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¿De qué murió Claudi Alsina i Català, el famoso matemático?
La muerte de Claudi Alsina i Català a los 73 años, anunciada el domingo, 16 de noviembre de 2025, no ha venido acompañada de un parte médico. La causa del fallecimiento no se ha hecho pública por parte de la familia ni de las instituciones que comunicaron la noticia.

Muere Claudi Alsina, 73 años: causa no divulgada, datos del velatorio en Les Corts y un repaso a su legado docente, gaudiniano y divulgador.
La muerte de Claudi Alsina i Català a los 73 años, anunciada el domingo, 16 de noviembre de 2025, no ha venido acompañada de un parte médico. La causa del fallecimiento no se ha hecho pública por parte de la familia ni de las instituciones que comunicaron la noticia. Es un dato reservado. Y, como tal, solo cabe consignarlo así: no hay información oficial sobre el motivo concreto de su deceso.
Sí hay certezas: murió en Barcelona, su ciudad, y su entorno pidió concentrar la atención en su legado académico y divulgador. También hay fechas, lugares y un retrato profesional que permiten fijar con precisión quién fue, qué hizo y por qué su pérdida ha conmovido a la comunidad educativa y científica. En 2024 había recibido la Creu de Sant Jordi por su contribución a la innovación docente y a la divulgación de las matemáticas; en 2025, la Real Sociedad Matemática Española lo nombró socio de honor. Catedrático de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) hasta su jubilación en 2016, fue, además, una voz inconfundible en congresos, institutos y medios, un profesor con vocación de plaza pública que sabía mezclar rigor y humor sin perder el pulso de la actualidad educativa.
Un adiós sin causa divulgada y con calendario preciso
De la despedida hay datos concretos y verificados. El velatorio se ha programado en el Tanatorio de Les Corts (Barcelona) entre el lunes 17 de noviembre a las 18.30 y el martes 18 de noviembre a las 15.00. La ceremonia de adiós está fijada para el martes 18 a las 15.00, en el mismo tanatorio. La familia pidió respeto y discreción. Las muestras públicas de afecto —colegas de universidad, exalumnos, divulgadores, responsables institucionales— no alteraron esa pauta: duelo sereno y foco en la obra.
En ese marco, una reacción sobresalió por su carácter institucional y por la relación reciente: Salvador Illa, presidente de la Generalitat, trasladó su condolencia y recordó que él mismo le entregó la Creu de Sant Jordi el año pasado. La escena vuelve al primer plano porque resume bien la trayectoria de Alsina: un académico respetado por sus pares y, al mismo tiempo, un referente civil valorado por su impacto fuera del aula. En los departamentos universitarios se le reconocía por su trabajo en ecuaciones funcionales y en lógica difusa; en auditorios y bibliotecas, por convertir la matemática en conversación interesante y accesible.
Un perfil académico amplio, con cargos de gestión y huella pública
Alsina nació y se formó en Barcelona. Se doctoró en Matemáticas en la Universitat de Barcelona y completó estudios de posgrado en la University of Massachusetts. Su carrera se desarrolló, mayoritariamente, en la UPC, con base en la Escola Tècnica Superior d’Arquitectura de Barcelona (ETSAB), donde impartió docencia desde los años setenta y obtuvo la cátedra. Se jubiló en 2016 tras más de cuatro décadas de clases, proyectos y coordinación académica. Quienes le escucharon de cerca destacan su manera de enseñar geometría con dibujos limpios, metáforas eficaces y un humor que servía de puente hacia la abstracción. No era complaciente; sí exigente y cordial, una combinación escasa.
Su aportación no se limitó al aula. Desempeñó responsabilidades de gestión que lo sitúan en el centro de debates clave del sistema universitario catalán. Fue coordinador de las PAU en Cataluña (2000-2002), director general de Universidades (2002-2003) y, más tarde, secretario general del Consell Interuniversitari de Catalunya (2011-2016). Estos puestos, a menudo discretos de puertas afuera, son decisivos: currículos, criterios de evaluación, coordinación entre campus, calidad docente. Desde esas mesas, Alsina defendió —con la paciencia de quien conoce las inercias de la administración— exámenes claros, exigencia calibrada y modelos de aprendizaje activos.
También tuvo dimensión internacional. Representó a España ante la Unión Matemática Internacional (IMU) y la Comisión Internacional de Educación Matemática (ICMI), foros donde se cruzan investigación, didáctica y políticas públicas. Esa doble mirada —la del investigador y la del gestor— le acompañó siempre: estaba pendiente de la última bibliografía en su campo, pero no dejaba de discutir cómo esa bibliografía podía traducirse en una mejor clase de primero.
El divulgador que convertía las formas en historias
En el espacio público, Claudi Alsina fue, sencillamente, un divulgador imprescindible. Publicó más de medio centenar de libros y cientos de artículos, y ofreció miles de conferencias entre centros cívicos, universidades, festivales científicos y jornadas de formación docente. Títulos como “Asesinatos matemáticos”, “Los asesinos matemáticos atacan de nuevo”, “El club de la hipotenusa”, “Geometría para turistas”, “Vitaminas matemáticas” o “Mateschef” muestran por dónde iba el camino: humor, anécdota bien traída, ejemplos cotidianos y, detrás, una matemática impecable explicada con cariño.
No era espectáculo; era estrategia. Alsina conocía bien los límites de la memoria de trabajo y el peso de la visualización en la comprensión de conceptos. Por eso insistía en demostraciones sin palabras, en figuras que, literalmente, enseñan. Le preocupaba que la matemática escolar se refugiara en tecnicismos que asustan y expulsan. Le preocupaba, también, la banalización en nombre de la “diversión”. Su apuesta —que practicó en aulas y libros— fue un punto intermedio exigente: acercar sin rebajar, facilitar sin simplificar en exceso. No es fácil, y menos sostenerlo durante décadas.
Gaudí como lenguaje: la ciudad, un laboratorio geométrico
Una de sus vertientes más conocidas fue la **lectura matemática de la obra de Antoni Gaudí. Al hilo de la Sagrada Família, el Parc Güell o la casa Milà, Alsina explicaba arcos catenarios, superficies regladas y equilibrios estructurales con una mezcla de precisión y entusiasmo que contagiaba. A comienzos de los 2000 firmó, junto a arquitectos e ingenieros, un estudio sobre la geometría y la mecánica en el “obrador” de Gaudí que circula desde entonces como material de referencia para estudiantes de arquitectura e ingeniería. No era una excentricidad: era la demostración de que Barcelona es un aula a cielo abierto si se sabe mirar. Y de que la belleza —esa palabra que en ciencias exactas a veces incomoda— tiene métrica.
Una didáctica con acentos propios
Su didáctica corría por vías reconocibles: aprendizaje activo, problemas bien planteados —con contexto relevante, sin adornos superfluos—, práctica espaciada y uso cuidadoso de analogías. Era crítico con las yincanas conceptuales que confunden dificultad con calidad, y defendía una evaluación que midiera lo que importa de verdad. Le gustaba recordar que el examen también enseña; no solo certifica. En cursos de formación del profesorado lo repetía sin cansancio: “El rigor no está reñido con la empatía”. Y su propia figura lo probaba.
Reconocimientos y pertenencias: del aula al BOE y vuelta
El reconocimiento público llegó por dos caminos. Por arriba, con distinciones institucionales: la Distinción Jaume Vicens Vives a la calidad docente (1999) y, en 2024, la ya citada Creu de Sant Jordi. Por abajo, desde la base, con el aprecio sostenido de profesores de secundaria y primaria que encontraban en sus libros y charlas material útil, aplicable, contagioso. En marzo de 2025, la RSME lo incorporó a su nómina de socios de honor, un gesto simbólico que alineó al alsinismo —esa manera de explicar— con la tradición más exigente de la matemática española.
En el ámbito universitario, su papel en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) fue pionero: primer vicerrector académico en los años fundacionales, cuando las universidades en línea eran un experimento audaz. De allí extrajo una idea que luego repitió en foros: lo digital no es una moda ni un adorno, es una metodología con reglas propias que exige acompañamiento y evaluación formativa bien diseñada. Muchos de los aciertos de la UOC —decía— provenían de tener claro, desde el día uno, que la docencia remota no consiste en colgar apuntes, sino en organizar el tiempo del estudiante con inteligencia.
Una obra que mezcla investigación y pedagogía
En investigación estricta, ecuaciones funcionales y lógica difusa fueron sus espacios preferentes. Publicó en revistas especializadas, dirigió tesis doctorales y mantuvo redes de colaboración estables dentro y fuera de España. Su nombre aparece con frecuencia asociado a espacios métricos probabilísticos, desigualdades y resultados de teoría de funciones. Pero el perfil híbrido —investigación-servidor público-divulgador— lo llevó a traducir esos intereses a herramientas didácticas concretas, desde recursos visuales hasta buenas prácticas de aula que hoy circulan en seminarios y cursos de actualización docente.
Cronología del adiós y datos relevantes
Para quienes han preguntado cómo y cuándo despedirlo, los detalles son claros. Velatorio: Tanatorio de Les Corts (Barcelona), con apertura el lunes 17 de noviembre a las 18.30 y cierre el martes 18 a las 15.00. Ceremonia: martes 18 a las 15.00 en la misma instalación. La familia ha gestionado la información con sobriedad, sin notas extensas. La universidad, por su parte, difundió mensajes de condolencia recordando su vínculo con la ETSAB y su larga trayectoria.
En paralelo, el mundo de la divulgación reactivó entrevistas y perfiles. Volvieron a circular pasajes de sus charlas sobre errores matemáticos frecuentes en la vida diaria —las ofertas comerciales que engañan, los porcentajes mal usados, las encuestas tramposas— y aquella idea amable de que la matemática cotidiana no es un filtro para genios, es una herramienta cívica.
Reacciones que fijan la estatura del personaje
Las reacciones dibujan un consenso transversal: respeto. Universidades, asociaciones científicas y departamentos de educación destacaron su capacidad de tender puentes entre investigación y aula; colegas de otras disciplinas subrayaron el tono civilizado con que defendía posiciones en debates tensos —desde el peso de la geometría en los currículos de secundaria hasta los criterios de evaluación en los primeros cursos de ingeniería—. No necesitaba levantar la voz: articulaba mejor los argumentos que las consignas. Y eso, en un ecosistema donde las consignas sobran, se agradece.
Importa, también, el detalle humano. Exalumnos recuerdan con frecuencia la cola al final de cada conferencia: se quedaba respondiendo preguntas, recomendando un capítulo, apuntando en una libreta un ejemplo que volvería en forma de pieza divulgativa. En su trato diario estaba la elegancia que luego se echó en falta cuando se anunció su muerte. Elegancia no como pose, sino como método: claridad en las ideas y cortesía en la forma.
Lo que sí sabemos —y lo que conviene no inventar
Conviene fijarlo una vez más, con sencillez: no se ha comunicado la causa de la muerte. Y no pasa nada por decirlo así. Ocurre a menudo en los obituarios de figuras públicas: familias que eligen preservar la intimidad. En estas horas, cuando la demanda de información es intensa y la tentación de especular asoma, el oficio periodístico es separar hecho de conjetura. El hecho es el fallecimiento, la edad, los reconocimientos, las fechas del velatorio y la ceremonia, el currículum abundante, las reacciones oficiales. La conjetura —sobre diagnósticos o circunstancias— no forma parte de la noticia si nadie la confirma.
A partir de ahí, la relevancia del personaje no se mide por el detalle clínico. Se mide por el impacto intelectual. Y aquí el registro es abrumador: libros, artículos, conferencias, cargos, distinciones. Pocas trayectorias combinan con esa naturalidad el trabajo técnico —ecuaciones, desigualdades, lógica— con la artesanía pedagógica del día a día —cómo explicar una función, cómo plantear un problema, cómo evaluar—. Alsina lo hizo durante décadas y dejó escuela.
Un mapa rápido de su legado tangible
Quedan libros que seguirán editándose, programas de formación docente donde su nombre aparece como referencia, materiales que se comparten en claustros y seminarios, artículos que abren puertas a nuevas líneas de investigación. Quedan, también, estudiantes que hoy son profesores y repiten en sus clases ideas que aprendieron escuchándolo: empezar por una buena figura, no convertir el examen en una trampa y valorar la explicación tanto como la demostración. Ese rastro, aunque intangible para el gran público, es lo que hace de un académico un maestro.
Hay, por último, una huella cívica: su presencia regular en medios normalizó la conversación sobre matemáticas en la vida cotidiana. No como espectáculo episódico, sino como hábito. De la factura de la luz a los descuentos acumulados, de la estadística en política a la medición de la calidad del aire, su tesis era simple y poderosa: saber un poco de números mejora la vida. Hoy su muerte devuelve esa idea al centro del debate.
Un legado que sigue trabajando por nosotros
La pregunta inicial —qué ha pasado exactamente— queda respondida con honestidad: no hay causa de muerte divulgada. Con lo cual, la noticia se sostiene en lo que sí está documentado: un académico de primera línea, un divulgador con voz propia, un servidor público que dejó huella institucional y un calendario de despedida preciso para quien quiera acompañar a los suyos en Les Corts. Queda dicha la parte fría de la historia.
La parte viva no necesita de clausura: libros que se abren, aulas que se llenan, maquetas que explican superficies imposibles, problemas bien formulados que enseñan a pensar. Claudi Alsina ya no está, pero su método —esa mezcla reconocible de rigor y cercanía— seguirá funcionando en la educación matemática de nuestro país. Es, al final, el mejor dato que puede dejar un profesor. Y es, también, la forma más honesta de recordarlo.

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