Naturaleza
¿Por qué Europa podría volver al gas ruso ante el invierno de 2026?
Europa afronta un invierno tenso por las reservas de gas, el precio de la energía y la opción extrema de recurrir temporalmente al gas ruso.

Europa atraviesa otra ola de calor, pero la amenaza económica que empieza a inquietar a los analistas está unos meses por delante. Oxford Economics advierte de que el invierno de 2026-2027 podría ser especialmente complicado por la combinación de unas reservas de gas relativamente bajas, problemas de suministro y una dependencia creciente del gas natural licuado en un mercado mundial mucho más tenso.
El escenario no apunta, de momento, a que Europa vaya a quedarse físicamente sin gas. Esa posibilidad sigue siendo remota. El riesgo bastante más plausible es otro: una nueva escalada de los precios del gas y la electricidad, capaz de alimentar la inflación, encarecer la producción industrial y complicar las decisiones del Banco Central Europeo. En el supuesto más delicado, Oxford Economics considera incluso posible que la Unión Europea tuviera que recurrir temporalmente al gas ruso pese al proceso aprobado para eliminar esas importaciones.
El invierno europeo llega con los depósitos de gas más bajos
La fotografía de mediados de agosto ayuda a entender la preocupación. Los almacenamientos subterráneos de gas de la Unión Europea estaban el 13 de agosto al 59,92% de su capacidad, con unos 677 teravatios hora guardados. No es un depósito vacío, ni mucho menos, pero sí una posición incómoda cuando quedan apenas unas semanas para entrar en la recta decisiva de la temporada de llenado.
Y las diferencias entre países son considerables. Italia rozaba el 78,22%, España se situaba en el 72,89% y Polonia superaba el 87%. Alemania, el mayor mercado gasista europeo y uno de los países que más sufrió la ruptura energética con Moscú, permanecía en cambio alrededor del 49%. Países Bajos estaba cerca del 41%.
Europa sabe desde 2022 que el porcentaje de llenado no es una cifra decorativa en una pantalla de Bruselas. El gas almacenado funciona como una despensa para los meses fríos: permite atender los picos de consumo de hogares e industrias cuando las temperaturas caen y ofrece un colchón si una tubería falla, un cargamento de GNL se desvía hacia Asia o surge otra crisis geopolítica.
La norma europea mantiene como referencia que los depósitos alcancen el 90% antes del invierno, aunque desde 2025 existe mayor flexibilidad para evitar que una obligación demasiado rígida fuerce a comprar gas a cualquier precio. Los Estados pueden alcanzar el objetivo entre el 1 de octubre y el 1 de diciembre y disponen de un margen de diez puntos porcentuales cuando las condiciones de llenado son especialmente difíciles.
Esta vez no sobra margen. Europa empezó la temporada de reposición con los depósitos alrededor del 28%, tras un invierno frío, y las inyecciones posteriores han avanzado con más lentitud de la habitual. El coste del gas necesario para completar las reservas es tan importante como el volumen almacenado. Tener combustible sirve de poco consuelo si para conseguirlo hay que pagar una factura desorbitada.
Hormuz, Noruega y el GNL forman una combinación incómoda
Oxford Economics señala varios problemas simultáneos. Uno de los principales está muy lejos de Bruselas: el estrecho de Hormuz, arteria esencial para los cargamentos energéticos procedentes del golfo Pérsico, sigue sometido a graves perturbaciones por el conflicto en Oriente Próximo.
La importancia de ese cuello de botella se ha disparado precisamente porque Europa cambió su modelo energético después de la invasión rusa de Ucrania. El continente sustituyó buena parte del gas que llegaba directamente por tubería desde Rusia por gas natural licuado (GNL), transportado en enormes metaneros desde Estados Unidos, Qatar y otros productores.
El GNL cubre ya aproximadamente la mitad de las importaciones europeas de gas. Esa diversificación ha reducido la dependencia de Moscú y ha multiplicado las terminales capaces de recibir cargamentos, pero también ha conectado mucho más a Europa con un mercado global donde cada barco puede cambiar de destino según el precio.
Un cargamento que sale de Estados Unidos no tiene grabado Rotterdam en el casco. Puede terminar en Europa o en Asia. Y cuando Japón, Corea del Sur o China pagan más, el barco gira —figuradamente, y a veces literalmente— hacia el comprador más generoso. Así funciona el mercado mundial del GNL; ninguna declaración solemne de autonomía energética consigue derogar esa física comercial.
El gas vuelve a cubrir los huecos de otras energías
A esa presión exterior se suman interrupciones en la producción noruega, según Oxford Economics. Noruega se convirtió después de 2022 en una pieza fundamental del abastecimiento europeo, de modo que cualquier parada inesperada en sus instalaciones tiene ahora mayor capacidad para mover el mercado.
También ha ocurrido algo menos visible. El gas ha tenido que compensar periodos de menor producción hidroeléctrica y nuclear, aumentando su utilización para generar electricidad. Un embalse con poca agua o una central nuclear fuera de servicio parecen asuntos distintos de una factura de gas, pero dentro del sistema energético europeo las piezas se rozan constantemente.
Europa consume bastante menos gas que antes de la gran crisis. La demanda comunitaria se ha reducido alrededor de un 19% respecto al promedio anterior a 2022, gracias al ahorro, la eficiencia, la expansión de las renovables, la electrificación y —conviene decirlo— también a cierta destrucción de demanda industrial provocada por los precios elevados. Ahorrar por eficiencia es estupendo; producir menos porque fabricar fertilizantes, vidrio o productos químicos deja de ser rentable resulta bastante menos festivo.
Un invierno frío podría devolver la inflación al primer plano
La variable imposible de negociar en Bruselas será el termómetro. Un invierno suave permitiría atravesar los meses fríos consumiendo menos reservas y reduciría la presión sobre los mercados. Una sucesión prolongada de semanas muy frías tendría el efecto contrario: calefacciones encendidas, más consumo eléctrico, depósitos cayendo deprisa y compradores europeos buscando cargamentos de GNL al mismo tiempo.
Oxford Economics calcula que la materialización de estos riesgos podría llevar la inflación por encima del 3,5% a finales de 2026 y mantenerla por encima del 3% durante 2027. No es una predicción inevitable, sino un escenario condicionado a que las tensiones energéticas persistan o empeoren.
La advertencia llega cuando la inflación de la eurozona todavía está lejos de haber desaparecido. El indicador adelantado la situó en el 2,9% en julio de 2026, frente al 2,8% de junio, mientras que el componente energético registró una subida interanual del 10%. Traducido al lenguaje cotidiano: la energía vuelve a tener capacidad suficiente para estropear una desinflación que parecía encarrilada.
Y ahí entra el Banco Central Europeo. Si el gas empuja otra vez los precios generales hacia arriba, las voces partidarias de mantener una política monetaria dura ganarán argumentos. Tipos de interés más altos durante más tiempo significan hipotecas y créditos más caros, financiación empresarial menos cómoda y otra piedra en el zapato de una economía europea que tampoco avanza sobrada de crecimiento.
El gas, al final, tiene esa incómoda capacidad para viajar desde un estrecho marítimo situado a miles de kilómetros hasta la cuota hipotecaria de una familia española. No inmediatamente, claro. Pero el conducto económico entre energía e inflación existe.
Europa depende mucho menos de Rusia, aunque no ha roto el vínculo
El capítulo políticamente más delicado aparece en Rusia. La dependencia ha caído de forma espectacular desde 2021. Antes de la invasión de Ucrania, Moscú proporcionaba aproximadamente el 45% de las importaciones de gas de la UE; en 2025, la proporción oficial había descendido al entorno del 12%-13%.
Oxford Economics estima que el gas ruso continúa representando actualmente cerca del 15% de las importaciones europeas, suficiente para seguir siendo una variable relevante en un mercado ajustado. Ya no posee el poder que tuvo Gazprom hace cuatro años, pero tampoco se ha convertido en una nota al pie.
La Unión Europea aprobó en 2026 un calendario jurídicamente vinculante para terminar con estas compras. Las importaciones de GNL ruso quedarán plenamente prohibidas desde comienzos de 2027, mientras que el gas ruso transportado por tubería deberá desaparecer como máximo en otoño de 2027, después de los periodos transitorios previstos para determinados contratos.
Es una decisión geopolítica tanto como energética. Europa pretende evitar que parte del dinero empleado en calentar sus viviendas termine financiando al Estado ruso mientras continúa la guerra contra Ucrania. El razonamiento es bastante sencillo. Ejecutarlo sin disparar el precio de la energía, algo menos.
¿Podría suspenderse realmente la prohibición del gas ruso?
Aquí conviene separar un escenario extremo de una decisión tomada. No existe ningún anuncio de Bruselas para levantar la prohibición del gas ruso. Oxford Economics plantea esa posibilidad únicamente si una nueva caída de las entregas y un invierno especialmente frío desencadenaran una situación grave de abastecimiento.
La legislación europea, de hecho, ya contempla esa puerta de emergencia. Si se declara una situación excepcional y la seguridad de suministro queda seriamente amenazada en uno o varios Estados miembros, la Comisión Europea puede suspender temporalmente la prohibición de importar gas ruso durante un máximo de cuatro semanas.
No sería, por tanto, una rehabilitación permanente de la vieja dependencia energética ni una marcha atrás automática en la política hacia Moscú. Sería una válvula de emergencia. Y precisamente que esa válvula exista explica hasta qué punto Bruselas ha intentado combinar dos objetivos que a veces chocan: cortar el vínculo energético con Rusia sin poner en riesgo el abastecimiento de ciudadanos e industrias.
Oxford Economics considera remota la posibilidad de una escasez física comparable a la que se temía en 2021-2022. Europa dispone ahora de más terminales de regasificación, más proveedores y una oferta mundial de GNL mayor. La arquitectura energética es más resistente. No necesariamente más barata.
El verdadero riesgo no es quedarse sin gas, sino volver a pagarlo muy caro
España parte de una situación relativamente cómoda. Sus almacenamientos superaban el 72% a mediados de agosto y el país cuenta con una amplia infraestructura de regasificación, fruto de décadas en las que la península tuvo que recibir buena parte del gas por barco ante sus limitadas conexiones con el resto de Europa.
Eso reduce algunos riesgos de suministro directo, aunque no convierte a España en espectadora. El precio del gas europeo repercute sobre el mercado eléctrico, la industria y los costes de empresas que compiten dentro de la misma economía comunitaria. Una crisis energética alemana, francesa o italiana termina atravesando fronteras a través de precios, comercio, inflación y crecimiento.
También existe una paradoja geográfica conocida: España tiene mucha capacidad para recibir GNL, pero todavía una capacidad limitada para enviarlo hacia el centro de Europa a través de los Pirineos. Los gasoductos no se improvisan cuando llega una ola de frío. Ese viejo cuello de botella explica por qué disponer de terminales llenas en la península no resuelve automáticamente los problemas del continente.
Europa entra en la recta final del verano bastante mejor preparada que durante el pánico energético de 2022, pero con menos comodidad de la que parecía probable unos meses atrás. Tiene más terminales, proveedores más diversificados, menor consumo de gas y reglas comunes de almacenamiento. También tiene reservas relativamente bajas, un mercado mundial de GNL tensionado y varias crisis geopolíticas abiertas a la vez.
Por eso la advertencia de Oxford Economics no describe un continente condenado a pasar frío. Describe algo más probable y económicamente corrosivo: que Europa tenga suficiente gas, sí, pero tenga que competir ferozmente para conseguirlo y pagarlo a precios capaces de reavivar la inflación.
Después de cuatro años construyendo independencia energética frente a Rusia, el invierno de 2026-2027 puede convertirse así en una prueba particularmente incómoda. Europa ha reducido la dependencia. Lo que todavía no ha conseguido eliminar es la vulnerabilidad del precio. Y ahí, más que en el termómetro de agosto, está la verdadera amenaza.

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