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¿Por qué la nueva novela de Rachel Cusk inquieta a Natalie Portman?

Life of M, la nueva novela de Rachel Cusk, multiplica los paralelismos con Natalie Portman y agita el debate sobre fama, ficción e identidad.

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Natalie Portman

Natalie Portman ha quedado atrapada en uno de esos episodios en los que literatura, celebridad y cotilleo cultural se mezclan hasta resultar difíciles de separar. El motivo es Life of M, la nueva novela de Rachel Cusk, publicada este 25 de agosto en Estados Unidos, cuya protagonista ficticia comparte suficientes rasgos con la actriz como para que buena parte de la prensa anglosajona haya empezado a unir los puntos. Cusk, sin embargo, no ha confirmado que M sea Portman y ha insistido en que reducir la novela a la identidad real de su personaje equivale a perder de vista el libro.

La polémica, por tanto, parte de un hecho bastante menos explosivo —y bastante más interesante— que algunos titulares: M se parece mucho a Natalie Portman, pero Life of M es una obra de ficción, no una biografía autorizada ni una confesión presentada como verdadera. El parecido es deliberadamente difícil de ignorar. M comenzó a actuar siendo niña, alcanzó una fama gigantesca, protagonizó una película sobre una bailarina, trabaja como imagen de una gran marca y vive en una sofisticada ciudad europea. Si el lector piensa en Portman antes de terminar el café, tampoco está cometiendo una proeza detectivesca.

Una M demasiado parecida a Natalie Portman

Life of M tiene 192 páginas y gira alrededor de una escritora que se propone contar la vida de una estrella cinematográfica conocida simplemente como M. Desde ahí, Cusk construye una novela sobre la fama, la identidad, la belleza y la distancia entre una persona y su imagen pública. La celebridad vive aparentemente rodeada de privilegios: puertas que se abren, horarios que se adaptan, lugares preparados para recibirla. Al mismo tiempo, esa comodidad funciona casi como una vitrina. Todo parece fácil; ser una persona corriente, curiosamente, no tanto.

Las coincidencias con Portman empiezan pronto. La actriz estadounidense debutó siendo muy joven y saltó a la fama internacional con Léon: The Professional. M también inicia su carrera siendo una niña y la novela alude a una primera película cuya dimensión sexual provoca la intervención de su madre. El paralelismo resulta especialmente reconocible porque Portman ha hablado públicamente de aquella exposición temprana y de las consecuencias de convertirse en objeto de atención adulta cuando todavía era menor.

Luego aparece el ballet. M protagoniza una película de enorme éxito interpretando a una bailarina, una referencia difícil de desligar de Black Swan, la cinta que dio a Portman el Oscar a mejor actriz. Hay también ecos de otros trabajos asociados a su carrera, entre ellos Vox Lux, y semejanzas relacionadas con la moda, la vida parisina y la condición de estrella global cuya cara puede aparecer simultáneamente en una pantalla, una revista y una marquesina publicitaria. La acumulación de coincidencias convierte la casualidad en una explicación cada vez menos cómoda.

Dónde empezó realmente el escándalo

El ruido no nació esta semana. A mediados de julio comenzaron a circular en el Reino Unido informaciones que vinculaban directamente el personaje de M con Natalie Portman y recogían comentarios del ambiente literario según los cuales la novela podría haberse nutrido de la relación entre ambas mujeres. A partir de ahí comenzó el efecto dominó: reseñas, interpretaciones, titulares y el inevitable deporte contemporáneo de convertir una novela experimental en investigación forense sobre una celebridad.

El asunto adquirió otra dimensión porque el retrato de M está lejos de la habitual porcelana promocional que rodea a las estrellas. Cusk presenta a una mujer alienada por su propia fama, incómoda cuando la realidad ordinaria irrumpe en los ambientes perfectamente diseñados que la rodean, incapaz a veces de relacionarse con los demás sin la capa invisible de su condición de celebridad. Algunas críticas han visto crueldad en esa mirada; otras, una exploración mucho más ambigua sobre lo que ocurre cuando alguien lleva décadas interpretándose a sí mismo ante millones de desconocidos.

Ahí está el combustible del culebrón. Una cosa es reconocer detalles de la carrera de Portman. Otra muy distinta consiste en asumir que los pensamientos, defectos o comportamientos atribuidos a M pertenecen también a la actriz real. La novela juega precisamente con esa confusión. Y el lector, encantado de caer en la trampa, completa el trabajo.

La relación entre Rachel Cusk y Natalie Portman

Hay un vínculo real entre ambas, aunque las informaciones publicadas discrepan sobre su grado de cercanía. Portman ha expresado públicamente su admiración por Rachel Cusk y recomendó su obra a través de su club de lectura. En 2024 eligió Parade y elogió la capacidad de la autora para romper las convenciones narrativas; anteriormente también había promocionado Second Place y participado en una conversación con la escritora.

Eso explica por qué la historia posee una pequeña carga de dinamita cultural. No hablamos de una actriz descubriendo de pronto a una novelista desconocida que ha utilizado detalles semejantes a los suyos. Portman era lectora y admiradora de Cusk. Sin embargo, varias informaciones recientes matizan la idea de una amistad íntima y describen a ambas más bien como conocidas. Personas próximas a la actriz han rechazado que la relación entre las dos se corresponda con la intimidad que algunos lectores han querido encontrar en la novela.

También conviene separar otro dato del rumor. Se ha publicado que personas cercanas a Portman consideran desagradable la asociación entre la actriz y M, pero Natalie Portman no ha realizado una declaración pública directa sobre el fondo de la polémica. Cusk tampoco ha confirmado que haya utilizado a la intérprete como modelo único del personaje. Ese espacio vacío ha sido rellenado con entusiasmo por el ecosistema mediático. La naturaleza aborrece el vacío; internet, todavía más.

Lo que Rachel Cusk sí ha dicho sobre M

Cusk ha terminado pronunciándose sobre la discusión, aunque sin regalar una respuesta sencilla. La escritora sostiene que preguntarse si M está basada en una celebridad concreta no es exactamente el asunto central de Life of M. Su posición parte de una idea clásica de la ficción: una novela puede mezclar realidad, invención, recuerdos y observación sin que cada elemento deba adjudicarse después a una persona de carne y hueso.

La respuesta tiene algo de escapatoria elegante, claro, pero también encaja con la arquitectura de la novela. Cusk lleva años trabajando sobre personajes que se desdibujan, narradores que observan más de lo que confiesan y fronteras poco fiables entre experiencia y ficción. En Life of M lleva esa obsesión directamente al territorio de la celebridad: una mujer conocida por todos y quizá conocida de verdad por casi nadie.

El propio libro introduce una especie de vacuna contra la lectura estrictamente biográfica. Cuando M se enfrenta al retrato que han construido de ella, protesta porque reconoce datos de su vida pero no se reconoce a sí misma. La paradoja es bastante afilada: una persona puede resultar identificable y, al mismo tiempo, estar literariamente inventada. Eso permite a Cusk utilizar una silueta reconocible sin convertir necesariamente todo lo escrito sobre esa silueta en información factual sobre Natalie Portman.

Qué retrato hace Life of M de la fama

Reducir el libro a una supuesta venganza contra Portman también resulta insuficiente. Las primeras críticas muestran una recepción dividida. Algunas celebran su complejidad metaficcional y su capacidad para diseccionar la fama; otras la consideran intelectualmente potente pero fría, abstracta o demasiado encerrada en el mundo privilegiado de sus personajes. No parece, desde luego, una novela diseñada para pasar inadvertida en una mesa de novedades.

La cuestión que atraviesa esas páginas es bastante reconocible fuera de Hollywood. Qué queda de una persona después de décadas construyendo una versión pública de sí misma es una de las obsesiones que sostienen el libro. Cusk lleva el fenómeno al extremo mediante una estrella cinematográfica, pero la idea pertenece también a una época en la que millones de personas seleccionan fotografías, editan recuerdos y fabrican pequeñas autobiografías diarias en las redes sociales.

M funciona como celebridad y como espejo deformante. Tiene más fama, más dinero, mejores habitaciones y una maquinaria profesional dedicada a reducir los accidentes de la vida cotidiana, pero participa de una ansiedad contemporánea bastante corriente: contemplar una versión de uno mismo circulando por el mundo y descubrir que esa versión empieza a adquirir existencia propia.

De ahí que varias lecturas hayan advertido contra la obsesión por encontrar a Natalie Portman debajo de cada página. La identificación es evidente como juego cultural; convertirla en única explicación puede empobrecer el libro. Cusk parece interesada precisamente en observar cómo el público toma una imagen reconocible, proyecta una personalidad sobre ella y termina creyendo que conoce al ser humano situado detrás. Lo irónico es que la polémica alrededor de la novela ha reproducido el mecanismo casi a la perfección.

Entre la novela en clave y el derecho a inventar

Life of M también reabre una discusión antigua: hasta dónde puede llegar un novelista cuando utiliza elementos reconocibles de personas reales. La literatura está llena de personajes compuestos con restos de amigos, amantes, enemigos, familiares y desconocidos. Cambian los nombres, se deforman las circunstancias, se mezclan varias vidas. Después llega un lector, reconoce una nariz metafórica y empieza el juicio.

En este caso, la identificación resulta especialmente poderosa porque hablamos de Natalie Portman, una de las figuras más reconocibles del cine contemporáneo, y de una autora que convierte la propia imposibilidad de conocer a otra persona en materia literaria. El resultado es incómodo por diseño. Cusk parece colocar una figura reconocible delante del lector y, acto seguido, cuestionar su derecho a creer que sabe algo sobre ella.

Eso no elimina el debate ético. Si un personaje acumula suficientes coincidencias biográficas con alguien real, la etiqueta de ficción no borra automáticamente la asociación pública. Tampoco convierte esa asociación en una biografía verdadera. Las dos ideas pueden convivir, aunque produzcan menos titulares que una pelea entre una estrella de Hollywood y una escritora prestigiosa.

Natalie Portman, M y el espejo incómodo de la fama

La respuesta más sólida al revuelo es también la menos espectacular: M parece construida con numerosos elementos reconocibles de Natalie Portman, pero M no puede tratarse como Natalie Portman sin más. Cusk ha rechazado identificar una fuente única para el personaje y el propio funcionamiento de la novela mezcla deliberadamente hechos reconocibles, imaginación y proyección.

Quizá por eso el episodio ha crecido tanto. El libro habla de una mujer convertida en imagen y, antes incluso de que muchos lectores pudieran abrirlo, la conversación pública volvió a convertir a Portman exactamente en eso: una imagen sobre la que proyectar amistad, traición, vanidad, inteligencia, enfado o vulnerabilidad. Un círculo bastante perfecto. También un poco cruel.

Cusk ha escrito una novela sobre lo difícil que resulta distinguir a una persona de la historia que contamos sobre ella. Y el pequeño terremoto literario alrededor de Natalie Portman ha terminado proporcionando, involuntariamente, la demostración práctica.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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