Actualidad
¿De la dana a la basura? El Seprona investiga el Port de Catarroja
Un vertido de escombros vuelve a poner el foco en el Port de Catarroja, un enclave de l’Albufera aún marcado por la dana y meses de limpieza.

El Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) de la Guardia Civil investiga un nuevo vertido de escombros en el Port de Catarroja, en Valencia, después de que los residuos aparecieran en la ribera del barranco del Poyo. La denuncia llega en un lugar particularmente sensible: forma parte del entorno de l’Albufera y fue una de las zonas castigadas por la devastadora dana del 29 de octubre de 2024.
Los escombros han sido localizados en el tramo situado entre la Casa dels Peixcadors del Port de Catarroja y la conocida como casa de Miguel el Chufero. La denuncia presentada ante la Guardia Civil ha puesto el caso en manos del Seprona, que deberá determinar el origen de los residuos y, en su caso, depurar responsabilidades. El contraste resulta difícil de esquivar: después de meses retirando toneladas y toneladas de restos dejados por una catástrofe, vuelven a aparecer residuos abandonados. Esta vez, al parecer, no los ha llevado el agua.
Un nuevo vertido junto al barranco del Poyo
El vertido está compuesto por escombros y restos abandonados en una zona próxima al Port de Catarroja, un espacio estrechamente conectado con el parque natural de l’Albufera. No es un solar cualquiera ni una cuneta perdida entre polígonos. Aquí, cualquier abandono de residuos tiene una dimensión ambiental añadida por la proximidad de acequias, canales, arrozales y zonas húmedas.
La investigación deberá aclarar quién depositó los materiales y en qué circunstancias. Conviene mantener esa precisión: la aparición de los escombros está constatada y existe una investigación, pero atribuir su autoría antes de que concluyan las actuaciones sería ir más deprisa que los propios agentes.
El problema tampoco parece completamente aislado. En los últimos meses se han sucedido advertencias por la aparición de vertidos ilegales de residuos y restos de obras en distintos puntos del entorno. El abandono de materiales en una zona natural protegida no es solo una cuestión de imagen; introduce residuos donde precisamente se intenta recuperar un ecosistema especialmente castigado.
La paradoja de Catarroja después de la dana
Hay una cifra que coloca este episodio en perspectiva: más de 109.000 toneladas de residuos vinculados a las inundaciones de 2024 fueron gestionadas únicamente en Catarroja durante los trabajos extraordinarios de recuperación.
Dentro de aquella montaña difícil de imaginar hubo unas 35.000 toneladas de residuos de construcción y demolición, alrededor de 74.000 toneladas de lodos y tierras, unas 200 toneladas de residuos peligrosos y otras 70 de residuos voluminosos. Sofás, barro, maderas, cascotes, objetos destrozados; la geografía doméstica de una catástrofe convertida de pronto en toneladas.
Los trabajos se dieron por concluidos en mayo de 2026 dentro del proceso de recuperación impulsado por la Generalitat Valenciana. Apenas unos meses después, la aparición de nuevos escombros devuelve una imagen bastante menos heroica. La dana llenó Catarroja de basura porque una riada extraordinaria atravesó pueblos enteros. Un vertido ilegal, si finalmente se confirma su origen humano, pertenece a otra categoría: aquí no hay una tormenta a la que responsabilizar.
Del barro de 2024 a los residuos de 2026
La dana del 29 de octubre de 2024 convirtió el corredor del barranco del Poyo y l’Horta Sud en uno de los puntos centrales de la catástrofe valenciana. L’Albufera recibió en pocas horas una enorme entrada de agua, sedimentos y materiales arrastrados desde zonas urbanas e industriales. El humedal no recibió solo agua marrón. Llegaron plásticos, vehículos, muebles, restos de obras y barro en cantidades extraordinarias.
El Port de Catarroja tuvo entonces una doble condición. Fue un lugar afectado directamente por la riada y, al mismo tiempo, una pieza importante en las tareas posteriores de emergencia, limpieza y recuperación. Durante meses convivieron maquinaria pesada, montones de residuos y trabajos de retirada con un paisaje que forma parte de una de las zonas húmedas más emblemáticas del Mediterráneo español.
De ahí que el nuevo vertido tenga un significado que supera su volumen concreto. Un pequeño montón de cascotes puede parecer poca cosa al lado de las decenas de miles de toneladas que dejó la dana. Ambientalmente, sin embargo, la comparación engaña. Recuperar un espacio natural no consiste únicamente en retirar lo que dejó una catástrofe, sino también en evitar que el deterioro cotidiano vuelva a ocupar el terreno limpiado.
L’Albufera todavía arrastra heridas de la riada
El ecosistema no llegó limpio a 2024 y tampoco salió indemne de aquella inundación. Tras la riada quedaron problemas relacionados con sedimentos, residuos sólidos y contaminación procedente de infraestructuras dañadas. Incluso meses después volvieron a aparecer en campos de Catarroja y Massanassa restos que habían quedado enterrados bajo el barro.
Durante 2026 han persistido también las alertas relacionadas con la recuperación ambiental y los daños sufridos por determinadas infraestructuras de saneamiento. Es importante no mezclar fenómenos: las aguas residuales y el vertido de escombros investigado son problemas distintos. Los une el territorio y una misma fragilidad ambiental, no necesariamente su origen.
Ese matiz importa. Después de una gran catástrofe es fácil que todo termine metido en el mismo saco: contaminación, abandono, desperfectos, basura de la dana. Pero no todo es consecuencia de la dana. Casi dos años después de la riada, utilizarla como explicación automática para cualquier montón de residuos empieza a resultar demasiado cómodo.
Escombros junto a un humedal no son un problema menor
Los residuos de construcción y demolición necesitan una gestión controlada. Hormigón, ladrillos, cerámicas, yesos, maderas, metales o materiales aislantes no deberían acabar abandonados en caminos, márgenes de barrancos o terrenos próximos a espacios naturales. No porque cada cascote esconda una catástrofe química, sino porque un vertedero improvisado tiende a llamar al siguiente.
Ese mecanismo es viejo y bastante humano: donde aparece una montaña de restos, alguien interpreta que aquello ya es un basurero. Después llegan una poda, un colchón, cuatro bolsas, una puerta vieja. Poco a poco el paisaje adquiere esa estética del «como ya estaba sucio». Y limpiar después cuesta dinero público.
Catarroja dispone de sistemas específicos para gestionar este tipo de materiales y los escombros y restos de obra forman parte de los residuos que pueden canalizarse mediante los servicios autorizados. Existe, por tanto, una vía para desprenderse de ellos sin convertir el margen de un espacio natural en una escombrera de conveniencia.
El abandono fuera de los lugares habilitados traslada el coste al conjunto de los ciudadanos: hay que localizar, retirar, transportar y tratar los residuos. El ahorro de quien se deshace de ellos por la vía rápida termina pagándose, de una manera u otra, entre todos.
Un puerto que intenta recuperar algo más que el paisaje
El Port de Catarroja no es únicamente un embarcadero. Está ligado a la pesca tradicional, las barcas, los arrozales y la relación histórica del municipio con l’Albufera. También se ha convertido, después de octubre de 2024, en uno de esos lugares donde la reconstrucción valenciana puede medirse casi físicamente: primero hubo barro hasta donde alcanzaba la vista; después excavadoras, camiones y toneladas de residuos; más tarde llegó el intento de recuperar cierta normalidad.
Por eso el nuevo vertido resulta especialmente áspero. No por su tamaño, todavía pendiente de valoración, sino por el momento. En mayo se daba por terminada una gigantesca operación de retirada de residuos de la dana. En agosto, el Seprona vuelve a investigar el entorno, esta vez por unos escombros presuntamente abandonados.
De la dana a la basura, sí, aunque con una diferencia incómoda. Contra una riada de aquella magnitud puede hacerse prevención, mejorar infraestructuras y aprender de los errores, pero nadie puede ordenar a una tormenta que lleve sus residuos al lugar adecuado. A una persona, en cambio, sí se le puede exigir algo bastante más sencillo.
Después de retirar 109.000 toneladas, volver a ensuciar
La investigación del Seprona determinará hasta dónde llega este caso y quién debe responder por el vertido. Hasta entonces conviene quedarse con los hechos: hay nuevos escombros en el entorno del Port de Catarroja, existe una denuncia ante la Guardia Civil y los agentes investigan lo ocurrido.
Catarroja lleva casi dos años aprendiendo cuánto cuesta limpiar lo que una riada es capaz de destruir en unas horas. Más de 109.000 toneladas ofrecen una medida brutal de aquel esfuerzo. Que después aparezcan nuevos residuos donde acaba de terminar una limpieza extraordinaria introduce una ironía bastante amarga. La naturaleza dejó toneladas de barro. Quitar el barro costó meses. Volver a dejar basura ha sido mucho más fácil.

Ocio¿Por qué Messi ha comprado el Eldense y qué proyecto prepara en Elda?
Actualidad¿Cómo sobrevivió Christa Pike a dos inyecciones letales en Tennessee?
Actualidad¿Por qué Junts tumba los decretos de vivienda y qué pesa en su voto?
Naturaleza¿Qué tiempo hará en España este 2 de octubre? Previsión por regiones
Actualidad¿Qué dijo Ayuso con Iker Jiménez y cuánto hay de cierto en sus frases?
Ocio¿Por qué “Y si voy a morir” se ha convertido en una canción viral?
Tecnología¿Cómo cayó en Alicante el joven de 16 años acusado de liderar KillSec?
Actualidad¿Habrá adelanto electoral? Bustinduy se prepara y Díaz evita hablar
Tecnología¿Qué hay detrás del vídeo con IA viralizado sobre la acampada de Sol?
Actualidad¿Qué pasó en Terrassa? Dos guardias civiles heridos y tres detenidos
Actualidad¿Por qué el 2-O vuelve a llenar las calles de España por la vivienda?
Historia¿Qué parte del arte minoico de Cnosos inventó realmente Arthur Evans?









