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¿Por qué Cuba declara epidemia de dengue y chikunguña?

El Gobierno cubano ha dado un paso que llevaba meses evitando: ha admitido públicamente que el país vive una epidemia de dengue, chikunguña y oropouche, enfermedades transmitidas por mosquitos y otros insectos que se han extendido por buena parte de la isla en 2025.

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Cuba declara epidemia dengue chikunguña

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Cuba afronta una epidemia de dengue, chikunguña y oropouche en plena crisis económica y sanitaria, con datos clave y contexto más detallado.

El Gobierno cubano ha dado un paso que llevaba meses evitando: ha admitido públicamente que el país vive una epidemia de dengue, chikunguña y oropouche, enfermedades transmitidas por mosquitos y otros insectos que se han extendido por buena parte de la isla en 2025. El presidente Miguel Díaz-Canel lo ha dicho sin rodeos en una reunión con expertos sanitarios en La Habana: “Vamos a trabajar esta epidemia como mismo se trabajó la covid-19”, asumiendo que la situación ya no se sostiene bajo el eufemismo oficial de “síndrome febril inespecífico” que se repetía desde el verano.

El elemento más visible de esta crisis son los números. El Ministerio de Salud Pública (Minsap) reconoce 21.681 casos de chikunguña acumulados en este brote, con circulación del virus en 14 de las 15 provincias y focos especialmente intensos en Matanzas, La Habana, Artemisa, Cienfuegos, Villa Clara y Camagüey. Para el dengue, los últimos datos oficiales hablan de unos 2.360 contagios confirmados y tres fallecidos en lo que va de año, aunque los registros enviados a organismos regionales elevan el volumen de casos sospechosos y graves muy por encima de esa cifra. El oropouche aparece por ahora como amenaza menor en Cuba, con una treintena de casos confirmados en 2025 y sin nuevos contagios notificados en las últimas semanas, pero inserto en una ola regional creciente. Sobre ese escenario, marcado además por apagones masivos, basuras acumuladas y una red sanitaria bajo presión, se asienta la decisión política de hablar ya de epidemia.

Epidemia reconocida: qué ha anunciado el Gobierno cubano

La declaración de Díaz-Canel llega después de meses de tensión creciente. La expresión “síndrome febril inespecífico” se había vuelto omnipresente en partes médicos, notas oficiales y reportes televisivos. Bajo ese paraguas se agrupaban miles de pacientes con fiebre alta, dolores musculares, cefalea intensa y erupciones en la piel, en muchos casos sin prueba de laboratorio que precisara si se trataba de dengue, chikunguña, oropouche u otra infección. En la calle, sin embargo, la palabra “epidemia” circulaba con total naturalidad desde finales del verano, alimentada por los testimonios de barrios enteros enfermos al mismo tiempo, la saturación de policlínicos y la percepción de que algo se desbordaba.

El giro se produce en una reunión celebrada en el Palacio de la Revolución con directivos del Minsap, epidemiólogos e investigadores del Instituto de Medicina Tropical “Pedro Kourí”, referencia histórica en el estudio de enfermedades infecciosas en Cuba y en la región. El presidente se compromete a mantener encuentros semanales de seguimiento, similares a los que se instauraron durante la pandemia de covid-19, con la idea de ajustar medidas por provincias, reforzar la pesquisa activa casa por casa y ordenar los ingresos hospitalarios de los casos más graves. El lenguaje empleado por la prensa oficial ya no oculta el problema: se habla de “brote nacional”, “tensión del sistema sanitario” y “riesgos de complicaciones” para grupos vulnerables.

Pese a ese reconocimiento, el Ejecutivo de La Habana no ha declarado aún una emergencia sanitaria nacional, una figura que algunos sectores sanitarios y voces críticas en la isla vienen reclamando desde hace semanas. El Gobierno insiste en que la situación está “bajo control” y que las curvas de contagio empiezan a mostrar signos de estabilización en algunas provincias. Pero la decisión de etiquetar la situación como epidemia, y de pedir enfrentarlo “como a la covid-19”, abre la puerta a medidas de excepción en el terreno: refuerzo de brigadas de fumigación, movilización de estudiantes de Medicina, reorganización de camas hospitalarias y mayor presencia de fuerzas del orden en acciones de control vectorial en barrios y edificios de viviendas.

Una pieza central del mensaje oficial es la apelación a la “responsabilidad comunitaria”, fórmula muy conocida en el discurso cubano. Las autoridades repiten que el mosquito Aedes aegypti, vector del dengue y el chikunguña, se cría en depósitos de agua y recipientes que se pueden eliminar a nivel de cada hogar, y que sin esa participación no hay fumigación posible que frene el avance de los virus. Al mismo tiempo, el propio Estado reconoce que tiene dificultades serias para garantizar recogida regular de basura, abastecimiento de agua y combustible para los equipos de fumigación, un equilibrio delicado que atraviesa todo el relato.

Qué dicen los datos sobre dengue, chikunguña y oropouche

En 2025, las estadísticas se han convertido en terreno de disputa. El dato más nítido es el del chikunguña: 21.681 casos acumulados en el brote actual, con transmisión activa en casi todo el país. Esa cifra, difundida a partir de informes del diario oficial y del Minsap, refleja el fuerte salto respecto a 2024, cuando el virus apenas aparecía en los boletines y se consideraba un problema puntual. Ahora se habla de “transmisión sostenida” en 14 provincias y más de 90 municipios, un número muy alto para un país de 11 millones de habitantes.

En el caso del dengue, la transparencia es menor. Los últimos reportes ofrecidos al detalle por las autoridades hablan de unos 2.360 casos confirmados y tres muertes, concentradas principalmente en personas afectadas por la variante más agresiva del virus, asociada a cuadros hemorrágicos y posibles fallos multiorgánicos. Sin embargo, los datos que Cuba remite a la Organización Panamericana de la Salud y que han sido analizados por medios especializados apuntan a una realidad de mayor magnitud: más de 9.000 casos sospechosos y confirmados acumulados en 2025 y un aumento cercano al 60% en los casos de dengue grave en apenas tres semanas, pasando de algo más de setenta a más de un centenar de cuadros severos a finales de octubre. Se trata de cifras compatibles con lo que se ve en los hospitales, donde los servicios de urgencias han reportado un flujo constante de pacientes con signos de alarma.

El tercer virus en juego, el oropouche, tiene un peso cuantitativo menor en Cuba pero se inscribe en una dinámica regional preocupante. Entre las semanas epidemiológicas 1 y 29 de 2025 se han confirmado 28 casos por laboratorio en la isla, repartidos entre Pinar del Río, Villa Clara, Guantánamo, La Habana, Matanzas, Artemisa, Cienfuegos, Sancti Spíritus y Ciego de Ávila. Para un país con millones de habitantes, podría parecer una cifra anecdótica. El problema es que se suma a los más de 12.000 casos de fiebre de Oropouche notificados en once países de América en lo que va de año, un salto notable respecto a ejercicios anteriores que ha llevado a la OPS a emitir varias actualizaciones epidemiológicas específicas. Cuba insiste en que desde finales de septiembre no se registran nuevos casos sospechosos ni confirmados, pero el hecho de que el virus ya circule en la isla introduce un factor adicional de riesgo en cada temporada de lluvias.

Otro elemento clave, menos visible que los grandes números, es el de la infra-notificación. En muchas áreas de salud, los médicos cuentan con recursos limitados para realizar pruebas específicas. Un porcentaje elevado de los pacientes con fiebre, erupciones y dolores articulares se queda en la etiqueta general de “síndrome febril”, sin confirmación virológica. Al mismo tiempo, una parte de la población evita acudir a hospitales y policlínicos por desconfianza o por la certeza de que no encontrará medicamentos básicos. Todo ello hace que las estadísticas oficiales probablemente se queden cortas respecto a la incidencia real. En barrios de ciudades como Matanzas, Santa Clara o ciertos municipios de La Habana, los vecinos describen escenas de edificios donde la mitad de las viviendas han tenido enfermos en cuestión de días.

El protagonismo del chikunguña en 2025

Aunque el dengue sigue siendo el virus más temido por su potencial mortal, el chikunguña se ha convertido en la cara más visible de la epidemia actual. Es el que aparece con mayor frecuencia en los partes provinciales y el que ha motivado advertencias específicas de organismos internacionales. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) han emitido una alerta de salud de Nivel 2 para Cuba, centrada precisamente en el brote de chikunguña, e incluyen al país en su lista mundial de destinos con transmisión activa. España, por su parte, ha incorporado referencias explícitas al chikunguña junto con el dengue y el oropouche en sus recomendaciones de viaje.

El cuadro clínico del chikunguña explica parte de este protagonismo. La enfermedad se manifiesta con fiebre alta de inicio brusco, dolor articular muy intenso, cefalea, fatiga extrema y, en muchos casos, erupciones cutáneas. La fiebre suele remitir en unos pocos días, pero las artralgias pueden prolongarse durante semanas o meses, llegando a cronificarse en una proporción significativa de pacientes. Esa persistencia del dolor, que en algunos casos impide trabajar o realizar actividades básicas, tiene un impacto social considerable en un país donde buena parte de la población obtiene ingresos en la economía informal o en el turismo.

A diferencia del dengue, la mortalidad asociada al chikunguña es baja, pero el virus afecta de forma especialmente dura a personas de edad avanzada, embarazadas, recién nacidos y pacientes con patologías crónicas. El manejo clínico se basa en la hidratación, el reposo y el uso de analgésicos, algo que se vuelve especialmente complejo en un contexto de escasez de medicamentos como el que vive Cuba, donde en muchas farmacias faltan fármacos tan básicos como el paracetamol o el ibuprofeno. Las autoridades han anunciado el inicio acelerado de nuevas investigaciones científicas sobre el virus en el Instituto “Pedro Kourí”, con el objetivo de estudiar su comportamiento en la población cubana y evaluar estrategias de prevención y tratamiento más precisas.

En el plano internacional, 2025 está marcado también por la puesta en marcha de la primera vacuna autorizada contra el chikunguña en países como Estados Unidos, dirigida principalmente a viajeros de riesgo y personas que residan largas temporadas en zonas con brotes recurrentes. No se trata de una herramienta de uso masivo ni forma parte de los calendarios de inmunización de la mayoría de los países, pero su existencia marca un cambio de etapa: por primera vez, hay una barrera adicional frente a este virus, si bien su acceso sigue siendo desigual y, por ahora, no se contempla su uso en Cuba.

Dengue y oropouche en las estadísticas oficiales y regionales

El dengue tiene una historia más larga en Cuba. Brotes importantes en las últimas décadas, algunos con miles de hospitalizados, han dejado una huella profunda en el sistema de salud y en la memoria colectiva. En 2025, la isla se ve arrastrada por una tendencia continental: la región de las Américas vive un aumento récord de casos de dengue, con millones de contagios registrados en países como Brasil, Argentina, Perú, Colombia o México. La OPS ha alertado de la combinación de factores climáticos —temperaturas más altas, lluvias intensas y prolongadas— con deficiencias estructurales en saneamiento y urbanismo que facilitan la expansión del mosquito Aedes aegypti hacia nuevas zonas.

En la actualidad, el dengue se reparte en cuatro serotipos virales. Una persona puede infectarse hasta cuatro veces a lo largo de su vida, y algunas segundas infecciones se asocian con un riesgo mayor de dengue grave o hemorrágico, la forma más peligrosa, que puede causar sangrados gastrointestinales, derrames en órganos internos y shock. La dificultad para Cuba es doble: por un lado, gestionar un aumento de casos en un sistema con recursos limitados; por otro, detectar de manera precoz esos cuadros graves, que a menudo se presentan de forma parecida a una fiebre común hasta que aparecen signos de alarma como dolor abdominal intenso, vómitos persistentes, sangrados en mucosas o dificultad respiratoria.

El oropouche, en cambio, representa un fenómeno relativamente nuevo en la conversación pública. Aunque el virus se conoce desde los años sesenta en la Amazonía, su aparición en el Caribe y en países donde no era habitual ha sido reciente. La fiebre de Oropouche se manifiesta con fiebre alta, dolor de cabeza, malestar general, fotofobia y, en algunos casos, rigidez de nuca y síntomas neurológicos. La mayoría de los pacientes se recupera sin secuelas, pero se han descrito complicaciones en el sistema nervioso central que preocupan a los epidemiólogos. A diferencia del dengue y el chikunguña, transmitidos principalmente por mosquitos del género Aedes, el oropouche se asocia sobre todo a pequeños jejenes, en particular el Culicoides paraensis, aunque en entornos urbanos también puede implicar a mosquitos.

La presencia de oropouche en Cuba es, por ahora, limitada, pero su inclusión en la lista de arbovirosis activas obliga a reforzar la vigilancia epidemiológica y a formar de manera específica al personal sanitario para distinguir sus signos de otros síndromes febriles. Con solo 28 casos confirmados en 2025, el peso del virus en la carga total de enfermedad es pequeño, pero su irrupción demuestra hasta qué punto el mapa de virus transmitidos por insectos se está diversificando en la región.

La tormenta perfecta: crisis económica y control del mosquito

La expansión del dengue, el chikunguña y el oropouche en Cuba no puede entenderse sin el contexto económico y social del país. La isla atraviesa uno de los periodos más difíciles desde el derrumbe del bloque soviético: inflación alta, escasez de divisas, caída de la producción nacional, déficit crónico de combustible y un sistema eléctrico que falla a diario. Los apagones, en algunos territorios, se extienden durante horas y se repiten varias veces al día, alterando no solo la vida doméstica, sino también la capacidad de los servicios públicos para funcionar con normalidad.

En este escenario, el control vectorial, la pieza clave para frenar las arbovirosis, se resiente de manera evidente. La fumigación sistemática de barrios, que durante años fue una de las señas de identidad del sistema cubano de salud pública, se ha reducido por falta de combustible y de insecticidas. En muchas ciudades, las brigadas de fumigación pasan con menor frecuencia o priorizan zonas específicas, dejando otras durante largos periodos sin tratamiento. A ello se suma la acumulación de basura en calles y solares, consecuencia de flotas de recogida deterioradas, escasez de repuestos y deficientes sistemas de gestión municipal. Montones de residuos orgánicos y recipientes abandonados actúan como depósitos de agua de lluvia y, por tanto, como criaderos perfectos para mosquitos.

El abastecimiento irregular de agua potable obliga a millones de hogares a almacenar líquido en tanques, bidones y otros recipientes, muchas veces sin tapa ni tratamiento previo. En climas tropicales, esas reservas se convierten en el hábitat favorito del Aedes aegypti, un mosquito que ha evolucionado para vivir muy cerca del ser humano, dentro o alrededor de las viviendas. Cuando los apagones impiden usar ventiladores o aire acondicionado por la noche, la población recurre a abrir puertas y ventanas para aliviar el calor, lo que incrementa la exposición a las picaduras. La combinación de calor, humedad, agua estancada, basura y falta de fumigación encaja con lo que muchos epidemiólogos llaman “tormenta perfecta” para las arbovirosis.

Al mismo tiempo, el sistema sanitario sufre su propia crisis. La salida de profesionales al extranjero, las bajas por enfermedad y el desgaste acumulado tras la pandemia han dejado plantillas menguadas en hospitales y policlínicos. Hay déficits de material médico, fármacos básicos y reactivos de laboratorio, lo que dificulta el diagnóstico y la atención de los pacientes. Las salas de observación se llenan con enfermos febriles que deben ser monitorizados durante horas para detectar signos de gravedad, en condiciones que, a menudo, distan mucho de los estándares deseables. Frente a esta realidad, el Gobierno intenta recuperar la lógica de movilización de la etapa covid: se reorganizan salas, se habilitan áreas de aislamiento, se recurre a estudiantes de últimos cursos de Medicina y Enfermería para labores de apoyo y se insiste en la pesquisa activa casa por casa.

Sin embargo, uno de los desafíos más complejos es el de la confianza social. No pocos ciudadanos relatan experiencias de largas colas para ser atendidos, falta de camas o ausencia de medicación, lo que alimenta la idea de que acudir al hospital no siempre merece la pena. Esa percepción conduce a que algunos pacientes con fiebre se queden en casa sin control médico, automedicándose o recurriendo a remedios caseros, con el riesgo de que un dengue grave no sea detectado a tiempo. En barrios donde el tejido comunitario es fuerte, los médicos de familia juegan un papel clave, pero también ellos se ven sobrepasados por la carga asistencial.

La crisis epidemiológica tiene, además, un impacto directo en el turismo, uno de los pocos sectores capaces de proporcionar divisas frescas al país. Las advertencias de viaje emitidas por gobiernos como el español o el estadounidense, que hablan de “grave situación epidemiológica” y recomiendan extremar las precauciones frente a las picaduras de mosquitos, pueden disuadir a visitantes potenciales, sobre todo a aquellos que no quieren añadir incertidumbre sanitaria a un viaje de ocio. Las zonas turísticas de Varadero, La Habana Vieja o los cayos del norte se encuentran en el mapa de riesgo, aunque en muchos hoteles se aplican medidas intensivas de control vectorial que limitan, en parte, la exposición.

Una epidemia que trasciende fronteras y condiciona el futuro

Lo que ocurre hoy en Cuba forma parte de una tendencia más amplia: el aumento global de enfermedades transmitidas por mosquitos y otros insectos, impulsado por el cambio climático, la urbanización acelerada y la debilidad de muchos sistemas de salud. El mapa de distribución del Aedes aegypti y el Aedes albopictus se ha expandido hacia latitudes donde hace pocas décadas era impensable registrar brotes de dengue o chikunguña. Países del sur de Europa ya han notificado episodios de transmisión local de estos virus, y organismos como la OMS advierten de que la población mundial expuesta a arbovirosis podría seguir creciendo en las próximas décadas.

En ese contexto, la epidemia declarada en Cuba funciona casi como una lupa. Pone de relieve hasta qué punto el control de estas enfermedades no depende solo de campañas puntuales de fumigación, sino de políticas sostenidas de saneamiento, planificación urbana, acceso al agua potable y fortalecimiento de la atención primaria. También muestra la importancia de la transparencia de datos: saber con precisión cuántos casos hay, dónde se concentran, qué variantes circulan y qué grupos se ven más afectados es clave para decidir dónde poner los recursos. Cuando las cifras se ocultan, se minimizan o se presentan de forma fragmentada, la respuesta se vuelve más lenta y menos eficaz.

Para Cuba, los próximos meses serán decisivos. El objetivo inmediato es reducir la transmisión hasta niveles manejables, evitar nuevos picos de casos graves y asegurar que el sistema sanitario no se vea sobrepasado. Eso pasa por recuperar, en la medida de lo posible, la capacidad de fumigación sistemática, mejorar la recogida de residuos, garantizar la disponibilidad de agua segura y reforzar la vigilancia epidemiológica en provincias con menos recursos. A medio plazo, el país tendrá que plantearse cómo financiar y mantener esas medidas en un entorno de restricción económica permanente y de sanciones internacionales.

Fuera de la isla, la epidemia obliga también a repensar las recomendaciones de viaje y la preparación sanitaria en países emisores de turistas. Las alertas de organismos como el CDC o los ministerios de Exteriores sirven para llamar la atención sobre el riesgo, pero su efectividad depende de que los viajeros, las agencias y las aerolíneas asuman que las arbovirosis han dejado de ser un problema remoto y lejano. La disponibilidad de nuevas herramientas, como la vacuna contra el chikunguña para grupos de riesgo o las vacunas contra el dengue ya autorizadas en algunos mercados, abre una ventana de oportunidad, pero plantea interrogantes sobre costes, acceso y prioridades de salud pública.

En la práctica, el escenario que dibujan los expertos es el de veranos cada vez más largos y cálidos, con mosquitos activos durante más meses al año y ciudades donde el saneamiento no termina de responder. En ese marco, episodios como el que ahora golpea a Cuba podrían dejar de ser excepcionales para volverse recurrentes. La isla, acostumbrada a lidiar con ciclones, huracanes y crisis económicas, suma ahora un desafío que no entiende de fronteras ni de ideologías: el de unos virus diminutos que encuentran en cada apagón, cada bolsa de basura abandonada y cada tanque de agua sin tapa una oportunidad para multiplicarse. Cómo se responda hoy a esta epidemia marcará, en buena medida, la capacidad de adaptación de Cuba y de toda la región ante un futuro en el que las enfermedades transmitidas por mosquitos van camino de convertirse en parte permanente del paisaje.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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