Naturaleza
El tiempo en España hoy 18 de febrero: previsión detallada

España bajo la borrasca Pedro: avisos por viento y oleaje lluvias persistentes en el norte, nieve desde 700 m y un Mediterráneo más templado.
España encara este miércoles 18 de febrero con un protagonista claro, la borrasca Pedro, y un reparto de papeles muy desigual según la zona: el tercio norte y el frente atlántico se llevan el ruido —rachas fuertes, temporal marítimo, lluvia y una bajada térmica que prepara el terreno para la nieve— mientras el este y el sureste se mueven en un registro más estable y, en puntos del Mediterráneo, casi templado. La previsión junta piezas que no suelen convivir con tanta naturalidad en un mismo día: olas de hasta 7 metros en tramos del litoral atlántico y cantábrico, avisos por viento en cadena y, a la vez, máximas que en Valencia se disparan a 23 grados como si febrero hubiese perdido la vergüenza.
El dibujo general lo marca un frente que cruza la Península de oeste a este: cielos muy nubosos o cubiertos en muchas comunidades, precipitaciones que se concentran con más insistencia en Galicia, el área cantábrica, el alto Ebro y el entorno pirenaico, y una atmósfera más tranquila cuanto más se mira hacia el Mediterráneo. La situación llega, además, con el suelo y los cauces “cargados” tras semanas de temporales, lo que convierte cualquier episodio de lluvia persistente en un factor a vigilar, aunque el guion de hoy no sea el de una sola amenaza sino el de una suma: viento + mar + lluvia, y luego, asomando por detrás, la nieve en cotas relativamente bajas ya de cara al jueves.
Pedro entra por el Atlántico y cambia el mapa
Pedro no aparece como una nube aislada en el radar, sino como otra pieza de un invierno con temporales encadenados. Se trata de la borrasca número 16 de la temporada 2025-2026 y llega justo después de Oriana, en ese carrusel que ha ido saltando de nombre en nombre mientras el Atlántico empujaba hacia la Península. El nombre, además, no es casual ni local: Pedro ha sido nombrada por Météo-France porque el mayor impacto se espera en Francia, aunque en España deja efectos muy nítidos, sobre todo miércoles y jueves, y con un dato que pesa en el contexto: el país se queda a una de igualar el máximo histórico de borrascas nombradas en una temporada reciente. Esta repetición de episodios ha dejado marcas medibles, de las que se citan dos con frecuencia estos días: el acumulado de 429 litros por metro cuadrado en la España peninsular entre el 1 de octubre y el 10 de febrero, y la sensación —tangible— de que el invierno se ha vuelto un pasillo de puertas giratorias, con una borrasca empujando a la siguiente.
No es un matiz menor: cuando las borrascas se suceden, cambian también las consecuencias prácticas. El terreno absorbe menos, los ríos reaccionan antes, las rachas de viento encuentran árboles debilitados y mobiliario urbano castigado, y el mar llega ya con un estado previo agitado. Por eso en esta jornada el foco no está solo en “si llueve”, sino en cómo llueve y dónde coincide con otros factores. En Galicia, por ejemplo, Vigo se coloca en el centro del episodio con aviso amarillo por viento en tierra y naranja en el mar, y la lluvia como acompañamiento constante, de fondo, sin necesidad de grandes titulares: cae, insiste, vuelve. La palabra que mejor resume el día en esa franja no es “tormenta”, es persistencia, con ráfagas que entran a golpes y un litoral que se toma muy en serio lo de “temporal”.
Galicia y Cantábrico, el músculo del temporal marítimo
En la fachada atlántica y cantábrica, lo que manda hoy es la combinación de viento y mar. Los avisos por temporal marítimo se elevan en tramos del litoral y el pronóstico habla de olas que pueden alcanzar los 7 metros, una cifra que, traducida a escena, significa espuma golpeando diques, paseos marítimos convertidos en una línea de observación demasiado cerca de la fuerza real del agua y puertos con un pulso distinto, más tenso. A esto se le suma el viento en tierra: rachas que en el tercio norte pueden rozar los 90 km/h y que se dejan notar especialmente en áreas expuestas, cabos, acantilados y zonas altas. En el País Vasco, el interior de Bizkaia tiene aviso por rachas máximas de 90 km/h, y en Vigo y su entorno el episodio aparece asociado a rachas en torno a 80 km/h, con giro de suroeste a oeste a medida que avance el día. No hace falta adornarlo: cuando el viento se mueve en esos registros, el problema no es solo el paraguas; son los desplazamientos, la caída de ramas, los elementos sueltos en terrazas y cubiertas, y el mar empujando donde siempre empuja… pero con más potencia.
Lluvias, nieve y un frente de oeste a este
La lluvia de hoy no tiene un patrón “caprichoso”, sino bastante reconocible: un frente que avanza de oeste a este y deja el grueso de las precipitaciones en la mitad norte de la vertiente atlántica, el área cantábrica, el alto Ebro y el entorno pirenaico, con extensión probable a otras regiones a medida que el sistema se desplace. En cambio, el este y el sureste quedan más al margen, con un tiempo más estable y, en algunos puntos, incluso cálido para la época. La clave, en los mapas, está en la palabra “persistente”: en Galicia y la franja cantábrica no se trata tanto de un chaparrón aislado como de una sucesión de fases, con lluvia que reaparece y cielos que no terminan de abrirse. Y cuando el cielo no abre, el termómetro tampoco se anima; el ambiente se queda húmedo, con esa sensación de ropa que tarda más en secarse, de asfalto brillante todo el día.
Ese contexto es el que explica que el episodio meteorológico se mire también desde el ángulo hidrológico, porque el invierno ha ido llenando embalses y, a la vez, tensionando tramos de ríos. Hay referencias a niveles de alarma en la cuenca del Duero en provincias como Soria, Burgos, Valladolid o Zamora, con tendencia a estabilizarse, y a situaciones delicadas en Galicia como el río Cabeiro en Redondela (Pontevedra) en nivel rojo, además de otros cauces bajo vigilancia. En el centro, el Tajo a su paso por Toledo ha figurado en alerta roja, y en el valle del Ebro el caudal elevado sigue siendo un elemento a seguir: se ha citado un Ebro en Zaragoza en torno a 1.500 m³/s, con afecciones puntuales, y vigilancia también en Miranda de Ebro con caudales por encima de 500 m³/s. Todo esto no convierte el día en una alarma general, pero sí en un capítulo más de una secuencia donde la lluvia ya no cae sobre un suelo “neutro”: cae sobre un terreno con historia reciente.
La nieve entra como segundo acto, sobre todo mirando al jueves, cuando se espera una descarga fría tras el paso del frente. La previsión apunta a una cota de nieve que puede bajar hasta alrededor de 700 metros en el norte, moviéndose durante el día entre 700 y 1.000 metros según la zona y la evolución del aire frío. Eso coloca la nieve no solo en cumbres, sino potencialmente en áreas próximas a sistemas montañosos y en pasos donde el invierno, de pronto, se vuelve tangible: carreteras secundarias, puertos, zonas de montaña con tráfico local. El patrón que se describe es el clásico de estas situaciones: entrada de aire más frío, descenso térmico y nevadas que se concentran en Pirineos, la Cordillera Cantábrica y otras áreas altas del norte, con acumulaciones que pueden ser significativas allí donde la precipitación coincida con la bajada de temperaturas.
Avisos por viento: rachas fuertes en media España
Si hay un elemento que atraviesa el país hoy, ese es el viento. No se limita al Cantábrico ni al Atlántico: se espera que las rachas fuertes se extiendan por el tercio norte, pero también por zonas altas del extremo este y sureste. El mapa de avisos dibuja una España con puntos de tensión muy concretos: el interior de Bizkaia con rachas previstas de 90 km/h; las Rías Baixas y áreas interiores gallegas con rachas en torno a 80 km/h y giro del viento a lo largo del día; el litoral de Barcelona con aviso por 70 km/h de componente oeste, especialmente en su mitad sur; la ribera del Ebro en Zaragoza con aviso por 80 km/h del noroeste; y el sur de Mallorca con aviso por 70 km/h del noroeste. A ese cuadro se suman áreas donde el viento sube un peldaño más en intensidad prevista, con referencias a avisos naranjas en puntos del valle del Almanzora y Los Vélez (Almería) y en Alcaraz y Segura (Albacete), y menciones a rachas todavía mayores, de hasta 110 km/h, en zonas como Tarragona. En lenguaje llano: el viento no es decoración, es un factor estructural del día.
Hay además un matiz que conviene no perder: el viento se comporta distinto según el paisaje. En un valle canalizado, como el del Ebro, se acelera y se vuelve un “chorro” que llega de golpe; en costa, suma el empuje del mar y la exposición; en ciudades, crea calles trampa, esquinas donde la ráfaga pega de lado, y un efecto de sensación térmica que engaña al termómetro. Barcelona puede marcar 17 grados, pero si el oeste entra con decisión en el litoral, esos 17 se sienten de otra manera, más seca, más incómoda. En Bizkaia interior, el viento del suroeste puede convertir un día con máximas suaves en una jornada áspera, de caminar con el cuerpo un poco inclinado sin darse cuenta. Y en Mallorca, con el noroeste, el paisaje se limpia de humedad pero se acelera: el mar cambia de textura, y el aire trae esa frialdad que no siempre se ve en los números.
Amarillo y naranja, qué significa hoy en la calle
Los avisos no son un decorado burocrático, son una manera de graduar probabilidad e impacto. Un aviso amarillo suele colocarse en el rango de riesgo bajo pero real: rachas capaces de causar incidencias, oleaje que puede ser peligroso en zonas expuestas, lluvia que complica por acumulación si se mantiene. El naranja ya apunta a un nivel más serio, con fenómenos que pueden provocar problemas relevantes en costa, en carreteras o en servicios si coinciden con vulnerabilidades previas. En Vigo, por ejemplo, aparece el contraste: amarillo en tierra y naranja en el mar, una forma clara de decir que el litoral y la navegación, e incluso la simple exposición al oleaje en puntos concretos, se vuelven el foco del día. En el Cantábrico, cuando se habla de olas de 7 metros, el aviso deja de ser un icono y pasa a ser una descripción: mar muy alterado, condiciones que castigan la costa abierta y que obligan a mirar con respeto zonas habituales de paseo. El código de colores, al final, no inventa el fenómeno; lo traduce a un idioma compartido.
Del casi verano en Valencia al gris de la Meseta
La parte curiosa del 18 de febrero es el contraste térmico. Valencia se coloca en la esquina cálida del mapa con una máxima prevista de 23 grados, nubes que dan paso al sol y brisa por la tarde; es un registro que, en pleno febrero, ya suena a entretiempo serio, a mediodía largo. Barcelona se queda en 17 grados, con nubes y sol, en una línea más normal para el Mediterráneo en días templados, aunque con la coletilla del viento en el litoral. Palma ronda los 18 grados, agradable en temperatura, pero con el noroeste asomando y avisos por rachas fuertes a partir de mañana que hoy ya se dejan intuir en el ambiente. En el interior, la historia cambia: Madrid se mueve en un rango mucho más contenido, con máxima de 12 grados y mínima de 4, nubosidad baja y un día más fresco, de luz blanquecina, sin ese brillo mediterráneo. Zaragoza se estira hasta 19 grados, pero con brisa y la antesala del episodio de viento más marcado del jueves; Sevilla queda en 18 grados con nubosidad baja y niebla, un arranque de día de contornos suaves, casi apagados, antes de que el cielo se aclare algo.
En el norte, Bilbao mezcla el “engaño” de una máxima relativamente suave, 17 grados, con un cambio de ánimo durante la jornada: tras algo de sol, el cielo se cierra, entra la brisa y aparecen chubascos por la tarde; además, el entorno está marcado por avisos de viento en áreas próximas, lo que añade esa sensación de día inquieto, de nube rápida. Vigo, directamente, se mueve en clave de lluvia y viento: 14 grados de máxima, precipitación presente y un ambiente de temporal atlántico, sin medias tintas. Y Canarias juega otra liga: Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife rondan los 20-21 grados, con sol brumoso y un perfil estable, más suave, más continuo, de esos días donde el cambio no está en la temperatura sino en la calima o la bruma que filtra la luz y deja el cielo con un velo. Mientras en la Península el viento reordena el paisaje, en las islas el día se sostiene en una calma relativa.
En paralelo a la meteorología de hoy, la fotografía del agua embalsada cuenta otra parte de la misma historia. La reserva hídrica ha subido con fuerza en las últimas semanas y se ha citado un nivel del 82,5% de la capacidad total, con 46.229 hectómetros cúbicos, el mayor en unos doce años, y aumentos repartidos por casi todas las cuencas. Se han destacado cuencas internas por encima del 90% como las del País Vasco, Galicia Costa, las internas de Cataluña, tramos del Cantábrico y Miño-Sil, además de incrementos notables en el Ebro y el Guadalquivir. Es el reverso del temporal: el agua llega, llena y alivia, pero también obliga a vigilar cuando se encadena episodio tras episodio, porque el sistema —ríos, embalses, infraestructuras— trabaja sin descanso.
La tregua asoma desde la tarde del jueves
En mitad de tanto aviso, aparece una idea clara: el episodio no se queda eternamente. La previsión apunta a una mejoría desde la tarde del jueves, con cielos más abiertos y una estabilización que podría estirarse hasta el fin de semana en buena parte del país, especialmente donde hoy manda el temporal atlántico. Eso no borra lo de hoy, ni lo suaviza por arte de magia: el miércoles se vive con viento y mar en guardia en el noroeste y el Cantábrico, con lluvia repartida sobre todo por el norte y el oeste, y con una bajada térmica que abre la puerta a la nieve en el norte a partir de cotas relativamente bajas. Pero sí marca el punto de inflexión del relato: el jueves por la tarde empieza a cambiar la textura del cielo, y el país sale, poco a poco, de ese estado de vigilancia constante que dejan los temporales encadenados. Pedro entra con fuerza, hace su trabajo, y después —como tantas borrascas— deja un silencio raro, de aire más limpio y calles que vuelven a sonar a rutina.

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