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¿Cómo logró La Fe de València 10 trasplantes en 24 horas?

La Fe de València encadena 10 trasplantes en 24 horas: cronología, órganos y claves del operativo con más de 100 profesionales y urgencia 0.

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La Fe de València 10 trasplantes en 24 horas

La Fe de València encadena 10 trasplantes en 24 horas: cronología, órganos y claves del operativo con más de 100 profesionales y urgencia 0.

En apenas 24 horas, el Hospital Universitari i Politècnic La Fe de València encadenó diez trasplantes de distintos órganos y lo hizo con una imagen poco habitual incluso en los grandes centros: quirófanos que se solapan, equipos que se cruzan como si estuvieran en una estación en hora punta y una coordinación que, si falla en un detalle mínimo, se paga cara. En ese mismo tramo de jornada se contabilizaron tres procedimientos cardíacos —dos trasplantes de corazón “simples” y uno combinado cardiaco-renal, que también cuenta como intervención cardíaca—, además de un trasplante pulmonar, uno hepático y una cadena de implantes renales hasta completar el número redondo.

La actividad, concentrada entre la tarde-noche del lunes y la madrugada del martes, movilizó a más de un centenar de profesionales de especialidades muy distintas, desde cirugía y anestesia hasta coordinación, UCI, laboratorio e inmunología. El conseller de Sanidad, Marciano Gómez, lo describió como un hito histórico no solo para la Comunitat Valenciana, también “a nivel nacional”, según el comunicado difundido por la Generalitat Valenciana. Y, por debajo del titular, quedó lo sustancial: diez pacientes que estaban en lista de espera pasaron, de golpe, a tener un órgano funcionando donde antes había una cuenta atrás.

Un hito en 24 horas dentro del Hospital La Fe

La cifra impresiona, sí, pero lo que realmente pesa es el tipo de complejidad: no se trató de “diez cirugías” en abstracto, sino de diez trasplantes con sus tiempos críticos, sus compatibilidades y su logística quirúrgica. En total se realizaron dos trasplantes cardíacos, uno pulmonar, uno hepático, dos renales, un trasplante doble cardiaco-renal y otro doble hepatorrenal, además de otros dos trasplantes renales que completaron el maratón. Dicho de otra manera: el riñón apareció una y otra vez en la historia —como órgano único o como compañero de viaje en trasplantes combinados—, algo que encaja con una realidad hospitalaria conocida: el trasplante renal es el más frecuente dentro de los programas de trasplantes y, cuando se asocia a corazón o hígado, la película se vuelve todavía más exigente.

En el centro de todo estuvo la coordinación, una palabra que suena administrativa y, sin embargo, aquí es quirúrgica. Coordinar, en un día como ese, es decidir qué entra primero, qué puede esperar unos minutos y qué no, qué equipo tiene que estar a una hora concreta en un quirófano concreto, y cómo se reparten recursos que no sobran: camas de reanimación, perfusionistas, instrumentistas, intensivistas, celadores, transportes internos, pruebas urgentes. La Fe lo concentró “en ventana” estrecha, casi como cuando el aeropuerto trabaja con tormenta: pocas franjas, muchas llegadas, cero margen para improvisar.

La coordinadora de trasplantes, Ana Tur, puso el foco donde suele estar la clave y donde rara vez se detiene la conversación pública: la generosidad de las familias donantes y la respuesta inmediata de los equipos. En una jornada “de enorme complejidad organizativa”, remarcó, esa doble palanca hizo posible que diez pacientes recibieran una nueva oportunidad de vida. No es una frase bonita; es un resumen literal de lo que ocurre cuando, en vez de un “sí” a la donación y un hospital que llega a tiempo, hay un “no” o hay demoras: el calendario biológico de un órgano trasplantable no negocia.

La tarde-noche del lunes: tres órganos, tres equipos, un solo pulso

Hubo un momento que lo retrata todo con precisión casi cinematográfica, con sus horarios marcados como si fueran una partitura. La donación de un único donante, procedente de otro hospital de la Comunitat Valenciana, permitió realizar tres trasplantes a tres receptores distintos y con una sincronía milimétrica: un trasplante cardíaco pasadas las 18.00, un trasplante hepático alrededor de las 19.00 y un trasplante pulmonar a las 19.45. Tres órganos, tres equipos implantadores, tres pacientes diferentes. Y, por debajo, una misma obsesión: que el órgano llegue en condiciones y que el reloj no se coma el pronóstico.

En esos tramos, el hospital funciona como una ciudad dentro de otra ciudad. Mientras una parte prepara un corazón, otra está asegurando el campo quirúrgico para el hígado; mientras se ajusta la ventilación y la anestesia de un caso, en otro quirófano se revisan analíticas, se cruzan compatibilidades, se calcula medicación inmunosupresora inicial, se confirma disponibilidad de hemoderivados. Todo ocurre a la vez, y la suma de tareas pequeñas sostiene lo grande. Se suele hablar del “milagro del trasplante” con tono emotivo; aquí el milagro, si se quiere usar esa palabra, fue operativo: que nada se descarrile en una cadena con tantos eslabones.

El comunicado subraya que la coordinación entre equipos implantadores hizo posible esa secuencia. No es un matiz. En el trasplante, el tiempo de isquemia fría —ese periodo en que el órgano permanece preservado fuera del cuerpo, en frío, hasta su implante— es un enemigo silencioso: no grita, no se ve, pero condiciona. Planificar para reducirlo “al máximo” significa mover piezas a la vez, anticipar incidencias y tener planes B listos, porque el órgano no espera a que el hospital se ordene; es el hospital el que se ordena alrededor del órgano.

El “código cero”, esa palabra que cambia la agenda

En paralelo a esa secuencia de tarde, otro capítulo se abrió con la urgencia más alta del sistema: un paciente de La Fe estaba en situación de código cero, la condición que se asigna cuando la vida corre un riesgo inminente y la primera donación compatible otorga prioridad absoluta en la asignación. En ese contexto, un equipo de cirugía cardíaca se desplazó a otra comunidad autónoma para la obtención de un órgano destinado a ese paciente. El detalle es importante por lo que revela: mientras en València se estaban implantando órganos casi en cadena, había profesionales viajando fuera para asegurar otro órgano crítico. La logística no fue solo interna; fue interterritorial, con sus permisos, sus tiempos y su coordinación externa.

Código cero no es un “atajo”, ni una etiqueta dramática; es un mecanismo para ordenar la urgencia cuando la medicina ya no tiene margen. En la práctica, significa que la llamada puede sonar a cualquier hora y que el hospital tiene que responder como si se activara un interruptor: quirófano, perfusión, anestesia, sangre, UCI, coordinación, todo. La palabra “prioridad” aquí no es de agenda; es de supervivencia.

Dos trasplantes dobles y varios renales: cuando la cirugía se encadena

Uno de los rasgos que convierten esta jornada en algo más que una cifra es la presencia de trasplantes combinados, porque el trasplante doble no es “dos por uno”; es, muchas veces, una complejidad multiplicada. A partir de un donante se realizaron dos trasplantes combinados. En el primero, un paciente fue sometido a un trasplante cardiaco por la mañana y, tras estabilizar su situación clínica en reanimación, recibió con éxito un trasplante renal esa misma tarde. La imagen es potente por lo que sugiere: un cuerpo recién salido de una cirugía mayor, con un corazón nuevo latiendo, y horas después afrontando otro implante que requiere precisión, control hemodinámico y un equipo que sabe exactamente en qué terreno pisa.

El segundo trasplante combinado fue hepatorrenal: trasplante de hígado seguido de trasplante de riñón. En este tipo de procedimientos, los equipos no solo se turnan; se sincronizan para que el paciente no quede atrapado en una montaña rusa fisiológica. El hígado, por su papel en el metabolismo y la coagulación, condiciona el sangrado y la estabilidad; el riñón, por su rol en el equilibrio de líquidos y electrolitos, marca otro tipo de vigilancia. En un trasplante doble, cada decisión anestésica y quirúrgica se mide con regla de metal, porque el margen es estrecho y el objetivo es doble: que ambos órganos funcionen y que el cuerpo aguante el proceso.

A esos combinados se sumaron otros implantes renales. El balance final incluye dos trasplantes renales además de los riñones implicados en los dobles y de los “otros dos” renales realizados en la jornada. Cuando se habla de riñón en trasplantes, conviene recordar —sin salirnos del hecho, sin teorizar— que el trasplante renal tiene su propia presión: hay listas de espera largas, pacientes en diálisis con desgaste acumulado, compatibilidades inmunológicas que no siempre son sencillas. Por eso el dato de “varios renales” en un día ya es un acontecimiento en sí mismo; pero aquí va incrustado en una jornada que, además, sostiene corazón, hígado y pulmón.

Y en medio de esa cadena hay un elemento que rara vez aparece en los titulares: la ventana clínica. No basta con tener el órgano y el quirófano; hay que tener al receptor en condiciones para recibirlo, con pruebas actualizadas, sin infecciones activas que lo comprometan, con un plan de inmunosupresión calculado y con camas críticas disponibles. En un hospital de alta actividad, coordinar todo eso en cuestión de horas se parece menos a una agenda y más a un tablero de ajedrez en mitad de una tormenta: cada movimiento abre posibilidades, pero también obliga a prever la respuesta.

La isquemia fría y la coreografía invisible de la coordinación

El comunicado enfatiza que la planificación permitió reducir al máximo los tiempos de isquemia fría, y ese detalle merece espacio porque explica por qué el “cómo” importa tanto como el “cuánto”. Isquemia fría, dicho sin bata, es el tiempo que un órgano pasa “en pausa”, preservado en frío, fuera del cuerpo. Se le baja la velocidad al metabolismo para que aguante el viaje y el salto quirúrgico, pero no se detiene el reloj del todo. Cada minuto cuenta de forma distinta según el órgano: no se trata de memorizar cifras, sino de entender la idea central: el órgano llega con una mochila de tiempo a la espalda y hay que descargársela cuanto antes.

Ahí entra la coreografía que no se ve: la coordinación que decide rutas, prioriza quirófanos, distribuye equipos, evita esperas tontas y reduce traslados innecesarios. El órgano no puede quedar “aparcado” porque falta una prueba, porque se retrasó una limpieza, porque alguien no estaba localizado. Suena duro, pero es así: el trasplante premia la precisión y castiga la fricción. Por eso estos días son un examen global del hospital, no de un solo servicio.

Además, cuando varios trasplantes coinciden, no solo se corre contra el reloj del órgano; se corre contra el reloj del hospital. Se multiplican las llamadas, los relevos, los cambios de guardia, los equipos que entran y salen, las decisiones de reanimación, el uso de sangre y derivados, la necesidad de mantener al personal con descanso suficiente para no cometer errores. La excelencia, aquí, no es un eslogan; es una suma de rutinas bien entrenadas. La coordinadora subrayó el alto nivel de compromiso y preparación de los profesionales implicados, capaces de responder de forma simultánea a múltiples procedimientos de máxima exigencia. Esa frase, leída con calma, describe un tipo de medicina que se sostiene tanto con técnica como con cultura organizativa: gente que sabe qué hacer y cuándo hacerlo, incluso cuando el día se vuelve una maratón.

Y hay otro componente: la coordinación externa. La donación, la extracción, el transporte y la asignación de órganos requieren comunicación constante con otros centros, con equipos que se desplazan, con circuitos de traslado. En esta jornada, esa dimensión se intuye en dos escenas claras: el donante de otro hospital de la Comunitat Valenciana que permitió los tres trasplantes de tarde y el equipo de cirugía cardíaca que viajó a otra comunidad para obtener un órgano para un código cero. Dos movimientos que hablan de un sistema en red y de una capacidad de respuesta que, cuando funciona, parece sencilla; cuando no, se nota enseguida.

Más de cien profesionales: una cadena humana que no se ve en la foto

El dato de “más de un centenar” no es decorativo. Un trasplante no lo hace un cirujano brillante en soledad; lo hace un ecosistema. En una jornada con diez trasplantes, la lista de manos implicadas es larga y, sobre todo, diversa: equipos quirúrgicos completos, anestesia, perfusionistas en el caso cardíaco, enfermería de quirófano y de reanimación, técnicos, celadores, especialistas en laboratorio para pruebas urgentes, inmunología para compatibilidades, radiología cuando hace falta confirmar algo rápido, farmacia hospitalaria ajustando medicación, UCI organizando camas, coordinación de trasplantes funcionando como torre de control. Cada pieza, si falla, arrastra a la siguiente.

Ese volumen humano también explica por qué se habla de “enorme complejidad organizativa”. No se trata solo de “hacerlo”, sino de hacerlo con seguridad: mantener esterilidad, controlar infecciones, ajustar anticoagulación y coagulación, sostener estabilidad hemodinámica, anticipar complicaciones, documentar decisiones clínicas, comunicar a familias, coordinar quirófanos sin colapsar. Hay momentos en que el hospital tiene que estirar su propia capacidad sin romperla, como una goma: tensión alta, pero sin llegar al punto de fallo.

En este contexto, las palabras del conseller Marciano Gómez adquieren un matiz práctico: felicitó a los equipos de trasplantes y a la coordinación por su entrega y profesionalidad, y dio las gracias a los familiares de los fallecidos y a las personas ajenas a la sanidad que favorecen el altruismo y la colaboración para “poder dar vida”. La frase institucional, aquí, tiene un soporte real: sin donación no hay trasplante, y sin un hospital capaz de absorber una jornada así, la donación no se traduce en implante. Son dos mitades de un mismo hecho.

También hay que leer entre líneas algo que rara vez se verbaliza: una jornada de este tipo implica que los servicios ordinarios conviven con el extraordinario. La urgencia general sigue entrando, los pacientes ingresados siguen necesitando cuidados, el hospital no “se apaga” para dedicarse solo a trasplantes. Que una estructura soporte diez trasplantes en una ventana tan corta habla de capacidad de respuesta y de una organización que, al menos ese día, fue capaz de mantener el equilibrio sin perder el control del resto.

Donación y posoperatorio: la otra mitad de la noticia

Cuando se cierran los puntos y se apagan las luces del quirófano, la historia no termina; cambia de escenario. Una vez finalizadas las intervenciones, los pacientes trasplantados quedaron ingresados en la Unidad de Anestesia y Reanimación para continuar con su vigilancia clínica y cuidados posoperatorios. Ese tránsito es crucial porque el trasplante no se juega solo en la sutura; se juega en las primeras horas, cuando hay que vigilar signos de sangrado, estabilidad, perfusión del órgano, respuesta del cuerpo a la nueva situación, balance de líquidos, función respiratoria, posibles complicaciones. En un trasplante pulmonar, por ejemplo, el control ventilatorio y la oxigenación se vuelven un territorio delicado; en un trasplante hepático, la coagulación y la función metabólica marcan el ritmo; en un trasplante cardíaco, el corazón recién implantado exige una observación casi obsesiva. Todo eso ocurre mientras el equipo mantiene el resto del hospital en marcha.

La coordinadora Ana Tur habló de diez pacientes que recibieron una nueva oportunidad de vida. Esa frase, puesta al lado del dato del centenar de profesionales, revela una aritmética humana: muchas personas trabajando para que cada receptor tenga una posibilidad real. Y también subraya otra realidad del trasplante: el éxito no se mide solo en “cirugías realizadas”, sino en cómo evolucionan esos pacientes en los días posteriores. Por eso el posoperatorio inmediato se convierte en una extensión de la cirugía, con vigilancia continua, ajustes de medicación, control de rechazo, prevención de infecciones y un cuidado quirúrgico que no admite descuidos.

En el fondo, la jornada de La Fe condensa en un solo día lo que normalmente se despliega en semanas: la donación, la extracción, la compatibilidad, el transporte, la implantación, la reanimación. Diez veces. Con órganos distintos, con tiempos distintos, con equipos distintos, con un mismo enemigo: el reloj. Que se haya conseguido concentrar esa actividad entre la tarde-noche del lunes y la madrugada del martes, manteniendo la secuencia de horarios de los implantes y activando además un operativo de código cero fuera de la Comunitat Valenciana, explica por qué desde la Conselleria se habló de hito histórico.

Y hay un detalle que se queda pegado a la memoria, aunque no lleve cifras: la escena de un único donante que permite tres trasplantes casi seguidos —corazón, hígado, pulmón— y, al mismo tiempo, la cadena de decisiones que hace posible que otros pacientes reciban trasplantes dobles o renales en esa misma ventana. Es el tipo de día que retrata, sin adornos, lo que significa un sistema de trasplantes cuando funciona: una respuesta rápida, una coordinación que reduce isquemia fría, equipos capaces de trabajar en paralelo y una donación que, en medio de una pérdida, se convierte en una sucesión de latidos, respiraciones y funciones recuperadas.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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