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Donde hay ferias este fin de semana 24, 25 y 26 de abril

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gente pasea por una feria

Ferias, vino, motor y fiesta: los mejores planes del 24 al 26 de abril en España, de Sevilla y Barcelona a Córdoba, Elche y Arbo

Entre el viernes 24 y el domingo 26 de abril de 2026 no hay una sola gran feria en España, sino varias al mismo tiempo y de estilos muy distintos. La ruta más clara pasa por Sevilla, donde la Feria de Abril encara su tramo fuerte hasta el domingo; por Barcelona, que activa la Feria de Abril de Catalunya y, al mismo tiempo, vive una semana clave con la Barcelona Bridal Fashion Week; por Elche, con la feria del automóvil y la motocicleta; por Guadassuar, que vuelve a poner el campo en primer plano; por Arbo, con una de las citas gastronómicas más singulares del noroeste; por Córdoba, que saca a la calle el universo Montilla-Moriles; y por Madrid, donde el calendario ferial también encuentra su hueco con una cita urbana y muy de nicho.

La fotografía del fin de semana tiene algo curioso: abril ha apretado varias Españas dentro del mismo marco. Está la feria clásica, la del albero, las casetas y la madrugada larga. Está la feria profesional, donde se compra, se negocia y se exhibe producto. Está la feria gastronómica, que convierte una ciudad en mesa compartida. Y está la feria de nueva tribu, la que ya no huele a recinto de pueblo sino a moda urbana, comunidad digital y consumo cultural. Quien busque un ambiente popular grande, reconocible, casi de estampita colectiva, lo tiene clarísimo. Quien prefiera motor, vino, sector primario o tendencias, también. El mapa no es pequeño. Lo que pasa es que hay que mirarlo bien.

Sevilla sigue marcando el paso

Si se habla de ferias este fin de semana, Sevilla aparece primero casi sin discusión. No solo por costumbre, tampoco solo por fama. Aparece porque la ciudad entra en esos días en uno de los momentos de mayor intensidad de su calendario anual. La Feria de Abril de 2026 ocupa de lleno el tramo del 24, 25 y 26 de abril, así que quien viaje ese fin de semana se encontrará el mecanismo ya completamente en marcha, sin prólogos ni tanteos. El Real, en esos días, no funciona como un simple recinto festivo. Funciona como una ciudad paralela, con sus ritmos, sus códigos, sus horarios y su propio pulso.

Eso explica por qué Sevilla mantiene una ventaja que nadie ha logrado copiar del todo. No hace falta presentarla. El país entero reconoce el lenguaje: casetas, trajes, caballos, farolillos, calles llenas, música, cenas tardías y madrugadas que se alargan con esa naturalidad andaluza que parece improvisada y, en realidad, está perfectamente sostenida por años de costumbre y organización. Hay ciudades que hacen una feria. Sevilla, durante unos días, se convierte en feria.

También conviene decir una cosa que a menudo se esconde detrás de la postal. Todo eso descansa sobre una estructura urbana muy seria. Movilidad, seguridad, servicios, transporte, control de accesos, regulación de espacios, tecnología municipal. No es un decorado simpático. Es una operación urbana de gran escala. Por eso, cuando alguien pregunta dónde hay una feria de verdad este fin de semana, Sevilla no aparece solo por nostalgia o folclore. Aparece porque sigue siendo el gran imán. Abril allí no es una simple fecha del calendario. Es una atmósfera entera.

Barcelona juega en dos tableros

Barcelona entra con fuerza, aunque por un camino menos evidente y bastante más mestizo. Por un lado, la ciudad arranca la 53.ª Feria de Abril de Catalunya en el Parc del Fòrum, justo desde el 24 de abril, con ese formato que mezcla casetas, restauración, música, atracciones y vida nocturna frente al mar. Es una cita con mucho arraigo social, especialmente dentro de la memoria cultural andaluza en Catalunya, y no vive de imitar mal a nadie. Tiene su propio tono, su propio público y una energía distinta, más abierta, más metropolitana, más de gran explanada que de recinto clásico.

La feria barcelonesa, además, no es pequeña ni decorativa. Reúne cerca de un centenar de casetas, zona comercial, restauración y un parque de atracciones considerable. Eso convierte el primer fin de semana en una opción muy potente para quien quiera ambiente de feria sin salir de una gran ciudad. No tiene la liturgia cerrada de Sevilla, ni falta que le hace. Tiene otra cosa: una mezcla de celebración popular, identidad compartida y ritmo urbano que encaja muy bien con el abril barcelonés.

La otra feria de Barcelona no huele a albero, sino a negocio

Y aquí llega la segunda capa. Mientras el Fòrum enciende su perfil más festivo, Montjuïc se llena con la Barcelona Bridal Fashion Week, una de las grandes citas internacionales del sector nupcial. Es otra manera de entender la palabra feria, más profesional, más global, más ligada al diseño, la pasarela, la industria y los contactos comerciales. Pero feria, al fin y al cabo. Y de las grandes.

Ese cruce define muy bien a Barcelona este fin de semana. Una ciudad capaz de albergar, casi al mismo tiempo, una feria de raíz popular y otra de proyección internacional ligada a la moda y al negocio. Una mira a la celebración, la otra al mercado. Una suena a sevillanas, la otra a backstage y pasarela. Las dos, sin embargo, meten a miles de personas en movimiento y convierten la ciudad en un escaparate múltiple. No es un mal resumen de lo que Barcelona suele hacer cuando se pone seria: mezclar planos que en otras ciudades vivirían separados.

Elche y Guadassuar aprietan desde la Comunitat Valenciana

En Elche, la feria toma un camino muy concreto, muy pegado al consumo real. FIRAUTO y SOBRE2RUEDAS se celebran del 24 al 26 de abril y convierten el recinto en una gran vitrina de coches nuevos, vehículos de ocasión, motos y accesorios. Hay ferias que se pasean por curiosidad. Esta se recorre con mirada práctica, comparando precios, probando sensaciones, preguntando por modelos, midiendo posibilidades. El público que entra ahí no va tanto a mirar como a decidir.

Ese detalle importa, porque revela otra cara del mapa ferial español. Frente al brillo simbólico de las grandes ferias populares, en Elche manda el producto. La gente entra, toca, evalúa, calcula. Hay familias, compradores, aficionados al motor, curiosos que acaban tentados y profesionales que aprovechan la concentración de oferta. Es una feria pegada a la economía cotidiana, a la compra aplazada, al deseo mecánico, a la utilidad. Mucho menos literaria. Muy eficaz.

Más hacia el interior valenciano, Guadassuar presenta otra versión muy distinta y bastante sugerente: Agroguadassuar, del 24 al 26 de abril, vuelve a reunir agricultura, alimentación, maquinaria, comercio local y cultura. Aquí el campo no aparece como postal para urbanitas aburridos, sino como sector vivo, productivo, orgulloso de sí mismo. Y eso cambia bastante la escena. No se trata de una feria rural congelada en el tiempo, sino de un encuentro que intenta enseñar el territorio con músculo, no con condescendencia.

El campo también sabe montar escaparate

En Agroguadassuar conviven la maquinaria agrícola, la alimentación, las exhibiciones, las propuestas culturales y ese tejido comercial de proximidad que todavía sostiene muchas comarcas. La gracia está en que no se vende como reliquia. Se vende como presente. Y en un país donde tantas veces el relato del campo acaba reducido a queja, estampita o abandono, una feria así introduce otra imagen: la del sector que se muestra, se organiza y se cuenta a sí mismo sin pedir permiso.

Ese contraste con Elche resulta revelador. En una punta, motor, ocasión y compra inmediata. En la otra, agricultura, territorio y comunidad. Dos formatos muy diferentes, dos públicos muy distintos, dos maneras de responder a la misma pregunta. Sí, hay ferias este fin de semana. Y no, no todo ocurre donde suele apuntar la cámara nacional.

Galicia convierte el producto en identidad

En Arbo, provincia de Pontevedra, el fin de semana tiene un nombre tan específico que casi ya es un manifiesto: la Festa da Lamprea. Se celebra del 24 al 26 de abril y vuelve a situar a la localidad como uno de esos lugares donde gastronomía, paisaje y tradición no se presentan por separado, sino mezclados. La lamprea, para quien no esté familiarizado, no es un producto cualquiera ni una concesión a la moda gastronómica del momento. Es una pieza rarísima, antigua, casi extraña, con un peso cultural enorme en el entorno del Miño.

Por eso la feria no se limita a servir platos y montar ambiente. Lo que hace es poner en escena una identidad entera. Arbo se presenta como territorio de río, de vino, de cocina y de memoria. Hay verbena, música, movimiento en la calle, actividad institucional, presencia de visitantes y ese orgullo local que, cuando está bien llevado, no suena a folleto sino a verdad. En medio del ruido general de abril, la cita gallega aparece como una excepción muy valiosa.

No tiene el músculo mediático de otras ferias, claro. Tampoco lo necesita. Tiene singularidad, y eso pesa mucho. Mientras media España se reparte entre el albero, el motor o la moda, Arbo ofrece una feria que se sostiene sobre un producto casi imposible, una tradición larguísima y una manera muy gallega de convertir la gastronomía en relato público. Es una de esas citas que recuerdan algo evidente pero a veces olvidado: una feria también puede ser una forma de decir quién eres.

Córdoba saca el vino a pasear

Córdoba se suma al fin de semana con una cita de enorme solera: la XL Cata del Vino Montilla-Moriles, que se celebra del 23 al 26 de abril. Aquí la feria adopta una escala más amable, más de paseo largo, de copa compartida, de conversación y de ciudad que se abre al visitante sin excesivo artificio. No hay necesidad de sobreactuar. Basta con la combinación. Vino, primavera, casco monumental cerca, gastronomía y clima andaluz. A veces España acierta sin necesidad de complicarse demasiado.

La cata cordobesa tiene un valor especial porque no es solo una fiesta del consumo, sino un gran escaparate para una denominación de origen con peso histórico. Las bodegas y la restauración convierten el recinto en una especie de plaza mayor del vino, donde el visitante no solo prueba, también entiende. O al menos intuye. Las diferencias, los estilos, el carácter propio de la zona. Y eso en un formato accesible, sin solemnidad innecesaria, sin convertir la experiencia en una misa para expertos.

Además, la continuidad del evento —cuarenta ediciones— dice mucho más que cualquier eslogan. Una feria que dura tanto no se mantiene por inercia. Se mantiene porque ha encontrado una forma de ser útil, de convocar gente y de seguir encajando en el calendario local. Córdoba, con esta cita, ofrece otra de las respuestas fuertes al fin de semana del 24, 25 y 26 de abril. Menos explosiva que Sevilla, menos híbrida que Barcelona, menos sectorial que Elche. Más templada. Más sabrosa. Más de quedarse un rato.

Madrid también tiene su propia feria, aunque suene a otra cosa

Madrid, fiel a su carácter, no intenta copiar el molde andaluz ni disfrazarse de lo que no es. Lo suyo este fin de semana pasa por IFEMA y por una feria como ScrapWorld, que ocupa el 25 y 26 de abril un espacio claramente ligado a la moda urbana, las zapatillas, la música y la cultura digital. Es el tipo de evento que hace diez o quince años muchos habrían considerado un capricho de nicho y que, en 2026, mueve masas, marcas, creadores de contenido y dinero. Mucho dinero, a veces.

Llamarlo feria puede sorprender a quien siga atado a una imagen antigua del término. Pero lo es. Hay recinto, expositores, marcas, comunidad, compraventa, actividades, espectáculo y circulación de público. Que no haya sevillanas ni farolillos no le resta naturaleza ferial. Lo que hace, en realidad, es mostrar cómo ha cambiado el ecosistema. La feria española ya no es solo la del ganado, la patronal o la fiesta local. También puede ser una concentración de cultura urbana convertida en mercado y experiencia.

Madrid suma ahí un matiz importante. Frente a otras ciudades que todavía asocian la palabra feria a una sola tradición, la capital la estira hacia un lenguaje completamente contemporáneo. Ropa, zapatillas, cultura de calle, fenómeno digital, estética compartida. La liturgia es otra. El público, también. Pero el fondo se entiende rápido: un lugar donde una comunidad se reúne físicamente en torno a lo que consume, lo que admira y lo que quiere comprar. Suena nuevo. En realidad, no lo es tanto. Solo ha cambiado el decorado.

Un abril repartido por todo el mapa

Visto el conjunto, la respuesta a la pregunta inicial tiene más fondo del que parece. Este fin de semana hay ferias en la España más reconocible y en la menos obvia. Las hay en la gran capital simbólica de abril, Sevilla, pero también en una Barcelona que juega a dos bandas, en una Comunitat Valenciana que combina coche y campo, en una Galicia que convierte un pez casi mitológico en bandera local, en una Córdoba que hace del vino una forma de ocupar la ciudad y en una Madrid que traduce la palabra feria al idioma de su presente.

Eso obliga a elegir según el tipo de experiencia que se busque. Quien quiera inmersión absoluta y gran escala popular, probablemente no encontrará nada más rotundo que Sevilla. Quien prefiera una mezcla de identidad y ciudad abierta, tiene Barcelona. Quien busque feria útil, de compra real y exposición tangible, mirará a Elche. Quien quiera un pulso más territorial, más pegado al sector primario, puede mirar a Guadassuar. Quien busque rareza gastronómica con verdad detrás, tiene Arbo. Quien prefiera vino y paseo, Córdoba. Y quien se mueva mejor en el lenguaje del consumo cultural contemporáneo, seguramente acabará en Madrid.

Al final, eso es lo interesante de este 24, 25 y 26 de abril. No hay una sola España ferial, sino varias coexistiendo al mismo tiempo, sin molestarse demasiado entre sí. Una baila. Otra vende coches. Otra sirve vino. Otra presume de tierra. Otra convierte una pasarela en negocio. Otra transforma unas zapatillas en objeto de culto colectivo. Todas, de una manera u otra, dicen lo mismo: abril sigue siendo uno de esos meses en los que el país sale a mostrarse. Y cuando España se muestra, casi siempre acaba montando una feria.

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