Síguenos

Actualidad

¿Cuánto vale la herencia de Joaquín Torres y sus hermanos?

La herencia que deja Juan Torres Piñón, cofundador de ACS y padre del arquitecto Joaquín Torres, tiene hoy una cifra clara sobre el papel: alrededor de 31 millones de euros en activos, concentrados sobre todo en el holding familiar Cartera Kairos.

Publicado

el

Cuánto vale la herencia de Joaquín Torres

La herencia millonaria de Juan Torres, padre de Joaquín, entre cifras en rojo, empresas al límite y un conflicto familiar que no se detiene.

La herencia que deja Juan Torres Piñón, cofundador de ACS y padre del arquitecto Joaquín Torres, tiene hoy una cifra clara sobre el papel: alrededor de 31 millones de euros en activos, concentrados sobre todo en el holding familiar Cartera Kairos. Esa es la fotografía que ofrecen las últimas cuentas depositadas en el Registro Mercantil. Pero el dato, por sí solo, engaña: el grupo arrastra pérdidas acumuladas superiores a los 27 millones, un fondo de maniobra negativo y deudas con bancos, Hacienda y la Seguridad Social ya en fase ejecutiva. El patrimonio existe, pero está muy lejos de ser una “herencia limpia”.

En cuanto al reparto, la arquitectura legal también está prácticamente definida. Desde finales de 2024, Cartera Kairos pertenece a partes iguales a tres de los cuatro hijos: Joaquín, Andrés y Maite Torres Vérez, que figuran con un 33,33 % cada uno del capital del holding. El cuarto hermano, Julio Torres, queda relegado a la legítima estricta que le reconoce la ley como heredero forzoso, después de que su padre lo apartara del control empresarial y dejara constancia por escrito de que el grueso del legado se destinaría a los otros tres. Todo ello, además, bajo la sombra de una guerra judicial que puede matizar qué recibe, cuándo y en qué condiciones lo cobra realmente cada uno.

De los 400 millones al laberinto de las deudas

Para entender por qué una herencia que llegó a rozar los 400 millones de euros ha acabado convertida en un quebradero de cabeza de 31 millones con importantes deudas, hay que retroceder varias décadas. Juan Torres Piñón, nacido en El Ferrol en 1936, doctor ingeniero de Caminos y profesor emérito del IESE, fue uno de los grandes nombres del empresariado español del siglo XX. Tras coincidir como concejal en el Ayuntamiento de Madrid con Florentino Pérez, ambos levantaron la constructora que acabaría dando lugar a ACS. Torres llegó a ser vicepresidente de la compañía hasta finales de los noventa.

A mediados de esa década, tras el fallecimiento de su hijo mayor, Juan, el empresario decidió vender su participación en el grupo constructor. La operación le reportó más de 12.000 millones de pesetas, el equivalente aproximado a 100–135 millones de euros actuales, según las distintas fuentes que han seguido su trayectoria. Con ese dinero y otras inversiones previas, el ingeniero se convirtió en una de las mayores fortunas privadas del país, con presencia habitual en las listas de ricos de la prensa económica.

Con el capital en caja, a finales de los noventa puso en marcha el que sería el gran vehículo de su patrimonio: Cartera Kairos, S. L. El holding se constituyó en 1997 y empezó a operar como una “caja fuerte” donde colgar sociedades de muy distinto perfil. No era una empresa industrial al uso, sino una matriz que articulaba participaciones en más de treinta compañías dedicadas a biocombustibles, energías renovables, gestión de residuos, proyectos inmobiliarios y negocios de ocio. Entre esos activos figura, por ejemplo, la sociedad Asuntos Taurinos y Espectáculos, S. L., que explota la plaza de toros multiusos de La Cubierta de Leganés.

La faceta empresarial de Juan Torres se completaba con otra igual de llamativa: la del gran coleccionista de arte. En su casa colgaron obras de Warhol, Picasso, Miró, Tàpies o Saura. Fue vocal del Patronato del Museo Reina Sofía, miembro de honor del Guggenheim de Bilbao, académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y llegó a presidir el Colegio Libre de Eméritos. A simple vista, la historia estaba encaminada a un relevo ordenado: un imperio diversificado, patrimonio artístico de primer nivel y cuatro hijos preparados para tomar el testigo.

La realidad, sin embargo, fue muy distinta. Las últimas cuentas de Cartera Kairos reflejan un grupo que mantiene la envergadura de un gigante en activos, pero con una estructura financiera profundamente dañada. Y detrás de esa caída se dibuja un relato de decisiones de confianza, malas inversiones y un conflicto familiar que ha estallado en público.

El ascenso de Julio Torres y la ruptura del clan

El punto de giro en esta historia se sitúa en 2006. Ese año, Juan Torres y su esposa Joaquina Vérez deciden entregar a su hijo menor, Julio Torres Vérez, abogado del Estado en excedencia, plenos poderes sobre el entramado empresarial. Lo nombran administrador único de más de cuarenta sociedades, le otorgan amplísimas facultades de disposición y lo colocan en la práctica al frente de todo el patrimonio familiar. El propio empresario reconocería después que tenía “plena confianza” en él y que ahí estuvo “la culpa”.

Durante un tiempo, la vida parece seguir su curso. Los hermanos que trabajan en las empresas —Andrés, Julio y Maite, porque Joaquín se ha labrado su propia carrera como arquitecto— continúan con sus tareas y el patriarca, ya octogenario, se retira poco a poco a un segundo plano. Pero con los años empiezan a aparecer señales inquietantes: tensiones de liquidez, ventas de activos que nadie termina de entender, proyectos que se anuncian a bombo y platillo pero no arrancan, préstamos que se acumulan.

El matrimonio Torres Vérez pasa, según ha relatado el propio Juan, de una vejez que debía ser cómoda a tener que vender joyas familiares, desprenderse del yate de 24 metros y recortar gastos básicos, hasta ver cómo se cancelaba su seguro médico privado. El empresario llega a resumir su situación con una frase que impactó en el mundo económico: “No tengo nada, lo único que me queda es una buena biblioteca”. Para quien había gestionado más de 400 millones de patrimonio, el golpe era demoledor.

Cuando los padres y los otros tres hijos empiezan a exigir explicaciones detalladas sobre las cuentas, el conflicto estalla. Los abogados de la familia detectan movimientos de fondos y operaciones que consideran incomprensibles. Se señala a sociedades vinculadas a la órbita de Julio y de su esposa, Florence Estrade, como Jutorve S. L., con domicilio en una vivienda de lujo en la urbanización Monte Alina, en Pozuelo de Alarcón. A partir de ahí, se suceden las querellas cruzadas y el enfrentamiento entra de lleno en los juzgados.

En 2021, los padres retiran a Julio los poderes y lo cesan como administrador del holding. Tiempo después, Juan Torres llega a pronunciar otra frase que marca definitivamente la grieta familiar: “No quiero ver a mi hijo, es un fraude”. De ahí en adelante, el abogado queda marcado como el hijo que, según la versión del patriarca y de sus hermanos, habría destruido el patrimonio familiar y vaciado las empresas en beneficio propio y de terceros.

La ruptura no se limita al ámbito patrimonial. Julio responde con una querella contra sus propios padres, ya muy mayores, en la que llega a solicitar penas de prisión para ambos por supuestos delitos vinculados a la gestión del grupo. Para Joaquín Torres, que lo ha contado en distintas entrevistas, ese gesto es irreparable. “Para mí, mi hermano murió hace años”, ha llegado a afirmar. En paralelo, la madre, Joaquina Vérez, fallece el 2 de marzo de 2024, lo que añade un componente emocional todavía más duro a la batalla judicial.

El testimonio del patriarca y de los otros tres hijos

La visión más cruda de lo ocurrido la ofreció el propio Juan Torres en una entrevista publicada en 2024. El ingeniero describió la transformación de su vejez, de los tiempos en los que figuraba entre las grandes fortunas del país a una etapa en la que, según su relato, veía cómo su hijo desviaba patrimonio hacia otras sociedades. Llegó a hablar de “expolio”, siempre en términos de acusación y pendiente de lo que dictamine la justicia.

Los otros tres hermanos —Joaquín, Andrés y Maite— se alinean con esa versión. Han firmado comunicados conjuntos en los que acusan a Julio de “destruir” el vasto patrimonio familiar, de ocultar información clave y de utilizar supuestos testaferros para mover activos. Maite lo ha descrito públicamente como un “manipulador, muy simpático, un trabajador incansable en el mal”, una frase que resume el nivel de ruptura interna.

Joaquín, por su parte, ha trasladado el conflicto a la esfera mediática. Ha hablado de “pesadilla”, de padres que han pasado de la abundancia a las penurias y de su decisión de “ir a por” su hermano en los tribunales. Sus apariciones en televisión y revistas han convertido la guerra de los Torres en un caso de alto impacto público, especialmente desde que se conoció la muerte de Juan Torres y el debate sobre cómo quedaba entonces la herencia.

Querellas cruzadas y una reputación en entredicho

Más allá del drama familiar, el caso ha tenido repercusiones profesionales para Julio Torres. Él insiste en que su gestión se ha ajustado a la ley y ha negado la existencia de irregularidades. Sin embargo, arrastra precedentes incómodos. En 2017 fue sancionado por la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) por el uso de información privilegiada en operaciones vinculadas a la inmobiliaria Parquesol, con una multa de veintiocho mil euros. Un episodio que ha vuelto a ser recordado estos meses.

En paralelo, su intento de reincorporarse como letrado de la Comunidad de Madrid tras años de excedencia ha sido impugnado por sus hermanos. Consideran que la combinación de su cargo público con la administración de sociedades fuertemente endeudadas y receptoras de subvenciones públicas vulnera las normas de incompatibilidades, y han pedido su anulación. El asunto ha llegado a los despachos del Gobierno regional y se ha convertido en una nueva derivada del conflicto.

La imagen del hijo que debía garantizar la continuidad de la fortuna familiar se ha transformado así en la del protagonista de una cadena de litigios. Y el centro del tablero —de cara a la herencia— sigue siendo Cartera Kairos.

Cartera Kairos, la pieza clave de la herencia

Las últimas cuentas de Cartera Kairos, correspondientes al ejercicio 2024 y actualizadas hace pocas semanas en el Registro Mercantil, funcionan como radiografía de la herencia. La sociedad declara 31 millones de euros en activos, pero esos activos se apoyan en cimientos muy delicados: el holding registra pérdidas acumuladas superiores a los 27 millones, un fondo de maniobra negativo de 976.131 euros y reconoce expresamente que tiene préstamos bancarios vencidos e impagados por unos 2,84 millones de euros.

La memoria subraya también que el grupo mantiene deudas con la Agencia Tributaria y la Seguridad Social en fase ejecutiva, es decir, ya en vías de cobro forzoso. En un epígrafe titulado “Aspectos críticos”, los administradores advierten de que la continuidad de la empresa depende de que se puedan refinanciar esas deudas, desbloquear inversiones congeladas y evitar que los acreedores fuercen situaciones más drásticas, como embargos o liquidaciones de activos.

Cartera Kairos funciona como un paraguas bajo el que cuelga un entramado de más de treinta sociedades. Algunas están centradas en energías renovables, con especial peso de proyectos solares que en su día aspiraban a aprovechar las primas a la fotovoltaica. Otras se dedican a biocombustibles y reciclaje de residuos, en especial una fallida planta de transformación de aceites y otros residuos para producir biodiésel mediante una tecnología de origen japonés (Kurata). Ese proyecto, iniciado alrededor de 2010, quedó en gran medida paralizado y, según la memoria, se vio golpeado por una querella penal interpuesta en 2015, que frenó su desarrollo.

Junto a estas inversiones “verdes”, el grupo conserva activos de corte más tradicional, como participaciones en empresas inmobiliarias y en la citada Asuntos Taurinos y Espectáculos, S. L., explotadora de la plaza de toros cubierta de Leganés. Se trata de un activo con valor inmobiliario y capacidad de generar ingresos, pero también sometido a sus propios vaivenes financieros y judiciales, desde conflictos por contratos de explotación hasta litigios con socios.

La clave, a efectos de herencia, es que esos 31 millones no representan dinero disponible en una cuenta corriente, sino valor contable de participaciones en sociedades que, a su vez, están fuertemente endeudadas o inmersas en procedimientos complejos. El reparto entre los hermanos, por tanto, no se traduce en un simple “a tantos millones por cabeza”, sino en la asunción compartida de un patrimonio con potencial, sí, pero también con un riesgo notable.

Empresas, activos y números rojos

En la letra pequeña del balance aparecen datos que ayudan a entender por qué el legado de Juan Torres se describe como un “patrimonio millonario roto”. El fondo de maniobra negativo indica que la compañía tiene más deudas a corto plazo que activos líquidos para afrontarlas. Una parte significativa del activo está inmovilizada en participaciones empresariales, inmuebles o proyectos no terminados, mientras que los pasivos exigibles en el corto plazo —bancos, Administración, proveedores— presionan la tesorería.

Los administradores actuales, ya bajo el mando de Joaquín, Andrés y Maite, sostienen que el grupo puede seguir funcionando siempre que se mantengan conversaciones con entidades financieras, se pacten calendarios realistas de pago y se consiga sacar adelante algunos proyectos industriales clave. Pero la fotografía que queda para la herencia es la de un imperio que aún impresiona en tamaño, aunque vale claramente menos que hace una década y exige un esfuerzo de reconstrucción.

En la práctica, quien herede Cartera Kairos recibe más una tarea que un botín: hay que gestionar la deuda, renegociar con la Administración y decidir qué activos merece la pena salvar, cuáles conviene vender y en qué condiciones. Ese trabajo ya ha empezado, y condiciona de forma directa cuánto dinero real terminará representando la herencia de Juan Torres para cada hijo.

Cardiles Oil, la filial que enciende todas las alarmas

Dentro de ese entramado, una de las sociedades más polémicas es Cardiles Oil Company. Esta empresa, en su día filial de Cartera Kairos, está en el centro de varias acusaciones dirigidas contra Julio Torres. Los hermanos denuncian que el abogado, como administrador único de Cardiles, vendió el 99 % de la compañía a un supuesto testaferro, la sociedad Comercializadora Pliclu-J, S. L., por un precio y en unas condiciones que consideran gravemente perjudiciales para el holding familiar. Por ello, Cartera Kairos ha presentado una demanda de nulidad de esa operación ante los juzgados de Madrid.

Las últimas cuentas disponibles de Cardiles, correspondientes a 2022, dibujan una empresa con 18,7 millones de euros en activos, pero en una situación muy comprometida: sin facturación, con pérdidas de 1,5 millones, un fondo de maniobra negativo de 7,4 millones y una abultada carga de deuda. Entre sus pasivos figuran dos préstamos de reindustrialización del Ministerio de Industria, de los que casi cuatro millones de euros estaban ya vencidos, así como otros 4,18 millones con entidades financieras.

Además, según la documentación aportada por la familia en distintas instancias, Cardiles mantiene una deuda de alrededor de 5 millones de euros con la Agencia Tributaria, derivada de la gestión realizada bajo el mandato de Julio. Los hermanos sostienen que la venta de la compañía a Pliclu-J, en manos de un socio sin solvencia acreditada, buscaba “sacar del radar” del grupo una sociedad cargada de obligaciones frente al Estado y la banca, pero cuya responsabilidad última recaería igualmente sobre el patrimonio familiar.

El nombre de la esposa de Julio, Florence Estrade, aparece también en estas piezas del puzle. Ella es administradora única de Jutorve S. L., otra sociedad con amplios poderes de representación vinculada al entramado. La empresa tiene su domicilio en un chalé de lujo en Monte Alina, una de las urbanizaciones más exclusivas de Pozuelo. Para los tres hermanos y para los abogados de Juan Torres, esa estructura refuerza la tesis de que parte de los activos habrían acabado desviados a círculos societarios controlados de forma indirecta por Julio y su entorno.

Sea cual sea la resolución judicial, el efecto sobre la herencia es claro: Cardiles Oil no es hoy un motor de riqueza, sino un foco de riesgo que puede arrastrar reclamaciones millonarias. Si los tribunales anulan la venta y la compañía vuelve al perímetro de Cartera Kairos, sus deudas pesarán aún más en el balance del holding. Si se mantiene fuera, quedará la discusión sobre quién responde por los compromisos adquiridos, especialmente frente a la Agencia Tributaria y el Ministerio de Industria.

Qué puede acabar recibiendo cada hijo

En el plano jurídico, la herencia de Juan Torres se rige por el derecho sucesorio común, con la legítima como pieza central. La ley obliga a reservar una parte del caudal hereditario —en líneas generales, dos tercios— para los hijos. Una porción de esa fracción es de reparto libre entre ellos y la otra debe repartirse por partes iguales. Sobre ese armazón legal, el empresario ha introducido dos movimientos que cambian notablemente el resultado práctico.

El primero es la reorganización del capital de Cartera Kairos. Desde diciembre de 2024, el Registro Mercantil refleja que el holding pertenece a Joaquín, Andrés y Maite a partes iguales (un 33,33 % cada uno). Es decir, la principal sociedad patrimonial dejó de estar en manos del padre para pasar a ser ya propiedad directa de esos tres hijos, incluso antes de su fallecimiento. El segundo movimiento es el propio testamento, en el que Juan Torres habría dejado claro —según han explicado los hermanos— que todo lo que pudiera recuperarse del entramado empresarial debía repartirse entre ellos tres, respetando únicamente los derechos legitimarios mínimos de Julio.

Traducido a efectos prácticos, significa que, salvo que los tribunales digan otra cosa, Julio Torres solo tendría garantizada la porción de legítima estricta que la ley impide desheredar salvo por causas muy tasadas. El resto de la herencia —incluidos los derechos económicos derivados de Cartera Kairos y del resto de sociedades familiares— se concentraría en los otros tres hermanos, que ya son los dueños del holding y han asumido el timón de la reestructuración.

Conviene insistir en que esa legítima no se traduce necesariamente en un porcentaje directo sobre los 31 millones de activos. Habrá que hacer inventario completo del patrimonio del causante (acciones, inmuebles, derechos de crédito, posibles obras de arte que aún queden, restos de inversiones, saldos de cuentas) y restar deudas personales y societarias que recaigan sobre la masa hereditaria. Solo entonces se conocerá la cifra sobre la que se calculan los porcentajes legales.

A todo esto se añaden los procedimientos judiciales en marcha. Si prosperan las causas por presunta administración desleal y estafa, podría abrirse la vía a reclamaciones económicas adicionales contra Julio o contra sociedades vinculadas a él. Si, por el contrario, los tribunales no aprecian delito, los márgenes para recuperar patrimonio se estrecharán. La batalla de la herencia no se juega solo en las notarías, sino en juzgados civiles, penales y contencioso-administrativos, tanto por la gestión interna como por las deudas con la Administración.

Mientras tanto, los tres hermanos que hoy controlan Cartera Kairos se han comprometido públicamente a “sanear las sociedades y salvar el legado del patriarca”. Es un objetivo ambicioso: exige renegociar con bancos, cerrar acuerdos con Hacienda y la Seguridad Social, reactivar o liquidar proyectos fallidos y decidir qué hacer con activos como La Cubierta o determinadas sociedades de renovables. Todo ello con una opinión pública pendiente de cada paso, dada la relevancia social de Joaquín como arquitecto mediático y la figura histórica de Juan Torres en la gran empresa española.

Lo que se avecina para el legado de los Torres

La muerte de Juan Torres Piñón, ocurrida el pasado fin de semana, no cierra la historia de su patrimonio; más bien marca el inicio de una nueva etapa. En los próximos días la familia celebrará un funeral en Madrid al que se espera que acudan figuras destacadas del mundo empresarial, entre ellas Florentino Pérez, amigo personal del ingeniero desde los tiempos fundacionales de ACS. Será, a la vez, despedida pública y escenificación de un cambio de generación.

A corto plazo, la prioridad pasa por completar el inventario de bienes, formalizar el reparto y encajar la sucesión con los procedimientos judiciales abiertos. Habrá que armonizar los tiempos de Hacienda, de los juzgados y de las propias necesidades del grupo, algo siempre complejo cuando la herencia está formada en gran medida por empresas en funcionamiento y no por dinero en efectivo o activos fácilmente vendibles.

A medio plazo, el reto es reconstruir el valor de un imperio empresarial deteriorado. Si Joaquín, Andrés y Maite logran estabilizar Cartera Kairos, renegociar deudas, rescatar proyectos viables y desprenderse de los lastres más pesados, ese patrimonio de 31 millones podría comenzar a crecer de nuevo o, al menos, dejar de encoger. Si no lo consiguen, la herencia quedará marcada por ventas forzosas, liquidaciones y un recuerdo a medio camino entre la admiración por lo que fue y la frustración por cómo terminó.

En cualquier caso, el caso Torres ya se ha convertido en un ejemplo llamativo de cómo una gran fortuna familiar puede pasar, en cuestión de años, de la discreción absoluta a la exposición mediática más cruda. Quedan los números —esos 31 millones de activos y 27 de pérdidas acumuladas—, pero también queda la dimensión humana: un patriarca que se marcha sintiéndose traicionado por un hijo, tres hermanos unidos para intentar recomponer lo que consideran destruido y una herencia que, lejos de ser un premio inmediato, se parece más a una pesada responsabilidad.

Qué quede finalmente del legado de los Torres dependerá tanto de los tribunales como de la capacidad de sus herederos para gestionar un patrimonio complejo, marcado por las deudas y las heridas familiares. La cifra de la herencia está sobre la mesa; falta ahora ver si, con el tiempo, se convierte de nuevo en riqueza consolidada o en una lección amarga sobre cómo se puede dilapidar un imperio.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído