Naturaleza
¿Por qué Alicante roza la desertificación total?
La nueva cartografía científica coloca a Alicante en el centro de una alerta ambiental con cifras difíciles de ignorar.

Alicante afronta desertificación casi total: el Atlas sitúa un 98,9% del área árida en riesgo y urge a gestionar bien agua y territorio.
La nueva cartografía científica coloca a Alicante en el centro de una alerta ambiental con cifras difíciles de ignorar. El Primer Atlas de la Desertificación de España, presentado en la Sede Universitaria Ciudad de Alicante a finales de noviembre de 2025, concluye que el 98,9% del territorio árido de la provincia está ya en proceso de desertificación. No es una exageración: ese porcentaje significa que casi todo el espacio más vulnerable —las zonas áridas y semiáridas— pierde suelo fértil más rápido de lo que se regenera por acción combinada del clima y, sobre todo, del uso del agua. A escala estatal, el documento cifra la degradación del suelo en el 43,35% del país y la desertificación en 206.203 km², el 60,94% de las zonas áridas españolas. Para Alicante, el diagnóstico trae también una advertencia territorial añadida: el 79% del conjunto provincial se clasifica en niveles altos de amenaza a medio plazo, una señal de que lo que hoy es problema en el área árida puede extenderse si no cambian las dinámicas de consumo y ocupación del suelo.
Las causas aparecen con nombre y apellidos. El equipo coordinado por Jorge Olcina Cantos (Universidad de Alicante) y Jaime Martínez Valderrama (CSIC, Estación Experimental de Zonas Áridas) explica que la desertificación no es solo que llueva poco. Es, ante todo, un desajuste persistente entre la disponibilidad real de agua y lo que extraemos, con regadíos intensivos, urbanización costera, acuíferos en tensión y suelos desprotegidos. De ahí que el Atlas, una obra coral de 360 páginas y 66 mapas, no se limite a dibujar isoyetas o temperaturas: integra clima, agua, suelo, cubierta vegetal, presión humana y biodiversidad para retratar un proceso que ya afecta a cultivos, humedales y arboledas de toda la franja mediterránea. En Alicante, el mensaje práctico de los autores es directo: gestión integrada de agua, suelo y bosques, reutilización total del agua depurada donde sea viable, desalación como respaldo del suministro —especialmente urbano— y planificación del territorio que frene el sellado del suelo y la expansión en zonas frágiles.
Qué significa el 98,9% en el mapa alicantino
Conviene precisar el alcance de esa cifra que ha incendiado los titulares. El 98,9% no se refiere a toda la provincia, sino al ámbito árido de Alicante: la parte del territorio que, por su clima, funciona como zona de alto riesgo ante cualquier desequilibrio hídrico o pérdida de cubierta vegetal. La provincia suma 5.796 km² y contiene un mosaico de paisajes muy diferentes: el litoral densamente urbanizado de la Marina Baixa, los valles del Vinalopó donde conviven viñedo de mesa, cítricos y almendro, la huerta histórica de la Vega Baja del Segura o las sierras del Comtat y l’Alcoià, más frescas y altas. Dentro de ese mosaico, el área árida es el “talón de Aquiles” y ahí es donde el Atlas detecta procesos consistentes de erosión hídrica y eólica, salinización, pérdida de materia orgánica y fragmentación de hábitats.
El matiz es importante porque explica por qué la provincia aparece con dos números distintos en los resúmenes del estudio. Afectación actual (98,9%) y amenaza provincial (79%) miran ventanas diferentes del mismo fenómeno. La primera radiografía lo que ya ocurre en el territorio árido —lo más frágil—; la segunda proyecta riesgo agregado para el conjunto de la provincia. No son series incompatibles, sino capas que se complementan y ayudan a priorizar: restaurar suelos y ajustar la demanda de agua ya en el área árida, y ordenar usos del suelo y del agua en el resto para que no cruce el mismo umbral.
Quiénes firman el diagnóstico y cómo se ha elaborado
El Atlas de la Desertificación de España nace de un consorcio académico y técnico que reúne a equipos de la Universidad de Alicante, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y otras universidades y centros públicos. Lo coordinan Jorge Olcina y Jaime Martínez Valderrama, dos nombres conocidos en el análisis del clima mediterráneo y de las zonas áridas. El documento se concibe como herramienta de gestión, no solo como informe científico. De ahí su arquitectura: 66 mapas temáticos que cruzan datos oficiales y series científicas en seis grandes bloques —clima, agua, suelos, cubierta forestal, biodiversidad y sociedad—, a los que suman cartografías específicas como población en zonas áridas, huella hídrica o desperdicio alimentario. El resultado es una narrativa espacial que permite localizar “puntos calientes” con precisión comarcal.
En su columna vertebral, el Atlas incorpora un mapa de desertificación calculado con técnicas de aprendizaje automático (algoritmos tipo Random Forest) que combinan indicadores de degradación del suelo, balance hídrico, estado de acuíferos, continuidad de la vegetación y presión humana. Si faltaba una pieza para entender mejor la desertificación en el Mediterráneo español era esta: el estado de los recursos hídricos se incorpora, explícitamente, a la ecuación. No importa solo la aridez climática; importa cuánto consumimos frente a lo que se recarga y con qué calidad se mantiene el agua. Ahí es donde Alicante encaja como un caso de estudio: acuíferos costeros presionados por la intrusión salina, regadíos con altas necesidades estivales y una costa que multiplica demanda en verano por turismo y segundas residencias.
Dónde aprieta más: costa urbanizada, huerta al límite y laderas vulnerables
La geografía alicantina reparte la presión con particularidades claras. En la Vega Baja del Segura, la agricultura de regadío —cítricos, hortalizas, granado— depende de un entramado hídrico que incluye recursos propios y aportes externos. Cuando el trasvase llega corto o el año viene seco, las extracciones subterráneas suben, la cuña salina avanza desde la costa y la conductividad del agua de riego complica la fisiología de las plantas y degrada estructura y fertilidad del suelo. A esto se suma la exposición a episodios de DANA: lluvias concentradas en pocas horas que, sobre suelos desnudos o compactados, arrastran la capa fértil y encauzan sedimentos por azar por ramblas y azarbes. El “respiro” hídrico de un temporal puede convertirse en erosión si el suelo no tiene cobertura vegetal.
En la Marina Alta y la Marina Baixa, el choque se da entre laderas calcáreas delicadas y una urbanización dispersa con fuerte sello de segunda residencia. Cada superficie impermeable —una calle, un aparcamiento, una piscina— acelera la escorrentía, canaliza picos de avenida y “arrea” más energía a las torrenteras. Si a ese impulso se le quita el freno de una vegetación continua, el efecto acumulado tras varias tormentas es visible: cárcavas, bancales que ceden, caminos que se descarnan. En los valles del Vinalopó, la uva de mesa, el almendro o el olivar intensivo conviven con núcleos urbanos y polígonos industriales. La suma sella suelo, altera drenajes y encarece la infiltración que recarga acuíferos. Más complicado todavía cuando un verano largo, con noches tropicales frecuentes, infla el consumo de riego y de agua urbana a la vez.
El interior —l’Alcoià, el Comtat, la Foia de Castalla— muestra un patrón distinto: abandonos agrarios, incendios recurrentes y recolonización forestal crean una continuidad de combustible que dispara riesgos en agosto y deja suelos desestructurados en octubre. Un pinar joven sobre bancales antiguos no amarra el terreno como lo hacía el mosaico tradicional de cultivo y matorral. Y tras un gran incendio, si llegan tormentas en otoño, el arrastre se multiplica. En cada caso, el denominador común es el suelo: vivo y cubierto, resiste; desnudo, se pierde.
El agua como límite del modelo
Si hay una palabra que vertebra el diagnóstico, es esta: agua. Los autores del Atlas insisten en una idea que en Alicante suena obvia y, aun así, requiere ajustes de calado: el problema no se resuelve solo “trayendo más” recursos, sino reduciendo la dependencia de extracciones que superan la recarga y creando un sistema hídrico que aguante años secos sin reventar. A escala estatal, el trabajo retrata un escenario preocupante: el 42% del territorio consume más del 80% del agua disponible. Ese desequilibrio coincide con una expansión histórica del regadío hasta 3,78 millones de hectáreas —parte en zonas con estrés hídrico crónico— y con una concentración demográfica en costas áridas que dispara la demanda estival. El resultado se parece mucho al paisaje alicantino: acuíferos costeros en el filo, presión turística, ciudades calurosas que consumen más y campos que compiten por cada gota.
Trasvases, desalación y regeneración: lo que realmente se propone
Aquí conviene separar mitos de operaciones posibles. Jorge Olcina y Jaime Martínez Valderrama han sido claros en la presentación: los trasvases intercuencas como solución “estructural” no resuelven la desertificación; mueven agua, sí, pero no cambian la relación demanda–disponibilidad cuando el clima del emisor también se calienta y oscila. El camino, dicen, pasa por trasvases intracuenca bien diseñados, por desalación como seguro urbano que libere presión a los acuíferos y, sobre todo, por regeneración y reutilización de aguas depuradas a gran escala, con garantías agronómicas y sanitarias. En la práctica, eso significa exprimir al máximo plantas como la desaladora de Torrevieja en escenarios de escasez, pero acompañarlo de eficiencia real en el riego —cultivos, variedades, densidades y calendarios— y de tarifas que premien el ahorro. Porque si cada hectárea produce lo mismo con menos agua y más suelo vivo, el sistema respira.
Qué puede hacerse ya: suelo vivo, bosques gestionados, ciudad esponja
El Atlas trae un recetario que no suena a teoría si se baja a escala municipal. En agricultura, la diferencia entre perder o conservar suelo se juega en el manejo. Las cubiertas vegetales —espontáneas o sembradas— en olivar, almendro o viñedo aumentan la infiltración, reducen la erosión y bajan la temperatura del suelo en las olas de calor. El laboreo reducido evita desestructurar perfiles someros y los acolchados orgánicos devuelven materia orgánica que actúa como esponja. No es una moda: es física del suelo. Para el regadío, el salto es combinar riego localizado con programación fina y sensores de humedad que impidan aplicar agua en momentos de menor aprovechamiento por la planta. Y ajustar variedades y patrones a un verano que ya no se parece al de hace veinte años.
En el monte, el reto es salir del péndulo entre acumulación de biomasa e incendios intensos. La gestión de combustible —clareos, fajas, discontinuidades— y la vuelta del pastoreo dirigido devuelven el mosaico agroforestal que amortigua el fuego y, de paso, estabiliza laderas y controla la erosión. Cuando arde un pinar sobre suelo pobre, la pérdida de funciones tarda años en revertirse; proteger ese suelo es, en realidad, una política de agua. Una masa forestal diversa, con matorral y suelo cubierto, infiltra mejor las pocas lluvias y evita que cada tormenta sea una agresión.
En ciudad, Alicante y su área metropolitana tienen margen para virar hacia una “ciudad esponja”. Significa permeabilizar superficies, renaturalizar ramblas y barrancos urbanos, desplegar Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS) —jardines de lluvia, zanjas filtrantes, balsas de retención— y reservar espacios de inundación controlada que laminen avenidas. Cada metro cuadrado que el agua atraviesa es recarga y menos erosión aguas abajo. Los parques con sombra y suelos vivos no solo bajan la isla de calor; reducen el consumo de riego si se plantan autóctonas y se gestiona el mulching. Y hay otra palanca menos visible: reducir fugas en redes, tarificar con tramos crecientes que desincentiven consumos superfluos y digitalizar sin convertirlo en un fin en sí mismo. Tecnología sirve, pero si la demanda no baja, el balance seguirá en rojo.
El plano de gobernanza remata el cuadro. La Confederación Hidrográfica del Segura, la del Júcar, la Generalitat Valenciana y los ayuntamientos tienen instrumentos para alinear agua y territorio. Las revisiones de planeamiento urbanístico pueden integrar cartografía de suelos frágiles y exigir porcentajes mínimos de superficie permeable en licencias nuevas. Las comunidades de regantes pueden priorizar proyectos que ahorren agua de verdad sobre soluciones vistosas, y abrir la puerta a cambios de cultivo donde las cuentas no salen con el clima actual. Y a nivel provincial, una hoja de ruta por cuencas y comarcas —con objetivos, indicadores y plazos— permitiría saber dónde restaurar primero, qué acuíferos deben descansar y qué laderas necesitan fajinados antes del próximo otoño.
El debate sobre la economía no es menor. Producir con menos agua por kilo y con suelos más fértiles estabiliza ingresos a medio plazo; reparar una ciudad después de una DANA sin drenaje verde sale mucho más caro que construir su esponja. Un acuífero sin bombeo excesivo mantiene su calidad y evita inversiones de emergencia para riego. Y el paisaje —que también es economía— resiste mejor: laderas que no se desmoronan, ramblas con vegetación viva, humedales con función. Nada de esto tiene épica; tiene gestión, coordinación y presupuesto sostenido durante años.
Un giro posible para un territorio al límite
Alicante aparece en rojo en el nuevo Atlas por razones claras: exceso de demanda de agua frente a recursos disponibles, suelo sin protección en zonas críticas y un modelo territorial que ha ido sellando superficie y concentrando población donde el clima aprieta más. La fotografía más dura —98,9% del área árida en proceso de desertificación— retrata una inercia que no cambia sola. La buena noticia es que el mismo diagnóstico señala dónde tocar para que las curvas se doblen. Más reutilización, menos fugas, riego realmente eficiente, suelos cubiertos, bosques gestionados y ciudades que infiltran convierten años malos en años llevaderos.
El clima mediterráneo seguirá oscilando y, probablemente, lloverá menos días y más de golpe. Habrá decisiones incómodas —cultivos que ajustan densidades o migran, urbanizaciones que pagan su drenaje, infraestructuras pospuestas si sellan demasiado—. Pero no hay fatalismo en el mapa; hay prioridades. Si Alicante baja su dependencia de extracciones insostenibles, protege su suelo como un activo y planifica con el agua en el centro, la provincia puede reducir la desertificación en su territorio árido y mantener productivos los paisajes que hoy están en el filo. Es un giro posible y útil. A tiempo. Con nombres y por fases, como exige cualquier obra seria: Olcina, Martínez Valderrama, universidades, regantes, consellerias y ayuntamientos tienen ya el mapa y las herramientas. Toca usarlas con la constancia que no da un titular, pero sí una década bien enfocada.

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