Actualidad
¿Irán prepara una gran venganza tras morir Khamenei?

Khamenei ha muerto y Teherán eleva la amenaza de represalia mientras se abre una pugna por el poder que sacude gran parte de Oriente Próximo.
Irán ha cruzado este 1 de marzo de 2026 una línea de esas que cambian el mapa mental de Oriente Próximo en unas horas. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, ha dicho en la televisión estatal que la muerte del líder supremo, Ali Khamenei, equivale a una “declaración de guerra” contra todos los musulmanes y que vengar su asesinato no solo es un derecho, sino también “un deber legítimo”. La frase, durísima, llega después de que los medios estatales iraníes confirmaran la muerte de Khamenei tras los ataques lanzados por Estados Unidos e Israel sobre Teherán. A partir de ahí, la noticia deja de ser solo la desaparición del hombre más poderoso de Irán. Pasa a ser otra cosa: una promesa explícita de represalia, una transición de poder abierta bajo fuego y un salto de tensión que ya se nota fuera de las fronteras iraníes.
El régimen iraní intenta proyectar una imagen de continuidad, pero lo que hay debajo es un temblor enorme. Khamenei, muerto a los 86 años, llevaba desde 1989 en la cúpula del sistema y concentraba la última palabra en los asuntos decisivos: seguridad, política exterior, programa nuclear, aparato judicial, Guardia Revolucionaria, equilibrio entre facciones internas. Su desaparición no es una sustitución administrativa. Es un golpe al centro del poder real. Y por eso Teherán ha respondido con dos movimientos simultáneos: sacralizar la figura del líder muerto y elevar el precio político de su asesinato, presentándolo como una agresión contra el islam y contra el chiismo mundial. Esa doble maniobra busca algo muy concreto: cerrar filas por dentro y justificar, por fuera, que la respuesta iraní ya no se plantee como una opción táctica, sino como una obligación histórica.
La frase de Pezeshkian que endurece toda la crisis
Lo que ha dicho Pezeshkian importa por el contenido y por el momento en que lo dice. Según su declaración, la muerte de Ali Khamenei no se interpreta en Teherán como un ataque limitado contra un jefe de Estado enemigo, sino como una agresión contra “la más alta autoridad política de la República Islámica” y contra “un importante líder del chiismo mundial”. Ahí está la clave. El presidente iraní no encierra el episodio en el marco habitual de una confrontación entre Irán, Israel y Estados Unidos. Lo amplía. Lo reescribe como una ofensa contra una comunidad religiosa mucho más extensa, con ramificaciones en Irak, Líbano, Pakistán, Yemen y otros puntos de la región. Ese encuadre no es retórica ornamental. Es una herramienta política de primer nivel.
En la práctica, esa formulación permite al régimen ganar varias cosas a la vez. Primero, convierte la muerte de Khamenei en un asunto sagrado y colectivo, no solo estatal. Segundo, manda un mensaje a su red de aliados y grupos afines: el golpe no ha sido contra un hombre concreto, sino contra un símbolo del campo chií. Y tercero, prepara el terreno para cualquier respuesta futura, sea directa o indirecta. Cuando un Gobierno afirma en público que la venganza es un deber legítimo, ya está moviendo piezas, aunque todavía no revele cuáles. No es una frase soltada al calor del duelo. Es una línea política. Y es, además, una señal para Washington y para Tel Aviv de que Teherán no quiere aparecer ni paralizado ni humillado en el primer día después del golpe más grave sufrido por la República Islámica en décadas.
Religión, poder y mensaje a la calle
La dimensión religiosa del mensaje tiene bastante más fondo del que parece a primera vista. Khamenei no era solo el jefe del sistema iraní; también era, para una parte del chiismo político, un referente doctrinal y una figura de autoridad. No la única, ni una autoridad indiscutida en todos los ámbitos, pero sí un centro de gravedad para el relato revolucionario iraní desde finales de los años ochenta. Cuando Pezeshkian presenta su muerte como un ataque al islam y a los chiíes del mundo, está intentando activar esa capa emocional y simbólica. Busca que el duelo no se quede en Teherán, sino que se proyecte hacia otras capitales, otras milicias, otros clérigos, otras calles. Es una forma muy iraní de internacionalizar un golpe interno y convertirlo en bandera.
Ese movimiento ya ha tenido eco. Hamas ha lamentado la muerte de Khamenei y la ha descrito como un ataque abominable, mientras el gran ayatolá Ali al Sistani, la figura religiosa chií más influyente de Irak, ha transmitido sus condolencias y ha pedido unidad a los iraníes. No es un detalle menor. Que actores de ese nivel reaccionen tan deprisa refuerza justo el marco que Teherán intenta imponer: la muerte de Khamenei no sería, según esa narrativa, solo un éxito militar de sus enemigos, sino un acontecimiento con repercusión en el universo político y religioso chií. Otra cosa es cuánto recorrido real tenga ese relato en sociedades cansadas de vivir al borde del incendio. Pero el régimen ya ha escogido el lenguaje con el que quiere librar esta nueva fase.
La sucesión se abre con el país bajo ataque
Mientras el discurso oficial se endurece, el poder iraní ha tenido que moverse a una velocidad inusual para cubrir el vacío institucional. Las informaciones conocidas este domingo apuntan a la creación de un consejo temporal de liderazgo, activado mientras se encauza el proceso sucesorio previsto en el sistema iraní. Todo eso ocurre bajo el paraguas del artículo 111 y con una Asamblea de Expertos llamada a designar al próximo líder supremo. Sobre el papel, el mecanismo existe desde hace años. Sobre el terreno, lo decisivo no es solo el procedimiento formal, sino quién controla la transición, quién impone el relato de continuidad y quién logra aparecer como garante de la supervivencia del régimen en el peor momento imaginable.
Lo más delicado aquí no es únicamente elegir un sucesor. Lo más delicado es evitar la imagen de vacío de mando. En Irán, el líder supremo no es un árbitro simbólico. Es la pieza que ordena el tablero. Sin él, todo el sistema tiene que demostrar en tiempo récord que sigue funcionando: la Guardia Revolucionaria, el aparato clerical, el poder judicial, los servicios de seguridad, el Consejo de Guardianes, la red económica ligada al Estado y los órganos de decisión que orbitaban alrededor de Khamenei. De ahí que el país haya declarado 40 días de luto y una semana de parón oficial, envolviendo la crisis en una liturgia de Estado. El mensaje es nítido: el régimen está herido, pero no quiere que nadie lo vea descompuesto.
Larijani emerge como nombre clave
En medio de esa transición ha ganado peso una figura que llevaba tiempo moviéndose con habilidad en los pasillos del sistema: Ali Larijani. Reuters lo sitúa ya como gran intermediario y hombre fuerte del momento, con capacidad para moverse entre el aparato de seguridad, la diplomacia y las distintas familias del régimen. Larijani no es un moderado al estilo occidental ni un outsider improbable. Es un veterano del sistema, con pasado en la Guardia Revolucionaria, experiencia como negociador nuclear y una relación estrecha con la cúpula iraní. Su ventaja es otra: tiene un perfil lo bastante pragmático como para conversar con varios centros de poder sin romper con ninguno.
Eso no significa que la transición vaya a ser suave. Al contrario. La muerte de Khamenei abre inevitablemente una pugna entre quienes apuestan por una línea todavía más dura y quienes creen que el régimen solo puede sobrevivir si introduce algo de flexibilidad táctica, al menos por fuera. La dificultad está en que ambas corrientes comparten una prioridad inmediata: no mostrar debilidad. Y cuando el presidente del país acaba de prometer venganza, cuando la televisión estatal convierte el duelo en una causa religiosa y cuando el enemigo sigue golpeando, el margen para las soluciones templadas se encoge. Larijani puede ser un gestor de transición, sí, pero también el rostro de una continuidad sin maquillaje: mismo sistema, mismo nervio autoritario, distinto reparto interno de poder.
La región ya nota el temblor
La onda expansiva no se ha quedado en Irán. Karachi, en Pakistán, ha vivido choques graves alrededor del consulado de Estados Unidos, con nueve muertos tras un intento de asalto y disturbios que llevaron a la policía a usar gas lacrimógeno. También se han registrado protestas en Bagdad, cerca de la embajada estadounidense, y en otros puntos con fuerte presencia chií. Son escenas que explican bien el sentido del discurso iraní: cuando Teherán habla de ataque a los chiíes del mundo, intenta activar exactamente estas reacciones, mezclar duelo, indignación religiosa y rechazo a Washington e Israel en una sola corriente. No es un fenómeno nuevo, pero sí más peligroso cuando el detonante es la muerte confirmada del líder supremo.
La inestabilidad también ha saltado al espacio aéreo y a las rutas comerciales. El conflicto ha provocado caos en miles de vuelos, con grandes nodos de conexión como Dubái, Abu Dabi y Doha operando con fuertes restricciones o cierres, mientras varias aerolíneas europeas y asiáticas han cancelado o desviado rutas. El impacto no es secundario. Esos aeropuertos son bisagras entre Europa y Asia, y su bloqueo altera cadenas enteras de conexiones, tripulaciones y escalas. Para España y el resto de Europa, eso significa vuelos más largos, cancelaciones, costes operativos más altos y una nueva capa de incertidumbre sobre una región que ya funcionaba como uno de los grandes cruces del tráfico mundial.
La presión se nota también en el mar. Reuters ha informado de que grandes navieras japonesas han suspendido operaciones por el estrecho de Ormuz, un paso esencial por el que circula cerca del 20% del petróleo mundial y una parte muy relevante del gas natural licuado. Si esa arteria queda realmente bloqueada o sometida a una inseguridad prolongada, el impacto no sería abstracto ni lejano: golpea al mercado energético, encarece el transporte, presiona la inflación y multiplica el miedo a una crisis de suministro. En las últimas horas ya se mueve esa idea en los mercados: si el choque se alarga, el petróleo puede tensionarse con fuerza. La geopolítica, cuando aprieta ahí, se acaba notando en la economía real mucho antes de que los partes militares se enfríen.
Qué formas puede tomar la represalia iraní
La gran incógnita es cómo piensa responder Teherán. La promesa de Pezeshkian no aclara el formato, solo deja clara la obligación política de reaccionar. Una opción sería una represalia controlada pero visible, diseñada para salvar la cara del régimen sin provocar un choque regional total. Otra, más inquietante, pasa por una combinación de ataques directos, misiles, drones y operaciones a través de redes aliadas o milicias próximas a Irán. Y existe una tercera vía, quizá la más verosímil a corto plazo: una respuesta dosificada, escalonada, que permita al régimen estabilizar primero la sucesión interna y decidir después cuánto quiere arriesgar. El problema es que todas esas vías comparten una lógica común: la inacción pura casi ha desaparecido del menú.
Washington ya ha dejado claro que interpreta cualquier represalia iraní como un posible salto de escalada. Donald Trump ha advertido de que, si Irán golpea “muy duro”, Estados Unidos responderá con una fuerza “nunca vista”. Del lado israelí, Benjamin Netanyahu aseguró horas antes que había indicios de que Khamenei ya no seguía con vida y presentó el ataque como parte de una ofensiva más amplia contra la amenaza iraní. Entre ambos mensajes hay una idea compartida: el golpe contra el líder supremo no se vende como una operación puntual, sino como una apuesta estratégica para redibujar el equilibrio regional y debilitar al régimen en su núcleo. Eso aumenta la presión sobre Teherán y, al mismo tiempo, estrecha sus salidas.
Conviene recordar, además, que el llamado “eje de resistencia” llega a este momento bastante más tocado que hace unos años. La red de influencia construida por Irán en Líbano, Siria, Irak, Yemen y Gaza ha sufrido desgaste, pérdidas y un deterioro evidente en varios frentes. Aun así, sigue existiendo capacidad para complicar la vida a sus enemigos mediante ataques indirectos, presión sobre rutas estratégicas, movilización callejera y hostigamiento a bases o intereses estadounidenses en la región. La venganza iraní, si llega, no tiene por qué parecerse a una guerra convencional al uso. Puede ser más fragmentada, más ambigua, más nerviosa. El tipo de conflicto en el que nunca está claro dónde empieza el siguiente capítulo hasta que explota.
El expediente nuclear vuelve al centro
Hay otro frente que reaparece con fuerza: el programa nuclear iraní. Khamenei fue durante años la autoridad última sobre una estrategia que combinaba desafío, negociación, ambigüedad y resistencia a las presiones occidentales. Con su muerte, el archivo nuclear deja de estar bajo la tutela del hombre que lo convirtió en una de las grandes palancas de poder de la República Islámica. Y eso cambia el clima entero. Si el nuevo mando queda más condicionado por la Guardia Revolucionaria y por la necesidad de exhibir firmeza, el espacio para cualquier negociación se reduce. En un entorno así, la cuestión nuclear deja de ser un dossier diplomático complejo y vuelve a sonar como lo que siempre fue en el fondo: un instrumento de supervivencia del régimen y un multiplicador de poder regional.
El país que deja Khamenei
Para entender por qué su muerte tiene este efecto hay que mirar el país que deja detrás. Ali Khamenei llegó al liderazgo supremo en 1989, tras la muerte del ayatolá Ruhollah Jomeini, y fue consolidando un poder mucho más robusto del que muchos le atribuían al principio. Bajo su mando, Irán reforzó el peso de la Guardia Revolucionaria, blindó su aparato judicial, incrementó la represión interna y extendió su influencia regional. También vio crecer su programa nuclear, soportó sanciones severas, atravesó protestas sociales masivas y respondió a muchos de esos desafíos con una mezcla de coerción, ideología y control institucional. No gobernó como un dirigente ceremonial. Gobernó como el vértice de una arquitectura que lo impregnaba casi todo.
Su legado interno está marcado por la dureza. Quedan ahí la represión de movimientos de protesta, las oleadas de detenciones, el peso de los aparatos de seguridad y el cierre sistemático de espacios de disidencia. Queda también la huella de la revuelta desatada tras la muerte de Mahsa Amini en 2022, que expuso con una nitidez brutal el hartazgo de una parte de la sociedad iraní. Esa dimensión importa porque la muerte de Khamenei no genera una sola reacción dentro del país. Hay duelo real, claro. Hay fidelidad ideológica. Hay miedo. Pero también hay sectores que, lejos de sentir que cae un símbolo protector, ven desaparecer al rostro más estable de un sistema profundamente represivo. Las crónicas de las últimas horas han recogido incluso escenas de celebración en algunos puntos de Teherán tras las primeras noticias sobre su muerte.
Eso obliga a no simplificar. La República Islámica no se agota en la figura de Khamenei, aunque él haya sido su encarnación más poderosa durante 36 años. El régimen está tejido con instituciones, mandos, intereses económicos, redes clientelares, cuadros religiosos y estructuras de seguridad que no desaparecen con un bombardeo, por brutal que sea. Lo que sí desaparece es el punto de equilibrio personal que mantenía a todas esas piezas orbitando alrededor de un centro. Y esa diferencia es enorme. Irán no se derrumba por definición, pero sí entra en una fase mucho más nerviosa, más opaca y más proclive a la lucha interna. La pregunta no es solo quién sucederá a Khamenei. La pregunta es qué versión del régimen saldrá de este trauma.
El día después de Khamenei
La jornada deja una secuencia que, junta, impresiona. Un líder supremo muerto, un presidente que promete venganza, una transición improvisada bajo ataque, protestas en otros países, mercados y vuelos alterados, el estrecho de Ormuz bajo máxima tensión y una región que vuelve a hablar en el idioma clásico de las grandes crisis: duelo, misiles, luto oficial, amenazas cruzadas y cálculo militar. No es una crisis más en Oriente Próximo. Es una sacudida de fondo. La muerte de Khamenei no resuelve nada; al contrario, abre varios frentes al mismo tiempo y obliga a todos los actores implicados a moverse con el pulso acelerado.
Lo más importante, a estas horas, es que Teherán ya ha fijado el marco con el que piensa gestionar lo ocurrido. Pezeshkian no ha hablado de contención, ni de investigación, ni de prudencia táctica. Ha hablado de guerra al islam y de deber de venganza. Ese lenguaje condiciona todo lo demás: la sucesión, la presión de la calle, el margen del nuevo poder, la reacción de sus aliados y la forma en que Estados Unidos e Israel leerán cualquier movimiento iraní. Irán entra en otra etapa, sí, pero no en una etapa de pausa. Entra en una etapa donde el régimen necesita castigar, resistir y sobrevivir a la vez. Y esa combinación, en una región ya llena de pólvora, suele traer semanas bastante más peligrosas que los discursos del primer día.












