Síguenos

Ciencia

La cometa 3I/ATLAS y la pista de sus 12.000 millones de años

Su química apunta a un origen remoto, aunque aún no permite fecharlo con exactitud ni localizar su estrella natal.

Publicado

el

3IATLAS

El cometa interestelar 3I/ATLAS pudo formarse hace entre 10.000 y 12.000 millones de años, mucho antes que el Sol y la Tierra. La estimación procede de las proporciones de isótopos observadas en el agua y otros gases que libera al calentarse: una firma química compatible con un entorno extremadamente frío y menos enriquecido en elementos pesados que el actual. No es una fecha medida directamente, sino una reconstrucción a partir de pistas físicas.

La diferencia importa. La composición convierte a este visitante en un posible vestigio de la Vía Láctea primitiva, pero no permite afirmar que tenga exactamente 12.000 millones de años ni identificar la estrella alrededor de la cual nació. Lo valioso es que varias señales apuntan hacia un pasado remoto: el hielo conserva indicios de las condiciones de formación que existían antes de que nuestro sistema planetario apareciera.

Un visitante que no pertenece al Sistema Solar

Detectado en julio de 2025, 3I/ATLAS es el tercer objeto interestelar confirmado que cruza el Sistema Solar, después de 1I/’Oumuamua y 2I/Borisov. Su trayectoria hiperbólica indica que no está ligado gravitatoriamente al Sol y que atraviesa nuestra región procedente del espacio entre las estrellas. A diferencia de los cometas nacidos en los confines del sistema solar, este cuerpo se formó alrededor de otro sistema estelar, en un lugar cuya identidad concreta sigue sin conocerse.

La procedencia exterior ya lo hacía excepcional, pero no basta por sí sola para calcular su edad. Un objeto puede venir de otra estrella y ser relativamente joven o muy antiguo; el origen interestelar describe su recorrido, no su fecha de nacimiento. Para estudiar cuánto tiempo lleva existiendo, los investigadores han tenido que leer la materia que arrastra, sobre todo los gases liberados cuando la radiación solar calienta sus hielos.

Los cometas activos desarrollan una coma, una envoltura de gas y polvo que rodea el núcleo cuando parte de sus sustancias volátiles pasa directamente del hielo al gas. Esa nube tenue es difícil de analizar, pero también funciona como una muestra accesible del material del objeto. En el caso de 3I/ATLAS, las observaciones del telescopio espacial James Webb y del observatorio ALMA permitieron estudiar moléculas y comparar sus variantes isotópicas. La coma hizo posible examinar a distancia una materia llegada de otro sistema planetario.

La edad se infiere de la química, no de un reloj

Los isótopos son formas de un mismo elemento que tienen distinto número de neutrones y, por tanto, diferente masa. El hidrógeno, por ejemplo, puede presentarse como hidrógeno ordinario o como deuterio, una variante más pesada. La proporción entre ambos no es idéntica en todos los ambientes: depende de procesos físicos y químicos, entre ellos la temperatura y la historia del material. Por eso, medirla ayuda a reconstruir el lugar en el que se formaron los hielos.

El análisis encontró que el agua de 3I/ATLAS contiene alrededor de diez veces más deuterio que la observada en los cometas conocidos del Sistema Solar. Esa diferencia no significa que el agua sea una sustancia distinta, ni que el cometa esté compuesto principalmente por agua pesada. Es una proporción anómala de una variante del hidrógeno dentro del agua, y su interés reside en lo que revela sobre las condiciones de formación.

Los investigadores interpretan que una concentración tan elevada encaja con un ambiente de frío extremo, inferior a unos 30 kelvin, equivalentes a aproximadamente 243 grados bajo cero. A temperaturas así, las reacciones que incorporan deuterio a ciertas moléculas pueden producir firmas diferentes de las que se encuentran en regiones más templadas. El razonamiento es parecido al de una huella química: la proporción isotópica registra las condiciones del entorno, aunque no indique por sí sola una fecha exacta.

El carbono aporta otra pieza. Las proporciones entre sus isótopos en el material observado se apartan de los valores habituales del Sistema Solar y de los registrados en nubes interestelares cercanas. Según la interpretación del estudio, esa composición resulta compatible con una región antigua y relativamente pobre en elementos pesados. No se trata de que el cometa carezca de carbono, sino de que la relación entre sus variantes isotópicas conserva una señal distinta de la que domina en nuestro vecindario cósmico.

Por qué una galaxia joven deja una firma diferente

La Vía Láctea no tuvo desde el principio la composición química que tiene hoy. Las primeras generaciones de estrellas se formaron a partir de materia con menos elementos pesados; muchas de esas sustancias se produjeron en el interior estelar y se dispersaron después por el espacio. Con el paso de las generaciones, el gas galáctico se fue enriqueciendo. Así, la química de una región puede ofrecer pistas sobre el momento de su evolución, aunque la conexión no sea una datación sencilla.

El carbono ayuda a establecer ese contexto porque sus isótopos no aparecen en idénticas proporciones en todos los entornos. La relación observada en 3I/ATLAS apunta a una materia distinta de la que suele encontrarse en los cometas del Sistema Solar y en regiones próximas. Al combinar esa señal con la del deuterio y con modelos de evolución química galáctica, los autores sitúan su formación en una etapa temprana de la historia de la galaxia. La edad propuesta surge de cruzar varias pistas, no de una sola anomalía.

La estimación publicada sitúa el origen del objeto en un intervalo aproximado de 10.000 a 12.000 millones de años; otros análisis lo expresan como unos 11.000 a 12.000 millones. Esa variación refleja los márgenes propios de la interpretación y no una contradicción que pueda resolverse escogiendo una cifra más llamativa. La edad del cuerpo se deduce de modelos que relacionan su química con la evolución de la Vía Láctea, y por eso conviene conservar la horquilla. Los 12.000 millones son el extremo de una estimación, no una edad certificada al año.

Si la interpretación es correcta, el cometa se habría formado cuando la galaxia era mucho más joven que ahora y miles de millones de años antes del nacimiento del Sol, que ocurrió hace unos 4.600 millones de años. En la escala humana, la diferencia es inconcebible; en la historia galáctica, señala que algunos cuerpos helados pudieron ensamblarse muy pronto. El hallazgo no demuestra que todos los sistemas planetarios antiguos fueran iguales, pero sí muestra que la formación de materiales helados ya era posible en etapas tempranas.

Un cometa con más dióxido de carbono que agua

La abundancia de deuterio no es la única rareza descrita en las observaciones. En la coma de 3I/ATLAS, el dióxido de carbono aparece en mayor cantidad que el agua, una relación poco habitual frente a la imagen clásica de un cometa dominado por el hielo de agua. La composición puede variar entre cuerpos y también con la actividad observada, pero en este caso la diferencia añade otra pista para reconstruir el ambiente donde se formó.

Los gases que se detectan alrededor del núcleo no son necesariamente una fotografía completa de cada capa interna del cometa. El calentamiento solar hace que distintos hielos se liberen de maneras diferentes, y las observaciones describen el material que llega a la coma en unas condiciones concretas. Por eso, la presencia destacada de dióxido de carbono debe interpretarse junto con los demás datos, no como una etiqueta definitiva sobre toda la estructura del objeto. La composición observada depende también de cómo y cuándo se activa el cometa.

La combinación de más dióxido de carbono que agua, una señal isotópica inusual y las proporciones del carbono dibuja un escenario de formación muy frío y químicamente distinto al del Sistema Solar. Ninguna de esas características, aislada, basta para establecer una procedencia detallada. En conjunto, sin embargo, refuerzan la idea de que 3I/ATLAS conserva materiales de un entorno remoto y antiguo. Su rareza no reside en una sola molécula, sino en la suma de varias señales.

La dinámica también había sugerido una gran antigüedad

Antes de que se conociera el análisis isotópico, un estudio basado en la cinemática del objeto había propuesto una horquilla de edad más amplia, de entre 3.000 y 11.000 millones de años. La cinemática estudia el movimiento: en este caso, la velocidad y el recorrido del visitante a través de la galaxia. Es una vía distinta de la química, porque no examina directamente los ingredientes del cometa, sino las pistas que deja su movimiento a gran escala.

Las dos aproximaciones no miden lo mismo y no deben mezclarse como si fueran lecturas de un cronómetro idéntico. La trayectoria puede orientar sobre la población estelar o el tipo de órbita galáctica asociado al objeto; los isótopos, en cambio, ayudan a caracterizar el entorno de formación. Que ambas líneas de análisis apunten a una edad elevada resulta sugerente, pero no convierte la estimación en una certeza independiente de los modelos.

También es importante separar la edad del cometa de la duración de su viaje interestelar. La materia pudo formarse hace miles de millones de años, pero eso no significa que se conozca cuánto tiempo pasó vagando fuera de su sistema original antes de cruzarse con el nuestro. Para determinarlo habría que reconstruir su historia dinámica durante un periodo inmenso, con interacciones gravitatorias y desplazamientos estelares que dificultan seguir una ruta única. La fecha de formación y el itinerario posterior son preguntas diferentes.

Un fósil galáctico, pero sin estrella identificada

La comparación con un fósil resulta útil si se entiende con cuidado. 3I/ATLAS no conserva una escena completa de su sistema natal; preserva parte de la información química del material con el que se formó. Ese material pudo originarse en una zona fría de un disco de gas y polvo alrededor de una estrella antigua, antes de quedar expulsado al espacio interestelar. El cuerpo habría llevado desde entonces una muestra de aquella química a través de la galaxia.

Pero las señales no permiten apuntar a una estrella concreta y señalarla como su hogar original. El cometa ha recorrido una distancia enorme y la dinámica de la galaxia cambia las posiciones relativas de las estrellas con el tiempo. Aunque la química ayude a describir el tipo de entorno donde nació, no ofrece por sí sola una dirección de origen precisa. El sistema planetario que lo produjo podría haberse transformado desde entonces, pero su destino exacto tampoco se conoce.

Ese límite no reduce el valor científico del objeto. En astronomía es habitual estudiar regiones remotas mediante la luz que emiten; un cuerpo interestelar permite analizar materia sólida y volátil que se formó fuera del Sistema Solar. La oportunidad es excepcional porque el material se vuelve observable durante un paso breve y porque los instrumentos actuales pueden distinguir señales que hace décadas habrían quedado ocultas. La muestra es cercana durante un tiempo, aunque su historia siga siendo lejana.

Lo que la edad no demuestra

La posibilidad de que 3I/ATLAS sea antiquísimo ha favorecido titulares espectaculares, pero no hay que confundir antigüedad con anomalía artificial. Las observaciones descritas corresponden a un objeto con actividad cometaria y a una química que puede investigarse mediante procesos naturales. No se ha presentado evidencia de tecnología extraterrestre. En este caso, lo extraordinario no es una señal de fabricación, sino la oportunidad de examinar un visitante que parece conservar una composición poco común.

También sería excesivo asegurar que su edad está cerrada. Las estimaciones dependen de la calidad de las mediciones, de los procesos químicos considerados y de los modelos que conectan las proporciones isotópicas con la historia de la galaxia. Nuevos datos podrían afinar el intervalo o cambiar la interpretación de alguna de sus pistas. Una hipótesis respaldada por observaciones sigue siendo revisable, y esa posibilidad de corrección forma parte del método científico, no una señal de que el resultado carezca de valor.

La distinción esencial es esta: los investigadores no han observado directamente el nacimiento del cometa ni han encontrado una fecha escrita en su núcleo. Han medido gases, comparado isótopos y evaluado qué condiciones pueden producir una composición como la observada. De ahí se infiere una edad probable y un ambiente de formación. La evidencia apoya un origen muy antiguo, pero no fija una cifra exacta ni revela el sistema natal.

Un archivo de hielo de la Vía Láctea temprana

La relevancia de 3I/ATLAS va más allá de su paso por el Sistema Solar. Si su edad y su interpretación química se confirman, ofrece una ventana material a una época en la que la galaxia tenía menos elementos pesados y sus sistemas planetarios se encontraban en contextos distintos a los actuales. Los cometas del Sistema Solar guardan memoria de la formación de nuestro propio entorno; este visitante podría aportar una comparación nacida bajo otras condiciones.

Ese contraste ayuda a estudiar si los ingredientes de los cuerpos helados y los procesos que los ensamblan fueron parecidos en distintos momentos de la historia galáctica. Un solo objeto no basta para describir todos los sistemas planetarios antiguos, ni permite reconstruir por completo la evolución de la Vía Láctea. Sí puede, en cambio, poner a prueba ideas sobre la formación temprana de planetesimales y mostrar cuánta diversidad química existe entre los cuerpos que viajan de estrella en estrella. La rareza del cometa es también una herramienta para comparar mundos.

El relato más prudente no le atribuye una edad exacta ni un origen identificable: describe un cuerpo interestelar cuya composición apunta a un pasado remoto, a temperaturas extremas y a una región pobre en metales. Si futuras observaciones sostienen esa lectura, 3I/ATLAS quedará como una pieza singular para estudiar la química de la galaxia joven. Su recorrido seguirá siendo difícil de reconstruir, pero los hielos que deja al descubierto permiten asomarse, con cautela, a un tiempo muy anterior al Sol. El cometa no entrega una historia completa: conserva fragmentos físicos de una historia antigua.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído