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Cuba admite contactos con EEUU en plena asfixia económica

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Cuba admite contactos con EEUU

Qué hay detrás de los contactos entre Cuba y EEUU: crisis energética, presión de Trump, papel de Raúl Castro y el giro que asoma en la isla.

Cuba ha dado este 13 de marzo de 2026 un paso que hasta hace nada negaba: Miguel Díaz-Canel ha confirmado que ya ha habido conversaciones con Estados Unidos para intentar encauzar las diferencias bilaterales. No es una foto de deshielo ni un regreso a la etapa Obama. Es, más bien, una negociación abierta en plena emergencia energética, con apagones, escasez de combustible, operaciones aplazadas y una presión creciente de la Administración de Donald Trump, que en enero cortó el petróleo venezolano y amenazó con castigar a cualquier país que siguiera abasteciendo a la isla.

La novedad despeja una niebla espesa. Durante semanas, Washington aseguró que había contactos de alto nivel, mientras Cuba negaba conversaciones oficiales pero dejaba respirar los rumores sobre canales discretos en torno al entorno de Raúl Castro. Ahora la presidencia cubana admite que esos intercambios existen, que son “altamente sensibles” y que buscan soluciones prácticas a problemas concretos entre dos gobiernos enfrentados desde hace más de seis décadas. En otras palabras: La Habana ha pasado de negar el marco a reconocerlo, aunque sin revelar aún quién se sienta por la parte estadounidense ni qué concesiones reales están en juego.

Qué ha confirmado La Habana y qué no

Lo que ha confirmado Díaz-Canel importa por tres razones. Porque atribuye a esas conversaciones un objetivo explícito: buscar soluciones mediante el diálogo. Porque asegura que la parte cubana no habla a media altura, sino bajo la dirección del propio presidente, con la participación de Raúl Castro y de otros dirigentes del Partido y del Estado. Y porque esa admisión llega después de que Trump insistiera varias veces en que Cuba estaba negociando con él y con Marco Rubio, una versión que La Habana trataba como propaganda hostil. Lo que sigue oculto es la arquitectura real de la negociación: no hay nombres oficiales por la parte estadounidense, no hay calendario público y no hay señales visibles de una rebaja inmediata de la presión económica.

Ese matiz es decisivo. Hablar no equivale a pactar, y menos aún a normalizar. Washington mantiene el cerco sobre los suministros energéticos, Rubio sigue defendiendo que el problema es el régimen cubano y Trump ha combinado la oferta de ayuda con una retórica de fuerza que incluye la idea de una posible “friendly takeover”, luego empañada con otra frase menos amable: puede que no sea amistosa. Cuba, por su parte, no ha anunciado cesiones políticas, sino una disposición a conversar desde la igualdad soberana y la no injerencia. El escenario no es el del acercamiento sentimental; es el de una negociación áspera entre dos adversarios que llegan a la mesa por motivos opuestos.

El peso de Raúl Castro y su entorno

La figura que vuelve al centro es Raúl Castro. Tiene 94 años, dejó la presidencia en 2018 y la jefatura formal del Partido en 2021, pero sigue teniendo un peso decisivo en las grandes decisiones del sistema. No es un adorno protocolario: en diciembre de 2025 fue él quien propuso aplazar sin fecha el congreso del Partido previsto para este año, y la cúpula lo aprobó por unanimidad. Cuando Díaz-Canel dice ahora que dirige estas conversaciones junto a Raúl, el mensaje es claro: si se negocia algo serio, el viejo mando sigue dentro de la sala.

En ese cuadro aparece además Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl, exescolta suyo y figura descrita como uno de sus hombres de máxima confianza. Medios estadounidenses habían informado de contactos reservados entre el entorno de Rubio y este miembro de la familia Castro; Cuba no los reconocía, pero tampoco los trituraba del todo. El viernes, además, Rodríguez Castro aparecía sentado detrás de Díaz-Canel en el vídeo difundido por la televisión estatal. La imagen no prueba el contenido de las conversaciones, pero sí refuerza la idea de que el canal sensible pasa por el núcleo histórico del poder, igual que ocurrió en la etapa de Barack Obama, cuando Alejandro Castro Espín jugó un papel discreto en las negociaciones secretas de entonces.

La crisis que empuja a Cuba a negociar

La razón de fondo de este giro no está en la cortesía diplomática, sino en la supervivencia material. Díaz-Canel ha admitido que no han llegado envíos de petróleo en los últimos tres meses y que Cuba apenas cubre con producción propia alrededor del 40% de sus necesidades. El golpe no es abstracto: falta combustible para mover autobuses, alimentar la red eléctrica y sostener servicios básicos. La presidencia cubana ha reconocido que la escasez afecta a comunicaciones, educación y transporte, y que ha obligado a aplazar cirugías de decenas de miles de personas. La frase oficial fue seca: “el impacto es tremendo”.

El 5 de marzo la red eléctrica sufrió un gran apagón que dejó sin suministro durante unas 16 horas a buena parte del país, incluida La Habana, en una avería que las autoridades vincularon al estrangulamiento energético. Días antes y después ya se habían repetido cortes en distintas provincias. La imagen de la crisis ya no es solo la cola ante la gasolinera; es también la de una infraestructura vieja, forzada al límite y sin colchón para absorber fallos. Cuando se cae una pieza, cae medio sistema.

Menos petróleo, menos turismo, menos margen

La secuencia que lleva hasta aquí tiene fechas muy concretas. Tras la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero, Venezuela dejó de ser el salvavidas petrolero que venía siendo para la isla. En 2025 Caracas había suministrado a Cuba unos 26.500 barriles diarios, cerca de un tercio de sus necesidades, y el último gran cargamento salió a mediados de diciembre. Después llegó el siguiente golpe: el 29 de enero Trump amenazó con imponer aranceles a cualquier país que enviara petróleo a Cuba, y México, que había pasado a ser el principal proveedor alternativo, confirmó el 9 de febrero que sus envíos estaban detenidos mientras evitaba represalias. Ahí está el nudo: a Cuba no solo le falta combustible; le están cerrando las vías para conseguirlo.

Washington abrió después una rendija, no una solución. El 25 de febrero, el Tesoro estadounidense autorizó licencias para revender petróleo venezolano al sector privado cubano, no al Estado. El alcance es limitado porque la distribución de combustibles y el sistema eléctrico siguen en manos públicas y porque no está claro que los actores privados puedan pagar compras de ese tamaño. La lógica de la Casa Blanca aparece nítida: aflojar un centímetro al empresariado emergente para seguir apretando al aparato estatal.

Los efectos ya atraviesan toda la economía. La falta de queroseno para aviación empezó a asfixiar el turismo, una de las pocas máquinas de divisas que aún respiraban. Air Canada, WestJet y Transat suspendieron vuelos; el recuento de Cirium apuntó a 1.709 cancelaciones hasta abril; NH cerró todos sus hoteles en Cuba y Meliá clausuró tres de sus treinta establecimientos. Con solo 1,8 millones de visitantes en 2025, frente a 2,2 millones el año anterior, y con un turismo que había aportado 1.300 millones de dólares en 2024, el golpe toca la caja donde entra el dinero para importar casi todo lo demás. En La Habana, además, se informó de montones de basura acumulados porque solo 44 de 106 camiones seguían operativos por falta de combustible. A veces la crisis geopolítica acaba oliendo, literalmente, a basura en la esquina.

Ante ese panorama, el Gobierno cubano activó en febrero un plan de racionamiento para proteger agua, sanidad, agricultura, educación, transporte y defensa. Los ministros prometieron blindar servicios de urgencias, maternidad y programas oncológicos, mantener abiertas las escuelas primarias y aplicar fórmulas híbridas en secundaria y universidad. Al mismo tiempo, La Habana decidió reservar combustible para el turismo, los puertos y sectores exportadores como el tabaco, con una lógica descarnada: sin divisas no hay manera de financiar lo demás. Incluso se habló de ampliar la energía solar y recurrir más a la tracción animal en el campo. No es una escena de retórica revolucionaria, sino un manual de resistencia improvisado para que el país siga funcionando con lo justo.

Trump aprieta mientras Rubio fija la línea

Desde Washington, la estrategia mezcla presión, cálculo político y un punto serio de imprevisibilidad. Trump ha presentado a Cuba como un país “en profundos problemas”, sin dinero, sin petróleo y sin comida, y ha sugerido que un acuerdo podría desembocar en esa posible toma “amistosa” que suena a eufemismo de hierro. Marco Rubio representa la línea dura clásica: insiste en que la crisis humanitaria nace de las políticas del Partido Comunista, no de la presión de Estados Unidos. La ayuda adicional de 6 millones de dólares anunciada por Washington en febrero, canalizada a través de la Iglesia católica, no cambió esa lógica. La Casa Blanca reparte alivio puntual con una mano mientras con la otra mantiene el torniquete sobre el combustible.

La tensión ha escalado también en seguridad. El 25 de febrero, Cuba aseguró haber abatido a cuatro exiliados y herido a otros seis después de que una lancha registrada en Florida entrara en aguas cubanas y abriera fuego contra una patrulla. Según la versión oficial, el grupo iba armado y pretendía infiltrarse con fines terroristas. Rubio negó que fuese una operación del Gobierno estadounidense y prometió verificar lo ocurrido. El episodio, con ecos lejanos de Bahía de Cochinos, mostró que la temperatura ya no era solo diplomática: cuando reaparecen armas, exilio militante y mar de por medio, el Caribe recupera un sonido muy antiguo.

La alarma ha subido incluso dentro de Estados Unidos. Este mismo 13 de marzo, senadores demócratas presentaron una resolución para impedir que Trump pueda atacar Cuba sin autorización del Congreso, después de sus comentarios sobre una posible “takeover”. La iniciativa no altera por sí sola la política de la Casa Blanca, pero revela que las palabras del presidente ya no se leen solo como bravatas de campaña o frases al vuelo, sino como un escenario que empieza a activar cortafuegos institucionales en Washington.

Moscú, Pekín y el Vaticano entran en la ecuación

Mientras conversa con Washington, La Habana se mueve también hacia Moscú, Pekín y el Vaticano. El canciller Bruno Rodríguez habló con Serguéi Lavrov y Wang Yi después de que Trump insistiera en que Cuba está al borde del colapso. Rusia condenó la presión económica y política estadounidense y reiteró su apoyo a la soberanía cubana; China apostó por seguir reforzando la relación bilateral. Cuba intenta dejar claro que, aunque necesite explorar una salida con Estados Unidos, no piensa entrar sola ni sin red a esa negociación.

El Vaticano ha reaparecido además como uno de los pocos actores con interlocución aceptable para todos. La víspera de la comparecencia de Díaz-Canel, Cuba anunció la liberación de 51 presos dentro de un acuerdo mediado por la Santa Sede, dos semanas después de que Bruno Rodríguez se reuniera con el papa León XIV. La nota oficial habló de “buena voluntad”; no aclaró cuántos de esos liberados son presos políticos. El movimiento no resuelve la crisis energética, pero sí encaja en una vieja gramática diplomática cubana: aflojar en el terreno humanitario para ganar oxígeno político cuando el cerco aprieta.

También la ONU ha dejado ver su preocupación. Se recogió en febrero que António Guterres estaba “muy preocupado” por la situación y que los equipos de Naciones Unidas trabajaban con el Gobierno cubano en tareas de apoyo humanitario. La inquietud internacional nace de una suma muy concreta: menos petróleo, más apagones, caída del transporte, deterioro hospitalario y riesgo de otro salto migratorio si el sistema termina de doblarse. En una isla de unos 11 millones de habitantes, ese cálculo pesa.

Qué se juega realmente en estas conversaciones

La pregunta clave ya no es si hay conversaciones, porque ya las hay. La cuestión es hasta dónde pueden llegar. A corto plazo, el objetivo cubano parece claro: evitar que la presión energética desemboque en un colapso sistémico y ganar tiempo antes de que la red eléctrica, el transporte y el abastecimiento entren en una fase todavía peor. La prioridad de Washington parece distinta: aprovechar la debilidad material de la isla para forzar cambios políticos, económicos o de seguridad sin renunciar a la presión máxima como palanca. Puede haber acuerdos parciales sobre combustible, licencias, cooperación migratoria o canales humanitarios, pero no hay señales públicas de una gran reconciliación.

Por eso conviene no confundir contacto con deshielo. En 2014 y 2015, el acercamiento entre Washington y La Habana tenía un lenguaje de apertura estratégica. En marzo de 2026, el lenguaje es otro: emergencia, coerción, tanteo y miedo al precipicio. Cuba llega a la mesa porque necesita aire; Trump llega porque cree tener a la isla contra las cuerdas; Rubio llega con una agenda ideológica dura; Raúl Castro reaparece porque, cuando el sistema siente que le va la vida en ello, vuelve a mirar al viejo mando. No es una negociación entre socios, sino entre adversarios que se sientan porque la alternativa puede ser peor.

La última hora sobre la crisis de Cuba deja así una foto nítida y a la vez inacabada. Lo nítido: La Habana reconoce contactos oficiales con Estados Unidos en plena asfixia energética, con apagones recientes, tres meses sin petróleo, apoyo diplomático buscado en Rusia y China, y un gesto paralelo hacia el Vaticano con la excarcelación de 51 presos. Lo inacabado es todo lo demás: no se conoce el contenido concreto de las conversaciones, no hay alivio visible sobre el cerco petrolero y tampoco está claro cuánto tiempo puede aguantar la isla antes de que la necesidad imponga decisiones aún más drásticas. Cuba ha empezado a hablar con Washington porque el reloj aprieta. Lo que nadie sabe todavía es si esas conversaciones buscan evitar un derrumbe o administrar sus condiciones.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.