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Vuelve la nuclear en Japón: TEPCO reactiva Kashiwazaki-Kariwa

TEPCO reactiva Kashiwazaki-Kariwa, la mayor nuclear del mundo, y Japón vuelve a mirar a Fukushima entre alarmas, sismos y energía en Niigata. Japón ha vuelto a encender un símbolo.

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Japón reactiva Kashiwazaki-Kariwa

TEPCO reactiva Kashiwazaki-Kariwa, la mayor nuclear del mundo, y Japón vuelve a mirar a Fukushima entre alarmas, sismos y energía en Niigata.

Japón ha vuelto a encender un símbolo. Este miércoles 21 de enero de 2026, Tokyo Electric Power Company (TEPCO) puso en funcionamiento el reactor número 6 de la central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa, en la prefectura de Niigata, la planta con mayor capacidad del mundo. No es una reactivación cualquiera: es el primer encendido de una central operada por TEPCO desde el accidente de Fukushima en 2011, y ese dato, por sí solo, explica el volumen del debate que se abre dentro y fuera del país.

El arranque llegó con un pequeño tropiezo que, en materia nuclear, deja de ser “pequeño” en cuanto se pronuncia en voz alta: la operación se retrasó un día por la detección de un fallo en una alarma que no sonó durante una prueba vinculada al procedimiento para retirar las barras de control del reactor. Se corrigió el problema y se procedió al encendido, pero el episodio quedó ahí, como esas notas al margen que, si estás escribiendo con tinta negra sobre una página ya marcada por el pasado, se ven más que el texto principal.

Kashiwazaki-Kariwa llevaba quince años con la puerta cerrada a la gran pregunta energética de Japón. La central paró en 2011 tras el desastre de Fukushima, detonada por el gran terremoto y el tsunami posterior en el este del país. Desde entonces, el sistema japonés ha vivido en un equilibrio incómodo: necesidad de energía firme, un parque nuclear que no terminaba de levantar cabeza, importaciones de combustibles fósiles como colchón… y, en paralelo, una sociedad que no olvidó lo que significó Fukushima, ni en términos humanos ni en términos de confianza en las instituciones.

La novedad ahora no es solo que se haya encendido un reactor; es quién lo enciende, dónde y con qué telón de fondo político. El regulador y las autoridades locales han ido abriendo paso, TEPCO ha acumulado trámites y verificaciones, y el Gobierno japonés —liderado por la primera ministra Sanae Takaichi— empuja una estrategia de fondo: reforzar la energía nuclear como parte del mix para asegurar suministro y avanzar en objetivos de reducción de emisiones. En Japón, energía y política rara vez se separan. Aquí vuelven a abrazarse.

Kashiwazaki-Kariwa, la central gigante que vuelve al tablero

Hablar de Kashiwazaki-Kariwa es hablar de escala. El complejo cuenta con siete reactores y una capacidad total superior a 8.000 megavatios (MW). En el lenguaje de los titulares, eso se traduce en “la mayor del mundo”, pero la cifra tiene más miga cuando se coloca en el contexto de TEPCO: la compañía suministra energía a una de las áreas más densas y exigentes del planeta, el entorno de Tokio, donde conviven la industria, la vida doméstica, una demanda eléctrica constante y una presión social alta sobre los precios. Para TEPCO, Kashiwazaki-Kariwa no es solo una planta. Es una pieza estructural, como una viga en un edificio enorme. Cuando esa viga está fuera de servicio, el resto del edificio aguanta, sí, pero con más tensión en otros puntos.

El reactor reactivado ahora es el número 6, uno de los dos (junto al número 7) que cuentan con aprobación para volver a operar tras superar revisiones y trámites regulatorios. No se trata de un regreso repentino. El camino ha sido largo, lento y, en ocasiones, tortuoso. Los reactores 6 y 7 superaron revisiones para su reactivación en 2017, pero la planta siguió inoperativa por otra razón que, con el tiempo, se ha convertido en un eje central de la seguridad nuclear moderna: deficiencias en las medidas de seguridad pensadas para proteger la instalación frente a amenazas externas, incluidos escenarios de ataques. Ese giro es importante porque muestra cómo, tras Fukushima, la seguridad dejó de ser solo una cuestión de muros y bombas de agua: pasó a ser también una cuestión de accesos, vigilancia, protocolos, reacción ante intrusiones, cultura de control.

En diciembre de 2023, el regulador dio luz verde a las medidas adoptadas y, desde entonces, TEPCO ha ido completando procedimientos para poner la central en condiciones de encender. El paso de esta semana cristaliza todo eso: un encendido que, por la propia historia de TEPCO, se mira con lupa.

Conviene entender además un detalle esencial: en nuclear, “encender” no equivale a “estar ya generando a pleno rendimiento”. El proceso es gradual. Se inicia la operación del reactor, se verifican parámetros, se sube potencia de manera escalonada, se realizan comprobaciones. El hecho noticioso, sin embargo, es inequívoco: el arranque del reactor 6 marca el regreso de TEPCO al terreno nuclear operativo, un terreno que la empresa había perdido desde 2011 por razones técnicas, políticas y reputacionales.

Niigata da el paso: la política local como llave real

La prefectura de Niigata, donde se ubica Kashiwazaki-Kariwa, no es un simple punto en el mapa. Es la autoridad territorial que, en la práctica, tiene un peso decisivo en la aceptación de cualquier reinicio. En diciembre, la asamblea prefectural aprobó la reactivación del sexto reactor, un movimiento que llega después de que el regulador nuclear nacional hubiera dado su visto bueno a encender dos de los siete reactores del complejo.

La secuencia importa: primero, el filtro técnico y regulatorio. Después, el permiso político y social de un territorio que convive con la central. Y ahí entra un elemento que Japón conoce bien: la memoria sísmica. Niigata está en un país donde los terremotos no son noticia, son contexto, y eso cambia la forma de medir el riesgo. Cuando se discute un reinicio nuclear, no solo se discute ingeniería; se discuten carreteras, evacuaciones, comunicación, confianza en que las autoridades sabrán actuar si algo se complica. El debate, aunque se exprese en el parlamento regional, tiene siempre una dimensión doméstica: la de quienes viven relativamente cerca del complejo y han visto cómo un accidente, aunque ocurra en otra prefectura, termina reorganizando un país entero.

Por eso este reinicio tiene una carga especial: no es una central cualquiera ni un operador cualquiera. Es la mayor central nuclear del mundo reabriendo bajo la gestión de TEPCO, el nombre que en Japón se asocia de forma directa con Fukushima. El margen de error, incluso en lo simbólico, es mínimo. Un fallo de alarma basta para recordarlo.

El fallo de la alarma: la anécdota que en nuclear nunca es solo anécdota

La reactivación se produjo con un día de retraso porque se detectó un problema: una alarma no sonó durante una prueba relacionada con el procedimiento para retirar las barras de control del reactor. No fue un fallo durante operación a plena potencia, ni un incidente con consecuencias físicas, pero sí es un hecho relevante por lo que refleja: en un sistema obsesionado con redundancias, señales y confirmaciones, el silencio de una alarma es un mensaje.

TEPCO corrigió la anomalía y siguió adelante, pero el episodio se queda en la cabeza por una razón sencilla: Fukushima también fue una historia de sistemas que, en momentos críticos, no respondieron como se esperaba, de decisiones tomadas bajo presión y de una cadena de eventos en la que lo impensable se volvió real. Por eso, cualquier detalle que suene a “fallo” se interpreta con el eco del pasado.

El punto clave, para entender el clima, es que Japón no está reiniciando la nuclear en un vacío. La está reiniciando con un público exigente, con instituciones bajo vigilancia y con un regulador que necesita mostrarse firme. Los incidentes pequeños se convierten en exámenes públicos: no por dramatismo, sino por aprendizaje acumulado.

TEPCO vuelve al núcleo: un encendido con el apellido Fukushima pegado a la espalda

Cuando se dice que este es el primer encendido de una central operada por TEPCO tras Fukushima, se describe algo más que una cronología. Se describe un salto sobre una grieta moral. TEPCO no es solo una empresa eléctrica; en Japón es un actor histórico del desastre de 2011, con consecuencias políticas, económicas y sociales. La reactivación de Kashiwazaki-Kariwa implica que el Estado japonés, el regulador, las autoridades locales y, por extensión, una parte significativa del sistema institucional, acepta que TEPCO puede operar de nuevo una instalación nuclear bajo estándares reforzados.

Esa aceptación no equivale a confianza plena, pero es un paso. Y también es una necesidad práctica si el país quiere sostener su estrategia energética sin renunciar a una porción de generación estable. La energía nuclear aporta producción continua, no depende de viento o sol a corto plazo, y permite reducir consumo de combustibles fósiles. En un país con escasos recursos energéticos propios, esa ventaja pesa. Pero pesa contra el riesgo y contra el recuerdo.

En este caso, además, Kashiwazaki-Kariwa había sido una central “parada” durante demasiado tiempo para no ser tentación: su tamaño la convierte en objetivo natural de cualquier estrategia de “volver a la nuclear”. Si el Gobierno quiere que el mix tenga más nuclear, necesita recuperar plantas capaces de aportar grandes cantidades de energía. Kashiwazaki-Kariwa es la más evidente. Por eso la noticia tiene doble filo: técnica y política, energía y reputación.

El giro del Gobierno de Sanae Takaichi: nuclear para la descarbonización y para la estabilidad del sistema

El Ejecutivo de Sanae Takaichi promueve una política más favorable a la energía nuclear, conectándola con dos ideas que en Japón han ido ganando peso: seguridad energética y reducción de emisiones. La nuclear aparece como una herramienta para sostener el suministro sin depender tanto de importaciones de gas, carbón o petróleo, y también como una vía para cumplir objetivos climáticos sin renunciar a un sistema eléctrico robusto.

En el discurso oficial, la reactivación encaja “en línea” con esa estrategia. Pero el contexto real añade matices: Japón es un país altamente industrializado, con una demanda eléctrica alta y con un debate sobre el coste de la energía que se mezcla con inflación, competitividad y bienestar. La nuclear, en ese tablero, se presenta como un estabilizador. El problema es que ese estabilizador funciona solo si se sostiene la confianza pública y si el regulador actúa con independencia. Fukushima demostró lo contrario: cuando la confianza se rompe, el sistema entero se resiente, incluso si técnicamente podría operar.

Por eso, el encendido del reactor 6 no es un final de etapa. Es un inicio vigilado. TEPCO sabe que cualquier paso en falso no sería un simple incidente industrial: sería una crisis política y social. Y el Gobierno sabe que empujar demasiado rápido puede reactivar resistencias que llevan años bajo la superficie.

Japón y sus protocolos tras 2011: de la suspensión total al reinicio selectivo

El accidente de Fukushima en 2011 sacudió el país hasta el núcleo. La respuesta fue inmediata en un sentido amplio: protocolos más estrictos para todas las plantas, revisiones, rediseño de estándares, exigencias de seguridad reforzadas. Las centrales debieron suspender operaciones hasta adaptarse a los nuevos criterios. La nuclear japonesa pasó de ser una pieza central del mix a convertirse en un terreno minado políticamente.

Japón reanudó en 2015 su primer reactor tras la crisis, un dato que funciona como marcador temporal: desde entonces, el país ha ido reactivando unidades de forma gradual, con un modelo de aprobación caso por caso y con una participación local variable. La vuelta no ha sido lineal. Ha sido irregular, con parones, con resistencias judiciales en algunos casos, con exigencias técnicas en otros. La historia de Kashiwazaki-Kariwa es un ejemplo extremo de esa irregularidad: aprobaciones en 2017, parón por seguridad, luz verde en 2023 a medidas adoptadas, trámites durante 2024 y 2025… y encendido en enero de 2026.

La cadena explica por qué la noticia se lee como “quince años después”: no es solo el tiempo transcurrido desde Fukushima, es el tiempo que Kashiwazaki-Kariwa ha pasado fuera del tablero, pese a ser la central más grande. Un país puede permitirse mantener fuera una planta enorme durante un tiempo; durante quince años, la factura —económica, energética, política— se vuelve pesada.

El fantasma de Hamaoka: dudas sísmicas y datos erróneos en otra central

El contexto no ayuda a que el reinicio de Kashiwazaki-Kariwa se viva con tranquilidad. En paralelo, Japón mira con preocupación el caso de la central nuclear de Hamaoka, gestionada por Chubu Electric Power, por sospechas de que la empresa presentó datos erróneos sobre la capacidad de la planta para resistir terremotos. Hamaoka es una instalación con fama de delicada por su ubicación geológica: se encuentra en una zona donde confluyen grandes placas tectónicas, un escenario que en Japón se describe sin adornos, porque el mapa tectónico no admite maquillaje.

La semana pasada, la Autoridad de Regulación Nuclear (NRA) suspendió la revisión para reactivar Hamaoka, un movimiento significativo porque muestra que el regulador no está dispuesto a tramitar reinicios sin certezas. En un momento en que el Gobierno empuja hacia la nuclear, que el regulador frene un proceso por dudas sobre datos transmite un mensaje doble: por un lado, que el sistema intenta ser riguroso; por otro, que el riesgo de fallos —técnicos o de cultura corporativa— sigue ahí.

La coincidencia de ambos hechos, aunque no estén vinculados operativamente, crea un clima: por un lado, TEPCO reinicia la mayor planta del mundo; por otro, el regulador pone el pie en el freno ante dudas en Hamaoka. El resultado es una conversación pública sobre qué significa “seguridad” hoy, cómo se verifica y qué precio político tiene cualquier irregularidad en los datos.

Qué implica reactivar el reactor 6: potencia, red eléctrica y presión sobre el sistema

El reactor 6 es, en términos industriales, un bloque de generación de gran tamaño. Su aportación al sistema eléctrico tiene efectos en cascada: reduce necesidad de comprar energía en mercados, altera la planificación de generación de otras fuentes, permite reorganizar mantenimiento de plantas térmicas, impacta en las reservas de capacidad del sistema. Nada de esto se vive con romanticismo; se vive como ingeniería aplicada a un país real.

TEPCO considera Kashiwazaki-Kariwa una pieza clave de su plan de suministro energético. Y el Gobierno la ve alineada con su estrategia de emisiones. En la práctica, la reactivación también sirve para algo menos mencionado pero relevante: señalar que Japón quiere recuperar margen de maniobra. Tras Fukushima, el país aumentó su dependencia de combustibles fósiles importados. Con la volatilidad de los mercados energéticos globales, esa dependencia se traduce en vulnerabilidad económica. Reactivar nuclear reduce esa exposición, aunque no la elimina.

El punto delicado es que el beneficio se percibe de forma lenta y el riesgo se percibe de forma inmediata. La energía que produce un reactor se integra en la red con normalidad; la sensación pública de riesgo, en cambio, se dispara con facilidad. Por eso el reinicio no es solo un asunto de megavatios, sino de gobernanza y transparencia.

La seguridad en el centro: del “desastre natural” a la amenaza externa

La historia reciente de Kashiwazaki-Kariwa incluye un capítulo que define la era post-Fukushima: la central fue obligada a permanecer inoperativa por fallas en la seguridad contra ataques. Ese dato es crucial porque enseña cómo ha evolucionado el concepto de seguridad nuclear. Antes de 2011, el foco estaba en fallos técnicos, accidentes internos, riesgos naturales. Después, el foco se amplió: además de terremotos y tsunamis, entraron con fuerza las amenazas deliberadas, la protección física, la ciberseguridad asociada a sistemas de control, los protocolos de acceso, la vigilancia.

Que un complejo tan grande quedara bloqueado por carencias en ese ámbito sugiere dos cosas a la vez: que el regulador endureció el listón, y que los operadores tuvieron que adaptarse a exigencias nuevas, costosas y, a veces, incómodas. En 2023 se aprobó que las medidas adoptadas eran suficientes; en 2026 se llega al encendido. El tiempo transcurrido no es solo burocracia: refleja la magnitud de lo que se exige a una instalación que, por tamaño, se considera crítica.

La sombra de Fukushima: lo que cambió y lo que sigue sin resolverse del todo

Fukushima no fue solo un accidente industrial. Fue un acontecimiento nacional que reordenó debates sobre energía, confianza institucional y gestión de crisis. La central de Fukushima Daiichi, operada por TEPCO, sufrió una secuencia de fallos tras el gran terremoto y el tsunami: pérdida de suministro, sistemas de refrigeración comprometidos, explosiones de hidrógeno, evacuaciones, un impacto prolongado en el territorio y en la percepción pública de la nuclear.

Desde entonces, Japón reforzó protocolos y exigencias. Pero hay preguntas que no se cierran con una norma. La principal es si un país con alta sismicidad puede operar una gran flota nuclear con riesgos aceptables. Japón intenta responder con ingeniería, regulación, redundancias y aprendizaje. Quince años después, esa respuesta no es perfecta, pero existe. El reinicio de Kashiwazaki-Kariwa es una forma de decir: “vamos a intentarlo de nuevo, con reglas más duras”.

La cuestión es que esa frase, en Japón, nunca se pronuncia en voz alta con ligereza. Se pronuncia con un trasfondo de vidas desplazadas, zonas afectadas, litigios, reconstrucción y un recuerdo colectivo muy presente. Por eso TEPCO camina con pies de plomo. Por eso Niigata pone condiciones. Por eso la NRA detiene procesos cuando huele a dato dudoso, como en el caso de Hamaoka.

Kashiwazaki-Kariwa y el debate internacional: la nuclear como respuesta y como riesgo

El retorno nuclear japonés se mira también desde fuera. En Europa, la energía nuclear vive debates distintos según el país: hay quienes la consideran esencial para la descarbonización y quienes la rechazan por riesgo y residuos. Japón, en cambio, discute la nuclear con una memoria reciente de desastre, pero también con una realidad energética de dependencia exterior. Eso hace que su decisión sea observada como indicador: si Japón, con Fukushima en su historia reciente, retoma nuclear, es porque siente presión estructural.

Kashiwazaki-Kariwa, por su tamaño, tiene un valor emblemático. Si funciona sin incidentes y con transparencia, puede consolidar la estrategia de reactivaciones. Si surge un problema, aunque sea menor, el impacto mediático puede ser desproporcionado, precisamente por la carga simbólica de TEPCO. En nuclear, el contexto pesa tanto como la física.

La reactivación también llega en un momento en el que Japón intenta equilibrar renovables, nuclear y térmicas. Las renovables crecen, sí, pero la integración en red, la intermitencia y la gestión de picos de demanda siguen siendo retos. La nuclear ofrece potencia estable, pero exige inversiones, tiempo, regulaciones y una cultura de seguridad extrema. La térmica ofrece flexibilidad, pero penaliza emisiones y dependencia. El mix se convierte en un ejercicio de equilibrio, y Kashiwazaki-Kariwa es una pieza que, por potencia, puede mover el centro de gravedad.

Qué puede pasar a partir de ahora: la unidad 7 y la normalización del regreso

El encendido del reactor 6 abre inevitablemente la mirada hacia la unidad 7, el otro reactor con aprobación para reiniciar. Si el proceso del 6 se desarrolla sin sobresaltos, la presión para avanzar con el 7 crecerá. Si aparecen problemas, la cautela se impondrá. TEPCO no puede permitirse improvisaciones, y el regulador tampoco puede permitirse laxitud. En Japón, después de Fukushima, la nuclear opera bajo un contrato social distinto: más escrutinio, más exigencias, más necesidad de explicar decisiones.

También hay una dimensión interna en TEPCO: reactivar una central después de años de inactividad exige recuperar rutinas, reforzar formación, retener talento, mantener cultura de control. La seguridad nuclear es tan técnica como humana. Se construye con equipos, procedimientos, disciplina, y con la capacidad de parar cuando algo no cuadra. El fallo de la alarma, con su retraso de un día, puede leerse precisamente como eso: el sistema se detuvo, se revisó, se corrigió. En un entorno post-Fukushima, esa reacción es parte del relato.

Al mismo tiempo, Japón no está aislado de su propia geografía ni de su propia política. Cualquier terremoto relevante, cualquier crisis energética global, cualquier incidente en una planta —aunque no sea nuclear— altera la percepción social. Kashiwazaki-Kariwa no vuelve a un país en calma. Vuelve a un país que aprendió a desconfiar, y que exige resultados sostenidos.

Un regreso vigilado a la gran apuesta energética

La reactivación del reactor 6 en Kashiwazaki-Kariwa resume el dilema japonés en una imagen nítida: un país que necesita energía firme decide volver a apoyarse en la nuclear, pero lo hace bajo el peso de 2011 y con una regulación que ya no se permite fallar. TEPCO, protagonista involuntario de Fukushima, regresa al terreno nuclear operativo con una central gigantesca que estuvo quince años parada. Niigata aceptó el paso en diciembre, la NRA ha ido validando medidas y trámites, y el Gobierno de Sanae Takaichi empuja una estrategia que conecta nuclear con suministro y emisiones. En paralelo, el caso de Hamaoka recuerda que el sistema sigue examinándose a sí mismo y que los datos, en este campo, no pueden ser un juego.

El encendido de esta semana no borra Fukushima. Tampoco lo pretende. Lo que hace es abrir una etapa nueva, mucho más vigilada, donde cada prueba, cada alarma, cada informe y cada decisión cuenta. Kashiwazaki-Kariwa vuelve al tablero como una pieza mayor, sí, pero también como un examen continuo: para TEPCO, para el regulador y para un Japón que, quince años después, aún escucha el zumbido de aquel 2011 cada vez que se habla de nuclear.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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