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¿Cómo cambia Noruega con Haakon VIII y la nueva reina Mette-Marit?
Haakon VIII abre una nueva etapa en Noruega entre el duelo por Harald V, la salud de Mette-Marit y el creciente protagonismo de Ingrid Alexandra.

Por Sámediggi Sametinget - CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.
Resumen
- Haakon VIII ha jurado la Constitución y abre una nueva etapa en Noruega
- Mette-Marit quedó fuera del acto por complicaciones tras su trasplante
- Ingrid Alexandra gana peso como heredera mientras el país despide a Harald V
Noruega ha entrado en un nuevo reinado. Haakon VIII, de 53 años, ha jurado la Constitución ante el Storting, el Parlamento noruego, después de suceder automáticamente a su padre, Harald V, fallecido el 28 de agosto a los 89 años. La transición tiene, sin embargo, una imagen inesperada: en el momento institucional más importante del nuevo monarca no estaba a su lado su esposa, la reina Mette-Marit, sino su hija y heredera, Ingrid Alexandra.
La ausencia de Mette-Marit no fue una decisión de protocolo. La reina consorte tuvo que permanecer bajo observación médica debido a complicaciones posteriores al trasplante de pulmón al que se sometió en junio. Horas después del juramento fue trasladada al hospital para continuar el seguimiento. Mientras Noruega despide a Harald V y estrena rey casi en el mismo movimiento, Federico X y Mary de Dinamarca han cerrado filas alrededor de Haakon y Mette-Marit.
Haakon VIII jura la Constitución y abre una nueva era en Noruega
El cambio de rey se produjo en cuanto murió Harald V. No hizo falta esperar a una coronación, una proclamación multitudinaria ni a ninguna escena con corona, cetro y terciopelo. Noruega no celebra coronaciones desde 1908 y su sistema deja pocas dudas sobre dónde reside el poder político: en el Gobierno elegido democráticamente y en el Parlamento. La corona cambia de cabeza; el Estado, por fortuna, no cambia de manos.
El 1 de septiembre, Haakon VIII recorrió el centro de Oslo hasta el Storting y prestó el juramento previsto por el artículo 9 de la Constitución. La ceremonia duró apenas 17 minutos, casi una miniatura institucional frente a las larguísimas liturgias de otras monarquías europeas. Ante los diputados y el Gobierno, prometió gobernar el reino de acuerdo con la Constitución y las leyes.
La frase puede sonar ceremonial, pero encierra exactamente el modelo noruego: un rey que reina dentro de un sistema democrático y parlamentario en el que su margen político efectivo es limitado. El presidente del Storting, Masud Gharahkhani, vinculó el juramento con la defensa de la democracia y el Estado de derecho y presentó a Haakon como un monarca de continuidad capaz, al mismo tiempo, de adaptar la institución a la sociedad contemporánea.
Haakon ha mantenido también el histórico lema de la dinastía: “Todo por Noruega”. Lo utilizó Harald V y antes que él otros monarcas de la casa real. Hay tradiciones que sobreviven porque nadie necesita tocarlas demasiado; otras, en cambio, sobreviven únicamente cuando saben cambiar de forma.
Ingrid Alexandra ocupa el lugar que debía tener Mette-Marit
La fotografía del juramento ofrece una pista importante sobre el futuro de la monarquía. Junto a Haakon VIII apareció la princesa heredera Ingrid Alexandra, de 22 años, primera en la línea sucesoria. Mette-Marit tenía previsto asistir, del mismo modo que la reina Sonia acompañó a Harald V cuando juró como rey en 1991, pero su estado de salud obligó a alterar el programa.
Ingrid Alexandra asumió así una presencia mucho más visible de la que inicialmente le correspondía. No fue únicamente una sustitución familiar de última hora. Con Haakon convertido en rey, ella pasa a ser la heredera directa de la Corona y está llamada a desempeñar un papel institucional cada vez mayor. Su presencia junto a su padre convirtió una ceremonia de sucesión en una imagen de dos generaciones: el rey que empieza y la futura reina que espera.
La reforma sucesoria aprobada en 1990 eliminó la preferencia masculina para las nuevas generaciones de la familia real. Ingrid Alexandra podrá convertirse, si llega al trono, en la primera reina reinante de Noruega en más de seis siglos. De repente, aquella joven que durante años aparecía algunos pasos por detrás está situada exactamente donde la arquitectura constitucional dice que debe estar: al lado del jefe del Estado y mirando hacia delante.
La salud de Mette-Marit marca los primeros días del reinado
La preocupación por Mette-Marit es bastante más seria que una ausencia en una ceremonia. La entonces princesa heredera fue diagnosticada en 2018 de fibrosis pulmonar crónica, una enfermedad que provoca cicatrización progresiva del tejido pulmonar y que durante los últimos años fue reduciendo su capacidad para mantener una agenda pública normal.
La evolución de la enfermedad se agravó hasta el punto de que el 5 de junio de 2026 fue incluida en la lista para recibir un trasplante. La intervención se realizó con éxito y fue comunicada oficialmente el 17 de junio. Después permaneció varias semanas hospitalizada, principalmente para ajustar la medicación, controlar posibles complicaciones y comenzar la rehabilitación. Recibió el alta el 14 de julio.
Su reaparición durante los actos de despedida de Harald V parecía indicar una recuperación suficiente para participar, al menos parcialmente, en los acontecimientos de estos días. Pero el 1 de septiembre los médicos comunicaron que había vuelto a presentar complicaciones y necesitaba permanecer bajo observación. El neumólogo Are Holm explicó que este tipo de episodios no resulta inusual después de un trasplante pulmonar.
Ese matiz importa. No existe información médica oficial que permita convertir cada desplazamiento al hospital en una alarma sobre su pronóstico. Sí existe una realidad evidente: la nueva reina empieza su etapa institucional con una capacidad de trabajo condicionada por su recuperación, justo cuando la familia real atraviesa el mayor cambio de los últimos 35 años.
Un reinado que empieza mientras Noruega todavía despide a Harald V
Harald V murió en el Hospital Universitario de Oslo el 28 de agosto a las 6:35 de la mañana. Tenía 89 años y llevaba en el trono desde 1991. Su muerte abrió una sucesión inmediata, pero no borró la larga despedida pública de un monarca que había conseguido algo nada sencillo en el siglo XXI: conservar una popularidad muy elevada en una sociedad moderna, igualitaria y poco amiga de reverencias excesivas.
Miles de ciudadanos han acudido al Palacio Real de Oslo para dejar flores, dibujos, banderas y velas. El féretro permanecerá en la capilla real hasta los días previos al funeral de Estado, programado para el 9 de septiembre en Oslo y al que acudirán representantes de varias casas reales y jefes de Estado extranjeros.
La reacción popular ha producido además un fenómeno habitual en las grandes transiciones monárquicas: el apoyo a la institución ha aumentado. Una encuesta publicada tras el fallecimiento situó el respaldo a la monarquía en el 72%, frente al 64% registrado meses antes. Es un colchón considerable para Haakon VIII, aunque probablemente sería ingenuo confundir el afecto por Harald con un cheque en blanco para sus sucesores.
Mary y Federico de Dinamarca arropan a Haakon y Mette-Marit
El apoyo procedente de Dinamarca tiene una dimensión que supera ampliamente la cortesía diplomática. Federico X y Mary mantienen desde hace años una relación estrecha con Haakon y Mette-Marit, y las familias reales escandinavas están unidas por parentescos, amistades personales y una historia compartida que convierte muchos encuentros oficiales en algo bastante parecido a una reunión familiar con uniformes.
Tras la muerte de Harald V, Federico y Mary enviaron juntos un mensaje personal a Haakon. Recordaron al antiguo rey con especial afecto, destacaron los vínculos entre Noruega y Dinamarca y expresaron su confianza en que el nuevo monarca desempeñará su responsabilidad con serenidad y dignidad. El mensaje concluía deseando fuerza a Haakon y Mette-Marit en el camino que comienza.
Federico fue después un poco más allá. Durante un acto público en Copenhague aseguró que confía plenamente en Haakon y que espera poder ayudarle en su nueva función. No es una declaración vacía: Federico X acaba de recorrer el mismo pasillo. Se convirtió en rey de Dinamarca en enero de 2024 tras la abdicación de Margarita II, de modo que conoce de primera mano esa extraña transformación por la que alguien se acuesta siendo heredero y, tras una decisión o una muerte, despierta convertido en símbolo nacional.
Mary de Dinamarca también conoce bien la otra mitad de esa ecuación. Como Mette-Marit, llegó desde fuera de la aristocracia tradicional y terminó convertida en reina consorte. Sus biografías son distintas, claro, pero comparten algo poco habitual: ambas han tenido que construir un personaje institucional alrededor de una vida que originalmente no estaba pensada para desembocar en un palacio.
Los reyes daneses acudirán al funeral de Harald V el 9 de septiembre. Su presencia ha obligado incluso a aplazar una visita de Estado a Bélgica prevista para esas fechas. En las casas reales hay gestos diplomáticos y gestos personales. Este parece contener un poco de ambos.
Los problemas que Haakon VIII hereda junto con la Corona
Sería demasiado cómodo presentar el comienzo del reinado únicamente como una sucesión impecable entre banderas, coches oficiales y familias nórdicas abrazándose. Haakon recibe una monarquía sólida, sí, pero también una institución que durante los últimos meses ha tenido que convivir con controversias familiares muy dañinas.
Mette-Marit ha afrontado críticas por su antigua relación con Jeffrey Epstein después de que se conocieran intercambios de correos mantenidos años atrás. Ella ha lamentado públicamente aquella relación y declaró que se sintió manipulada y engañada. Su hijo Marius Borg Høiby, que no forma parte de la Casa Real ni ocupa lugar en la sucesión, fue condenado en junio a cuatro años de prisión por varios delitos, entre ellos dos cargos de violación; tanto él como la Fiscalía han recurrido la sentencia.
Son asuntos distintos y sería injusto mezclarlos como si todos los miembros de una familia compartieran responsabilidades. Pero institucionalmente existe un problema de percepción. Una monarquía parlamentaria posee muy poco poder político directo y, precisamente por eso, depende enormemente de otro capital: la confianza pública.
Ahí está el desafío de Haakon. Harald V logró proyectar durante décadas una figura de rey cercano, moderado y útil como símbolo común en una sociedad plural. Su hijo tendrá que conservar esa herencia institucional sin convertirse simplemente en una copia. Las monarquías que intentan vivir permanentemente de la nostalgia terminan pareciéndose a un museo; las que cambian demasiado deprisa corren el riesgo contrario, dejar a los ciudadanos preguntándose para qué sirven.
Una corona nueva en una Noruega que apenas cambia
Los primeros días de Haakon VIII contienen casi todos los ingredientes de un cambio de época: la muerte de Harald V, un juramento constitucional, una heredera joven ocupando inesperadamente el primer plano, una reina con problemas de salud y el apoyo público de la familia real danesa. Todo ha ocurrido en cuestión de días.
Pero políticamente Noruega continúa siendo exactamente lo que era antes de la sucesión: una democracia parlamentaria en la que el rey representa al Estado sin dirigir el Gobierno. Esa normalidad explica buena parte de la fuerza de su monarquía. No necesita fingir que el soberano gobierna. Le basta con conseguir que una mayoría de noruegos considere que su presencia sigue teniendo sentido.
Haakon VIII comienza con un 72% de respaldo a la monarquía, una extensa preparación institucional y el enorme legado de su padre a la espalda. También empieza con una familia atravesando enfermedad, duelo y controversias. Nada especialmente sencillo.
Quizá ahí esté la verdadera fotografía del nuevo reinado. No en el uniforme ceremonial ni en el automóvil descubierto que atravesó Oslo, sino en Ingrid Alexandra junto a su padre mientras Mette-Marit permanecía bajo vigilancia médica y Mary y Federico enviaban su apoyo desde Copenhague. Una corona cambia de generación mientras la vida, menos ordenada que cualquier protocolo, sigue entrando por las puertas del palacio.












