Naturaleza
¿Qué es el tollo cigarro, el tiburón de los 465 dientes?

Mito y realidad del tollo cigarro en el Triángulo: tamaño real, dentadura, marcas circulares y de verdaderos casos con sonares de submarinos.
La afirmación que circula —un tiburón con 465 dientes capaz de devorar ballenas, barcos, submarinos e incluso atunes en pleno Triángulo de las Bermudas— no se sostiene. El protagonista existe y tiene nombre y apellidos: Isistius brasiliensis, más conocido como tollo cigarro o cookiecutter shark. Es un escualo pequeño, de 42 a 56 centímetros de longitud, que no engulle naves ni cetáceos; lo que hace es arrancar discos de carne del tamaño de una moneda grande en animales mucho mayores y, a veces, morder materiales blandos de equipos marinos. La cifra de “465 dientes” no describe una dentadura simultánea, sino el total acumulado de piezas que reemplaza durante su vida.
El tiburón vive en aguas tropicales de todo el mundo, también en la región que popularmente se identifica como Triángulo de las Bermudas —entre Florida, Puerto Rico y las islas Bermudas—. Su comportamiento es nocturno, con ascensos a capas superficiales después del atardecer. Puede dejar cicatrices redondas en peces grandes, delfines y, en raras ocasiones, dañar cubiertas de goma o carenados de sonar. No hay evidencia de que “devore” barcos o hunda submarinos. Los incidentes documentados hablan de averías puntuales por mordidas en materiales blandos, nada más.
El animal real: tamaño, hábitos y dónde vive
El tollo cigarro pertenece a la familia Dalatiidae. Su cuerpo es cilíndrico, compacto, con cabeza roma, dos pequeñas aletas dorsales sin espina y una aleta caudal proporcionalmente grande que le da empuje en la maniobra de ataque y huida. El color es pardo oscuro, con un rasgo clave: bioluminiscencia ventral gracias a miles de fotóforos. Esa luz, que el animal regula, enmascara su silueta cuando lo observan desde abajo; un “antifaz” luminoso que lo vuelve casi invisible a contraluz. En el pecho luce un collar más oscuro, un falso contorno que imita a un pez pequeño: un señuelo que invita a acercarse a curiosos y presas.
Su distribución es amplia en el Atlántico, Pacífico e Índico, preferentemente entre los 18 y 26 °C. En el Atlántico occidental, hay registros continuos en Bahamas y el Caribe, con incursiones hacia el norte impulsadas por corrientes cálidas. El patrón diario se repite como un reloj: de día, desciende a profundidades de cientos o miles de metros; de noche, asciende a aguas superficiales. Esa migración vertical explica por qué buena parte de los encuentros y de las marcas circulares en animales se concentran en la franja nocturna.
La dieta refleja su estrategia oportunista. Como ectoparásito de presa grande, ataca a tiburones mayores, atunes, pez espada, merlines, delfines y ballenas, de los que arranca una porción de piel, grasa y músculo que cicatriza con el tiempo. También captura presas pequeñas enteras —calamares, peces mesopelágicos— cuando la ocasión lo permite. La clave de su éxito no es la fuerza bruta, sino una combinación de sigilo, succión y una dentadura inferior que actúa como una cuchilla.
La cifra de los “465 dientes”, explicada sin fuegos artificiales
Los tiburones renuevan dientes en hileras. El tollo cigarro, además, desprende de golpe toda la banda inferior funcional: cuando emerge la nueva, se traga la anterior para reciclar calcio y fósforo. A lo largo de su crecimiento, desde la juventud hasta la edad adulta, puede sustituir decenas de “juegos” de dientes. De ahí sale el titular llamativo: al sumar todas las piezas mudadas, el total puede rondar los 435–465 dientes. No los tiene todos a la vez. En cada momento, su dentición operativa es mucho más modesta: arriba, dientes finos y numerosos (alrededor de 30–37); abajo, 25–31 dientes grandes que encajan entre sí para formar una sierra continua. Esa sierra, y no un número mágico, es la herramienta que corta el círculo perfecto.
Mordiscos circulares: mecánica de succión y corte
La marca del tollo cigarro es inconfundible: un cráter redondo de varios centímetros de diámetro, con bordes limpios. Para producirlo, el animal ejecuta una coreografía precisa. Se aproxima desde abajo, camuflado por su luz ventral, y adhesiona los labios a la superficie del objetivo creando vacío —como una ventosa— gracias a una cavidad bucal y faríngea adaptadas. Con la presa “pegada”, clava la sierra inferior y efectúa un giro o un tirón poderoso que excisa el disco de tejido. En cuestión de segundos, suelta y se escabulle.
La forma circular y la limpieza del corte han permitido identificar su firma en delfines giradores, cachalotes, atunes rojos y pez espada. En mamíferos marinos, las cicatrices son tan frecuentes en algunos grupos que se consideran un “fósil de comportamiento” del tollo cigarro: prueban que el depredador está ahí aunque rara vez se le vea. En peces de interés comercial, las mordidas pueden depreciar la captura al dejar un agujero preciso en el lomo o en el costado. En humanos, los casos confirmados son raros y se concentran en travesías nocturnas en mar abierto, a menudo en nadadores de larga distancia acompañados por focos o dispositivos electrónicos. Las heridas son dolorosas pero habitualmente superficiales si se tratan bien y rápido.
La biomecánica respalda esa escena. La dentición inferior funciona como una cuchilla de pan: una fila de dientes triangulares, altos, con borde cortante y una base ancha que reparte esfuerzos. La mandíbula superior, con piezas finas, sujeta y guía. La succión fija; la sierra corta. Es una solución evolutiva elegante que maximiza el rendimiento a partir de un cuerpo pequeño y reserva energética limitada.
¿Barcos y submarinos? Incidentes técnicos documentados
La parte de la historia que sí es cierta —y que alimenta titulares grandilocuentes— es que el tollo cigarro ha mordido equipos marinos. En los años setenta y ochenta, unidades de la Armada de Estados Unidos reportaron daños en carenados de sonar recubiertos de materiales blandos (neopreno y compuestos anecoicos) y en cables con revestimientos de goma. Las mordidas abrían orificios circulares, dejaban fuera de servicio sensores o generaban pérdidas de aceite en cúpulas acústicas. Aquello obligó a realizar reparaciones, modificar procedimientos y, sobre todo, rediseñar la protección de piezas vulnerables con carcasas rígidas de fibra de vidrio o aleaciones ligeras para impedir el acceso del tiburón.
La lección fue industrial, no apocalíptica. Los submarinos no “cayeron” ante un depredador de medio metro, pero sí aprendieron que cualquier material blando expuesto en aguas tropicales nocturnas puede recibir un mordisco. Con el tiempo, el diseño de equipos militares y civiles —sonares, sensores oceanográficos, towed arrays, boyas— incorporó protecciones duras, sellos más robustos y recubrimientos menos atractivos. En plataformas civiles, los episodios existen pero son esporádicos y se solucionan con mantenimiento. Fuera de esos materiales, el tollo cigarro no perfora cascos de acero ni estructuras compuestas reforzadas; no hunde embarcaciones.
Un detalle que ayuda a entender por qué muerde “hierro” que no es hierro: el tiburón no distingue submarinos; responde a texturas, vibraciones y olores. Un cable que vibra como un pez herido, un recubrimiento blando con sabor a polímero enriquecido, una cúpula que desprende trazas de aceite acústico… Para un animal que recorta tapones de grasa, eso se parece lo suficiente a comida.
Triángulo de las Bermudas: mapa, tráfico y mitos
La zona conocida como Triángulo de las Bermudas se dibuja —depende del autor— entre Miami, San Juan y Hamilton. Es un corredor oceánico con tráfico intenso, atravesado por la Corriente del Golfo, propenso a tormentas súbitas y con cambios bruscos de batimetría a pocos kilómetros de la costa. Esa combinación explica incidentes y accidentes desde que hay navegación a gran escala. Lo que no respalda la evidencia es que se trate de un “agujero negro” estadísticamente diferente de otros corredores del planeta con igual densidad de barcos y aviones.
Las desapariciones que hicieron célebre la etiqueta se han revisado una y otra vez. En expedientes reabiertos afloran errores humanos, fallos mecánicos, estimaciones meteorológicas optimistas y, con frecuencia, simplificaciones de relatos que la cultura popular prefirió conservar. En ese océano real —sin teletransporte ni monstruos— vive el tollo cigarro, igual que vive en otras franjas tropicales del Atlántico. Si en esa región muerde equipos es por presencia y por oportunidad, no por una supuesta concentración de criaturas “devora-barcos”.
A veces, el lenguaje hace su parte: “devorar” sugiere ingestión total. El tollo cigarro no devora barcos ni cetáceos; excisa porciones pequeñas. Los registros de cicatrices en ballenas o delfines demuestran su actividad, pero también que las presas sobreviven y continúan. Los submarinos afectados por mordidas documentaron averías solucionables, no emergencias existenciales. Y el tráfico continúa.
Riesgo real y prevención sensata en navegación y actividades
Para la población, el riesgo de encuentro con Isistius brasiliensis es bajo. Nada en la costa durante el día, en playas con oleaje y ruido, es literalmente otro mundo para un pez de hábitos nocturnos que prefiere el mar abierto. Los incidentes confirmados con humanos se concentran en nadar de noche en aguas oceánicas, competir en travesías de larga distancia, hacer apnea con focos potentes o quedarse a la deriva iluminando el agua con LED. El patrón común no es el “ataque”, sino la confusión ante un estímulo que el animal interpreta como algo comestible.
Para tripulaciones de recreo o profesionales, el manual práctico es simple y funciona. En zonas tropicales, por la noche: minimizar luces directas al agua; revisar que cables sondeadores y sensores externos no vibren ni traqueteen; proteger con materiales duros cualquier revestimiento blando expuesto; evitar verter al mar aceites o sustancias que puedan actuar de atrayente. En plataformas oceanográficas y pesqueras, los recubrimientos blandos son sustituidos por carcasas rígidas o pinturas técnicas menos “apetecibles”. Son medidas de ingeniería de baja complejidad que reducen la probabilidad de mordidas a niveles residuales.
En términos de conservación, el tollo cigarro aparece catalogado por la UICN como “Preocupación menor” a escala global. No es especie objetivo de pesquerías; su captura es incidental en palangres pelágicos y arrastres de media agua. El principal impacto económico ligado al animal viene de la depreciación de peces comerciales con marcas circulares, más que de daños materiales. Conocer su patrón de migración vertical y respetar buenas prácticas de iluminación y protección de equipos ayuda a reducir conflictos.
Cronología breve de un malentendido que se hizo viral
El ciclo mediático no necesita mucho para encenderse: un dato espectacular, una cifra enorme, un lugar con fama de misterioso. La suma era perfecta: “465 dientes”, “Triángulo de las Bermudas”, “devora submarinos”. En los últimos meses han circulado titulares y vídeos cortos que mezclan hechos y exageraciones: del recuento de dientes acumulados se saltó a la imagen de una mandíbula imposible; de las averías en recubrimientos blandos se pasó a “come barcos”; de la presencia documentada en Bermudas se dedujo una supuesta “plaga” regional del “tiburón que hunde todo”.
Reponer las piezas en su sitio devuelve otra historia, más interesante que el mito: un pequeño escualo hiperespecializado que ha obligado a ingenieros a repensar materiales; un depredador que brilla por el vientre para borrar su sombra; una técnica de succión y corte que firma círculos perfectos en la piel de un cachalote; una coexistencia cotidiana entre fauna y tecnología en un mar intensamente usado. Y sí, un recordatorio de que la palabra “devorar” se usa demasiado deprisa.
Hechos contrastados del ‘tollo cigarro’
El tollo cigarro, Isistius brasiliensis, vive y caza de noche en aguas tropicales del mundo, incluidas las del área popularmente conocida como Triángulo de las Bermudas. Mide medio metro largo, no más. Su modo de alimentación es arrancar tapones de tejido con un sistema de succión y sierra inferior, dejando marcas circulares en animales mucho mayores. La cifra de “465 dientes” es el total de piezas reemplazadas a lo largo de su vida, no una dentadura colocada toda a la vez. En barcos y submarinos, lo que se ha documentado son mordidas a materiales blandos (neopreno, gomas, recubrimientos anecoicos) que causaron averías y reparaciones, seguidas de rediseños para proteger los equipos. No hay casos verificados de naves “devoradas” ni hundidas por este pez.
En la región de Bermudas, igual que en otras del trópico, su presencia sigue un patrón predecible: profundidades de día, superficie de noche. Eso explica por qué algunos episodios aparecen en guardias nocturnas y por qué casi todas las imágenes de sus marcas en fauna muestran cicatrices antiguas que se han cerrado con el tiempo. Para actividades humanas, el riesgo es bajo y se gestiona con medidas sensatas: luces racionales, protecciones duras, mantenimiento. Para la ciencia, es un caso fascinante de evolución funcional; para la industria, una lección de materiales. Y para la conversación pública, una invitación a rebajar el volumen del mito: no hay un monstruo “devora-barcos” en el Triángulo, hay un pequeño tiburón que corta círculos perfectos y cuya historia, contada con precisión, es bastante mejor que cualquier leyenda.
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Este artículo se ha redactado con datos contrastados y actuales. Fuentes consultadas: Vista al Mar, NOAA Fisheries, Florida Museum, IUCN Red List, NOAA Institutional Repository, NOAA Fisheries Research, FishBase, National Geographic.

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