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Naturaleza

¿Por qué Grecia recompensa la captura del pez globo tóxico invasor?

Grecia paga hasta 5,33 euros por kilo para frenar a un pez globo tóxico que rompe redes, amenaza la pesca y avanza por todo el Mediterráneo.

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pez globo de mejillas plateadas

Resumen

  • Grecia paga hasta 5,33 euros por kilo de pez globo tóxico retirado
  • La especie invasora rompe redes, devora capturas y daña la pesca artesanal
  • Su tetrodotoxina puede ser mortal y el pescado no puede comercializarse

Grecia ha activado un programa piloto que pagará a los pescadores profesionales hasta 5,33 euros netos por cada kilo de pez globo de mejillas plateadas que retiren del mar. No es una recompensa abierta a turistas con caña ni una extravagante competición de pesca: la medida se aplicará inicialmente en Creta y el Egeo Meridional, las zonas griegas más afectadas por esta especie invasora.

El objetivo es frenar al Lagocephalus sceleratus, un pez tropical tóxico que devora capturas comerciales, rompe redes con sus dientes y altera el equilibrio marino. La primera fase dispone de 1,5 millones de euros de financiación pública y europea. El animal no podrá venderse ni acabar en un plato: será recogido, refrigerado, transportado y eliminado bajo control. Una recompensa por pescar algo que después debe destruirse. El Mediterráneo moderno también produce estas paradojas.

La recompensa no es una barra libre para pescadores

La cantidad de 5,33 euros por kilo corresponde a la remuneración máxima neta que podrán recibir los pescadores profesionales participantes. Los gastos de pesaje, almacenamiento temporal, frío, traslado y tratamiento final irán por otra vía y serán asumidos dentro del propio programa, principalmente a través de las administraciones regionales.

Creta y el Egeo Meridional deberán presentar una propuesta conjunta para desarrollar la actuación. Habrá capturas dirigidas, puntos de entrega, registros de los ejemplares retirados y seguimiento científico. Es decir, no bastará con aparecer en el puerto llevando un pez globo dentro de una bolsa del supermercado. El sistema necesita trazabilidad porque maneja una especie venenosa y porque el dinero procede, en parte, del Fondo Europeo Marítimo, de Pesca y de Acuicultura.

La cifra intenta compensar una faena que hasta hace poco solo traía gastos. Cuando uno de estos peces queda atrapado en una red, no tiene valor comercial, puede destruir parte de la captura y obliga a trabajar con precaución. Sacarlo del agua era perder tiempo y dinero; con la subvención, al menos, la retirada deja de ser una ruina automática.

El pez globo que atravesó Suez y encontró casa

El protagonista de esta historia es conocido como pez globo de mejillas plateadas, lagocéfalo o pez sapo plateado. Tiene el cuerpo alargado, el dorso gris cubierto de puntos oscuros, el vientre blanco y una franja plateada que recorre los costados. Los ejemplares habituales rondan los 50 centímetros, aunque puede acercarse al metro.

Su cabeza ancha termina en cuatro dientes fusionados, parecidos a un pequeño pico. De lejos puede parecer un pescado robusto y algo torpe. De cerca, menos simpático: esa boca está preparada para triturar crustáceos, cefalópodos y conchas. También corta sedales y mallas como quien abre un paquete con unas tijeras.

La especie se observó por primera vez en aguas griegas en 2005. Desde entonces se ha consolidado especialmente alrededor de Creta, Rodas y las islas del Dodecaneso, aunque su expansión ya rebasa el Mediterráneo oriental. El pez ha ido ganando mapa mientras los pescadores perdían redes.

Del Indo-Pacífico al Egeo, con la temperatura a favor

El Lagocephalus sceleratus procede de aguas tropicales y subtropicales del Indo-Pacífico y el mar Rojo. Entró en el Mediterráneo a través del canal de Suez, siguiendo la ruta de numerosas especies denominadas migrantes lessepsianas. El nombre suena a tratado del siglo XIX, pero describe algo bastante tangible: animales que cruzan el canal, encuentran condiciones favorables y se instalan donde antes no estaban.

El calentamiento del mar no abrió la puerta —eso lo hizo Suez—, pero sí está dejando la calefacción encendida. Las aguas más cálidas favorecen la supervivencia y la expansión de especies tropicales hacia zonas donde décadas atrás el invierno habría funcionado como una barrera natural. El Mediterráneo cambia de fauna poco a poco, casi sin ruido; luego aparece la factura en un puerto de Creta.

Tampoco ayuda la escasez de depredadores capaces de controlar a un pez protegido por una potente toxina. Cuando se siente amenazado puede hincharse, como otros peces globo, y aumentar su tamaño aparente. Sin demasiados enemigos y con alimento disponible, se comporta como un inquilino que llega para unos días, cambia la cerradura y termina quedándose con el edificio.

Los daños más visibles aparecen en los aparejos. El pez globo muerde redes y palangres para alcanzar pulpos, sepias, calamares o peces que ya han sido capturados. Después deja agujeros, sedales cortados y piezas inutilizadas. Un pescador puede trabajar una noche y dedicar los días siguientes a remendar lo que el lagocéfalo destrozó en minutos.

Sus dientes no son una curiosidad estética. Están fusionados y crecen formando una herramienta compacta capaz de partir caparazones y materiales resistentes. Los vídeos en los que muerde latas o madera explican el miedo mejor que cualquier ficha biológica, aunque también alimentan una imagen de monstruo marino que conviene rebajar. Es un depredador oportunista, no un villano de película con una agenda contra los veraneantes.

La tetrodotoxina: el peligro empieza al comerlo

El verdadero riesgo para las personas está en la tetrodotoxina, una neurotoxina presente especialmente en órganos como el hígado y las gónadas, aunque también puede aparecer en la piel y el músculo. Bloquea la transmisión de las señales nerviosas y puede provocar hormigueo alrededor de la boca, debilidad, parálisis, dificultad respiratoria y, en las intoxicaciones graves, la muerte.

No existe una parte del ejemplar que deba considerarse segura para el consumo doméstico. La concentración del veneno varía según el tejido, el individuo, el lugar y la época del año; precisamente por eso resulta insensato confiar en recetas, limpiezas artesanales o supuestas técnicas para retirar los órganos tóxicos. En la Unión Europea está prohibida la comercialización de productos pesqueros procedentes de la familia Tetraodontidae, a la que pertenece esta especie.

El pescado capturado dentro del programa griego no entrará en lonjas, restaurantes ni fábricas alimentarias. Será apartado de la cadena de consumo y eliminado. Nada de convertir la invasión en un negocio gastronómico al estilo del fugu japonés. Aquí no hay cocinero con licencia ni ceremonia culinaria: hay una especie retirada por razones ambientales y sanitarias.

Los bañistas, entre el riesgo real y el pánico inflado

Las mandíbulas del pez pueden causar heridas serias, pero la mordedura no equivale a una intoxicación por tetrodotoxina. El veneno plantea su principal amenaza cuando el animal es ingerido. Una mordida puede producir cortes, sangrado o lesiones por la presión de los dientes, como ocurriría con cualquier animal de boca potente, pero no inyecta la toxina como lo haría el colmillo de una serpiente.

Han circulado informaciones sobre peces globo que persiguen o atacan a nadadores, aunque las entidades marinas griegas han pedido prudencia: no existe evidencia de una oleada de agresiones en las playas ni de una presencia generalizada en las zonas de baño de los complejos turísticos. Las autoridades y organizaciones locales tratan de sostener un equilibrio delicado, avisar sin convertir cada chapuzón en una escena de Tiburón.

Eso no convierte al animal en un juguete. No debe tocarse, manipularse ni devolverse al agua agarrándolo con las manos desnudas. Mucho menos cocinarlo. Los ejemplares muertos que aparezcan en la orilla también merecen distancia: la toxicidad no desaparece porque el pez haya dejado de moverse.

El coste que no aparece en la pescadería

El programa griego responde, sobre todo, a una crisis económica de la pesca artesanal. Un estudio realizado con 141 pescadores estimó unas pérdidas medias anuales de 6.315 euros por embarcación en las aguas de Creta, frente a 258 euros en el mar Jónico. En algunas áreas del sur cretense, la estimación se acercaba a los 9.000 euros por barco.

La diferencia muestra hasta qué punto la invasión está concentrada. Para una gran empresa, varios miles de euros pueden ser una incidencia contable; para una embarcación familiar son combustible, aparejos y reparaciones. El pez globo no solo roba la captura. Obliga a comprar material nuevo, reduce los días útiles en el mar y desgasta un oficio que ya navega entre costes crecientes y márgenes estrechos.

También hay un impacto ecológico difícil de convertir en una cifra. El lagocéfalo se alimenta de pulpos, calamares, sepias, crustáceos y otros peces, compitiendo con especies locales y alterando relaciones construidas durante siglos. Retirar ejemplares adultos puede aliviar la presión en áreas concretas, aunque una campaña piloto difícilmente borrará una población asentada durante más de dos décadas.

El Mediterráneo ya paga la factura del pez globo

Grecia no está pagando porque haya descubierto un pescado valioso, sino porque capturarlo cuesta menos que dejarlo multiplicarse. Los 5,33 euros por kilo son una herramienta de control, un incentivo para convertir una captura inútil y peligrosa en una tarea remunerada. El programa medirá cuántos ejemplares pueden retirarse, cuánto cuesta hacerlo y si la reducción produce mejoras apreciables en la pesca y el ecosistema.

No hay una victoria garantizada. El pez globo de mejillas plateadas lleva años adaptándose al Mediterráneo y continúa extendiéndose hacia el oeste y el norte. Pero la pasividad tampoco sale gratis. Redes rotas, capturas devoradas, especies desplazadas y riesgos alimentarios forman una cuenta bastante más larga que la subvención.

La recompensa griega es, en el fondo, el precio de una transformación marina que ya está en marcha. Un pez tropical cruza un canal, encuentra un mar más cálido y acaba incluido en los presupuestos públicos europeos. Antes parecía una rareza biológica; después fue una molestia; finalmente se convirtió en política pesquera. Así suelen llegar las grandes alteraciones ambientales: primero como anécdota, luego como gasto.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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