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De qué ha muerto Lluís Permanyer: adiós al famoso periodista
Lluís Permanyer ha fallecido a los 86 años a causa de un infarto en Barcelona. El periodista, escritor y gran cronista de la ciudad deja una obra inmensa que atraviesa seis décadas, con columnas diarias, libros imprescindibles y documentales que hoy forman parte del archivo vivo de la capital catalana.

Foto de JMSerraV vía Wikipedia
Lluís Permanyer muere a los 86 años por un infarto, dejando un legado inmenso como cronista esencial de Barcelona y su memoria viva.
Lluís Permanyer ha fallecido a los 86 años a causa de un infarto en Barcelona. El periodista, escritor y gran cronista de la ciudad deja una obra inmensa que atraviesa seis décadas, con columnas diarias, libros imprescindibles y documentales que hoy forman parte del archivo vivo de la capital catalana.
La familia ha comunicado que no habrá velatorio ni funeral, en coherencia con la voluntad del propio autor de donar su cuerpo a la ciencia. La noticia sacude el panorama cultural barcelonés por la dimensión del personaje y por el modo sereno —sin ceremonias— en que se apaga una voz que siguió trabajando hasta el último día. En La Vanguardia, su casa profesional, todavía puede leerse su última columna publicada esta mañana, centrada en la relación entre Lluís Millet y Joaquim Cabot. Una despedida involuntaria, sí, pero también muy suya: discreta, documentada, útil.
Un adiós que explica una vida de oficio
El fallecimiento por infarto encaja con una biografía de ritmo incansable. Permanyer mantenía una rutina estricta de lectura, paseo y escritura. No circulaba con comitivas ni posados; prefería la libreta, las fechas exactas y la foto que retrata un detalle arquitectónico que suele pasar desapercibido. De ahí que su marcha, sin cortejo, sin misa, resulte coherente con su forma de estar en el mundo: silencio, método, trabajo. La decisión de donar el cuerpo forma parte de esa coherencia.
En términos informativos, la causa de la muerte —infarto— despeja con claridad la pregunta que ha corrido desde primera hora: qué ocurrió, cuándo, por qué no habrá despedida pública. Ocurrió hoy, jueves 23 de octubre de 2025, y no habrá ceremonia porque lo impide la tramitación de la donación anatómica, que exige rapidez. El dato principal queda así fijado y permite concentrarse en lo que de verdad importa ya: la obra y la huella.
El cronista que convirtió Barcelona en su género
Pocos periodistas han sido tan identificables con una ciudad como Permanyer con Barcelona. Nacido en 1939, licenciado en Derecho, se curtió en el oficio en los años sesenta y se instaló para siempre en la redacción de La Vanguardia en 1966. Pasó los primeros 22 años en Internacional —tiempos grises del franquismo— porque allí se respiraba mejor y la censura apretaba menos. En cuanto llegó la etapa democrática, pidió bajar al terreno local y asumió lo que sería su destino profesional: contar Barcelona con paciencia de historiador y pulso de reportero.
Su columna —reconocible por tono, por precisión y por un humor seco— ordenó el debate urbano durante décadas. Calles, plazas, comercios históricos, joyas modernistas, operaciones urbanísticas, biografías culturales. Todo le interesaba, pero no de cualquier manera: estudiaba, caminaba, cotejaba. Hizo célebre un método de fichas que levantó a pulso: miles de tarjetas con datos, fuentes y referencias cruzadas, un archivo propio con el que alimentó sus libros y artículos. Aquella biblioteca portátil le permitía enlazar un balcón con una reforma municipal de hace cien años, una placa mal escrita con la biografía exacta del personaje, una cornisa mutilada con la evolución de una ordenanza. No era erudición ociosa; era contexto que hacía inteligible la ciudad.
Una firma que sostuvo seis décadas de conversación
La longevidad profesional de Permanyer no es solo cantidad; es consistencia. En el diario, sus entregas eran puntuales y su prosa, reconocible: clara, sin adornos superfluos, punzante cuando hacía falta. Esa constancia convirtió su nombre en un punto de referencia al que acudían arquitectos, historiadores, comerciantes, vecinos y políticos. Acompañó las grandes obras y también las pequeñas batallas: el comercio que cerraba después de un siglo, la placa que recordaba mal un suceso, el paseo por la Diagonal que explicaba cómo esa avenida cambió la economía sentimental de la ciudad, el Eixample como laboratorio moral y estético de una Barcelona que quiso ser burguesa y a la vez moderna.
Su último artículo —publicado hoy— es un compendio de esas obsesiones: la cultura cívica como motor, los nombres propios que se buscan y se encuentran para levantar instituciones duraderas (el Palau de la Música como ejemplo), y ese tono de paseante erudito que va atando cabos mientras el lector avanza.
Libros, documentales y un archivo que ya es patrimonio
La bibliografía de Lluís Permanyer supera los ochenta títulos. No es una cifra hueca; tiene densidad. Obras como “L’Eixample. 150 anys d’història”, “Barcelona nocturna”, “Passeig de Gràcia. 200 anys d’un espai burgès”, “Sagnier i els modernistes”, “La Barcelona burgesa”, “Barcelona en diagonal”, o monografías dedicadas a Miró, Tàpies, Dalí o Clavé forman un corpus que se consulta como se consulta un plano. Abres al azar y encuentras fechas, genealogías, decisiones urbanísticas, anécdotas que aclaran un edificio y, sobre todo, criterio.
También firmó ocho documentales televisivos —sobre el Passeig de Gràcia, sobre el Raval, sobre la memoria de la ciudad— que registran su manera de mirar. Ahí aparece interpretando fachadas, subrayando remates, uniendo el dato histórico y la experiencia del viandante. Ese archivo audiovisual, sumado a sus columnas y a los libros, es hoy una herramienta de trabajo para estudiosos del modernismo, del noucentisme y del urbanismo barcelonés.
No menos importante es su hemeroteca personal. Durante años, vació bibliotecas en forma de notas, recorte cada crónica pretérita, transcribió referencias que luego devolvía a la vida. Esa pulsión archivística da la medida de su rigurosidad: cuando decía que un inmueble había sufrido una modificación injustificada, adjuntaba sin alardes el dato del permiso, la fe de erratas, el acuerdo municipal. Y si tocaba rectificar, rectificaba.
Reconocimientos que cuentan una trayectoria
El Premio Nacional de Periodismo Cultural (2022) resumió el consenso sobre su trayectoria. Antes habían llegado el Luca de Tena (1969), el Ciutat de Barcelona (1987) o el Nacional de Periodisme de Catalunya (2008). La lista de honores, en su caso, dice algo más que “méritos”: indica continuidad, versatilidad y influencia real en la conversación pública. La Universidad, los colegios profesionales, las asociaciones patrimoniales y los medios lo convocaban como referencia cuando había que explicar qué estaba pasando en la ciudad.
Curiosamente, rehuyó otras distinciones. Rechazó el nombramiento de cronista oficial de Barcelona —prefería la independencia simbólica del cronista sin placa— y declinó la Medalla de Oro de la ciudad por entender que esos títulos, atribuidos por el poder, pueden confundir al público sobre la autonomía del periodista. No lo proclamó para posar; lo practicó. Y lo sostuvo en entrevistas con una claridad sin resquicios.
La ciudad según Permanyer: método, tono y temas
Hay en su periodismo una combinación infrecuente: dureza con las chapuzas y delicadeza con la gente. Permitía el debate sobre el modelo turístico, sobre la gestión del espacio público, sobre la movilidad, sobre la protección del comercio de raíz, pero solo después de fijar los hechos. Primero los datos, luego la opinión. Con esa disciplina desactivaba el ruido y construía un marco para discutir con altura.
El método era sencillo en apariencia: salir a la calle. Lo repetía como un mantra. Caminar por el Eixample, subir por Gràcia, detenerse en Ciutat Vella, cruzar a Sants o Sant Andreu, mirar arriba y abajo. De ese paseo meticuloso salían piezas que señalaban un dintel tapado, una galería cegada, una placa con una fecha errónea, una acera conquistada por el mobiliario de algún negocio. No moralizaba: explicaba cómo se había llegado ahí, quién aprobó el cambio, qué alternativas había, qué aprendimos de decisiones pasadas. La consecuencia natural: lectores más informados y administraciones obligadas a corregir cuando correspondía.
En el tono se jugaba otra parte del secreto. Escritura clara, adjetivo preciso, ironía limpia. Le incomodaba el alarde y desconfiaba de las grandes palabras. Prefería mirar un capitel y contar quién lo talló, por qué esa piedra tiene una vetas concretas, qué arquitecto convenció al promotor para no abaratar la solución, cómo un alzamiento de cornisa cambió el perfil de una manzana entera. Esa vocación pedagógica, tan suya, no molestaba; al contrario, engancha porque ilumina.
Obras y obsesiones: modernismo, noucentisme y vida cotidiana
Un capítulo capital en su bibliografía es el dedicado al modernismo y a sus arquitectos: Domènech i Montaner, Sagnier, Gaudí en sus efectos urbanos, Puig i Cadafalch. Permanyer situaba sus edificios en el tiempo y en la red social de la que nacieron: burguesía, sociedades corales, asociaciones culturales, industriales con ambición cívica. Y atendía a los oficios que hacen posible la belleza: ebanistas, hierros, vidrieras, esgrafiados. Si aparece el Palau de la Música, no es un monumento abstracto: tiene padres, mecenas, obreros, controversias, rescates, reformas y derivas.
También exploró el noucentisme, con su apuesta por el orden y la institución, y cómo esa corriente moldeó avenidas, plazas y equipamientos que hoy todavía organizan la vida. A su lado, el barcelonés medio —ese público transversal que existe aunque no haga ruido— aprendió a leer la ciudad como quien lee un libro de familia.
Otro hilo es el de la vida cotidiana. Barcelona nocturna no es solo un catálogo de locales; es una historia social de cómo la ciudad se divierte, cómo se despide de sus salas míticas y cómo renacen otras formas de ocio. En obras sobre comercios históricos o sobre calles con biografía —La Rambla, Passeig de Gràcia— se aprecia su talento para la microhistoria: un portal, una marquesina, una esquina que, contadas con pulso, explican épocas enteras.
Crítica urbanística sin concesiones
Permanyer no evitaba el choque cuando consideraba que la ciudad perdía calidad. Lo demostró en “Barcelona fea”, un libro que señala sin eufemismos errores de diseño, adiciones torpes, remiendos que degradan calles y plazas. Lo hacía con pruebas y propuestas: antes y después, planos, fechas, y un recordatorio constante de que las decisiones urbanas son acumulativas. Una intervención mal resuelta hoy se convierte en problema crónico mañana. Su insistencia no era un capricho estético; tenía una ética cívica: la belleza en lo público importa porque organiza la convivencia.
Esa crítica razonada alcanzaba también el modelo turístico y la gobernanza del centro. Contra el tópico, no proponía blindar la ciudad ni convertirla en museo; pedía criterio: densidades razonables, equilibrio entre actividad económica y vida vecinal, reglas más finas para preservar fachadas y alineaciones que dan coherencia a los barrios.
Una biografía profesional tejida a pie de calle
A los 77 años, seguía contando que su vida fue una cadena de curvas: Derecho, el deseo de ser diplomático para salir de un país cerrado, el aterrizaje en editoriales, la llamada de La Vanguardia, el aprendizaje en Internacional y, por fin, el regreso a casa para explicar Barcelona. De aquel trayecto queda una lección práctica: la especialización puede nacer del terreno. No todo es cátedra; a veces se aprende contando y mirando.
La constancia fue otra de sus marcas. Trabajó a diario, incluso en etapas en que el periodismo se mudaba a redacciones digitales sofisticadas. Siguió escribiendo con la misma economía de recursos y obsesión por contrastar. En los actos públicos, su intervención era siempre breve y precisa: recordaba un dato, corregía una fecha, citaba una fuente y dejaba a la audiencia con una pista para profundizar.
Independencia como línea roja
Quienes lo trataron subrayan una idea: no debía nada. No aceptó nombramientos que pudieran poner en duda su autonomía. Cuando se rumoreó que el Ayuntamiento le propondría ser cronista oficial, explicó que no: temía que el título confundiese a la gente sobre su libertad y sobre si cobraba del consistorio. Cuando le ofrecieron la medalla de la ciudad, volvió a negarse. No hay épica en esos gestos; hay disciplina y claridad. Sostenía que el poder —cualquiera— no debe abrazar al periodista. A la vista de su autoridad pública, esa renuncia le sumó credibilidad.
Lo que cuenta su última pieza
“Millet y Cabot, un encuentro complementario y fructífero” es un título que, leído hoy, resuena como epílogo involuntario. En él, Permanyer traza la complicidad entre Lluís Millet, fundador del Orfeó Català, y Joaquim Cabot, empresario y mecenas. Cuenta qué se dijeron, qué apoyos movilizaron, en qué contexto y con qué consecuencias. Aparece la sociedad civil que tanto le interesaba: personas concretas que articulan proyectos de largo aliento. Está la música como tarea colectiva, la arquitectura como símbolo y el dinero —sí, el dinero— como combustible legítimo del bien común cuando se orienta a instituciones que trascienden.
Que ese artículo haya sido el último parece más justicia narrativa que casualidad. Resume sus temas fijación: nombres propios, contexto histórico y arquitectura como biografía. Hasta el final, trabajo bien hecho.
La Barcelona que le debe una explicación
Barcelona —no solo su administración, también sus lectores, sus comerciantes, sus arquitectos— le debe una explicación cariñosa. No un homenaje lleno de solemnidad, sino una lectura pública de su obra. En universidades, en institutos, en centros cívicos. Sus libros y documentales permiten enseñar ciudad: cómo se decide una alineación, por qué un árbol se planta a tres metros y no a dos, quién financia un equipamiento cultural y qué contrapartida cívica deja, qué errores no conviene repetir.
A su manera, educó una mirada colectiva. Quien lo leía levantaba la vista y distinguía cornisas, remates, dinteles, portales. Quien seguía sus críticas aprendía a dudar de las soluciones rápidas. Quien asistió a sus charlas recuerda el detalle que lo cambia todo: un nombre olvidado, una fotografía que desmiente una creencia, una resolución municipal que explica una rareza urbanística.
Un legado exigente en tiempos de velocidad
Vivimos la era de la noticia inmediata y del debate a gritos. Permanyer practicó el tiempo lento: leer, caminar, comprobar, escribir. Su exigencia queda como contrapeso. No es un capricho melancólico; es un método que funciona. Cuando una ciudad se discute a sí misma —turismo, vivienda, movilidad, zonas de bajas emisiones— necesita periodismo paciente que contextualice y ponga en limpio. Ese periodismo no es neutral: toma partido por la información comprobada frente al ruido. A eso se dedicó hasta el último día.
Una huella que seguirá guiando la ciudad
La muerte por infarto de Lluís Permanyer, a los 86 años, deja una sensación de vacío y, a la vez, un mapa para transitar Barcelona con más inteligencia. No habrá velatorio ni funeral, porque así lo decidió: donación del cuerpo a la ciencia y trabajo hasta el final. Queda un archivo inmenso, con libros, artículos y documentales. Queda también un estándar profesional: exactitud, memoria y independencia.
En los próximos días, el mundo cultural irá poniendo palabras al dolor y ordenando recuerdos. Pero hay una forma nítida de honrarlo: seguir mirando la ciudad como él enseñó. Con curiosidad y criterio. Con respeto por los hechos. Con esa mezcla de ironía y tacto que evita la pirotecnia y prefiere hacer comprensible lo que está delante de los ojos. Es lo que firmó durante seis décadas y lo que explica la ola de respeto que hoy recorre Barcelona. En tiempos de prisas, la brújula Permanyer —llamémosla así— queda a la vista: caminar, preguntar, comprobar. Y escribir lo necesario, ni una palabra de más.

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