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¿Qué veremos en el nuevo Frankenstein de Guillermo del Toro?

La criatura más humana de la literatura vuelve a respirar en pantalla. Guillermo del Toro ha perseguido durante años su versión de Frankenstein, no como un ejercicio de museo, sino como un relato vivo sobre la paternidad, la culpa y la brutal necesidad de afecto.

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una escena de frankestein comiendo

Guillermo del Toro revive Frankenstein con una mirada oscura, romántica y profundamente humana en su esperado estreno de 2025.

La criatura más humana de la literatura vuelve a respirar en pantalla. Guillermo del Toro ha perseguido durante años su versión de Frankenstein, no como un ejercicio de museo, sino como un relato vivo sobre la paternidad, la culpa y la brutal necesidad de afecto. La película llega con una promesa clara —emocionar antes que asustar— y con la ambición de dialogar de verdad con la novela de Mary Shelley, no con el mito posterior que la redujo a relámpagos, tornillos y gritos en laboratorios góticos. Aquí hay otra cosa: un melodrama oscuro, romántico en el sentido más clásico, que se permite mirar a la Criatura sin paternalismo y a Víctor Frankenstein sin coartadas. Lo que veremos, si el plan sale como está trazado, es un espejo. Uno incómodo. Uno que, por momentos, te devuelve la imagen del creador antes que la del monstruo.

El contexto acompaña. Jacob Elordi asume el reto físico y emocional de encarnar a la Criatura; Oscar Isaac compone un Víctor carcomido por la arrogancia y la culpa; Mia Goth entra en el relato como figura trágica, un misterio que se abre paso sin pedir perdón; Christoph Waltz añade el filo elegante de quien sonríe mientras te empuja hacia el abismo. Todo envuelto en la fotografía de Dan Laustsen, música de Alexandre Desplat, diseño de producción de Tamara Deverell y vestuario de Kate Hawley. Nombres que no son un adorno: respaldan la intuición de que del Toro ha buscado textura, respiración, tacto. Ese cine que parece poder tocarse, olerse, casi oír la humedad de los pasillos.

No es un remake de clichés. Es, más bien, una relectura íntima donde la ciencia ocupa su lugar —importante, sí, pero subordinado— y la ética de la creación vuelve a estar en el centro. Se siente en los materiales, en la luz, en la forma en que la cámara se queda pegada a los ojos de la Criatura mientras aprende, torpemente, a existir. Y también en cómo Víctor intenta justificar lo injustificable con lenguaje de laboratorio, como si un método fuera capaz de ordenar el caos del dolor. No puede. Nunca pudo. Y quizá por eso esta versión llega ahora con más sentido que hace una década: el debate sobre qué hacemos cuando podemos hacer atraviesa la cultura, la tecnología, el día a día. Aquí, sin discursos, late esa pregunta.

Fechas, duración y dónde verla: el mapa de la expectación

El recorrido está pensado para que la conversación nazca en salas y se dispare después en casa. Primero presentación de prestigio, luego estreno limitado en cines y, a continuación, lanzamiento global en Netflix. Es una estrategia híbrida que busca lo mejor de dos mundos: la experiencia grande —pantalla, sonido, el silencio de una sala que de pronto respira a la vez— y la llegada masiva que solo permite una plataforma. Dura lo que necesita: alrededor de dos horas y media, tiempo suficiente para desplegar un arco emocional sin prisas, para que el vínculo entre criatura y creador respire, para que el mundo que los rodea no parezca una estampita de época sino una Europa febril, impura, llena de rincones.

No hay ansiedad por el ritmo. Del Toro prefiere el crescendo emocional a la montaña rusa. Lo sientes en cómo las escenas se encadenan por resonancias, por miradas, por silencios, y no tanto por giros de guion en mayúscula. Aun así, no te confíes: el relato es clásico pero no complaciente. Cuando la película acelera —y lo hace—, golpea en la boca del estómago. Y cuando frena, deja que el eco de una decisión, un gesto o una frase mal aprendida te acompañe a la salida.

Reparto y personajes: anatomía de un choque inevitable

Jacob Elordi no interpreta un monstruo; interpreta una herida. Su Criatura nace torpe, pesada, casi infantil, y a la vez irradia una inteligencia que se asoma a pedacitos, como si el mundo entrase por los ojos y doliera. El trabajo físico es evidente —prótesis, horas de maquillaje, una postura que dice más que cualquier parlamento—, pero lo decisivo está en lo que pasa cuando la cámara se queda a un palmo de su rostro: respira, duda, intenta pronunciar una palabra que no conoce del todo. La emoción surge ahí, en ese segundo antes de que salga la voz.

Oscar Isaac compone un Víctor Frankenstein sin caricatura. Es brillante, sí; también cruel, impaciente, incapaz de ver a su creación como un ser y no como un proyecto. Padre y dios al mismo tiempo, hasta que los hechos le obligan a elegir. Isaac juega en la zona ambigua donde el prestigio social y la ambición científica se confunden con una promesa íntima —¿a quién quería salvar realmente?— y la película no le regala absoluciones. La monstruosidad, si aparece, no siempre tiene suturas.

Mia Goth introduce la fisura lírica que tanto le interesa a del Toro: personajes que parecen llegar de otro tiempo pero hablan, sin esfuerzo, el idioma de nuestras pérdidas. Christoph Waltz aporta un contrapunto venenoso: simpatía en la superficie, manipulación quirúrgica por debajo. Y alrededor, un elenco de actores de carácter que sostienen el mundo: científicos, aristócratas, espectadores de salón, criaturas urbanas; gente que se mueve entre gabinetes anatómicos y teatros donde la ciencia se exhibía como espectáculo. Ese ecosistema no es atrezzo: explica comportamientos, sesga miradas, aprieta el conflicto.

Víctor frente a su espejo

Aquí el laboratorio es un escenario íntimo. Víctor se cree por encima del amor —al menos, por encima de la responsabilidad que el amor exige— y la película lo exhibe sin didactismos: trabajo de mesa, planos que acompañan la soberbia, silencios que delatan miedo. A cada paso se nota que del Toro no quiere un villano plano, sino un hombre contemporáneo en el peor sentido: capaz de justificarlo todo con método, incapaz de sostener el peso de su propia decisión cuando esa decisión tiene ojos.

La mirada de del Toro: menos susto, más humanidad

No es “solo” cine de terror. Es una tragedia romántica (la palabra “romántica” en su mirada original: exaltación de la emoción, de lo sublime, del temblor ante lo que excede). El miedo aparece, claro, pero como emanación de la soledad. Donde otras versiones subrayan la electricidad, aquí resuena el abandono. La Criatura descubre el mundo como un niño grande: la luz que hiere, el frío que corta, la calidez de una voz que podría salvarlo y llega tarde. Ese descubrimiento es el corazón del relato. Y cuando el mundo decide que es una abominación —ni siquiera lo escucha—, la violencia se vuelve inevitable. No se celebra; se lamenta.

Hay otra capa, menos visible pero insistente: la ética de la creación. En tiempos de tecnologías que prometen hacer casi cualquier cosa, el filme prefiere preguntar sin sermonear. ¿Qué hacemos con lo que hacemos? ¿Quién responde cuando el experimento cruza la puerta del laboratorio? Del Toro no convierte su Frankenstein en una parábola sobre la IA ni en un panfleto científico; habla de afecto, de su ausencia, de lo que ocurre cuando un padre —el que sea, literal o simbólico— no está a la altura. La ciencia, sin amor, deja agujeros.

Padres e hijos, culpa y aprendizaje

La Criatura aprende a destiempo. Aprende a pronunciar, a mirar, a pedir. Aprende también que el mundo te nombra antes de preguntarte quién eres. En esa curva se cruzan el thriller, el drama y la poesía: persecuciones físicas y morales, esconderse y mostrarse, anhelar pertenecer. Y, como en las grandes tragedias, nadie sale indemne. Víctor no; la Criatura, menos; el entorno, tampoco. Hay una lectura sobre la violencia que nace del rechazo que el director filma con compasión y sin sentimentalismo.

Artesanía visual: el cine que se puede tocar

El sello de del Toro se reconoce a distancia: sets construidos con mimo, maquillaje y prótesis al servicio del gesto, fotografía que saca brillo a la penumbra sin convertirla en postal. Dan Laustsen arma una luz que acaricia la piel, que hace de la humedad un elemento dramático, que transforma una escalera industrial en promesa de tragedia. Tamara Deverell construye espacios que huelen a madera, metal y alquitrán; Kate Hawley viste personajes sin encorsetarlos en lo “museístico”; Alexandre Desplat compone una partitura lírica, más abrazo que susto, con leitmotivs que se te pegan sin estridencias.

El diseño de la Criatura evita el cliché. Hay cicatrices, sí, pero no hay fetichismo del tornillo. Prima la humanidad del rostro, la posibilidad de que un músculo sutil altere un pensamiento. Es cine de poros y respiración, de texturas que devuelven la sensación de un cuerpo recién inventado. Y cuando entran los efectos digitales, entran para desaparecer, para servir a la ilusión y no para mostrar músculo técnico. Ese equilibrio —lo táctil primero, lo digital como puntada invisible— es coherente con la tesis ética: lo vivo manda.

La música que acompaña, no impone

La banda sonora de Desplat parece escrita a la altura del esternón. Melodías que sostienen sin dictar, crescendos que empujan la emoción justo cuando podría caerse. Es un trabajo que no busca el golpe sino la resonancia: sales con una línea de cuerdas dándote vueltas en la cabeza y, de pronto, entiendes por qué una escena silenciosa te dejó un nudo. La música no tiene miedo del romanticismo; lo abraza con elegancia.

Historia y enfoque: Shelley sin momificar

La película dialoga de frente con la novela de 1818. No copia su estructura, pero respeta su espíritu: la pregunta moral, el juego de puntos de vista, ese marco ártico que enfría la memoria para que la confesión hiera más. No es una “gran cinta de época”; es un viaje emocional que usa la época como hábitat, no como vitrina. La Europa que vemos hierve: gabinetes anatómicos donde la ciencia y el espectáculo se cruzan, calles húmedas, salones donde el prestigio intelectual oculta pequeñas mezquindades. En ese caldo, Víctor y su Criatura no son criaturas aisladas; son producto de un tiempo.

El foco en la perspectiva de la Criatura no es un capricho moderno. Es la forma que encuentra del Toro de recuperar la humanidad radical de Shelley: un ser que piensa, que sufre, que desea ser querido y, al no lograrlo, elige. Ahí la película es feroz y tierna a la vez: entiende el estallido pero no lo festeja. Y como buen relato clásico, deja espacio a la interpretación: cada espectador encuentra su punto de grieta.

Rodaje, paisajes y esa Europa en penumbra

El proyecto se levantó entre Toronto y Escocia, aprovechando arquitecturas reales que aportan carácter sin robar protagonismo. Hay algo de Edimburgo y Glasgow que asienta el verosímil: piedra húmeda, patios cerrados, laboratorios que parecen catedrales laicas, teatros donde la curiosidad pública se vuelve rito. La cámara se mueve con curiosidad febril, entra y sale de esos espacios como si oliera a moho y aceite, como si las superficies susurraran historias anteriores a los protagonistas. Ese tratamiento del lugar como organismo —no como decorado— es otra marca de la casa.

El tramo final de la producción dejó margen a una postproducción cuidada, atenta a mezclas de sonido que no tapan, a efectos digitales que no claman escena. Se nota el presupuesto, sí, pero sobre todo se nota el criterio. No hay exhibicionismo vacío. Hay paciencia y fe en la emoción.

Primeras lecturas: la conversación que ya arrancó

Las primeras proyecciones han encendido un debate bonito de ver. Quien entra buscando horror sostenido sale con un melodrama oscuro en la cabeza; quien llega con hambre de poesía gótica encuentra un thriller moral que por momentos aprieta la mandíbula. Jacob Elordi se lleva muchos elogios por el trabajo físico y el temblor emocional; Oscar Isaac fascina y enfurece —a partes iguales— por humanizar la soberbia. Hay quien detecta solemnidad en el arranque y quien agradece el valor de sostener el drama sin chistes de alivio. Lo que casi nadie discute: el acabado visual es de los que merecen pantalla grande y la Criatura se te queda dentro, como una canción que no sabes cuándo aprendiste.

Ese es, quizá, el mejor indicador de éxito para una película así: genera conversación. No tanto por el “me gustó/no me gustó”, sino por el “¿qué habrías hecho tú?”. De eso va Frankenstein desde su origen: de asumir las consecuencias de crear vida o de jugar a eso sin la menor intención de cuidar lo creado. La película no sermonea, pero no suelta.

Lo que veremos, de verdad: promesas en imágenes

Veremos una Criatura que mira al espectador con una mezcla de hambre y pudor. Veremos aprendizajes torpes que conmueven —una palabra pronunciada con orgullo infantil, una caricia que asusta por la propia fuerza— y estallidos de violencia que nacen del miedo, no del odio. Veremos a Víctor sostener su personaje brillante en público y desmoronarse cuando la realidad se impone. Veremos ciudades que respiran, máquinas que parecen órganos, espacios que duelen. Y escucharemos una música que no grita, que acompaña, que deja vibrando lo que la imagen ya dijo.

La clave, si hay que ponerla en una frase, sería esta: no redefine el mito con artificios, lo recupera con empatía y rigor. Se nota el cariño de del Toro por los monstruos —“sus” monstruos—, esa convicción de que lo distinto no es sinónimo de amenaza y de que la belleza puede aparecer justo donde la sociedad decide no mirar. Cuando la película funciona —y funciona a menudo—, abre una fisura por la que se cuela algo tan poco posmoderno como la ternura.

Por qué «este» Frankenstein importa

Porque devuelve a Frankenstein su centro humano sin renunciar al espectáculo. Porque pregunta sin señalar, emociona sin manipular, asusta cuando tiene que asustar y abraza cuando podría refugiarse en el cinismo. Porque recupera a Mary Shelley con respeto y le añade el pulso contemporáneo de un cineasta que entiende la orfandad como herida de época. Porque su artesanía —del maquillaje al encuadre, de la luz al vestuario, del sonido a la música— no es vanidad, sino lenguaje. Y porque, cuando se apagan las luces, la Criatura no se queda en la pantalla: se viene contigo un rato largo, te pregunta por tus propias criaturas (las decisiones, los proyectos, los afectos) y te obliga a mirar si estás a la altura.

Ese, en el fondo, es el gesto más valiente de Guillermo del Toro aquí: convertir al “monstruo” en nuestra conciencia. No es un truco. Es una invitación incómoda y, a su manera, bellísima. Sales del cine —o cierras la app— con la sensación de haber sido mirado. Y de que, por una vez, el miedo más hondo no es al otro, sino a no saber cuidar lo que hemos creado.

Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: Fotogramas, Espinof, eCartelera, Cinemanía.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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