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Naturaleza

¿Cuánta vegetación hay en la Antártida y por qué importa?

La Antártida reúne unas 107.000 hectáreas con vegetación, una extensión ligeramente mayor que la ciudad de Berlín, localizadas en su mayoría en islas, franjas costeras de la península antártica y afloramientos de alta montaña.

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hay vegetación en la Antártida

MapBiomas cifra 107.000 hectáreas de vegetación en la Antártida y revela por qué esos oasis condicionan el clima y la fauna del sur austral.

La Antártida reúne unas 107.000 hectáreas con vegetación, una extensión ligeramente mayor que la ciudad de Berlín, localizadas en su mayoría en islas, franjas costeras de la península antártica y afloramientos de alta montaña. La cifra procede de un mapeo inédito de la red MapBiomas a partir de imágenes satelitales entre 2017 y 2025, presentado este lunes, 1 de diciembre de 2025, en Brasil. El retrato confirma que el “verde” antártico existe y se concentra en puntos muy concretos del continente blanco.

El inventario sitúa la vegetación en torno al 5 % de las áreas libres de hielo, que suman 2,4 millones de hectáreas dentro de un continente de 1.366 millones de hectáreas. Hablamos de parches, no de praderas: manchas de líquenes, musgos, algas terrestres y gramíneas que se encienden con el verano austral y desaparecen en invierno, cuando solo quedan esporas, semillas y estructuras vegetativas. Para la comunidad científica y para gestores del Sistema del Tratado Antártico, la novedad no es la existencia de plantas —ya conocida—, sino disponer por primera vez de un mapa panantártico homogéneo y comparable que localiza dónde brota la vida terrestre cuando el hielo retrocede estacionalmente.

Qué ha mapeado MapBiomas y cómo se hizo

MapBiomas —una red colaborativa con larga trayectoria en cartografiar coberturas terrestres a partir de teledetección— ha ensamblado mosaicos del verano austral con escenas limpias de nubes y sombras y los ha procesado con algoritmos que detectan actividad fotosintética. El resultado es una capa continental que delimita, dentro de las superficies sin hielo visibles en verano, las zonas con vegetación. El equipo ha fijado el periodo 2017–2025 para garantizar un volumen suficiente de datos y ha priorizado los meses de mayor radiación, cuando la vegetación antártica crece de forma puntual: un paréntesis luminoso en un calendario dominado por la noche polar.

La coordinadora del estudio, Eliana Fonseca, sintetiza el valor del trabajo en una idea operativa: contar con una línea base clara para seguir la evolución del ecosistema terrestre más austral del planeta. Su razonamiento es directo. Si sabemos dónde hay vegetación hoy, seremos capaces de detectar expansiones o retracciones en los próximos veranos y de relacionarlas con condiciones meteorológicas, cambios en el hielo, presencia de agua líquida o posibles impactos humanos. Esa es la función de un mapa de referencia: permitir comparaciones honestas, sin confundir cambios reales con artefactos de medición.

La metodología incorpora, además, un desafío propio de aquellas latitudes: el “sol de medianoche”. Durante el verano, el Sol circunda el horizonte y proyecta sombras largas sobre cadenas montañosas; esas sombras pueden simular ausencia de vegetación o generar falsos positivos si no se corrigen. A esto se suma la falta de radiación solar en invierno, que impide observar los suelos sin hielo fuera de la temporada cálida. Por ese motivo, el equipo se ha centrado en el verano, cuando quedan al descubierto rocas, suelos húmedos y charcas efímeras sobre las que prosperan las comunidades vegetales.

El mapa clasifica la vegetación en cuatro formaciones: líquenes (los pioneros, adheridos a roca desnuda), musgos (capaces de entrar en latencia y revivir con pequeños pulsos de agua), algas terrestres (que colonizan sustratos húmedos e incluso nieve encharcada) y gramíneas (plantas vasculares de baja talla que aparecen en los puntos más benignos). No es una “flora exuberante” en sentido templado, sino un conjunto de oasis que organizan vida microscópica, invertebrados, flujos de nutrientes y, por extensión, el calendario de cría de aves marinas.

Dónde brota la vida en el sur helado

El patrón espacial es nítido. La península antártica y los archipiélagos vecinos albergan la mayor parte de los parches verdes. Las islas del Arco de Escocia —con nombres familiares para las campañas científicas, como las Shetland del Sur u Orcadas del Sur— concentran mosaicos de musgos y líquenes que se activan en enero y febrero, con temperaturas apenas por encima de cero, y se apagan a la vuelta del otoño austral. En la península, el litoral ofrece laderas orientadas al sol, grietas y plataformas rocosas que acumulan agua de deshielo y favorecen la colonización. Cada verano deja una huella distinta, pero la tendencia geográfica se repite: costa e islas primero, interior alto y frío después.

También aparecen manchas en cumbres montañosas del interior, lejos del mar y del influjo moderador del océano Austral. Allí la escala cambia: líquenes milimétricos pegados a la roca, musgos que resisten heladas extremas y reviven en horas cuando llega la humedad. Son entornos frágiles, construidos a ritmos lentísimos, que no toleran pisoteo, derrames o la introducción de polvo y semillas exógenas. La cartografía ayuda a identificar estos enclaves y a ponerlos bajo atención especial de los programas nacionales antárticos, que ya trabajan con protocolos estrictos de bioseguridad.

El contraste térmico explica esa distribución. Los registros de 1958 a 2024 sitúan las máximas estivales en islas antárticas entre 1 y 3 °C, suficientes para derretir nieve superficial, generar escorrentías, encharcar hondonadas y sostener productividad primaria durante semanas. En el interior elevado las máximas medias se mueven entre −15 y −30 °C y las mínimas entre −20 y −35 °C. Allí, el agua líquida es un lujo, y la vida terrestre sobre roca queda confinada a grietas bien orientadas o a microambientes excepcionales.

Isla Rey Jorge, caso concreto y pistas de campo

Hay nombres propios que actúan como laboratorios al aire libre. Isla Rey Jorge (King George Island), en las Shetland del Sur, es uno de ellos. Con una docena de bases y refugios —chilena, argentina, brasileña, polaca, uruguaya, surcoreana, china, rusa—, el lugar combina accesibilidad relativa con una diversidad de microhábitats: plataformas de lava, colinas, playas de canto rodado, zonas húmedas expuestas en verano y campos de hielo cercanos. En temporada, los alrededores de estaciones como Artigas (Uruguay), Eduardo Frei (Chile) o Bellingshausen (Rusia) se salpican de tapices de musgos y costras de líquenes que cubren rocas y suelos arcillosos. El mapeo recién presentado reconoce esa complejidad y la incorpora como una de las áreas de validación.

La isla también deja ver la interdependencia entre vegetación, fauna y relieve. Las colonias de pingüinos aportan nutrientes —guano y restos de alimento— que fertilizan suelos cercanos; a su vez, la roca libre de hielo ofrece sustratos para anidar y transitar. La presencia de charcas estacionales o de suelos encharcados añade un ingrediente más, clave para las algas terrestres y para invertebrados microscópicos que sostienen tramas tróficas discretas pero persistentes. En años con lluvias inusuales de verano, varias campañas han registrado inundaciones puntuales de nidos; un tipo de evento que mapas como este ayudan a interpretar en contexto.

Elena Fonseca subraya, en ese sentido, la utilidad del nuevo producto para planificar campañas científicas y gestionar impactos de logística y turismo. Saber dónde están los parches vegetados evita pisadas innecesarias y facilita itinerarios de bajo impacto. También permite priorizar tareas de monitoreo —fototrampeo, muestreo de suelos, series de NDVI— en sitios representativos, no al azar. La Antártida, por más remota que parezca, suma visitantes cada año en plena temporada estival: ordenar el tránsito importa.

Fauna, nidos y por qué estos parches mandan

La vegetación antártica tiene un valor que excede su tamaño. Para la fauna que cría en verano, las zonas sin hielo son literalmente el suelo del ciclo vital. Pingüinos como el barbijo, el papúa o el adelaida levantan nidos de piedras en terrenos desnudos ligeramente elevados; necesitan distancia del mar suficiente para no inundarse y acceso a hielo marino o aguas abiertas donde alimentarse. Las colonias se instalan en islas y cabos donde la roca aflora temprano y resiste cambios bruscos de temperatura. Es ahí donde los parches de musgos y líquenes crecen y, con ellos, los microbios y algas que convierten la humedad en productividad.

El mapa de MapBiomas funciona como capa de contexto para todo ese entramado. Al cruzarlo con colonias conocidas y con zonas de alimentación se pueden identificar corredores y cuellos de botella: pasos angostos donde cientos de aves transitan entre la costa y sus nidos, áreas sensibles donde la presión humana —un sendero, un helipuerto, una visita turística— tendría impacto desproporcionado, o nuevos enclaves donde la vegetación aparece por primera vez en serie histórica. Los biólogos de campo llevan años advirtiendo que el verano se ha vuelto más variable, con episodios de lluvia sobre nieve que antaño eran raros. Este tipo de cartografía permite poner números a esas observaciones.

Hay otra dimensión menos visible: la “productividad de los ecosistemas”. La vegetación antártica —aunque baja y dispersa— fija carbono, retiene humedad, acumula nutrientes y ofrece hábitat a una fauna diminuta que incluye colémbolos, ácaros y una rica diversidad microbiana. La textura de esos parches, su edad y su continuidad importan. En sitios con aportes de guano o escorrentías regulares, los tapices de musgos alcanzan espesores notables para latitudes tan extremas; en lomas batidas por el viento, sobreviven líquenes en una relación íntima con la roca que pulen milímetro a milímetro.

El papel climático de la Antártida y el “termostato” austral

El estudio insiste en un punto que a menudo se diluye en la conversación global sobre clima: la Antártida no es un actor pasivo. Por su baja temperatura y su enorme capa de hielo, el continente genera masas de aire frío y seco que, al desplazarse, originan frentes que estructuran el tiempo en buena parte del hemisferio sur. Cuando esas masas interactúan con los patrones del océano Austral y con la corriente circumpolar, influyen en temperaturas, vientos y lluvias de regiones tan alejadas como Patagonia, Australia o Sudáfrica. Llamarlo “termostato” no es retórica: es una descripción funcional.

Saber dónde y cuánto se libera el suelo bajo el hielo estival aporta información sobre albedo —la capacidad del terreno para reflejar radiación— y sobre flujos de humedad superficial. Cada roca expuesta absorbe energía solar de manera distinta a una plancha de nieve; si ese patrón se expande con los años, la dinámica local de calentamiento y enfriamiento también cambia. El mapa no resuelve por sí solo la compleja física del clima antártico, pero añade una capa de observación imprescindible a los modelos: dónde aparecen nuevos parches de vegetación, qué tamaño alcanzan y cómo se conectan con zonas desheladas preexistentes.

Las series térmicas disponibles para el periodo 1958–2024 muestran un mosaico: calentamientos persistentes en algunas franjas de la península occidental, pausas temporales asociadas a oscilaciones de gran escala y enfriamientos regionales puntuales. La variabilidad no desmiente la tendencia de fondo; la matiza. En ese contexto, contar con fotografías anuales del “verde” antártico sirve como indicador biológico del clima: si la ventana de crecimiento se amplía o desplaza, si aparecen sitios que antes no mostraban actividad fotosintética, el mensaje no necesita traducción.

Un mapa para seguir el pulso del continente blanco

La foto de 2025 no cambia la naturaleza de la Antártida. Sigue siendo, abrumadoramente, hielo. Pero el continente blanco no es un desierto absoluto y ahora sabemos con precisión dónde y cuánto aparece la vegetación cada verano. Son 107.000 hectáreas que importan por lo que concentran: vida en el límite de lo posible, indicadores que reaccionan a las temperaturas y al agua y plataformas que sostienen colonias y cadenas tróficas. La red MapBiomas aporta un punto de partida verificable que podrá compararse con lo que venga en 2026, 2027 y más allá. El trabajo, además, pone nombres y coordenadas a un debate exigente sobre conservación, bioseguridad y logística en el extremo sur del planeta.

A partir de aquí, las prioridades se antojan claras. Mantener series de observación con la misma metodología, abrir los datos a la comunidad internacional, sumar validaciones de campo y alinear la cartografía con la planificación de tránsito científico y turístico. En paralelo, reforzar protocolos que eviten contaminación biológica —desde semillas adheridas a ropa y equipos hasta microorganismos que viajan inadvertidos— y pisoteos de parches sensibles. La Antártida no cambia de golpe, pero cambia; y esa transformación, por fragmentaria que sea, ya se puede medir con más finura.

Conviene recordar, por último, que los números encajan en su contexto: 1.366 millones de hectáreas de continente, 2,4 millones sin hielo en verano, 107.000 con vegetación, un 5 % de ese espacio libre. Fracciones pequeñas que, sin embargo, mandan sobre el calendario biológico del sur austral. Eliana Fonseca lo resumió con precisión al explicar que el mapeo es “crucial” para seguir los impactos del cambio climático y la salud de la fauna que cría en zonas sin hielo. Ahí está el sentido de este mapa: poner foco en los lugares que hacen posible la vida terrestre antártica y tomar nota, temporada tras temporada, de cómo responden a un clima que ya no es el de hace medio siglo.

La Antártida de hoy no es una postal inmutable, es un sistema vivo que respira al ritmo de sus veranos breves. El nuevo inventario permite seguirle el pulso con rigor. Y eso, en un continente donde cada dato cuesta y cada hora de luz cuenta, es una noticia que pesa.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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