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Fallece Brent Hinds: qué ha pasado al guitarrista de Mastodon?
Brent Hinds ha muerto. La noticia —seca, inevitable— atraviesa a varias generaciones de oyentes que aprendieron que el metal podía ser pesado y, a la vez, melódico, experimental sin perder el pulso.

Metal en duelo: la muerte de Brent Hinds sacude al mundo del rock y abre un legado inesperado. Un texto íntimo, crudo y lleno de riffs.
Brent Hinds ha muerto. La noticia —seca, inevitable— atraviesa a varias generaciones de oyentes que aprendieron que el metal podía ser pesado y, a la vez, melódico, experimental sin perder el pulso. Tenía 51 años. El 20 de agosto, en Atlanta, sufrió un accidente de moto cuando un SUV giró a la izquierda sin ceder el paso. Los servicios de emergencia no pudieron revertir el daño. La oficina forense del condado de Fulton certificó el fallecimiento y la policía mantiene la investigación abierta para esclarecer responsabilidades. No hay atajos retóricos para narrarlo: un cruce, una maniobra, un impacto, y un músico imprescindible que ya no está.
Queda un vacío raro, de esos que descolocan el tiempo. Porque Hinds no solo fue el cofundador de Mastodon; también fue uno de los arquitectos del metal moderno, un guitarrista que empujó límites con la naturalidad con la que otros se ajustan a la norma. Era capaz de doblar una nota como quien torce una frase para decir algo más, o de convertir un slide en una pequeña historia dentro del riff. Y ahora, de golpe, silencio.
Qué sucedió esa noche
La cronología conocida es sobria. Noche del 20 de agosto. Zona sureste de Atlanta, en el entorno de Memorial Drive y Boulevard. Hinds circulaba en una Harley Davidson. Un BMW SUV realizó un giro a la izquierda y se produjo la colisión. Quedó inconsciente; fue trasladado a un centro hospitalario de referencia y fue declarado muerto poco después. La conductora del vehículo permaneció en el lugar y colaboró con los agentes. Por ahora, no hay cargos formales anunciados. Se habla de peritajes, de análisis de prioridad de paso y visibilidad, de esos tecnicismos que ordenan el desastre pero no alivian la ausencia.
El dato frío se termina ahí. Lo demás son preguntas humanas: ¿hubo velocidad excesiva? ¿alcohol? Hoy no hay confirmaciones en ese sentido. La frase que repiten los portavoces es la de manual: “investigación en curso”. Conviene respetarla. Es temprano para verdades absolutas.
Reacciones: una comunidad en shock
Mastodon compartió un mensaje breve, muy contenido, con el vocabulario de quien tiene un nudo en la garganta y aun así debe escribir. Pidieron respeto. La escena del metal —y no solo— respondió como suele hacerlo cuando cae una figura que importa: tributos espontáneos, vídeos rescatados, anécdotas mínimas que revelan un carácter. Un técnico recordó la obsesión de Hinds por el tono; un guitarrista joven habló del día en que el maestro le regaló un pedal tras un bolo porque “te va a servir más a ti”. Gente de festivales, de salas pequeñas, periodistas, productores: una constelación de voces.
No fue un luto de postureo. Hinds era de esos músicos que marcan la práctica, no solo el relato. Hay bandas enteras que aprendieron a dejar aire en la distorsión escuchando cómo él abría huecos entre bloques de sonido. Hay solistas que se atrevieron a tensar el vibrato más de la cuenta, a entrar tarde a propósito. Todo eso vuelve hoy como un espejo.
Un legado que cambió el rumbo del metal
La historia se escribe mejor cuando hay discos que la sostienen. Con Mastodon, Brent Hinds firmó una secuencia que hoy parece de manual: “Remission” (2002) como origen musculoso; “Leviathan” (2004) llevando a Melville al terreno de los riffs; “Blood Mountain” (2006) con su geografía de tensiones; “Crack the Skye” (2009), denso y cósmico; “The Hunter” (2011), más directo sin ser dócil; “Once More ’Round the Sun” (2014), pegadizo en el mejor sentido; y “Emperor of Sand” (2017), que acabó coronado con el Grammy a Mejor Interpretación de Metal por “Sultan’s Curse” en 2018. Luego llegaría “Hushed and Grim” (2021), un álbum atravesado por el duelo, que hoy, inevitablemente, se escucha con otra luz.
Hinds no fue “solo” un guitarrista virtuoso. Era compositor, melodista y cantante áspero cuando tocaba. En estudio sabía contener; en directo, soltaba cuerda y manchaba a propósito. Su toque arenoso, con ecos surfabilly, y el uso de slides con intención narrativa, lo distinguían al primer compás. Hay fraseos en los que casi se escucha cómo frunce el ceño para empujar la nota un milímetro más allá.
Los discos donde su mano se entiende mejor
Si alguien quiere una ruta corta —sin sacrificar matices—, bastan cuatro paradas: “Leviathan” para sentir la marea; “Crack the Skye” para entender la arquitectura; “The Hunter” para apreciar la puntería; y “Emperor of Sand” para ver la épica íntima. En esa cuadrícula está el mapa de Brent Hinds.
Los meses finales: una ruptura pública y heridas abiertas
La muerte lo sorprendió en medio de otra historia: su salida de Mastodon. En marzo de 2025, banda y guitarrista anunciaron que se separaban “de mutuo acuerdo” tras 25 años. El comunicado fue exquisito, casi coreografiado. Sin embargo, semanas atrás Hinds afirmó en redes sociales que lo echaron, que la ruptura no fue amistosa y que su relación con algunos excompañeros se había envenenado. Palabras calientes, sin edulcorante. La sensación era que quedaban conversaciones pendientes. Ya no las habrá.
El contexto profesional, pese a todo, estaba vivo. Fiend Without a Face —su proyecto más personal, con ese espíritu de garaje retorcido— tenía planes de gira. También Giraffe Tongue Orchestra y la aventura marítima de Legend of the Seagullmen seguían flotando en la agenda. No había retirada, había hambre de escenario y curiosidad.
El estilo Hinds: precisión sucia, emoción controlada
En tiempos de metrónomos infalibles, Hinds reivindicaba el pulso humano. ¿Qué significa eso? Que empujaba una frase si lo pedía el relato o la frenaba un segundo para abrir una grieta donde meter emoción. Que ensuciaba el ataque con intención. Que cantaba no para lucirse, sino para sostener la arquitectura de la canción. Y que dialogaba con Bill Kelliher desde la complementariedad: dos piedras distintas, talladas por el roce de los años.
En lo técnico, su huella pasa por un vibrato ancho, afinaciones que no temían salirse del carril, uso expresivo del trémolo y una paleta de armónicos que aportaba brillo áspero a pasajes densos. Pero reducirlo a un catálogo de recursos sería injusto. Hinds era, antes que nada, oído. Intuición. Y una capacidad extraña para contar cosas con la guitarra.
La persona detrás del músico
Los testimonios coinciden: cabezota, generoso, brutalmente honesto. A veces volcánico, a veces cariñoso. El tipo que peleaba por un tono como quien defiende una frontera. El que apretaba los dientes si el sonido de sala no estaba a la altura. Y el que reía con la tontería más mínima camino del hotel cuando el bolo había sido impecable. No un santo. Un músico grande, con contradicciones y días malos.
La investigación y las preguntas que quedan
La pregunta inmediata es jurídica: ¿habrá cargos? Dependerá de lo que arrojen los peritajes: huellas de frenado, testimonios, cámaras, lectura de prioridades de paso. En el parte inicial figura esa frase que siempre duele leer: “no cedió el paso”. Faltan, sin embargo, conclusiones oficiales. Y sí, aparecerán expertos en seguridad vial para desgranar el cruce, sus ángulos muertos, la iluminación a esa hora. Todo suma para entender cómo se evitaba una tragedia así.
Hay otra pregunta menos medible: ¿cómo se le recuerda con justicia? No con el azúcar del mito, sino con el rigor de lo que hizo. Escuchándolo. Volviendo a los discos con atención. Buscando directos desprolijos pero reveladores. Escuchando las segundas guitarras que parecían relleno y, de repente, eran columna vertebral. Entendiendo que su gran aportación fue ensanchar el mapa del metal sin perdernos en el virtuosismo.
Lo que significa su ausencia para Mastodon… y para todos
Aunque ya no tocara con ellos, Mastodon es una familia musical que pierde a un miembro. La banda seguirá —lo dijeron y lo repetirán—, pero su historia queda marcada de forma irreversible. Hinds es coautor del ADN sonoro que los llevó a los grandes escenarios: esa mezcla de sludge con vuelos progresivos, la diagonal melódica que evita el cliché, la energía que los hacía contundentes sin ser opacos. El metal contemporáneo que escuchamos en festivales europeos y norteamericanos le debe más de lo que a veces reconoce.
En un plano íntimo, la muerte altera cómo suenan hoy ciertas canciones. “Oblivion” deja de ser apenas un título. “The Czar” se expande como una sala en penumbra. “Sultan’s Curse” se vuelve contraseña entre desconocidos. Es lo que ocurre cuando falta quien lo hizo: las canciones cambian de peso.
Atlanta, principio y final
No es un dato de color. Atlanta es parte de la biografía creativa de Hinds. Allí cuajó Mastodon, allí grabaron, allí ensayaron cuando no existía el presupuesto para caprichos. Allí probó amplis, ajustó pedales, encontró el ataque que buscaba. Que la historia se cierre en esa ciudad tiene una cruel lógica geográfica. A la vez, deja una evidencia: Atlanta no solo fue un domicilio, fue escuela y laboratorio.
Un modo sencillo de rendir homenaje
Escúchalo con calma. Vuelve a los discos. Sube el volumen donde toca y bájalo para encontrar esas texturas que se esconden detrás del ruido. Si tocas la guitarra, prueba a sostener un bend un punto más, a entrar medio segundo tarde, a respirar entre frase y frase. No para imitarlo —sería imposible—, sino para entender de qué iba.
Línea de tiempo mínima para ubicarnos
2000: fundación de Mastodon en Atlanta. 2002–2011: ciclo clásico con “Remission”, “Leviathan”, “Blood Mountain”, “Crack the Skye” y “The Hunter”. 2014–2017: “Once More ’Round the Sun” y “Emperor of Sand”, con Grammy por “Sultan’s Curse” (2018). 2021: “Hushed and Grim”. Marzo de 2025: anuncio de separación entre Hinds y la banda. Agosto de 2025: Hinds afirma que lo expulsaron. 20 de agosto de 2025: accidente mortal en Atlanta. 21 de agosto: el duelo se hace público y global.
Un adiós que duele y permanece
Murió un músico y nació un legado —sí, la frase está gastada, pero pasa—. Brent Hinds deja canciones, discos, conciertos memorables, también peleas y algún exabrupto reciente que ahora quedará como parte del retrato completo, no como etiqueta. Lo esencial persiste: un sonido. La idea de que la guitarra puede contar sin sobreactuar, sin correr por correr, con peso y con aire.
Que todo haya sido un accidente, uno de esos evitables que levantan rabia porque no hacía falta, duele más. Pero si algo enseñó Hinds —desde escenarios minúsculos hasta festivales gigantes— es que siempre hay un camino para llegar a lo que importa. Esa puerta queda entreabierta para quien venga detrás.
Escúchalo hoy, mañana, dentro de diez años. Con rabia, con gratitud, con el volumen que pide su música. Ahí está lo que fue. Ahí seguirá estando.

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