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¿Cómo identifica la IA a escribas hititas muertos hace 3.500 años?

La IA compara millones de signos cuneiformes y ayuda a reconstruir tablillas hititas rotas de hace 3.500 años con precisión inédita en barro

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escritura de escribas hititas

La inteligencia artificial ya puede comparar la escritura de escribas hititas de hace unos 3.500 años a partir de tablillas cuneiformes rotas. No lo hace leyendo el pasado como quien abre una novela, ni invocando fantasmas con bata blanca, sino analizando la forma concreta de los signos: la presión del cálamo sobre la arcilla, la inclinación de las cuñas, los espacios, los remates, esas pequeñas manías de la mano que sobreviven incluso cuando quien escribió lleva milenios convertido en polvo histórico.

La herramienta se llama Palaeographicum y nace en el entorno del Hethitologie-Portal Mainz, con trabajo de investigadores de Würzburg, Mainz y la Universidad Técnica de Dortmund. Su utilidad práctica es muy concreta: permite buscar y comparar millones de signos cuneiformes digitalizados para ayudar a reconstruir tablillas fragmentadas, asociar pedazos dispersos y fechar documentos que, por sí solos, no llevan una fecha escrita en la frente. Según la Universidad de Würzburg, una comparación que podía consumir tres días de trabajo especializado puede hacerse en unos cinco minutos. Ahí está la noticia, sin incienso: no es magia, es una reducción brutal del tiempo de investigación.

La IA reconoce manos, no fantasmas

La frase suena irresistible: una IA reconoce la escritura de personas muertas hace 3.500 años. Es verdad, pero conviene limpiarla de purpurina. Lo que reconoce no es una firma en el sentido moderno, ni una biografía completa del escriba, ni su humor de aquel martes remoto en Anatolia. Reconoce patrones gráficos en signos cuneiformes: variaciones individuales dentro de un sistema de escritura hecho con cuñas presionadas sobre barro húmedo.

El cuneiforme no se escribía con pluma, sino con un instrumento que dejaba pequeñas marcas en forma de cuña. Aun así, cada escriba imprimía algo propio. Uno apretaba más, otro espaciaba de forma característica, otro retiraba el cálamo con un gesto más brusco y dejaba una especie de cola o floritura. Es casi cómico y muy humano: hasta cuando la escritura parece una arquitectura de clavos, la mano traiciona a su dueño. Los estilos individuales son reconocibles incluso en textos inscritos en arcilla, y esas diferencias sirven para distinguir manos de escribas distintos.

La novedad no consiste en que antes nadie supiera mirar esas diferencias. Los especialistas llevan décadas haciéndolo con paciencia de relojero, fotografía en una mano y fragmento en la otra. La novedad está en la escala. Donde antes había una búsqueda lenta, manual, casi monástica, ahora hay un sistema que localiza signos parecidos en una colección inmensa de imágenes digitalizadas, los recorta y los ordena en tablas comparables. La paleografía, que estudia la evolución histórica de las escrituras antiguas, entra así en una fase menos artesanal sin dejar de necesitar criterio humano. Porque esto importa: la IA no sustituye al filólogo; le quita una parte del barro repetitivo de debajo de las uñas.

Qué es Palaeographicum y por qué importa

Palaeographicum es una herramienta de análisis paleográfico de escritura cuneiforme integrada en el ecosistema digital de la hititología. Su versión actual ofrece acceso a más de cinco millones de testimonios de signos cuneiformes, extraídos de fotografías en blanco y negro y en color, con la vista puesta también en modelos 3D. La herramienta permite localizar rápidamente caracteres diagnósticos para comparar manuscritos, datar textos o estudiar la forma de los signos sin recorrer a mano océanos de imágenes.

El sistema se apoya en el proyecto CuKa, siglas de análisis cuneiforme asistido por ordenador, desarrollado entre 2018 y 2023 con financiación de la Fundación Alemana de Investigación. De ahí salió el modelo de inteligencia artificial que ahora está detrás de Palaeographicum. La parte filológica, fundamental para que esto no se convierta en una trituradora de imágenes antiguas, incluyó anotación de material de entrenamiento y evaluación de resultados; la parte técnica se desarrolló con participación de investigadores de Dortmund y Würzburg.

La herramienta permite varios caminos de búsqueda. Puede partir de un ejemplo visual, de un nombre estándar del signo o de propiedades estructurales de la cuña, como su disposición geométrica. Dicho en cristiano: no solo se le puede pedir “busca este signo”, sino también “busca cosas que se parezcan a esta forma”. Para una disciplina donde muchos fragmentos están dañados, incompletos o fotografiados bajo condiciones de luz difíciles, esa diferencia es enorme.

Hay que imaginar una tablilla rota. No una pieza de museo impecable, con su cartelito y su vitrina limpia, sino un trozo irregular de arcilla, gastado, con signos medio borrados, quizá conservado en una colección lejos de otros fragmentos que en su día formaron parte del mismo documento. El investigador intenta averiguar si ese pedazo pertenece a una tablilla mayor, si encaja con otro fragmento, si fue escrito en una época concreta o por una mano parecida. Antes, podía pasarse jornadas comparando signos. Ahora, Palaeographicum coloca delante una mesa visual de parecidos. No decide por completo, pero enseña dónde mirar.

La huella del escriba en una cuña de barro

La idea de caligrafía hitita puede parecer extraña porque solemos asociar la caligrafía al trazo elegante de una tinta. Aquí no hay tinta, hay barro. No hay papel, hay arcilla. No hay firma personal, al menos no como la entendemos hoy, sino una cultura administrativa, religiosa y política que dependía de escribas formados en convenciones muy precisas. Y aun así, la individualidad se cuela.

Los hititas vivieron en Anatolia durante la Edad del Bronce y su capital, Hattusa, fue una de las grandes ciudades del segundo milenio antes de Cristo. Hattusa fue la antigua capital del Imperio hitita y destacó por su organización urbana, sus templos, sus fortificaciones, sus puertas monumentales y el conjunto rupestre de Yazilikaya. Una ciudad de piedra, poder y archivo; no exactamente una aldea perdida esperando a que la modernidad le pusiera subtítulos.

La colección de tablillas cuneiformes de Bogazköy, la antigua Hattusa, conserva buena parte de lo que sabemos sobre aquella civilización. Ese archivo reúne decenas de miles de tablillas y fragmentos con testimonios de la vida social, política, comercial, militar, religiosa, legislativa y artística de los hititas. No hablamos, por tanto, de cuatro ladrillos con signos raros, sino de un archivo histórico monumental. Una administración entera endurecida al sol.

El detalle que no conviene vender como milagro

Palaeographicum no descifra por sí solo una lengua perdida, ni convierte cualquier fragmento en una traducción perfecta. Esa confusión es habitual cuando se habla de IA y patrimonio antiguo: se mezcla lectura, identificación, transcripción, traducción y reconstrucción como si fueran la misma sopa. No lo son. Una cosa es reconocer la forma de un signo; otra, saber qué signo es; otra, leer la palabra; otra, interpretar el texto; otra, entender su contexto histórico. Entre una cuña y una tesis doctoral todavía queda bastante carretera.

Lo que sí hace la herramienta es acelerar una tarea que antes era desesperadamente lenta: comparar signos. Y eso, en investigación histórica, puede abrir puertas reales. Un fragmento que parecía aislado puede relacionarse con otros. Una tablilla sin fecha puede situarse mejor por la forma de su escritura. Un conjunto disperso en museos distintos puede volver, al menos digitalmente, a conversar. La épica está ahí, pero no en el tópico de la máquina sabia; está en devolverle continuidad a un documento partido.

De tres días a cinco minutos: el cambio que sí se nota

La cifra más llamativa es la que explica Daniel Schwemer, responsable del Departamento de Estudios del Próximo Oriente Antiguo en la Universidad de Würzburg: comparar la escritura de caracteres individuales en cinco fragmentos de tablillas podía llevar tres días; ahora puede hacerse en cinco minutos. La frase tiene algo de vértigo, porque traduce una revolución académica a una medida que entiende cualquiera: café del lunes frente a café de media mañana.

No significa que una investigación completa pase de tres días a cinco minutos. Significa que una operación concreta, repetitiva y muy especializada se acelera de manera radical. Y en disciplinas basadas en miles de pequeñas comparaciones, eso cambia el mapa. El ahorro no es solo de tiempo; es de atención. El especialista puede dedicar menos energía a rastrear manualmente ejemplos y más a interpretar los resultados, detectar anomalías, formular hipótesis o revisar atribuciones anteriores.

En el mundo antiguo, las fechas no siempre vienen servidas. Las tablillas hititas normalmente no llevan fecha; por eso la forma de los signos ayuda a situarlas dentro de una evolución gráfica más amplia. Igual que se puede distinguir una letra del siglo XVI de una del XIX por su aspecto, también puede estudiarse cómo cambian los signos cuneiformes con el tiempo. La diferencia es que aquí el archivo está roto, erosionado y repartido. Palaeographicum no elimina esa dificultad, pero la vuelve más manejable.

Hay un detalle fascinante: la escritura cuneiforme tiene una dimensión tridimensional. No basta con verla como una línea sobre una página. La marca depende del ángulo, de la profundidad, de la iluminación, de la superficie dañada. Gerfrid Müller, especialista en Estudios del Próximo Oriente Antiguo, recuerda que a simple vista este trabajo puede ser lento y difícil precisamente por esa materialidad del cuneiforme. Una fotografía puede mostrar mucho o esconder demasiado, según cómo caiga la luz. La IA, entrenada sobre grandes conjuntos de imágenes, puede ayudar a localizar parecidos donde el ojo humano se cansa.

El archivo roto de los hititas

Los hititas no son una nota al pie simpática de la historia antigua. Durante el segundo milenio antes de Cristo fueron una potencia de Anatolia y del Próximo Oriente, con una burocracia compleja, diplomacia, tratados, rituales, leyes y una cultura escrita que recogía varias lenguas. El Hethitologie-Portal Mainz, nacido hace más de dos décadas, reúne un catálogo digital de unos 30.000 fragmentos conocidos de tablillas hititas y materiales de investigación utilizados por especialistas de todo el mundo.

Esa cifra convive con la referencia a casi 25.000 tablillas en el archivo de Bogazköy porque no siempre se está contando lo mismo: tablillas, fragmentos, colecciones, catálogos digitales, piezas conocidas o archivos patrimoniales. En arqueología y filología antigua, contar también es interpretar. El dato esencial, en cualquier caso, es claro: el volumen documental es enorme y está fragmentado. Mucho.

La escritura cuneiforme hitita utiliza un repertorio amplio de signos, con valores silábicos y también palabras completas. El sistema usado por los hititas incluye al menos 375 signos, una caja de herramientas grande, con formas que cambian según época, escuela, soporte, mano y estado de conservación. No extraña que comparar a ojo todos esos matices pueda volverse una faena de paciencia bíblica, aunque lo bíblico aquí quede un poco al oeste y bastante más tarde.

El valor de Palaeographicum está precisamente en esa escala visual. Una tablilla puede medir poco más de diez centímetros y contener un ritual ceremonial, pero su superficie gastada puede dificultar la lectura de detalles decisivos. El sistema ayuda a identificar signos incluso en imágenes complicadas, los extrae y los sitúa junto a otros ejemplos. La comparación deja de depender exclusivamente de la memoria visual del investigador o de búsquedas manuales en repertorios dispersos. La memoria humana sigue mandando, pero ahora tiene un archivo visual que no se cansa ni pierde las gafas.

Para qué sirve reconstruir una tablilla

Reconstruir una tablilla no es completar un puzle por capricho. Cada fragmento unido puede cambiar una lectura, aclarar un ritual, completar una ley, identificar un nombre de lugar o mejorar una cronología. En textos antiguos, una línea perdida no siempre es un adorno; a veces es el verbo que faltaba, el dios invocado, la cláusula de un tratado, la pista que convierte un trozo mudo en documento histórico.

La noticia tiene por eso un alcance más amplio que la anécdota tecnológica. No se trata solo de que una IA vea marcas antiguas, sino de que permite nuevas preguntas. Qué escribas trabajaron en determinados archivos. Cómo se formaban. Qué textos copiaban. Si una misma mano aparece en documentos distintos. Si un escriba cambió su forma de escribir con el tiempo, por prisa, por edad, por contexto o por el tipo de encargo. Schwemer apunta incluso a una posible historia social de la cultura escrita hitita, una idea preciosa: no estudiar solo reyes, guerras y tratados, sino también a los profesionales anónimos que hicieron posible que ese mundo quedara registrado.

Ahí aparece una de las promesas más interesantes del proyecto. Los investigadores quieren entrenar la IA para que llegue a reconocer automáticamente la escritura de escribas individuales, aunque admiten que es una tarea compleja. La razón es bastante humana: una misma persona no escribe siempre igual. Cambia según el contexto. En casa, con calma, uno firma de una manera; corriendo en una ventanilla, de otra. Un escriba hitita podía escribir con más cuidado en un texto ritual y con más prisa en un informe práctico. Tres milenios y medio después, seguimos siendo así: la mano también tiene días malos.

La IA entra en las humanidades sin pedir perdón

Durante años se vendió la inteligencia artificial como un asunto de coches autónomos, diagnósticos médicos, mercados financieros y asistentes capaces de escribir correos insoportablemente educados. Pero uno de sus terrenos más fértiles puede estar en las humanidades: archivos dañados, lenguas antiguas, manuscritos, fragmentos, variantes gráficas, colecciones inmensas que ningún equipo humano puede revisar con velocidad suficiente.

La paleografía computacional no nace de la nada. En los últimos años se han aplicado métodos de reconocimiento de patrones a manuscritos, papiros y escrituras antiguas. La diferencia de Palaeographicum está en el soporte y en la tradición concreta: la arcilla cuneiforme hitita, con su tridimensionalidad, sus fracturas y su enorme archivo visual. Es una IA mirando barro. Suena pobre; es sofisticadísimo.

También conviene protegerse contra el entusiasmo bobo. Una herramienta así puede ordenar parecidos, no decidir por sí sola el sentido histórico de un documento. Puede acelerar, no reemplazar el juicio filológico. Puede sugerir relaciones, no convertir cada coincidencia visual en una verdad cerrada. El investigador debe seguir preguntando de dónde procede el fragmento, qué texto contiene, qué tradición manuscrita representa, qué variantes hay, qué margen de error introduce la fotografía, cómo influye la rotura, si el signo está completo o deformado por el desgaste. La máquina señala; el especialista interpreta.

La gran ganancia está en que esa interpretación se vuelve menos esclava de tareas mecánicas. La investigación humanística siempre ha tenido una parte de artesanía repetitiva: fichas, catálogos, variantes, índices, concordancias. Mucho antes de que Silicon Valley descubriera la palabra datos, los filólogos ya vivían enterrados en ellos. Lo que cambia ahora es la potencia de búsqueda visual. Donde antes había memoria entrenada y lentitud, ahora hay memoria entrenada, lentitud selectiva y una máquina que barre millones de signos sin quejarse.

Barro, luz y memoria

La imagen tiene algo de justicia poética. Los hititas escribieron sobre arcilla para que sus palabras duraran; no sabían que, milenios después, otra civilización convertiría esas marcas en datos, tablas e imágenes comparables. Tampoco sabían que sus escribas, probablemente funcionarios formados en escuelas, acabarían siendo estudiados casi como autores con una huella personal. No firmaron para nosotros, pero dejaron la mano.

Palaeographicum no convierte la historia antigua en un espectáculo de ciencia ficción. La vuelve más legible. Esa es la noticia fuerte. Una inteligencia artificial puede comparar millones de signos cuneiformes, reducir de días a minutos una parte del trabajo paleográfico y ayudar a recomponer documentos que explican cómo funcionó una de las grandes civilizaciones de la Edad del Bronce. Entre la arcilla rota y el algoritmo hay una línea inesperada, casi insolente: seguimos intentando leer a los muertos, solo que ahora tenemos mejores lupas.

Gracias por leerme y por pasarte por Don Porqué. Si te apetece seguir curioseando, arriba tienes la lupa para buscar más temas. Y si esto te ha gustado, compártelo: así la historia llegará un poco más lejos.

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