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De qué murió Maradona: las dudas a cinco años de la muerte

Diego Armando Maradona murió el 25 de noviembre de 2020 a los 60 años, en una vivienda de las afueras de Buenos Aires donde llevaba pocos días con un dispositivo de atención domiciliaria.

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De qué murió Maradona

Foto de Doha Stadium Plus Qatar, CC BY 2.0.

Maradona murió por edema pulmonar e insuficiencia cardiaca. Fallos del cuidado, nombres y fechas clave y el nuevo juicio previsto para 2026.

Diego Armando Maradona murió el 25 de noviembre de 2020 a los 60 años, en una vivienda de las afueras de Buenos Aires donde llevaba pocos días con un dispositivo de atención domiciliaria. La causa médica inmediata quedó fijada por los peritos: edema agudo de pulmón secundario a una insuficiencia cardiaca crónica reagudizada. Es decir, los pulmones se llenaron de líquido porque un corazón muy enfermo ya no podía bombear de forma eficaz. No hubo alcohol ni drogas en sangre. Había, sí, una patología de fondo grave y un deterioro que venía de lejos.

El debate que se abrió desde entonces —y que sigue vivo cinco años después— es otro: si la muerte pudo evitarse y quiénes tomaron decisiones que, según la investigación, fueron determinantes. En los días previos, el exfutbolista estaba convaleciente de una cirugía practicada a principios de noviembre en la Clínica Olivos. Su entorno familiar asegura que, frente a la recomendación de internarlo en un centro de rehabilitación, el neurocirujano Leopoldo Luque y el equipo que lideraba impulsaron un alta a domicilio con la promesa de una atención “igual a la del hospital”. No lo fue. La vivienda no tenía equipamiento de emergencia, la ambulancia de alta complejidad estuvo solo los dos primeros días, y la supervisión clínica quedó, como mínimo, por debajo de lo esperable para un paciente cardíaco, cirrótico y con múltiples afecciones.

Lo que dice la autopsia: un cuerpo al límite

La autopsia fue contundente. Encontró cirrosis hepática, una patología pulmonar de larga data, un “aumento monstruoso de la cavidad abdominal”, lesiones renales y, sobre todo, un corazón que pesaba más del doble de lo normal. Ese corazón dilatado, fatigado, previsiblemente incapaz de responder ante cualquier descompensación, es la pieza central de la explicación médica. Con ese punto de partida, cualquier fallo en la planificación de la internación domiciliaria multiplicaba el riesgo.

Otro dato clínico clave: edema generalizado. Un perito describió hasta 4,5 litros de líquido acumulado en el cuerpo: tobillos, abdomen, tejidos blandos. No se produce en un día. Se acumula, como mínimo, a lo largo de diez jornadas. Esa lectura encaja con otras señales: cansancio, hinchazón, disnea intermitente. Un paciente así exige control de signos vitales frecuente, ajuste farmacológico fino (diuréticos, cardioprotectores, soporte), monitorización y, sobre todo, capacidad de respuesta inmediata si algo se torcía. La autopsia, además, constató que no había sustancias de abuso en sangre. El foco terapéutico, centrado en su historial de adicciones, no debía eclipsar las patologías orgánicas activas que reclamaban prioridad.

Ese es uno de los reproches de fondo que emergen de los testimonios: que el plan asistencial miró demasiado a las conductas y muy poco a los órganos. Quien padece insuficiencia cardiaca crónica no puede estar sin desfibrilador a mano ni sin un sistema de alarma que acorte al máximo la llegada de una ambulancia avanzada. La patología hepática, por su parte, agrava la sobrecarga de líquidos, altera el metabolismo de los fármacos y empeora cualquier cuadro de congestión. Todo ello figuraba en la mesa clínica. Todo exigía un dispositivo robusto.

Una internación domiciliaria con grietas desde el primer día

Los compromisos asumidos con la familia resultaron, según distintas declaraciones, papel mojado. Dalma Maradona contó que les aseguraron que la atención sería “la misma que en la Clínica Olivos”. Gianinna Maradona calificó lo ocurrido como “una puesta en escena nefasta”. Más allá de las palabras, los hechos describen un cuadro objetivo: no hubo desfibrilador en la vivienda, no se garantizó de forma sostenida la presencia de una ambulancia de alta complejidad, y la casa no cumplía requisitos básicos de movilidad reducida. Para un convaleciente que necesitaba asistencia permanente, cada barrera física es un riesgo extra y cada minuto de demora en una emergencia es una vida que se escapa.

El equipo tenía nombres propios. Leopoldo Luque, el médico que, según la familia, persuadió a las hijas para optar por el domicilio. Varios enfermeros que cubrían turnos y que, de acuerdo con la reconstrucción de aquella jornada, dormían en un cuarto alejado del paciente. Y una coordinación que, según los testimonios, falló: hubo avisos del deterioro de Maradona que no se tradujeron en medidas adicionales (más controles, traslado, refuerzo de soporte). No solo era cuestión de voluntad; era organización, protocolos y tiempos de respuesta.

Hay otro personaje que asoma en la causa y en los relatos: Maximiliano Pomargo, asistente y apoderado legal. La familia dijo que dificultaba el contacto con el “Diez” en los días previos y que se recomendó a las hijas no visitarlo para que “esté tranquilo”. El efecto colateral fue que Maradona pasó muchas horas solo. Para un paciente grave, la soledad no es un dato menor: sin mirada encima, los signos de alarma pueden desapercibirse y la ventana para actuar se estrecha hasta cerrarse.

Las últimas horas reconstruidas: una ventana de tiempo que no perdona

La última evaluación clínica documentada ocurrió a las 00:30 del 25 de noviembre. No se registraron nuevas exploraciones relevantes hasta el mediodía. A las 12:26 se realizó la primera llamada que activó el intento de reanimación. El primer médico en entrar declaró que, por su experiencia, el paciente llevaba muerto entre una y dos horas. Un perito forense fue todavía más lejos: el corazón mostraba signos de “larga agonía”, hasta doce horas.

Si se cruzan esos datos, aparece un hueco crítico en la vigilancia. Entre las 00:30 y el mediodía no hubo una documentación clínica sistemática que permita saber cuándo empezaron los signos de congestión o qué síntomas aparecieron. En pacientes con insuficiencia cardiaca y retención de líquidos, los descompasos no siempre avisan con un derrumbe súbito; se van incubando. Una saturación de oxígeno en caída, edema en aumento, taquicardias residuales. Son pistas que el control continuo detecta antes de que el cuadro se haga irreversible. Esa alarma temprana no sonó, o no se registró, o no desencadenó acciones a tiempo.

Sin desfibrilador en la casa, el primer chispazo de esperanza ya se perdió. Sin una ambulancia de alta complejidad apostada o garantizada en minutos, la cadena de supervivencia se corta. Y si a todo eso se suma que los enfermeros dormían lejos, cada minuto pesó doble. No es una cuestión abstracta: en reanimación, los primeros 3 a 5 minutos definen la supervivencia y el pronóstico neurológico. Llegar tarde es, casi siempre, llegar en vano.

Las hijas insistieron en que avisaron de un deterioro progresivo, de que lo veían “cada vez peor”. La respuesta que recuerdan de Luque es conocida: “Tiene altibajos, pero yo lo veo mejor”. Es una frase que revela una percepción clínica que, con los datos de la autopsia y la evolución, no se sostuvo. No bastaba con verlo mejor. Había que medirlo mejor, vigilarlo mejor y, ante la mínima duda, trasladarlo a un entorno de alta complejidad.

El proceso judicial: anulación y nueva fecha en el calendario

Toda esta historia llegó a tribunales con una pregunta de fondo: responsabilidades. El juicio comenzó en marzo de 2025 con ocho profesionales de la salud bajo la lupa —siete de ellos se sentaron en el banquillo—, pero fue anulado el 29 de mayo. El motivo fue el mal desempeño atribuido a la jueza Julieta Makintach, a quien se le señaló por protagonizar un documental sobre el proceso mientras lo dirigía. Un vicio de parcialidad que arrastró la causa al punto de partida y obligó a reiniciar el camino.

Con la anulación, el expediente quedó en condiciones de retomar la audiencia con otras garantías. Ya hay fecha: 17 de marzo de 2026. Ese día, si no ocurre otra cosa, la Justicia volverá a escuchar a peritos, médicos, enfermeros y familiares para determinar qué se hizo, qué no se hizo y quién debía hacerlo. No se trata de reescribir la causa médica de la muerte, que está acreditada. Se trata de delimitar responsabilidades en la organización del cuidado, esa zona gris en la que confluyen decisiones clínicas, promesas incumplidas, protocolos ausentes y mandos que no funcionaron.

Más allá de la culpa penal que los jueces definirán, el expediente deja huella en la conversación pública: no basta con un nombre de prestigio al frente. La coordinación salva más vidas que el brillo individual. Y en la atención domiciliaria, que puede ser excelente cuando se hace bien, la improvisación mata.

Decisiones médicas y omisiones: el mapa de la responsabilidad

La cadena de hechos ofrece tramos claros. Primero, la elección del lugar de cuidado. Un centro de rehabilitación o un hospital aportan monitorización permanente, equipo de reanimación in situ y protocolos de respuesta. La casa elegida no tenía eso. Si el argumento para optar por el domicilio fue que el paciente estaría más tranquilo, entonces la contrapartida era subir al máximo el nivel de vigilancia técnica para compensar la menor complejidad del entorno. No ocurrió.

Segundo, la logística. El compromiso de una ambulancia de alta complejidad “en puerta” durante toda la internación se evaporó tras los dos primeros días. Es una mala señal. Cuando se retira el último seguro, se deja el resultado atado a la suerte. En un paciente cardíaco y cirrótico, confiar en la suerte es, directamente, una omisión.

Tercero, la vigilancia clínica. El registro muestra una última evaluación a las 00:30 y un salto al vacío hasta el mediodía. Quien diseña un plan de cuidados para un riesgo alto define horarios, tareas y umbrales a partir de los cuales se escala la atención. Aquí faltó esa escalera. Nadie subió el siguiente peldaño.

Cuarto, la arquitectura del mando. Un equipo puede tener buenos profesionales, pero si nadie coordina, si no hay órdenes claras, si los avisos de deterioro se diluyen entre llamadas, WhatsApp y fricciones del entorno, el sistema no reacciona. El nombre de Maximiliano Pomargo aparece porque, según las hijas, mediaba el contacto con el padre y ordenaba los accesos. No es menor. En situaciones delicadas, cualquier filtro que aísle al paciente de sus vigilantes naturales (familia, médicos de cabecera, enfermería) disminuye la probabilidad de detectar a tiempo un cambio de cuadro.

Quinto, la competencia del líder clínico. Leopoldo Luque ha defendido su actuación. La familia lo señala por empujar el alta a domicilio y por no revisar a fondo el sesgo de origen: tratar al paciente como si el principal problema fueran las adicciones, cuando la bomba de relojería estaba en el corazón, el hígado y los pulmones. Una lectura incompleta lleva a decisiones incompletas. Lo que se discute no es la intención, sino la idoneidad de las decisiones y la calidad del dispositivo montado para sostenerlas.

Cinco años después, las lecciones incómodas

El caso trasciende a Maradona, aunque nació de su leyenda. Habla de cómo se cuida a un paciente famoso con múltiples patologías cuando el escaparate pesa más que el criterio. Hay un patrón que se repite: apuro por salir del hospital, promesas de confort, confianza en que todo irá bien. Después, la realidad se impone. La medicina, fuera del hospital, exige más preparación. No menos. Más recursos, más disciplina, más humildad para volver si el plan no funciona.

También hay una lección técnica que resuena. La insuficiencia cardiaca crónica no perdona vacíos de monitorización. Si los litros de líquido se acumularon en diez días, ese proceso podía medirse. Un balance hídrico estricto, pesos diarios, oxímetros, tensiómetros y ajuste de diuréticos son herramientas básicas. No se trata de tecnología de punta, sino de método. La ausencia de ese método abre la puerta a lo que pasó.

Queda, por último, la dimensión humana. Maradona murió solo. No es un adjetivo; es un dato. Las visitas se desaconsejaron; los enfermeros estaban en un cuarto alejado; la llamada que activó la asistencia llegó tarde. Dalma y Gianinna relatan alertas que no encontraron eco. El primer médico que entró habló de una o dos horas sin vida. Uno de los forenses vio señales de agonía larga. Esta suma de tiempos apunta a lo que faltó: alguien pegado al paciente, escuchando su respiración, mirando su color, tocando su pulso. La medicina es ciencia; también es presencia.

Cuando el Tribunal reabra la causa en marzo de 2026, el expediente volverá a poner sobre la mesa las decisiones y omisiones de Luque, de los enfermeros, de quienes prometieron una ambulancia que no estuvo, de quienes sellaron un plan que no resistió la primera curva. La Justicia dirá si hay responsables penales. La historia, mientras tanto, ya dejó su veredicto clínico y un catálogo de lecciones que, o se aprenden, o se repiten.

A Maradona, el edema agudo de pulmón lo sorprendió en una casa sin desfibrilador y sin red de respuesta. La cardiopatía y la cirrosis estaban ahí, anunciadas, esperando solo una grieta para imponerse. La grieta se abrió en la logística, en la vigilancia y en el mando. Cinco años después, el mapa ya se puede leer sin bruma: murió por lo que decía la autopsia, pero falló el dispositivo que debía proteger a un enfermo de alto riesgo durante el periodo más frágil de su recuperación.

Y, sí, también murió por decisiones. Por confiar en que un hogar podía sustituir a una clínica sin igualar sus herramientas. Por no encender las alarmas a tiempo. Por dejarlo solo en la franja en que el corazón cede y los pulmones se anegan. Lo que venga en sede judicial no cambiará ese punto de partida. Cambiará —ojalá— cómo se organizan en el futuro las internaciones domiciliarias cuando el paciente se llama Maradona o se llama anónimo, porque la vida de uno y otro merece la misma red.

El día después de la anulación: qué se espera del nuevo juicio

La anulación del proceso original, firmada el 29 de mayo de 2025, abre una segunda oportunidad para que el expediente fluya limpio. ¿Qué deberá aclararse? Primero, el grado de previsibilidad del desenlace: con el historial clínico y el estado que describen los peritos, ¿debió reforzarse la monitorización o trasladarse al paciente? Segundo, la cadena de mando: ¿quién decidía qué y con qué criterios? Tercero, la logística prometida: ¿quién canceló la ambulancia de alta complejidad después del segundo día? Cuarto, la vigilancia efectiva: ¿cuántos controles se hicieron entre la medianoche y las 12:26? Quinto, el papel de Maximiliano Pomargo en el acceso al paciente y en la interfaz con la familia.

Hay, además, una expectativa técnica: que el tribunal ordene peritajes integradores que crucen cardiología, hepatología, medicina interna y cuidados domiciliarios, y que se reconstruyan protocolos potenciales para ese perfil de riesgo. La pregunta no es si la clínica en casa es viable —lo es—, sino cómo se garantiza su seguridad. Ese es el legado posible de una causa dolorosa: procedimientos que eviten que otro paciente recorra la misma rampa.

En el horizonte está la fecha del 17 de marzo de 2026, marcada como un punto de inflexión. Llegue o no una sentencia firme pronto, el proceso ya dejó asentado un relato coherente de lo que pasó y por qué pasó. Y ese relato —hecho de diagnósticos, promesas rotas y ventanas de tiempo perdidas— es el que, hoy, ayuda a responder con precisión a la pregunta que muchos llevan cinco años repitiendo en voz baja: por qué murió Maradona y quién debía haber evitado que sucediera donde y como sucedió.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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