se convierte en metrónomo de la coyuntura. En fases de alta tensión, aparecen imputaciones por conspiración o asociación; se reabren expedientes; alguna orden de captura flota sobre la conversación. No necesariamente para llegar a sentencia; su función principal es disciplinar y enfriar. Cada audiencia, cada citación, cada traslado tiene un efecto profesionalmente calculado: introduce costo para el disidente y transmite un mensaje al resto. La amenaza externa sirve, aquí también, de justificación.

El tablero externo: petróleo, sanciones y el arte del regateo

Venezuela hace política exterior con lo que tiene: petróleo, tiempo y relato. Cuando sube la tensión con Estados Unidos, las licencias petroleras entran y salen del cuadro, las sanciones amenazan con ampliarse o relajarse según el día, y la diplomacia chavista se experimenta a sí misma como mercado persa: intermediarios, descuentos, trueques, rutas opacas. Puede sonar cínico, pero así funciona: si el canal formal se estrecha, crecen los informales, y el precio que se paga es mayor riesgo legal a cambio de liquidez. En la propaganda, eso se traduce como “bloqueo” vencido por la “resistencia”. En la práctica, es finanzas de supervivencia.

La narrativa antidrogas de Washington —que presenta los despliegues como parte de una operación contra el crimen transnacional— choca con el contrarrelato bolivariano, que insiste en que la presencia militar es provocación y que las rutas centrales del tráfico van por otros corredores. El choque no busca convencer al otro; busca consolidar bases propias y sumar simpatías tácticas en la región. Y a menudo lo logra: países vecinos prefieren bajar el tono, otros emiten comunicados en clave de “diálogo y respeto”, algún aliado lejano ofrece cooperación técnica o financiera. Esa foto internacional —no unánime, pero suficiente— le permite a Maduro decir en casa que no está aislado.

Aliados: menos épica, más oxígeno

Ni China ni Rusia ni Irán necesitan mandar portaaviones; basta con oxígeno: financiación selectiva, compromisos energéticos, transferencia de tecnología aquí y allá, visitas oficiales con fotógrafos atentos. El efecto no es solo económico; es visual y psicológico. Si el Gobierno exhibe que tiene con quién hablar, el mensaje interno se fortalece: “no estamos solos”. Y mientras Estados Unidos eleva el listón punitivo —o insinúa que podría hacerlo—, Caracas negocia salvavidas: compras con descuento, prepagos de crudo, proyectos mixtos que se anuncian a bombo y platillo aunque luego caminen lento. El objetivo es uno: aguantar.

El manual de uso inmediato: cómo capitalizar la tensión sin quemarse

Lo primero es coordinar el mensaje. No es lo mismo “nos quieren invadir” que “estamos listos para defender”. El primer tono invoca miedo; el segundo activa orgullo. El chavismo sabe alternarlos: un día alarma, al siguiente calma tensa. En medio, imágenes de milicias y drones en ejercicios, videos de archivo con épica bolivariana, ministros que explican protocolos de abastecimiento. Se trata de sembrar sensación de control. Si el público percibe orden y método —aunque sea un método político, no técnico—, se reduce la ansiedad y sube la predisposición a obedecer.

Lo segundo, reconfigurar la economía de emergencia. En estos tramos, el Gobierno suele aplicar controles “temporales” sobre precios y ciertas importaciones “sensibles”; prioriza divisas para alimentos, combustibles y medicamentos; pacta discretamente con operadores que se atreven a cargar riesgo legal a cambio de descuentos altos. La palabra “temporal” es importante: evita pánico en mercados y compra margen. Con el relato del asedio de fondo, un racionamiento controlado o un cronograma de distribución pasan a leerse como gestos de protección y no como debilidad.

Tercero, negociar por detrás mientras el frente está caliente. La ambigüedad de Washington —si no hay una amenaza formal, de manual— deja espacios intermedios: intermediarios europeos, contactos con petroleras de Asia, acuerdos humanitarios a cambio de pequeños gestos (liberaciones puntuales, habilitaciones condicionadas, permisos humanitarios, mesas de diálogo que reaparecen). Con ruido militar moderado, cada gesto vale más. Y si la tensión baja, el Gobierno reclama el mérito: “se evitó lo peor”. No es nuevo; sí es eficaz.

Por último, administrar la disidencia sin provocar un incendio. El chavismo aprendió que la represión masiva genera fotos que duelen fuera y alianzas internas que a veces no controla. Prefiere el goteo: causas que se activan y se enfrían, permisos que aparecen y desaparecen, líderes que negocian su margen. Con la amenaza de fondo, el argumento se vuelve directo: “no es momento de desestabilizar”. Funciona lo justo para mantener el tablero congelado.

Los riesgos de jugar con fuego

Hay un límite evidente: la nevera vacía no se llena con épica. Si la economía se sostiene solo con intermediarios y descuentos, el país pierde precio y pierde inversión. Y esa pérdida no tarda en bajar a la calle: menos divisas, menos importaciones, más presión social. El Gobierno puede aguantar, sí; pero al costo de una fatiga ciudadana que no siempre reconoce fronteras políticas. La épica sirve para sobrevivir; no alcanza para gobernar bien.

Otro riesgo es la mala calibración. La ambigüedad militar puede ser útil para negociar y mostrar firmeza sin cruzar líneas, hasta que un incidente menor en el mar, un choque innecesario o una sobrerreacción desaten una cadena no prevista. En ese punto, el margen de maniobra se estrecha y los costos suben para todos. La historia regional guarda ejemplos de malentendidos que se volvieron crisis. El chavismo lo sabe; Estados Unidos también. Jugar con fuego exige pulso.

Un tercero, menos visible, es el desgaste del miedo. La población venezolana acumula años de alertas, picos y valles. El recurso del “nos atacan” funciona —especialmente en franjas unidas por la disciplina partidaria—, pero no eternamente. Si en un mes, dos, tres, la vida no mejora en lo esencial —salud, transporte, salarios, luz—, la narrativa se gasta. Y cuando se gasta, no hay video épico que la levante. El Gobierno lo sabe; por eso combina tensión con pequeñas mejoras visibles: entrega de alimentos, reparaciones rápidas, aumentos parciales. Parches, sí. Pero parches que compran días.

Qué señales vale la pena observar

Las próximas semanas ofrecen indicadores muy concretos para entender si el plan funciona. Si vemos uniformidad de encuadre en los mensajes oficiales —sin contradicciones públicas—, milicias activas pero sin salto a escenarios que puedan salir mal, controles económicos temporales presentados como escudo, y operaciones policiales de baja intensidad, es que el Gobierno está dosificando la tensión. Si, al mismo tiempo, aparecen fotos con aliados, llamadas con mediadores, anuncios de cooperación energética y gestos humanitarios puntuales, la diplomacia de supervivencia va en su carril.

También habrá que atender a las cosas que no pasan. Si no hay cierre de canales humanitarios, si no se disparan sanciones secundarias capaces de espantar por completo a compradores de crudo, si no estalla una escalada en el vecindario, entonces el episodio confirmará su naturaleza de herramienta política más que de antesala de una guerra. Eso no lo hace inocuo; lo convierte en método.

El miedo que compra tiempo

Maduro ha hecho de la administración de la incertidumbre un modo de gobernar. No inventó la receta —en América Latina y más allá abundan los ejemplos—, pero la practica con una mezcla de instinto y oficio. La amenaza de EE. UU., tal como está planteada, le sirve: le permite solidificar a los suyos, ordenar la conversación interna y mejorar la posición negociadora en el exterior. Hay un “pero” que no se borra con consigna: ninguna amenaza externa resuelve el desgaste cotidiano. La luz que se va, el sueldo que no alcanza, la farmacia sin stock; esos dramas no obedecen a banderas ni a buques. Por eso el Gobierno, si quiere que la jugada no se le vuelva en contra, deberá traducir el clima en pequeñas certezas: que el autobús llegue, que el hospital funcione, que la comida aparezca. No es gloria, es gestión mínima.

Queda lo esencial: Venezuela todavía discute su legitimidad política, su modelo económico y su lugar en el mundo. La amenaza externa ordena algunas piezas, disimula grietas, reaviva símbolos. No crea futuro. A lo sumo, alarga el presente. Y ese presente, con sus miedos, su orgullo y su resignación, es el terreno donde Maduro mejor se mueve. La pregunta de fondo —la que duele— no es si sabrá aprovechar la amenaza. Es si, una vez que la marejada baje, quedará algo más que resistencia. Porque la resistencia sirve para seguir, pero no alcanza para vivir. Y al final del día —cuando

Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: RTVE, RTVE Play, EL PAÍS, ABC.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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