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¿Puede Starlink delatar a sus usuarios? La alerta israelí

Una tecnología israelí para localizar usuarios de Starlink agita el debate sobre privacidad, vigilancia y datos móviles

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La promesa de Starlink siempre ha tenido algo de escapatoria limpia: una antena pequeña, cielo abierto, conexión fuera de las redes nacionales y esa sensación tan moderna de que basta mirar hacia arriba para esquivar al poder de abajo. La nueva investigación publicada por Haaretz enfría bastante esa imagen. Según el diario israelí, dos empresas de propiedad o vínculo israelí han desarrollado sistemas capaces de localizar terminales de Starlink en distintos puntos del mundo y, en algunos casos, asociar esos accesos a usuarios concretos sin piratear la red ni romper su cifrado. No estaríamos ante un agujero clásico de ciberseguridad, sino ante algo más incómodo: la explotación de los rastros comerciales que dejan los dispositivos conectados alrededor de una antena.

La noticia importa porque Starlink no es una conexión más. Es la red que ha servido para mantener comunicaciones en Ucrania, para sortear apagones de internet en Irán, para dar cobertura en zonas remotas y para operar en territorios donde la infraestructura terrestre está destruida, censurada o directamente bajo control estatal. Ahí está la paradoja, casi de manual negro del siglo XXI: la herramienta que prometía independencia frente a las redes nacionales puede quedar expuesta por la industria global de datos publicitarios, esa maquinaria invisible que sabe dónde dormimos, qué apps abrimos y qué móvil se mueve con nosotros aunque no le pongamos nombre.

La tecnología que no rompe Starlink, pero rodea su sombra

El dato central es este: los sistemas descritos no necesitarían entrar en Starlink, interceptar el tráfico de internet ni descifrar comunicaciones. La arquitectura de Starlink, basada en miles de satélites de órbita baja y no en una infraestructura nacional tradicional, hace mucho más difícil el viejo espionaje de las comunicaciones por satélite, ese de pinchar enlaces, capturar señales y tirar del hilo como en una película de la Guerra Fría con ceniceros llenos. Según la investigación, el método sería otro: fusionar grandes volúmenes de datos comerciales, geolocalización, identificadores publicitarios y señales digitales para situar terminales y, a veces, conectar esos terminales con personas o dispositivos.

La diferencia es esencial. Un terminal de Starlink funciona como puerta de entrada a internet para varios dispositivos. Una antena puede dar conexión a teléfonos, portátiles, tabletas o equipos de trabajo. Si alguno de esos móviles abre una aplicación, carga publicidad, envía señales de ubicación o queda asociado a un identificador publicitario de Apple o Google, se produce una miguita. Una sola miguita no dice gran cosa. Miles, cruzadas con IP, posición probable del terminal, hábitos de conexión y bases de datos compradas en el mercado, empiezan a dibujar un mapa. Y el mapa, cuando se vende a gobiernos, deja de ser una curiosidad técnica para convertirse en infraestructura de vigilancia.

Aquí no hay una antena con gabardina mirando por la ventana. Hay algo más prosaico y, quizá por eso, más inquietante: la publicidad digital convertida en inteligencia. La industria que nació para vender zapatillas, viajes y suscripciones acaba sirviendo, si los datos circulan sin control suficiente, para perfilar a un periodista en una zona de guerra, a un activista durante un apagón de internet o a un barco que ha apagado su transpondedor. El viejo “no tengo nada que ocultar” se queda pequeño cuando lo que está en juego no es una contraseña, sino la mera posibilidad de estar conectado sin ser localizado.

TargetTeam, Stargetz y Rayzone: los nombres que aparecen

La investigación identifica a TargetTeam, una empresa con base en Chipre y propiedad israelí, como responsable de un sistema llamado Stargetz. Según materiales comerciales citados en la investigación, Stargetz podría seguir cerca de un millón de terminales Starlink en todo el mundo. En una demostración, el panel mostraba terminales en Oriente Medio, la península arábiga, el Golfo, India, Rusia, China y zonas marítimas como el mar Arábigo o la bahía de Bengala, donde algunos grupos de señales podrían corresponder a barcos. El sistema habría mostrado un millón de terminales dando acceso a 5,5 millones de dispositivos, con aproximadamente una quinta parte de esos terminales “desanonimizados”, aunque esas cifras no han podido ser verificadas de forma independiente.

El segundo nombre relevante es Rayzone, una compañía israelí de inteligencia que, según la información publicada, comercializa capacidades similares dentro de una plataforma más amplia de análisis masivo de datos. Su producto Echo aparece vinculado al uso de Ad-INT, inteligencia basada en tecnología publicitaria, una etiqueta fea pero bastante precisa: convertir los datos de anuncios, pujas en tiempo real, identificadores móviles y señales de ubicación en material de investigación estatal. TargetTeam y Rayzone no respondieron públicamente a la investigación, y SpaceX y Starlink tampoco ofrecieron una explicación detallada sobre el alcance de estos sistemas.

El matiz importa porque no estamos ante una acusación de hackeo al estilo clásico. No se afirma que Starlink haya sido penetrado ni que los mensajes de sus usuarios se lean desde una consola. Lo que se plantea es más lateral: si los dispositivos que usan Starlink generan datos comerciales, esos datos pueden permitir inferir dónde está el terminal y quién se conecta a él. La puerta no se fuerza. Se entra por la alfombra de migas que dejan las apps, los anuncios, los SDK de publicidad y los brokers de datos. Muy elegante. También muy desagradable.

Por qué Starlink se ha vuelto tan valioso para gobiernos y ejércitos

Starlink se ha convertido en una red crítica porque ofrece internet donde otros sistemas fallan o son bloqueados. El ejército ucraniano ha dependido de miles de terminales para comunicaciones de combate y operaciones con drones, y una caída global de Starlink llegó a afectar a misiones militares durante más de dos horas. En febrero de 2026, Ucrania afirmó que terminales usados por tropas rusas habían sido desactivados tras trabajar con SpaceX en listas blancas para bloquear conexiones no autorizadas, señal de hasta qué punto esta red se ha incrustado en el campo de batalla.

Esa misma condición explica su valor para civiles, activistas y organizaciones humanitarias en contextos de censura o colapso. En Irán, por ejemplo, los apagones de internet y los intentos de aislar digitalmente a la población han hecho que Starlink aparezca como una vía de emergencia, aunque su uso sea ilegal y pueda acarrear castigos. El régimen iraní ha recurrido a bloqueos, interferencias y persecución de antenas dentro de una estrategia más amplia de aislamiento digital. La conexión satelital no es solo comodidad; en ciertos lugares es oxígeno político, familiar, médico, periodístico.

Por eso la noticia golpea en un punto sensible. La pregunta de fondo no es si Starlink es seguro en abstracto, porque ninguna tecnología lo es fuera del mundo de las presentaciones corporativas con fondo azul. La cuestión es si un usuario que cree haber escapado de la vigilancia local puede quedar expuesto por otra cadena de vigilancia, más opaca, más privatizada y más difícil de ver. Una antena en una azotea, una app con permisos generosos, una puja publicitaria en milisegundos, un dato de ubicación vendido a terceros. Nada espectacular. Todo perfectamente cotidiano.

La trampa de los identificadores publicitarios

Los identificadores publicitarios son códigos asociados a dispositivos móviles para personalizar anuncios y medir campañas. En teoría, pueden reiniciarse o limitarse; en la práctica, forman parte de un ecosistema gigantesco donde apps, intermediarios, plataformas de compra publicitaria y brokers intercambian señales constantemente. Según el análisis publicado a partir de la investigación de Haaretz, esos identificadores serían una pieza clave para vincular dispositivos concretos con terminales Starlink, porque el terminal actúa como punto de conexión y los teléfonos conectados siguen generando rastros comerciales.

Dicho sin barniz técnico: Starlink puede sacar al usuario de la red nacional, pero no necesariamente lo saca del mercado global de datos. Si un móvil conectado a una antena Starlink abre redes sociales, usa apps con publicidad, comparte ubicación o conserva historiales de movilidad, ese móvil sigue hablando. No con palabras, sino con señales. Y esas señales pueden comprarse, agregarse, cruzarse, depurarse. La privacidad deja de depender solo de la antena y pasa a depender del teléfono que alguien lleva en el bolsillo, de las apps que tiene instaladas y de una industria que rara vez se presenta diciendo toda la verdad sobre lo que sabe.

Ahí está el núcleo más incómodo. Durante años, el debate sobre vigilancia digital se ha contado como una batalla entre gobiernos y cifrado, policías y móviles, espías y chats privados. Pero la tecnología descrita apunta a otro frente: el dato comercial como atajo de inteligencia. No hace falta romper Signal si se puede saber que un dispositivo estuvo conectado a una antena concreta en una zona concreta durante una ventana horaria concreta. No hace falta leer el mensaje si basta con localizar al mensajero. La vigilancia moderna, a veces, no quiere escuchar la conversación; le alcanza con saber quién estaba allí.

Qué revela esta historia sobre Elon Musk y el mito de la conexión libre

Starlink pertenece a SpaceX, la compañía de Elon Musk, y su crecimiento ha sido vertiginoso. En enero de 2026, la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos aprobó que SpaceX desplegara otros 7.500 satélites Starlink de segunda generación, elevando la autorización hasta 15.000 satélites, aunque la empresa había solicitado cerca de 30.000. SpaceX ya es el mayor operador mundial de satélites, con una red de miles de aparatos dando servicio a consumidores, gobiernos y clientes empresariales.

Ese tamaño convierte a Starlink en algo más que un producto. Es infraestructura geopolítica privada. Su dueño puede presentarla como innovación, conectividad rural o solución ante emergencias, y todo eso puede ser cierto a la vez. Pero también es una red con peso militar, diplomático y regulatorio. Ucrania lo sabe. Rusia lo sabe. Irán lo sabe. Estados Unidos lo sabe. Y ahora el mercado de la vigilancia parece haber entendido otra cosa: donde hay millones de terminales y millones de dispositivos conectados, hay una superficie de datos colosal. No siempre para atacar la red; a veces basta con rodearla.

El mito tecnológico suele funcionar así: primero aparece una promesa limpia, casi virginal; después llega el mundo real, con ministerios, contratistas, sanciones, guerras, brokers de datos, reguladores dormidos y comerciales capaces de vender cualquier cosa con un PowerPoint. Starlink nació en el imaginario público como una especie de internet del cielo. La investigación recuerda que el cielo también proyecta sombras. Y que, bajo esas sombras, los datos no desaparecen: circulan.

El riesgo para periodistas, activistas y usuarios corrientes

La dimensión más delicada afecta a quienes usan Starlink porque no tienen otra opción segura. Los servicios satelitales pueden ser el último canal disponible para pedir ayuda, documentar abusos o contar lo que ocurre en países sometidos a apagones, bloqueos o conflictos. La preocupación no es teatral: si esas conexiones pueden ser rastreadas mediante datos comerciales, periodistas, activistas, cooperantes y civiles quedan más expuestos frente a Estados y actores armados.

También hay usos legítimos de seguridad estatal, claro. La misma tecnología puede servir para localizar embarcaciones que apagan sus transpondedores, perseguir redes criminales o controlar el uso de terminales en escenarios sancionados. Ese argumento existe y no conviene despacharlo con superioridad de café. Pero el problema de estas herramientas es su elasticidad: nacen para perseguir terroristas, acaban vigilando disidentes; se venden como control de fronteras, terminan siguiendo periodistas; se justifican por la guerra, se normalizan en tiempos de paz. La historia de la vigilancia comercial rara vez falla en ese patrón.

El usuario común tampoco queda fuera. No hace falta vivir en una trinchera ni estar escondido de una dictadura para que esta noticia interese. Lo que se muestra es una grieta del ecosistema digital entero: la imposibilidad creciente de separar conexión, publicidad, ubicación e identidad. Una familia que usa Starlink en una casa aislada, una empresa en una obra remota, un marinero, una ONG, un fotógrafo, un camionero, cualquiera. Si sus dispositivos generan datos y esos datos se venden, el anonimato se vuelve menos una condición técnica y más una ilusión amable.

Lo que Starlink no puede resolver sola

Sería tentador cargar toda la responsabilidad sobre SpaceX. Y sería demasiado simple. Starlink debe reforzar sus mecanismos de privacidad, transparencia y protección de usuarios vulnerables, especialmente en zonas de conflicto. Pero el problema descrito no vive solo dentro de Starlink. Vive en el mercado de datos personales, en los permisos de las apps, en los identificadores publicitarios, en la compraventa de ubicaciones, en la vigilancia tercerizada y en la falta de controles reales sobre quién compra información sensible y con qué finalidad.

La paradoja es que el terminal puede estar cifrado, la comunicación puede no estar interceptada y aun así el usuario puede quedar localizado. Es como cerrar la puerta con tres cerrojos y dejar un reguero de harina desde la cocina hasta la calle. La seguridad digital ya no depende solo de que nadie rompa la cerradura; depende de que no haya veinte empresas vendiendo el mapa de tus pasos. Y ahí los gobiernos democráticos tienen un problema pendiente, porque han permitido durante años que la economía de la atención se comportara como una agencia de inteligencia de bajo coste, sin uniforme y con contrato mercantil.

En España y en Europa, la lectura inmediata pasa por la protección de datos, la contratación pública y el uso de herramientas de inteligencia comercial por parte de administraciones. La pregunta no es únicamente qué pueden comprar los gobiernos extranjeros, sino qué límites efectivos existen para impedir que datos generados por ciudadanos acaben en productos de vigilancia. El Reglamento General de Protección de Datos puso un marco potente, sí, pero el mercado global de datos viaja por grietas, filiales, socios, subcontratas y jurisdicciones donde la letra pequeña se vuelve niebla.

La antena mira al cielo, los datos miran al usuario

La investigación sobre Starlink deja una enseñanza bastante sobria: la privacidad ya no se rompe solo atacando sistemas, también se erosiona conectando bases de datos. La antena puede comunicarse con satélites, evitar cables terrestres y mantener viva una conexión donde el poder local corta la red. Pero alrededor de esa antena hay teléfonos, apps, anuncios, identificadores, rutinas. El usuario mira al cielo buscando libertad; los datos, mucho más obedientes, miran hacia él.

Starlink seguirá siendo una tecnología decisiva. En zonas rurales, en emergencias, en guerras y en países que cortan internet, su valor es evidente. Precisamente por eso esta noticia pesa. No desmonta la utilidad de la red de Musk, pero sí rompe una fantasía: conectarse por satélite no equivale a desaparecer. El nuevo campo de batalla no está solo en la órbita baja ni en las antenas blancas sobre tejados polvorientos. Está en el mercado invisible que convierte gestos mínimos —abrir una app, cargar un anuncio, llevar un móvil encima— en coordenadas. Y cuando las coordenadas se venden, la libertad empieza a depender de quién compra.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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