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Naturaleza

La reforma europea que podría dejar pesticidas sin fecha de revisión

Bruselas defiende agilizar los trámites; sus críticos temen que las sustancias peligrosas tarden más en ser revisadas.

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la UE quiere aprobar pesticidas sin límite

La Comisión Europea propone que la mayoría de las sustancias activas de los pesticidas dejen de tener una fecha obligatoria de renovación. No significa que pasarían a estar autorizadas sin evaluación ni que la UE renunciaría a retirarlas: el cambio sustituiría las revisiones periódicas para todo el catálogo por un sistema de reevaluaciones selectivas, activadas cuando Bruselas considere que hay motivos para hacerlo. La diferencia decisiva está en quién pone en marcha la revisión y cuándo.

La iniciativa forma parte del llamado ómnibus de alimentos y piensos y se presenta como una simplificación administrativa. La Comisión sostiene que así podrá concentrar recursos en las sustancias más preocupantes y acelerar alternativas de biocontrol. Las organizaciones ecologistas replican que, sin una fecha de revisión obligatoria, muchos productos podrían permanecer autorizados durante más tiempo antes de que se examinen nuevos indicios sobre sus efectos. El debate no es entre control y ausencia total de control, sino sobre la frecuencia y las garantías de ese control.

Qué cambiaría en el sistema europeo

La norma que regula la aprobación de las sustancias activas es el Reglamento 1107/2009. Una sustancia activa es el componente que produce el efecto contra una plaga; el producto que se vende en el campo suele contener además otros ingredientes, como disolventes o coformulantes. En el sistema actual, la autorización europea tiene un periodo limitado y debe renovarse tras una nueva evaluación. El plazo habitual de aprobación ha sido de 10 años y, en una renovación, puede extenderse hasta 15. La revisión periódica obliga a volver sobre el expediente con estudios y criterios científicos actualizados.

La propuesta desplazaría ese calendario fijo para la mayoría de las sustancias. En su lugar, la Comisión podría decidir reevaluar compuestos concretos mediante programas de trabajo y prioridades, por ejemplo, si aparecen nuevos datos, cambia la metodología científica o se detecta una señal de riesgo. Por eso, aprobación indefinida no equivale necesariamente a autorización intocable: las instituciones conservarían la posibilidad de pedir información adicional, revisar el permiso o retirarlo. Lo que desaparecería para la mayoría sería el momento predeterminado en que la revisión debe producirse. Una autorización sin fecha de caducidad puede seguir siendo revisable, pero ya no obliga por sí sola a abrir el expediente cada cierto tiempo.

La propuesta mantiene un trato distinto para las sustancias consideradas candidatas a la sustitución, es decir, aquellas que presentan propiedades preocupantes y para las que se busca una alternativa menos peligrosa. También conserva límites temporales en ciertos casos excepcionales previstos por la normativa, cuando se permite usar una sustancia ante un peligro grave para los cultivos y sin alternativas viables. Según los datos difundidos por las organizaciones críticas, las candidatas a la sustitución representan en torno al 10% de las sustancias activas; de ahí su advertencia de que cerca del 90% podría dejar de pasar por renovaciones periódicas. Ese porcentaje describe la lectura de los detractores de la reforma, no una eliminación de toda evaluación científica.

La razón oficial: reducir retrasos y concentrar recursos

La Comisión defiende la reforma con un argumento práctico: los procedimientos de renovación consumen tiempo y capacidad técnica, y las agencias encargadas de evaluar los expedientes arrastran retrasos. Si se obliga a revisar todo el catálogo con un calendario común, sostienen sus promotores, los recursos pueden quedar ocupados en renovaciones que no aportan nuevos motivos de preocupación, mientras otros expedientes prioritarios esperan. El nuevo modelo permitiría dedicar más atención a las señales de riesgo y a las sustancias que despierten dudas. La simplificación se plantea, por tanto, como una forma de ordenar el trabajo regulatorio.

Bruselas también vincula el cambio con la aceleración de alternativas, en particular productos de biocontrol, como microorganismos y feromonas. La idea es que opciones de menor riesgo puedan evaluarse y llegar al campo con menos obstáculos administrativos, sin perder de vista que también deben demostrar su seguridad y eficacia. Para agricultores que dependen de tratamientos frente a plagas, disponer de herramientas distintas puede ser relevante; el cambio no consiste únicamente en decidir qué compuestos salen del mercado, sino también en facilitar la llegada de sustitutos. La transición agraria depende tanto de retirar sustancias problemáticas como de ofrecer soluciones que funcionen en condiciones reales.

La Comisión plantea asimismo reforzar algunas medidas relacionadas con los residuos de pesticidas en alimentos importados, con el objetivo de evitar que se comercialicen productos que incumplan los límites establecidos en la UE. Ese propósito convive con una menor frecuencia de renovaciones para muchas sustancias autorizadas dentro del mercado europeo. No son necesariamente medidas incompatibles, pero sí exigen controles que funcionen en paralelo: en las autorizaciones, en las fronteras y en los alimentos que llegan a tiendas y mercados. La eficacia del paquete dependería de que la simplificación no deje debilitada la vigilancia posterior.

Por qué las renovaciones periódicas importan

Una autorización no es una declaración eterna de inocuidad. Se apoya en los datos disponibles en un momento determinado y en los métodos de evaluación aceptados entonces. Con el tiempo pueden surgir estudios nuevos, mejorar las herramientas para detectar efectos hormonales o ampliarse el conocimiento sobre daños a especies que no son el objetivo del pesticida. La renovación obliga a reexaminar el conjunto del expediente y puede sacar a la luz riesgos que no eran evidentes cuando se concedió el permiso inicial. La ciencia regulatoria cambia, y una revisión sirve para que la norma no dependa solo de la evidencia antigua.

Desde la entrada en vigor del reglamento en 2011, el proceso de revisión permitió retirar del mercado 162 sustancias, según la información citada en el debate público. Entre las categorías señaladas figuran 10 sustancias cancerígenas, mutágenas o tóxicas para la reproducción; siete disruptores endocrinos; 17 tóxicas para organismos como los polinizadores o perjudiciales para trabajadores, consumidores y residentes rurales, y nueve vinculadas a contaminación de aguas subterráneas. Estas cifras describen grupos de sustancias mencionados en la información de referencia y no deben sumarse como si fueran categorías necesariamente excluyentes. El dato central es que la reevaluación ha coincidido con la retirada de numerosos compuestos considerados dañinos.

Las organizaciones ecologistas sostienen que algunas de esas decisiones no se habrían producido con la misma rapidez sin una obligación de volver a examinar las sustancias. La Comisión, en cambio, argumenta que conservaría la capacidad de intervenir cuando aparezcan indicios nuevos y que el esfuerzo podría centrarse en las amenazas mayores. La incertidumbre está en cómo se decidirían las prioridades, qué nivel de evidencia bastaría para activar una revisión y cuánto tardaría el procedimiento. Sin criterios públicos y plazos claros, el sistema dependería más de decisiones selectivas que de un reloj regulatorio común.

El punto débil: quién detecta las señales y activa la revisión

Con una renovación obligatoria, la revisión tiene un disparador conocido: llega el plazo y se vuelve a estudiar la sustancia. En un modelo selectivo, la iniciativa depende de que una autoridad identifique una señal, la considere suficientemente importante y consiga poner en marcha una nueva evaluación. Esa señal puede proceder de estudios científicos, datos de vigilancia, incidentes en el campo o avances en la manera de medir la toxicidad. El problema es que las pruebas sobre efectos crónicos suelen acumularse de forma gradual y dispersa, en vez de aparecer como una alerta única y concluyente. Un riesgo puede tardar en convertirse en una señal regulatoria clara.

La carga de aportar estudios y documentación también importa. Durante una renovación, las empresas deben presentar un expediente actualizado y las autoridades lo revisan dentro de un proceso definido. Si desaparece ese trámite periódico para la mayoría de las sustancias, cobra más importancia quién recopila los datos nuevos y con qué recursos. La literatura científica independiente puede ser valiosa, pero no siempre llega organizada en un formato directamente comparable con los estudios exigidos en una evaluación reglamentaria. La vigilancia selectiva solo será tan sólida como los mecanismos que recojan y traduzcan la evidencia en decisiones.

Además, los Estados miembros no disponen necesariamente de la misma capacidad técnica para analizar estudios toxicológicos, efectos sobre ecosistemas o exposición de trabajadores. En un sistema más dependiente de la selección de prioridades, las diferencias entre administraciones pueden influir en la rapidez con la que se detectan y estudian problemas. La coordinación europea puede reducir esas disparidades, aunque no las elimina por sí sola. La transparencia sobre las sustancias que se van a revisar, los criterios utilizados y los calendarios previstos sería clave para que la discrecionalidad no se convierta en opacidad. El desafío consiste en concentrar recursos sin hacer depender la protección de la capacidad desigual de cada país.

Qué puede ocurrir con los productos y los plazos de retirada

La reforma también afecta a los productos comerciales autorizados en cada país, que contienen la sustancia activa junto con otros componentes. La propuesta contempla autorizaciones nacionales de hasta 15 años, una duración alineada con un sistema en el que ya no habría renovaciones europeas periódicas para todas las sustancias. Aunque la seguridad del ingrediente activo ocupa el centro del debate, la composición completa del producto también puede influir en la exposición y en sus efectos. Por eso, una autorización extensa no elimina la importancia de evaluar los preparados que se aplican realmente en los cultivos. El pesticida que se usa no siempre es solo su ingrediente activo.

Otro cambio discutido es la ampliación del periodo de gracia cuando se prohíbe una sustancia o un producto. Ese plazo permite vender, almacenar o utilizar existencias durante un tiempo limitado mientras se organiza la retirada. La propuesta podría alargarlo hasta tres años si se justifica que no hay sustitutos razonables; el periodo se ha descrito como una duplicación respecto al límite previsto en determinadas situaciones. La Comisión conserva la posibilidad de actuar ante un riesgo inmediato y grave, pero las organizaciones críticas advierten que una retirada más lenta puede prolongar la exposición. La transición de inventarios tiene consecuencias ambientales y sanitarias, no solo logísticas.

El efecto concreto dependería de cómo se aplicaran las excepciones y de qué condiciones acompañaran cada prohibición. Un plazo amplio puede ayudar a evitar problemas de suministro en el campo, pero también significa que un producto vetado no desaparece automáticamente de la cadena comercial. En sustancias persistentes o móviles, los residuos pueden permanecer en el entorno después de que termine su uso; por eso, el tiempo de retirada y la vigilancia de aguas y suelos forman parte del mismo problema regulatorio. La rapidez con que se ejecuta una prohibición determina cuánto se prolonga el periodo de transición.

Qué preocupa sobre la salud, los alimentos y la naturaleza

Los críticos temen que una revisión menos frecuente retrase la detección de efectos que tardan en manifestarse. Entre las preocupaciones que mencionan están posibles alteraciones del desarrollo infantil, problemas de fertilidad y daños a organismos que cumplen funciones esenciales en los ecosistemas. Esto no significa que toda sustancia autorizada produzca esos efectos ni que todos los residuos detectados impliquen automáticamente un daño concreto. La evaluación depende del compuesto, la cantidad, la vía y el tiempo de exposición. El riesgo se determina caso por caso, pero requiere datos actuales para poder estimarse.

La exposición tampoco se limita a quien consume alimentos. Quienes aplican productos fitosanitarios y quienes trabajan cerca de los cultivos pueden tener escenarios distintos a los de la población general. También preocupan las consecuencias para abejas y otros polinizadores, organismos del suelo y especies acuáticas, además de la contaminación de aguas subterráneas por sustancias o productos de degradación que se desplazan por el terreno. El control de residuos alimentarios es una parte visible del sistema, pero no sustituye a la vigilancia ambiental y laboral. La evaluación tiene que mirar más allá del plato y abarcar el entorno donde se aplica el producto.

La mezcla de sustancias añade otra dificultad. Un alimento puede contener residuos de más de un pesticida, mientras que las evaluaciones individuales suelen analizar cada compuesto por separado. El efecto combinado no es siempre una simple suma y depende de las sustancias presentes y de sus mecanismos de acción. El debate sobre cómo medir esos llamados efectos acumulativos sigue siendo importante, porque una autorización basada en un ingrediente aislado no responde por sí sola a todas las preguntas sobre exposiciones simultáneas. La evaluación de mezclas es uno de los retos científicos que hacen necesaria una vigilancia continuada.

El equilibrio entre agricultura, control y alternativas

El argumento de la simplificación parte de una limitación real: las autoridades tienen recursos finitos y los expedientes pueden acumular retrasos. Pero dejar de revisar de forma periódica no garantiza, por sí mismo, que esos recursos se destinen a detectar riesgos. Para que el cambio cumpla su objetivo, serían necesarios criterios transparentes para elegir sustancias, plazos para completar las reevaluaciones y mecanismos que incorporen con rapidez nueva evidencia científica. También importa que las agencias dispongan de especialistas y financiación suficientes. Reducir trámites solo mejora el sistema si libera capacidad para proteger mejor.

La agricultura, a su vez, necesita herramientas eficaces para hacer frente a plagas y enfermedades. El manejo integrado, el control biológico y otras prácticas agroecológicas pueden reducir la dependencia de los pesticidas, pero su aplicación exige conocimiento, adaptación a cada cultivo y alternativas disponibles en el momento adecuado. La sustitución no siempre es inmediata ni idéntica para todos los sistemas productivos. Apoyar esa transición permite que las restricciones se traduzcan en cambios viables en el campo y no únicamente en una carga adicional para quienes producen alimentos. La reducción de sustancias peligrosas requiere alternativas probadas y un acompañamiento técnico sostenido.

El impulso al biocontrol abre una oportunidad, aunque la etiqueta de origen natural no basta para demostrar que un producto es inocuo. Los microorganismos, extractos y formulaciones deben evaluarse según sus propiedades y su uso concreto; también cuentan los ingredientes que acompañan al componente activo. Acelerar su autorización puede ampliar las opciones para los agricultores, siempre que el proceso mantenga exigencias claras de seguridad. Una alternativa menos problemática debe demostrarlo con evidencia, no solo con su procedencia.

Una reforma cuyo resultado dependerá de las garantías

El debate sobre esta propuesta no se resuelve afirmando que la UE quiere eliminar todos los controles ni aceptando sin reservas que una autorización indefinida sea equivalente a una aprobación permanente e imposible de revocar. El cambio sería institucional: menos renovaciones programadas para la mayoría y más decisiones de revisión basadas en prioridades. La Comisión lo presenta como una manera de ganar agilidad; sus críticos ven el riesgo de que las sustancias permanezcan más tiempo en el mercado antes de que alguien active un nuevo examen. La cuestión decisiva es si el sistema selectivo detectará los problemas con la misma eficacia y a tiempo.

Para valorar el resultado habrá que observar cómo se publican las prioridades, qué criterios disparan una reevaluación y cuánto dura cada proceso. También será relevante comprobar si se acortan los plazos para autorizar alternativas, si las prohibiciones se aplican con rapidez y si mejoran los controles sobre alimentos, trabajadores, polinizadores y aguas. Una reforma administrativa puede parecer abstracta, pero sus efectos se miden en decisiones concretas: qué se mantiene, qué se retira y cuánto tarda en cambiar una autorización cuando la evidencia cambia. La confianza pública dependerá de que las reglas sean verificables y las respuestas, oportunas.

La aprobación sin vencimiento automático puede ahorrar revisiones rutinarias, pero traslada más responsabilidad a quienes vigilan el mercado y deciden qué investigar. Si esa capacidad se refuerza y las reevaluaciones se activan con criterios públicos, el modelo podría concentrar el esfuerzo donde más falta hace. Si no, la ausencia de una fecha obligatoria corre el riesgo de convertir la inercia en una forma de permanencia. La protección de la salud y del medio ambiente dependerá menos del calendario y más de la calidad de la vigilancia que lo sustituya.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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