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¿De qué ha muerto Rick Davies, fundador de Supertramp?

Rick Davies ha fallecido a los 81 años a causa de un mieloma múltiple, un cáncer de la sangre con el que convivía desde 2015. Murió en su casa de Long Island (Nueva York) tras un proceso largo, con temporadas de tratamiento, remisiones parciales y recaídas.

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una fodo de Rick Davies en 1979

Foto de Ueli Frey, via Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

Rick Davies falleció a los 81 años por mieloma múltiple; repasamos su legado en Supertramp, su voz áspera y el sonido eterno del Wurlitzer.

Rick Davies ha fallecido a los 81 años a causa de un mieloma múltiple, un cáncer de la sangre con el que convivía desde 2015. Murió en su casa de Long Island (Nueva York) tras un proceso largo, con temporadas de tratamiento, remisiones parciales y recaídas. La noticia la confirmó su entorno más cercano con un mensaje sobrio, como había sido él, que despeja dudas y rumores: no hubo accidente ni desenlace súbito, sino la culminación de una enfermedad hematológica conocida desde hace una década.

El cofundador de Supertramp, teclista, cantante y autor de algunas de las piezas más reconocibles del grupo, se apartó de las grandes giras desde el diagnóstico. Aquella cancelación abrupta de 2015 —una gira europea ya anunciada— fue la señal pública de que algo serio ocurría. Desde entonces su nombre quedó asociado a la lucha contra el mieloma, una batalla que libró lejos de los focos. Hoy, el dato esencial es claro y directo: la causa de la muerte de Rick Davies fue el mieloma múltiple. Y ese es el motivo por el que, de ahora en adelante, hablaremos de legado, de canciones y de un sonido que definió a una generación.

Lo esencial: causa y contexto del fallecimiento

El mieloma múltiple es un tipo de cáncer de células plasmáticas —las que producen anticuerpos— que se origina en la médula ósea y, con el tiempo, afecta a huesos, riñones, sistema inmune y a la propia “fábrica” de la sangre. No es un tumor sólido que se pueda extirpar y ya; es una enfermedad sistémica que se trata de forma crónica, modulando la carga tumoral, controlando síntomas y alargando la supervivencia con fármacos cada vez más afinados. Davies, que siempre fue discreto con su vida privada, asumió ese itinerario clínico con la misma sobriedad con la que tocaba el Wurlitzer: sin alardes, midiendo el pulso, con paciencia.

Quienes le trataron recuerdan que nunca dejó del todo de tocar el piano, aunque ya no hubiera estadios ni festivales en el horizonte. En Long Island, entre hospitales y descansos terapéuticos, volvió a tocar por placer, a ratos, con amigos. No buscaba titulares. El foco había quedado atrás, pero no la música. Aun así, la enfermedad impone sus tiempos. En pacientes de edad avanzada —a los 80 las reservas fisiológicas son otra historia— el margen de maniobra se estrecha, por muy buenos que sean los fármacos. Y la realidad, por dura que suene, se impone: hay batallas que se ganan por temporadas, hasta que, finalmente, el cuerpo dice basta.

Qué es el mieloma múltiple y cómo evoluciona

Para orientar al lector que oye “mieloma” y piensa en algo lejano: hablamos de un cáncer hematológico que suele diagnosticarse en edades avanzadas. Se manifiesta con anemia, dolor óseo (fracturas vertebrales por debilidad del hueso), infecciones de repetición o insuficiencia renal. En los análisis asoman proteínas anómalas —inmunoglobulinas monoclonales— y, en las pruebas de imagen, lesiones líticas en huesos largos o en columna. La palabra clave es cronificación: hoy, en muchos casos, se logra un control prolongado, alternando tratamientos y descansos, con la vista puesta en mantener calidad de vida.

La supervivencia ha mejorado de forma radical respecto a hace dos décadas gracias a terapias dirigidas, inmunomoduladores, inhibidores del proteasoma, anticuerpos monoclonales y, en pacientes adecuados, trasplante de médula. Más recientemente han llegado estrategias CAR-T y anticuerpos biespecíficos para casos refractarios. El vocabulario impresiona, sí, pero el mensaje es sencillo: hay más opciones, funcionan mejor y durante más tiempo. Aun así, el mieloma sigue siendo, a día de hoy, una enfermedad incurable en términos estrictos. Se puede controlar, a menudo durante años; no se puede erradicar para siempre. Y esa es, justamente, la historia clínica de Rick Davies.

Tratamientos actuales y límites a los 80 años

En un paciente de 81 años, con posible fragilidad y comorbilidades, el objetivo terapéutico es equilibrar eficacia y tolerancia. No se trata de llegar al límite de la toxicidad, sino de personalizar: combinar fármacos, ajustar dosis, espaciar ciclos, priorizar la función renal, vigilar el riesgo de infecciones y trombosis. Por el camino hay remisiones —a veces profundas— y periodos de estabilidad que permiten retomar rutinas. Después, si la enfermedad regresa, se cambia de línea terapéutica. La medicina ha ganado tiempo, pero ese tiempo nunca es infinito. En el caso de Davies, el final llega tras una década de pelea. Sería fácil romantizarlo; él no lo haría. Probablemente diría que “la vida sigue… hasta que no”.

Una carrera hecha a golpe de Wurlitzer

Antes de hablar de despedidas conviene recordar por qué su ausencia se siente tan presente. Rick Davies no fue únicamente “el otro cantante” de Supertramp. Fue el ancla rítmica, el oído para el blues, el pulso insistente del piano eléctrico que sostuvo buena parte de la identidad sonora del grupo. Esa mezcla de groove contenido, barítono áspero y letras con ironía distinguía su pluma de la de Roger Hodgson, más luminosa y aguda. La fricción creativa entre ambos, lejos de anularse, generó una química rara: pop de cámara con piel progresiva, arreglos de saxofón que respiraban y una base rítmica que no corría, caminaba con swing.

El trayecto arranca a finales de los sesenta: pubs, bandas de paso, el encuentro que lo cambia todo y la fundación de Supertramp en 1969. Los primeros discos tantean. “Crime of the Century” (1974) asienta la narrativa: atmósferas, crescendos, la épica doméstica de “Rudy” y la pegada inmediata de “Dreamer”. El salto definitivo llega con “Breakfast in America” (1979), un álbum que conquista Estados Unidos, Canadá y media Europa con una naturalidad insultante. La radio lo devora, los Grammys lo reconocen, los vinilos vuelan de las tiendas. Y, en el corazón de ese sonido, las manos de Davies marcan el compás en un Wurlitzer que suena a ciudad iluminada y a ironía británica.

Tras la salida de Hodgson en 1983, Davies mantiene a flote el nombre, gira, compone y reagrupa piezas. No hay milagros: sin aquella doble voz el brillo cambia, pero la brújula sigue apuntando a lo mismo, canciones con cuerpo. Llega “Slow Motion” en 2002, una obra de madurez que gusta a los que nunca se fueron. Unos años más y la banda entra en otra fase, más esporádica, hasta ese parón definitivo que impone la salud. En medio, una constante: Rick Davies como figura serena, a veces infravalorada, que no necesitaba exhibirse para demostrar su peso específico.

Compañero y contrapunto de Roger Hodgson

No hay conversación honesta sobre Supertramp que no mencione la relación Davies-Hodgson. No fue un idilio en el sentido blando; fue una asociación creativa en la que dos mundos distintos encontraron un territorio común. Él, barítono rugoso, con gusto por el R&B y la economía rítmica. Hodgson, tenor limpio, más melódico, con inclinación a lo pastoral. La gracia fue que ninguno invadió a la fuerza el terreno del otro; por el contrario, se apoyaron. Cuando cantaba Davies, el grupo se volvía urbano, sarcástico, pegado al suelo. Cuando tomaba la voz Hodgson, llegaban los cielos abiertos, el optimismo envuelto en melodías ascensionales. “Goodbye Stranger” lo resume en una sola pista: estrofas con barniz de cinismo, estribillo en falsete que se pega y un puente donde ambos colores se rozan sin mezclarse del todo.

La separación de 1983 cerró una etapa, pero no borró lo anterior. De hecho, 40 años después se sigue discutiendo —con cariño, casi como un juego— si uno era “de Hodgson” o “de Davies”. Esa conversación, con el músico ya fallecido, tiene algo de homenaje. Significa que los personajes quedaron claros, que las canciones fueron tan nítidas que permiten “tomar partido” sin dejar de amar el conjunto. Y significa, también, que Rick Davies sostuvo su parte con un arte que no necesitó ni aspavientos ni fotogenia.

El legado que atraviesa generaciones

La muerte de Rick Davies no cierra nada en términos musicales. Si acaso, nos obliga a reescuchar con la atención que a veces no tenemos. Hay dos o tres rasgos que, al repasarlos, explican por qué rick davies supertramp sigue siendo una combinación que encaja en las búsquedas de hoy y de siempre. Primero, el sonido de teclado: no hay Wurlitzer que no le deba algo. Ese ataque seco, ese timbre ligeramente chisporroteante que muchos identifican de inmediato incluso sin saber de instrumentos. Segundo, la construcción rítmica: Davies escribía desde el compás, no desde el virtuosismo. La mano izquierda marcaba caminos, la derecha dejaba aire, y el bajo y la batería completaban una malla con sentido. Tercero, la letra: ironía británica, crítica social sin sermón, pequeñas historias urbanas que no dan lecciones, solo ponen un espejo. Si la cultura pop fuera un taller, él sería el artesano que lima, encaja y se asegura de que la pieza, por dentro, funciona.

La recepción generacional de Supertramp tiene su anécdota recurrente: padres e hijos escuchando lo mismo en el coche y ninguno se queja. El motivo es simple: estas canciones envejecen bien. No saturan. “The Logical Song” será de Hodgson, sí, pero ¿cómo encaja sin el armazón que le presta la banda? ¿Qué sería de “Bloody Well Right” sin ese riff de teclado que muerde desde el primer compás? En “From Now On” —tema centralmente daviesiano— la progresión armónica parece sencilla hasta que uno intenta tocarla y se da cuenta de que está llena de pequeñas trampas. Y “Cannonball” —otro hit firmado por él— demuestra que sabía bailar con el jazz sin perder el pulso pop.

Canciones que llevan su sello propio

Para localizar la huella de Davies basta con abrir al azar el catálogo y buscar pistas donde la voz suene más ronca y el Wurlitzer lleve la batuta. “Rudy” —una pequeña película sobre la rutina— se levanta gracias a su manera de frasear; el crescendo sin histeria, la narración en primer plano y ese toque de desencanto que nunca se convierte en cinismo total. “Goodbye Stranger” es, quizá, su epitafio estilístico: una despedida sin drama, con groove, con sentido del humor. “Bloody Well Right” funciona como manifiesto: guitarras y teclas en diálogo, batería contenida, línea vocal con mordida. “My Kind of Lady” enseña la otra cara, la del crooner que aparece de repente sin que chirríe. Y “Cannonball”, ya en los ochenta, revela la capacidad de actualizarse sin traicionarse, con un patrón rítmico que engancha al primer golpe.

No todo fueron singles. En el lado B de cada álbum hay pequeñas joyas que, con los años, ganan valor. “Just Another Nervous Wreck” y “Gone Hollywood” dibujan ciudades que no perdonan; “From Now On” suspira con un estribillo que parece sencillo y no lo es. En todas ellas late la misma convicción: las canciones no se sostienen por el adorno, sino por la estructura. Se pueden vestir mejor o peor, producir con más o menos brillo. Si la columna vertebral es sólida, resisten. Y la columna vertebral de Davies —como compositor, como instrumentista— era de las que no ceden.

Cronología de salud y despedida de los escenarios

Volvamos, sin morbo, al hilo cronológico de su salud, porque ayuda a entender por qué el golpe se siente ahora tan cercano. Agosto de 2015: Supertramp anuncia la cancelación de su gira europea por el diagnóstico de mieloma múltiple de Rick Davies. El comunicado habla de tratamiento agresivo y de la necesidad de concentrar esfuerzos en la recuperación. La decisión sorprende y, a la vez, se entiende. No hay medias tintas con el mieloma. Empiezan meses de hospital, quimioterapia, fármacos moduladores, pruebas. El grupo, que venía de girar con regularidad, detiene su maquinaria. Ese parón, visto con perspectiva, marca el final de la etapa pública de Davies al frente de grandes recintos.

Después llegan años más tranquilos. Long Island se convierte en refugio. De vez en cuando se le ve con amigos, Ricky and the Rockets, algún club, alguna jam. Nada de focos. Las redes sociales mencionan su estado de salud con prudencia; los fans aprenden a leer entre líneas y a esperar buenas noticias pequeñas: “está bien”, “sigue tocando en casa”, “hoy ha sonreído al piano”. No hay épica. Hay día a día. Y así, durante una década larga, hasta el anuncio final: Rick Davies ha muerto a causa de su mieloma múltiple. Quien haya acompañado a un familiar en una situación parecida reconocerá el ritmo: avances, descansos, rebrotes, nuevas líneas, otra vez esperanza, otra vez realidad. No hace falta adornarlo.

En el marco de esa cronología, la última gran gira de Supertramp se sitúa en 2012, con paradas celebradas por media Europa —España incluida— y un repertorio que parecía cerrar un círculo. Él todavía estaba fuerte, la voz respondía, el teclado mandaba. Tres años después, el diagnóstico. Diez años más tarde, el desenlace. Puesto así, en apenas tres frases, puede parecer frío. No lo es. Es, simplemente, la forma más clara de entenderlo: la salud manda, y el arte, por bien hecho que esté, no es un seguro de vida.

Un adiós que no se apaga

Hay despedidas que, al formularse, ya están revirtiéndose. La de Rick Davies es una de ellas. Las plataformas están ahí, claro; el vinilo ha vuelto, los directos circulan, los documentales rescatan entrevistas y sesiones. Pero lo que mantiene vivo su nombre no es el catálogo en bruto, sino la vigencia de un estilo. Hoy, un teclista joven puede abrir un plugin de teclado vintage y buscar ese ataque Wurlitzer que Davies convirtió en marca de agua. Un compositor madrileño que compone para publicidad puede revisar “Goodbye Stranger” y entender por qué ese estribillo funciona tan bien sin subir de volumen. Un saxofonista de conservatorio puede encontrar en John Helliwell el modo perfecto de no invadir una canción. Esa es la mejor clase de legado: el que enseña sin sermonear.

También queda la actitud. En el mundo de las redes, la hipérbole y el “mira qué hago”, Rick Davies practicó un oficio callado. Ni líder mesiánico ni artista torturado. Trabajador. Quien haya estado en una banda sabe lo valioso que es alguien que sostiene la base, que sabe cuándo no tocar, que entiende que un silencio bien puesto vale más que diez notas. Esa ética, que a veces se etiqueta como “clase”, es difícil de describir y fácil de reconocer. Se nota en cómo entra el charles; en dónde deja el piano el último golpe del compás; en si el bajo y las teclas se miran o se pisan. Con Davies, casi siempre, se miraban.

Si eres de quienes llegaron a Supertramp por “The Logical Song” y te quedaste por “Goodbye Stranger”, quizá hoy te apetezca ordenarlo. Una propuesta, muy simple: escuchar “Crime of the Century” entero, sin prisa, con auriculares, y luego saltar a “Breakfast in America”. En ese trayecto se entiende todo. Se entiende cómo una banda británica, con humor seco y ambición melódica, se convirtió en sonido universal. Se entiende que rick davies supertramp no es solo una búsqueda útil en Google, sino una fórmula cultural que se transmite sin manual de instrucciones. Y se entiende, por fin, que hay artistas a los que se les llora con la misma mezcla de alegría y nostalgia con la que se les escuchó por primera vez.

Queda una última idea, más íntima. Para muchísima gente, Supertramp sonó en casetes de coche, en mini-cadenas de salón, en radios que se encendían a la hora de hacer los deberes. Eran canciones que hacían compañía. Rick Davies formó parte de esa compañía. No buscó ser héroe de póster —no le iba—, pero terminó alojado en la memoria sentimental de millones. La música tiene estos caprichos: los héroes discretos acaban ganando por insistencia, por oficio, por aparecer en los momentos cotidianos donde otros no llegan. Si hoy te cruzas con “From Now On” en una lista aleatoria y te sorprendes tarareando, entenderás que la despedida no es tal. Que la voz grave sigue ahí, apoyada en ese teclado que nunca gritaba y, aun así, mandaba.

Rick Davies ha muerto por mieloma múltiple. Eso ya está escrito. Lo que siga, a partir de aquí, lo firmarán sus canciones. Y esas, por fortuna, no saben morirse.

Este artículo ha sido redactado basándose en información procedente de fuentes oficiales y confiables, garantizando su precisión y actualidad. Fuentes consultadas: El País, ABC, La Vanguardia, RTVE.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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